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viernes, diciembre 20, 2013

♪♫♫ LaVozPerú FL Oficial (Semifinal de LaVozPerú.)♫♫♪

La VOZ PERÚ FL OFICIAL






1.- Equipo Jerry -> @EquipoJerryFL






#KarolinaCruz



   



 #AlejandraAlfaro



   



Apreciación del Equipo Eva ‏@EquipoEvaFL -> Tu presentación ha sido muy intensa #AlejandraAlfaro... ¡Sigue así! Felicidades... 


Apreciación del Equipo El Puma ‏@EquipoElPumaFL -> Ese pequeñito que tienes ahí dentro #KarolinaCruz va a nacer con mucho sabor y ritmo... ¡Definitivamente! 


#KarolinaCruz.! continuará gracias a los votos del público en el equipo de ---> @EquipoJerryFL







2.- Equipo Kalimba -> @EquipoKalimbaFL







#MichaelAbanto








 #FicoMau








Apreciación del Equipo El Puma ‏@EquipoElPumaFL -> #MichaelAbanto, ha sido una presentación memorable muchacho... ¡Te felicito! 


Apreciación del Equipo Eva ‏@EquipoEvaFL -> ¡Muchas felicidades #MichaelAbanto te lo mereces! ¡¡Adelante muchacho!! 


Apreciación del Equipo Jerry ‏@EquipoJerryFL -> Admiro mucho tu interpretación de hoy #FicoMau. ¡Fue muy buena! 



#MichaelAbanto Continua en el equipo va a la final, #LaVozPeru; : Equipo Kalimba -> @EquipoKalimbaFL








3.- Equipo Puma -> @EquipoElPumaFL







#DanielLazo






 #AlejandroGuerrero









Puntaje del entrenador El Puma : 80% a #DanielLazo y 22% a #AlejandroGerrero -> @EquipoElPumaFL 


Apreciación del Equipo Eva ‏@EquipoEvaFL -> ¡¡#AlejandroGuerrero, me gustó mucho tu presentación!! Tienes mucha energía... energía de guerrero... 


Apreciación del Equipo Kalimba ‏@EquipoKalimbaFL -> Me ha conmovido mucho lo que acabas de hacer sobre este escenario #DanielLazo... ¡Eres inmenso! Te deseo lo mejor. 


#DanielLazo.! continuará gracias a los votos del público en el equipo de ---> @EquipoElPumaFL






4.- Equipo Eva -> @EquipoEvaFL 






 #JavierArias




#AldoRiccio






Puntaje de la entrenadora Eva : 75% a #JavierArias y 25% a #AldoRiccio -> @EquipoEvaFL 


Apreciación del Equipo Jerry ‏@EquipoJerryFL -> ¡¡Espero el público te apoye hoy #AldoRiccio!! Lo hiciste muy bien... 


#JavierArias.! continuará gracias a los votos del público en el equipo de ---> @EquipoEvaFL






Hoy es la -Gran Final de -: "La voz Perú": éstos son los 4 participantes que llegaron a la gran final que hoy a las 9: 00 Pm participarán para ser sólo uno seré unánime ganador: LA VOZ PERÚ (Quién Ganará) Véalo hoy por Frecuencia Latina.





1.- #KarolinaCruz : Hoy canta en la #FinalLaVozPerú. Concursante grupo Jerry => @EquipoJerryFL 

2.- #MichaelAbanto : Hoy canta en la #FinalLaVozPerú. Concursante grupo Kalimba => @EquipoKalimbaFL 

3.- #DanielLazo : Hoy canta en la #FinalLaVozPerú. Concursante grupo El Puma => @EquipoElPumaFL 

4.- #JavierArias : Hoy canta en la #FinalLaVozPerú. Concursante grupo Eva => @EquipoEvaFL 



Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((31))





Inés del alma mía[Document Transcript]...  Capítulo tres
Viaje a Chile, 1510-1541
Nuestra animosa caravana emprendió el camino a Chile siguiendo la ruta del desierto, que Diego de Almagro había hecho para regresar, según el quebradizo papel con el dibujo del mapa, que éste le dio a Pedro de Valdivia. Mientras, como un lento gusano, nuestros escasos soldados y mil indios auxiliares subían y bajaban cerros, atravesaban valles y ríos en dirección al sur, la noticia de que llegábamos nos había precedido y las tribus chilenas nos esperaban con las armas prontas. Los incas utilizaban veloces mensajeros, los chasquis, que corrían por pasos ocultos de la sierra en sistema de postas de relevo, cubriendo el imperio desde el extremo norte hasta el ríoBío-Bío, en Chile. Así se enteraron los indios chilenos de nuestra expedición tan pronto salimos del Cuzco, y cuando llegamos a su territorio, varios meses más tarde, ya estaban preparados para darnos guerra. Sabían que los viracochas controlaban el Perú desde hacía un tiempo, que el inca Atahualpa había sido ejecutado y que en su lugar reinaba, como un títere, su hermano, el inca Paullo. Este príncipe había entregado a su pueblo para servir a los extranjeros y pasaba la vida en la jaula dorada de su palacio, perdido en los placeres de la lujuria y la crueldad. También sabían que en el Perú se gestaba en la sombra una vasta insurrección indígena, dirigida por otro miembro de la familia real, el fugitivo inca Manco, quien había jurado expulsar a los extranjeros. Habían oído que los viracochas eran feroces, diligentes, tenaces, insaciables y, lo más inaudito, que no respetaban la palabra dada. ¿Cómo podían seguir viviendo con esa vergüenza? Era un misterio. Los indios chilenos nos llamaron huincas, que en su idioma, el mapudungu, quiere decir «gente mentirosa, ladrones de tierra». He tenido que aprender esta lengua porque se habla en Chile entero, de norte a sur. Los mapuche compensan la falta de escritura con una memoria indestructible; la historia de la Creación, sus leyes, sus tradiciones y el pasado de sus héroes están registrados en sus relatos en mapudungu, que pasan intactos de generación en generación, desde el comienzo de los tiempos. Algunos se los traduje al joven Alonso de Ercilla y Zúñiga, a quien me he referido antes, para que se inspirara cuando componía La Araucana. Parece que ese poema fue publicado y circula en la corte de Madrid, pero yo sólo tengo los versos borroneados que me dejó Alonso después de que lo ayudé a copiarlos en limpio. Si mal no recuerdo, así describe en sus octavas reales a Chile y a los mapuche, o araucanos:00 Chile, fértil provincia y señalada en la región antártica famosa, de remotas naciones respetada por fuerte, principal y poderosa;00 la gente que produce es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido por rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida.
Alonso exagera, por supuesto, pero los poetas tienen licencia para ello, de otro modo los versos carecerían del necesario vigor. Chile no es tan principal y poderoso, ni su gente es tan granada y gallarda, como él dice, pero estoy de acuerdo en que los mapuche son soberbios y belicosos, no han sido por rey jamás regidos ni a extranjero dominio sometidos. Desprecian el dolor; pueden sufrir terribles suplicios sin un quejido, pero no por ser menos sensibles al sufrimiento que nosotros, sino por valientes. No existen mejores guerreros, les honra dejar la vida en la batalla. Nunca lograrán vencernos, pero tampoco podremos someterlos, aunque mueran todos en el intento. Creo que la guerra contra los indios seguirá por siglos, ya que provee a los españoles de siervos. Esclavos es la palabra justa. No sólo los prisioneros de guerra terminan en la esclavitud, también los indios libres, que los españoles cazan con lazo y venden a doscientos pesos por mujer preñada y cien pesos por varón adulto y por niño sano. El comercio ilegal de estas gentes no se limita a Chile, llega hasta la Ciudad de los Reyes, y en él están involucrados desde los encomenderos y capataces de las minas, hasta los capitanes de los barcos. Así exterminaremos a los naturales de esta tierra, como temía Valdivia, porque prefieren morir libres que vivir esclavos. Si cualquiera de nosotros, españoles, tuviese que escoger, tampoco dudaría. A Valdivia le indignaba la estupidez de quienes abusan de este modo, despoblando el Nuevo Mundo. Sin indígenas, decía, esta tierra nada vale. Se murió sin ver el fin de la matanza, que ya dura cuarenta años. Siguen llegando españoles y nacen mestizos, pero los mapuche están desapareciendo, exterminados por la guerra, la esclavitud y las enfermedades de los españoles, las cuales no resisten. Temo a los mapuche por las vicisitudes que nos han hecho pasar; me enfada que hayan rechazado la palabra de Cristo y resistido nuestros intentos de civilizarlos; no les perdonaré la forma feroz en que dieron muerte a Pedro de Valdivia, aunque no hicieron más que devolverle la mano, porque éste había cometido muchas crueldades y abusos contra ellos. Quien a hierro mata, a hierro muere, como dicen en España. También los respeto y admiro, no puedo negarlo. Dignos enemigos somos españoles y mapuche: de parte y parte valientes, brutales y determinados a vivir en Chile. Ellos llegaron aquí antes que nosotros y eso les da mayor derecho, pero nunca podrán expulsarnos y por lo visto tampoco podremos convivir en paz.
¿De adónde vinieron estos mapuche? Dicen que se parecen a ciertos pueblos de Asia. Si allí se originaron, no me explico cómo cruzaron mares tan tumultuosos y tierras tan extensas para llegar hasta aquí. Son salvajes, no saben de arte ni escritura, no construyen ciudades ni templos, no tienen castas, clases ni sacerdotes, sólo capitanes para la guerra, sus toquis. Andan de un lado a otro, libres y desnudos, con sus muchas esposas e hijos, que pelean con ellos en las batallas. No hacen sacrificios humanos, como otros indios de América, y no adoran ídolos. Creen en un solo dios, pero no es nuestro Dios, sino otro al que llaman Ngenechén.
Mientras acampábamos en Tarapacá, donde Pedro de Valdivia planeaba esperar que le llegaran refuerzos y nos repusiéramos de las fatigas pasadas, los indios chilenos se organizaban para hacernos la travesía lo más difícil posible. Rara vez nos daban la cara, pero nos robaban o atacaban por detrás. Así me mantuvieron siempre ocupada con los heridos, sobre todo yanaconas, que luchaban sin caballos ni armaduras. Carne de choque, los llamaban. Los cronistas siempre olvidan mencionarlos, pero sin esas masas silenciosas de indios amigos, que seguían a los españoles en sus empresas y guerras, la conquista del Nuevo Mundo habría sido imposible.
Entre el Cuzco y Tarapacá se nos habían sumado veintitantos soldados españoles y Pedro estaba seguro de que acudirían más cuando se corriera la voz de que la expedición ya estaba en marcha, pero habíamos perdido cinco, número muy alto si se considera cuán pocos éramos. Uno fue herido de gravedad por una flecha emponzoñada y, como no pude curarlo, Pedro lo mandó de vuelta al Cuzco, acompañado por su hermano, dos soldados y varios yanaconas. Días más tarde, el maestre de campo amaneció alborozado, porque había soñado con su esposa, que lo aguardaba en España, y por fin había cedido un dolor agudo que le atravesaba el pecho desde hacía más de una semana. Le serví un tazón de harina tostada con agua y miel, que comió con parsimonia, como si fuese un manjar exquisito. «Hoy estáis más bella que nunca, doña Inés», me dijo con su habitual galantería, y enseguida se le pusieron los ojos de vidrio y cayó muerto a mis pies. Después que le dimos cristiana sepultura, aconsejé a Pedro que nombrara a don Benito en su lugar, porque el viejo conocía la ruta y tenía experiencia en organizar campamentos y mantener la disciplina.
Teníamos algunos soldados menos, pero poco a poco iban llegando, como sombras andrajosas, otros que andaban vagando por campos y serranías, hombres de Almagro, derrotados, sin amigos en el imperio de Pizarro. Llevaban años viviendo de la caridad, poco podían perder en la aventura de Chile.
En Tarapacá acampamos por varias semanas para dar tiempo a indios y bestias a ganar peso antes de emprender la travesía del desierto, que, según don Benito, sería lo peor del viaje. Explicó que la primera parte era muy ardua, pero la segunda, llamada el Despoblado, era mucho peor. Entretanto, Pedro de Valdivia recorría leguas a caballo oteando el horizonte a la espera de nuevos voluntarios. También Sancho de la Hoz debía juntarse con nosotros trayendo por mar los soldados y pertrechos prometidos, pero el empingorotado socio no daba señales de vida. [31]



:::::>>La tempestad cambia los rótulos<<:::::::




En días remotos, cuando el abuelito era todavía un niño y llevaba pantaloncito encarnado y chaqueta de igual color, cinturón alrededor del cuerpo y una pluma en la gorra - pues así vestían los pequeños cuando iban endomingados -, muchas cosas eran completamente distintas de como son ahora. Eran frecuentes las procesiones y cabalgatas, ceremonias que hoy han caído en desuso, pues nos parecen anticuadas. Pero da gusto oír contarlo al abuelito.
Realmente debió de ser un bello espectáculo el solemne traslado del escudo de los zapateros el día que cambiaron de casa gremial. Ondeaba su bandera de seda, en la que aparecían representadas una gran bota y un águila bicéfala; los oficiales más jóvenes llevaban la gran copa y el arca; cintas rojas y blancas descendían, flotantes, de las mangas de sus camisas. Los mayores iban con la espada desenvainada, con un limón en la punta. Dominábalo todo la música, y el mayor de los instrumentos era el "pájaro," como llamaba el abuelito a la alta percha con la media luna y todos los sonajeros imaginables; una verdadera música turca. Sonaba como mil demonios cuando la levantaban y sacudían, y a uno le dolían los ojos cuando el sol daba sobre el oro, la plata o el latón.
A la cabeza de la comitiva marchaba el arlequín, vestido de mil pedazos de tela de todos los colores, con la cara negra y cascabeles en la cabeza, como caballo de trineo. Vapuleaba a las gentes con su palmeta, y armaba gran alboroto, aunque sin hacer daño a nadie; y la gente se apretujaba, retrocedía y volvía a adelantarse. Los niños se metían de pies en el arroyo; viejas comadres se daban codazos, poniendo caras agrias y echando pestes. El uno reía, el otro charlaba; puertas y ventanas estaban llenas de curiosos, y los había incluso en lo alto de los tejados. Lucía el sol, y cayó también un chaparroncito; pero la lluvia beneficiaba al campesino, y aunque muchos quedaron calados, fue una verdadera bendición para el campo.
¡Qué bien contaba el abuelito! De niño había visto aquellas fiestas en todo su esplendor. El oficial más antiguo del gremio pronunciaba un discurso desde el tablado donde había sido colgado el escudo; un discurso en verso, expresamente compuesto por tres de los miembros, que, para inspirarse, se habían bebido una buena jarra de ponche. Y la gente gritaba "¡hurra!," dando gracias por el discurso, pero aún eran más sonoros los hurras cuando el arlequín, montando en el tablado, imitaba a los demás. El bufón hacía sus payasadas y bebía hidromel en vasitos de aguardiente, que luego arrojaba a la multitud, la cual los pescaba al vuelo. El abuelito guardaba todavía uno, regalo de un oficial albañil que lo había cogido. Era la mar de divertido. Y luego colgaban el escudo en la nueva casa gremial, enmarcado en flores y follaje.
- Fiestas como aquellas no se olvidan nunca, por viejo que llegue uno a ser - decía abuelito; y, en efecto, él no las olvidaba, con haber visto tantos y tantos espectáculos magníficos. Nos hablaba de todos ellos, pero el más divertido era sin duda el de la comitiva de los rótulos por las calles de la gran ciudad.
De niño, el abuelito había hecho con sus padres un viaje a la ciudad. Era la primera vez que visitaba la capital. Circulaba santísima gente por las calles, que él creyó se trataba de una de aquellas procesiones del escudo. Había una cantidad ingente de rótulos para trasladar; se hubieran cubierto las paredes de cien salones, si en vez de colgarlos en el exterior se hubiesen guardado dentro. En el del sastre aparecían pintados toda clase de trajes, pues cosía para toda clase de gentes, bastas o finas; luego había los rótulos de los tabaqueros, con lindísimos chiquillos fumando cigarros, como si fuesen de verdad. Veíanse rótulos con mantequilla y arenques ahumados, valonas para sacerdotes, ataúdes, qué sé yo, así como las más variadas inscripciones y anuncios. Uno podía andar por las calles durante un día entero
contemplando rótulos y más rótulos; además, os enterábais enseguida de la gente que habitaba en las casas, puesto que tenían sus escudos colgados en el exterior; y, como decía abuelito, es muy conveniente y aleccionador saber quiénes viven en una gran ciudad.
Pero quiso el azar que cuando el abuelito fue a la ciudad, ocurriera algo extraordinario con los rótulos; él mismo me lo contó, con aquellos ojos de pícaro que ponía cuando quería hacerme creer algo. ¡Lo explicaba tan serio!
La primera noche que pasó en la ciudad hizo un tiempo tan horrible, que hasta salió en los periódicos; un tiempo como nadie recordaba otro igual. Las tejas volaban por el aire; viejas planchas se venían al suelo; hasta una carretilla se echó a correr sola, calle abajo, para salvarse. El aire bramaba, mugía y lo sacudía todo; era una tempestad desatada. El agua de los canales se desbordó por encima de la muralla, pues no sabía ya por dónde correr. El huracán rugía sobre la ciudad, llevándose las chimeneas; más de un viejo y altivo remate de campanario hubo de inclinarse, y desde entonces no ha vuelto a enderezarse.
Junto a la casa del viejo jefe de bomberos, un buen hombre que llegaba siempre con la última bomba, había una garita. La tempestad se encaprichó de ella, la arrancó de cuajo y la lanzó calle abajo, rodando. Y, ¡fíjate qué cosa más rara! Se quedó plantada frente a la casa del pobre oficial carpintero que había salvado tres vidas humanas en el último incendio. Pero la garita no pensaba en ello.
El rótulo del barbero - aquella gran bacía de latón - fue arrancado y disparado contra el hueco de la ventana del consejero judicial, cosa que todo el vecindario consideró poco menos que ofensiva, pues todo el mundo y hasta las amigas más íntimas llamaban a la esposa del consejero la "navaja." Era listísima, y conocía la vida de todas las personas más que ellas mismas.
Un rótulo con un bacalao fue a dar sobre la puerta de un individuo que escribía un periódico. Resultó una pesada broma del viento, que no pensó que un periodista no tolera bromas, pues es rey en su propio periódico y en su opinión personal.
La veleta voló al tejado de enfrente, en el que se quedó como la más negra de las maldades, dijeron los vecinos.
El tonel del tonelero quedó colgado bajo el letrero de "Modas de señora."
La minuta de la fonda, puesta en un pesado marco a la puerta del establecimiento, fue llevada por el viento hasta la entrada del teatro, al que la gente no acudía nunca; era un cartel ridículo: "Rábanos picantes y repollo relleno." ¡Y entonces le dio a la gente por ir al teatro!
La piel de zorro del peletero, su honroso escudo, apareció pegada al cordón de la campanilla de un joven que asistía regularmente al primer sermón, parecía un paraguas cerrado, andaba en busca de la verdad y, según su tía, era un modelo.
El letrero "Academia de estudios superiores" fue encontrado en el club de billar, y recibió a cambio otro que ponía: "Aquí se crían niños con biberón." No tenía la menor gracia, y resultaba muy descortés. Pero lo había hecho la tormenta, y vaya usted a pedirle cuentas.
Fue una noche espantosa. Imagínate que por la mañana casi todos los rótulos habían cambiado de sitio, en algunos casos con tan mala idea, que abuelito se negaba a contarlo, limitándose a reírse por dentro, bien lo observaba yo. Y como pícaro, lo era, desde luego.
Las pobres gentes de la gran ciudad, especialmente los forasteros, andaban de cabeza, y no podía ser de otro modo si se guiaban por los carteles.
A lo mejor uno pensaba asistir a una grave asamblea de ancianos, donde habrían de debatirse cuestiones de la mayor trascendencia, e iba a parar a una bulliciosa escuela, donde los niños saltaban por encima de mesas y bancos.
Hubo quien confundió la iglesia con el teatro, y esto sí que es penoso.
Una tempestad como aquella no se ha visto jamás en nuestros días. Aquélla la vio sólo el abuelito, y aun siendo un chiquillo. Tal vez no la veamos nosotros, sino nuestros nietos. Esperémoslo, y roguemos que se estén quietecitos en casa cuando el vendaval cambie los rótulos. 




 * * * FIN * * * 



 Hans Christian Andersen 





Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((30))



Inés del alma mía[Document Transcript]... -Esa tierra corre mil leguas de norte a sur y el mar la baña al oeste, mientras que al este hay una sierra tan majestuosa como no se ha visto en España, señora mía - me dijo.
Don Benito nos contó detalles del desastroso viaje de Diego de Almagro. Dijo que el adelantado permitió que sus hombres cometieran atrocidades indignas de un cristiano. Se llevaron del Cuzco a miles y miles de indios atados con cadenas y sogas al cuello, para evitar que escaparan. A los que morían, simplemente les cortaban la cabeza, para no darse el trabajo de desatar a la hilera de cautivos ni detener el avance de la fila, que se arrastraba por la sierra. Cuando les faltaban indios para servirles, se dejaban caer como demonios sobre pueblos indefensos, encadenaban a los hombres, violaban y raptaban a las mujeres, mataban o abandonaban a los niños y, después de robar el alimento y los animales domésticos, quemaban las casas y las siembras. Hacían que los indios cargaran más peso del humanamente posible, incluso que se echaran al hombro a los potrillos recién nacidos y las literas y hamacas en que ellos mismos se hacían transportar para no cansar a sus caballos. En el desierto, más de un viracocha llevaba amarrada a la montura a una india recién parida, para beberle
la leche de los senos, a falta de otro líquido, mientras el niño quedaba tirado en las arenas hirvientes. Los negros azotaban hasta la muerte a quienes se doblaban de fatiga, y era tanta el hambre que pasaban los infelices indígenas, que llegaron a comerse los cadáveres de sus compañeros. Al español que era cruel y mataba a más indios, lo tenían por bueno, y al que no, por cobarde. Valdivia lamentó esos hechos, seguro de que él los habría evitado, pero comprendía que así es el desorden de la guerra, como le constaba después de haber presenciado el saqueo de Roma. Dolor y más dolor, sangre por el camino, sangre de las víctimas, sangre que envilece a los opresores.
Don Benito conocía las penurias del viaje porque las había vivido, y nos relató la travesía del desierto de Atacama, que ellos tomaron para volver al Perú. Ésa era la ruta escogida por nosotros para ir a Chile, a la inversa del recorrido de Almagro.
-No debemos contemplar sólo las necesidades de los soldados, señora. También el estado de los indios debe ocuparnos, requieren abrigo, alimento y agua. Sin ellos no llegaremos lejos -me recordó.
Yo lo tenía muy presente, pero proveer para mil yanaconas con el dinero disponible era tarea de mago.
Entre los escasos soldados que vendrían con nosotros a Chile se contaba Juan Gómez, un apuesto y valeroso joven oficial, sobrino del difunto Diego de Almagro. Un día se presentó en mi casa con su gorra de terciopelo en la mano, muy cohibido, y me confesó su relación con una princesa inca, bautizada con el nombre de Cecilia.
-Nos amamos mucho, doña Inés, no podemos separarnos. Cecilia quiere venir conmigo a Chile -me dijo.
-¡Pues que venga!
-No creo que don Pedro de Valdivia lo permita, porque Cecilia está preñada - balbuceó el joven.
Era un problema serio. Pedro había sido muy claro en su decisión de que en un viaje de tal magnitud no se podían llevar mujeres en esa condición, porque era muy engorroso, pero al comprobar la angustia de Juan Gómez me sentí obligada a darle una mano.
-¿De cuántos meses está la preñez? -le pregunté.-Más o menos de tres o cuatro.
-Os dais cuenta del riesgo que esto supone para ella, ¿verdad?
-Cecilia es muy fuerte, dispondrá de las comodidades necesarias y yo la ayudaré, doña Inés.
-Una princesa mimada y su séquito serán un incordio tremendo.
-Cecilia no molestará, señora. Le aseguro que apenas la notarán en la caravana...
-Está bien, don Juan, no habléis de esto con nadie por el momento. Veré cómo y cuándo se lo anuncio al capitán general Valdivia. Preparaos para partir dentro de poco.
Agradecido, Juan Gómez me trajo de regalo un cachorro negro de pelaje áspero y duro, como el de un cerdo, que se convirtió en mi sombra. Le puse por nombre Baltasar, porque era 6 de enero, día de los Reyes Magos. Ese animal fue el primero de una serie de perros iguales, descendientes suyos, que me han acompañado durante más de cuarenta años. Dos días más tarde acudió a visitarme la princesa inca, que llegó en una litera llevada por cuatro hombres y seguida por otras cuatro criadas cargadas de regalos. Yo nunca había visto de cerca a un miembro de la corte del Inca; concluí que las princesas de España palidecerían de envidia ante Cecilia. Era muy joven y bella, con facciones delicadas, casi infantiles, de corta estatura y delgada, pero resultaba imponente, porque poseía la altivez natural de quien ha nacido en cuna de oro y está acostumbrada a ser servida. Vestía a la moda del incanato, con sencillez y elegancia. Llevaba la cabeza descubierta y el cabello suelto, como un manto negro, liso y reluciente, que le cubría la espalda hasta la cintura. Me anunció que su familia estaba dispuesta a contribuir con los pertrechos de los yanaconas, siempre que no los llevaran encadenados. Así lo había hecho Almagro con la disculpa de que mataba dos pájaros de un tiro: evitaba que los indios escaparan y transportaba hierro. Más infelices murieron por esas cadenas de pesadumbre que por los rigores del clima. Le expliqué que Valdivia no pensaba hacer eso, pero ella me recordó que los viracochas trataban a los indígenas peor que a las bestias. ¿Podía yo responder por Valdivia y por la conducta de los otros soldados?, preguntó. No, no podía, pero le prometí mantenerme vigilante y, de paso, la felicité por sus compasivos sentimientos, ya que los incas de la nobleza rara vez tenían consideraciones con su pueblo. Me miró extrañada.
-La muerte y los suplicios son normales, pero las cadenas no. Resultan humillantes-me aclaró en el buen castellano aprendido de su amante.
Cecilia llamaba la atención por su hermosura, sus ropas del más fino tejido peruano y su inconfundible porte de realeza, pero se las arregló para pasar casi desapercibida durante las primeras cincuenta leguas de viaje, hasta que encontré el momento adecuado para hablar con Pedro, quien al principio reaccionó con cólera, como cabía esperarse cuando una de sus órdenes era ignorada.
-Si yo estuviese en la situación de Cecilia, habría tenido que quedarme atrás... - suspiré.
-¿Acaso lo estás? -preguntó, esperanzado, porque siempre quiso tener un hijo.-No, por desgracia, pero Cecilia sí, y no es la única. Tus soldados están preñando00 a las indias auxiliares cada noche, y ya tenemos a una docena con el vientre lleno. Cecilia resistió la travesía del desierto, en parte montada en su mula y en parte
cargada en una hamaca por sus servidores, y su hijo fue el primer niño nacido en Chile. Juan Gómez nos pagó con una lealtad incondicional que habría de sernos muy útil en los meses y años venideros.
Cuando ya estaba todo listo para emprender el camino con el puñado de soldados que quisieron acompañarnos, surgió un inconveniente inesperado. Un
cortesano, antiguo secretario de Pizarro, llegó de España con una autorización del rey para conquistar los territorios al sur del Perú, desde Atacama hasta el estrecho de Magallanes. Este Sancho de la Hoz era pulcro de modales y amistoso de palabra, pero falso y vil de corazón. Eso sí, iba muy emperifollado, se vestía con chorreras de encajes y se rociaba con perfume. Los hombres se reían de él a sus espaldas, pero pronto empezaron a imitarlo. Llegó a ser más peligroso para la expedición que las inclemencias del desierto y el odio de los indios; no merece que su nombre quede en esta crónica, pero no puedo evitar mencionarlo, ya que vuelve a aparecer más adelante y, si hubiera logrado su propósito, Pedro de Valdivia y yo no habríamos cumplido nuestros destinos. Con su llegada, había dos hombres para la misma empresa, y por unas semanas pareció que ésta se trancaba sin remedio, pero al cabo de muchas discusiones y demoras el marqués gobernador Francisco Pizarro decidió que ambos acometieran la conquista de Chile en calidad de socios: Valdivia iría por tierra, De la Hoz por mar, y se encontrarían en Atacama. «Tú te vas cuidando mucho de este Sancho, pues, mamitay», me advirtió Catalina cuando supo lo ocurrido. Nunca lo había visto, pero lo caló con sus conchas de adivinar. Partimos por fin una cálida mañana de enero de 1540. Francisco Pizarro había llegado de la Ciudad de los Reyes, con varios de sus oficiales, a despedirse de Valdivia, llevando de regalo algunos caballos, su único aporte a la expedición. El eco de las campanas de las iglesias, que repicaron desde el amanecer, alborotó a los pájaros en el cielo y a los animales en la tierra. El obispo ofició una misa cantada, a la que todos asistimos, y nos endilgó un sermón sobre la fe y el deber de llevar la Cruz a los extremos de la Tierra; luego salió a la plaza a dar su bendición a los mil yanaconas que aguardaban junto a los bultos y animales. Cada grupo de indios recibía órdenes de un curaca, o jefe, que a su vez obedecía a los capataces negros y éstos a los barbudos viracochas. No creo que los indios apreciaran la bendición obispal, pero tal vez sintieron que el sol radiante de ese día era un buen augurio. Eran en su mayoría hombres jóvenes, además de algunas abnegadas esposas dispuestas a seguirlos aun sabiendo que no volverían a ver a sus hijos, que quedaban en el Cuzco. Por supuesto, iban también las mancebas de los soldados, cuyo número aumentó durante el viaje con las muchachas cautivas de las aldeas arrasadas.
Don Benito me comentó la diferencia entre la primera expedición y la segunda. Almagro partió a la cabeza de quinientos soldados en bruñidas armaduras, con flamantes banderas y pendones, cantando a pleno pulmón, y varios frailes con grandes cruces, además de los miles y miles de yanaconas cargados de pertrechos, y manadas de caballos y otros animales, avanzando todos al son de trompetas y timbales. Por comparación, nosotros éramos un grupo más bien patético, sólo once soldados, además de Pedro de Valdivia y yo, que también estaba dispuesta a blandir una espada si llegaba el caso.
-Que seamos pocos no importa, señora mía, puesto que con coraje y buen ánimo hemos de compensarlo. Con el favor de Dios, por el camino habrán de sumarse otros valientes -me aseguró don Benito.
Pedro de Valdivia cabalgaba delante, seguido por Juan Gómez, nombrado alguacil, don Benito y otros soldados. Lucía espléndido en su armadura, con el yelmo empenachado y vistosas armas, montado en Sultán, su valioso corcel árabe. Más atrás íbamos Catalina y yo, también a caballo. Yo había colocado en el arzón de mi montura a Nuestra Señora del Socorro, y Catalina llevaba en brazos al cachorro Baltasar, porque queríamos que se acostumbrara al olor de los indios. Pensábamos entrenarlo para guardián, no para asesino. Cecilia iba acompañada por un séquito de indias de su servicio, disimuladas entre las mancebas de los soldados. Enseguida venía la fila interminable de animales y cargadores, muchos lloraban, porque iban obligados y se despedían de sus familias. Los capataces negros flanqueaban la larga serpiente de indios. Eran más temidos que los viracochas, por su crueldad, pero Valdivia había dado instrucciones de que sólo él podía autorizar los castigos mayores y el tormento; los capataces debían limitarse al látigo y emplearlo con prudencia. Esa orden se diluyó por el camino y pronto sólo yo habría de recordarla. Al sonido de las campanas, que seguían repicando en las iglesias, se sumaban los gritos de despedida, el piafar de los caballos, el tintineo de los arreos, el quejido largo de los yanaconas y el ruido sordo de sus pies desnudos golpeando la tierra.
Atrás quedó el Cuzco, coronado por la fortaleza sagrada de Sacsayhuamán, bajo un cielo azulino. Al salir de la ciudad, a plena vista del marqués gobernador, su séquito, el obispo y la población de la ciudad que nos despedía, Pedro me llamó a su lado con voz clara y desafiante.
-¡Aquí, conmigo, doña Inés Suárez! -exclamó, y cuando me adelanté a los soldados y oficiales para colocar mi caballo junto al suyo, agregó en voz baja-: Nos vamos para Chile, Inés del alma mía... [30]


♪♫♫ LaVozPerú FL Oficial (ganadores que asistirán a la final de LaVozPerú,)♫♫♪









Conoce los 30 ganadores del sorteo de la activación de @LaVozPeru_FL para asistir a la final de #LaVozPerú.


¡Atención a todos los que participaron con sus fotos en el concurso de 'La Voz Perú' mediante la web de Frecuencia Latina! Los invitamos a conocer si serán parte de la gran final, hoy viernes. ¡No esperen y confirmen su asistencia! -> http://goo.gl/2yjqiJ


Aquí la lista de los afortunados ganadores: 


1. - Fiorela Carazas Cordero 
2. - Zoila Maribel Felipe Villarreal 
3. - Karo Nataly Orozco Domínguez 
4. -Julio Manuel Morante Navarro
5. -Amílcar Vidal Fernández Martínez 
6. -Angélica Rivera López 
7. -Isabel Roberta Romero Romero 
8. -Sonia Peña Palomino 
9. -Úrsula Sonia Medina Changra 
10. -Alicia Eugenia Hurtado Rosas 
11. -Jonathan Sanchez Ibarra 
12. -María del Carmen Menéndez Arana 
13. -Luis Daniel Bravo Morán 
14. -Guianinna Yanett Salas de la Vega 
15. -María del Pilar Ibarra Cuya 
16. -María Alfaro Cruz 
17. -Yakeline Fabiola Romero García 
18. -Irma López 
19. -Nataly Fabiola Cuyubamba Alania 
20. -Karina Robinet Pita 
21. -Isabel del Carmen Martell Castillo 
22. -Graciela Jhanet Bedon Felipe 
23. -Norma Claudet Manco Huamaní 
24. -Sheila Soledad Dávila Marín 
25. -Fiorella Teresa Callañaupa Segovia 
26. -Kristel Sharela Herrera Pineda 
27. -Magally del Pilar Acosta Hernández 
28. -Denisse Irene Ayuni Campos 
29. -Nuria Araníbar Duniam 
30.-Guadalupe del Pilar Carrión Ibarra 




miércoles, diciembre 18, 2013

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((29))

 



 Inés del alma mía[Document Transcript]... Al cabo de semanas de pasearse por los salones y corredores del palacio, Pedro empezó a perder la paciencia, convencido de que nunca obtendría la autorización, pero yo estaba segura de que Pizarro se la daría. La demora era habitual en el marqués, quien no era amigo de las cosas derechas; fingía preocupación por los peligros que «su amigo» debería enfrentar en Chile, pero en realidad le convenía que Valdivia se fuera lejos, donde no pudiera conspirar contra él ni hacerle sombra con su prestigio. Los gastos, riesgos y padecimientos corrían por cuenta de Valdivia, mientras que la tierra sometida dependería del gobernador del Perú; él nada podía perder con el osado proyecto, ya que no pensaba invertir un solo maravedí en ello.
-Chile está aún por conquistar y cristianizar, señor marqués gobernador, deber que nosotros, súbditos de su majestad imperial, no podemos descuidar -argumentóValdivia.
-Dudo que encontréis hombres dispuestos a acompañaros, don Pedro.
-Nunca han faltado varones heroicos y de buen guerrear entre los españoles, excelencia. Cuando se corra la voz de esta expedición a Chile, sobrarán brazos armados.
Una vez que el asunto del financiamiento quedó claro, es decir, que los gastos corrían por parte de Valdivia, el marqués gobernador otorgó su autorización con aparente desgano y recuperó rápidamente la rica mina de plata y la hacienda que poco antes le había otorgado a su valeroso maestre de campo. A éste no le importó. Había asegurado el bienestar de Marina en España y no le interesaba su fortuna personal. Contaba con nueve mil pesos de oro y los documentos necesarios para la empresa.
-Falta un permiso -le recordé.-¿Cuál?00 -El mío. Sin él no puedo acompañarte.
Pedro expuso al marqués, en forma algo exagerada, mi experiencia en cuidar enfermos y heridos, así como mis conocimientos de costura y cocina, indispensables para un viaje como aquél, pero de nuevo se vio enredado en intrigas palaciegas y objeciones morales. Tanto insistí, que Pedro me consiguió una audiencia para hablar con Pizarro en persona. No quise que él me acompañara, porque hay cosas que una mujer puede hacer mejor sola.
Me presenté al palacio a la hora señalada, pero tuve que esperar horas en una sala llena de gente que acudía a pedir favores, como yo. El ambiente estaba recargado de adornos y profusamente iluminado por hileras de bujías en candelabros de plata; era un día más gris que otros y muy poca luz natural se colaba por los ventanales. Al saber que venía recomendada por Pedro de Valdivia, los lacayos me ofrecieron una silla, mientras los demás solicitantes debían permanecer de pie; algunos llevaban meses yendo a diario y ya tenían el aire ceniciento de la resignación. Aguardé tranquila, sin darme por aludida de las miradas torvas de algunas personas, que sin
duda conocían mi relación con Valdivia y debían de preguntarse cómo una insignificante costurera, una mujer amancebada, se atrevía a pedir audiencia al marqués gobernador. A eso del mediodía llegó un secretario y anunció que era mi turno. Le seguí a una habitación imponente, decorada con un lujo exagerado - cortinajes, escudos, pendones, oro y plata-, chocante para el sobrio temperamento español, en especial para los que venimos de Extremadura. Guardias empenachados protegían al marqués gobernador, mas de una docena de escribanos, secretarios, leguleyos, bachilleres y frailes se afanaban con libracos y documentos, que él no podía leer, y varios sirvientes indígenas de librea, pero descalzos, servían vino, frutas y pasteles de las monjas. Francisco Pizarro, instalado en un sillón de felpa y plata sobre un estrado, me hizo el honor de reconocerme y mencionar que recordaba nuestra entrevista anterior. Yo me había hecho un vestido de viuda para la ocasión, iba de negro, con mantilla y una toca que ocultaba mis cabellos. Dudo que el astuto marqués se dejara engañar por mi apariencia; sabía muy bien por qué Valdivia pretendía llevarme con él.
-¿En qué puedo serviros, señora? -me preguntó con su voz destemplada.
-Soy yo quien desea serviros a vos y a España, excelencia -le contesté, con una humildad que estaba lejos de sentir, y procedí a mostrarle el mapa amarillento de Diego de Almagro, que Valdivia siempre llevaba junto al pecho. Le señalé la ruta del desierto, que habría de seguir la expedición, y le conté que yo había heredado de mi madre el don de encontrar agua.
Francisco Pizarro, perplejo, se quedó mirándome como si yo me hubiese burlado de él. Creo que nunca había oído hablar de algo semejante, a pesar de que es una facultad bastante común.
-¿Me estáis diciendo que podéis hallar agua en el desierto, señora?-Sí, excelencia.
-¡Estamos hablando del desierto más árido del mundo!00 -Según dicen algunos soldados que fueron en la expedición anterior, allí crecen algunos pastos y matorrales, excelencia Eso significa que hay agua, aunque posiblemente está a cierta profundidad. Si la hay, yo puedo encontrarla.
Para entonces toda actividad había cesado en la sala de audiencias y los presentes, incluso los servidores indios, seguían nuestra conversación con la boca abierta.
-Permitidme que os demuestre lo que sostengo, señor marqués gobernador. Puedo ir con testigos al sitio más yermo que usted me asigne y con una varilla os mostraré que soy capaz de hallar agua.
-No será necesario, señora. Os creo -se pronunció Pizarro después de una larga
pausa.
Procedió a impartir órdenes para que se me extendiera la autorización solicitada y, además, me ofreció una lujosa tienda de campaña, como prenda de amistad, «para aliviar los sacrificios del viaje», manifestó. En vez de seguir al secretario, que pretendía conducirme a la puerta, me planté junto a uno de los escritorios a esperar mi documento, porque de otro modo podía tardar meses. Media hora más tarde, Pizarro le puso su sello y me lo tendió con una sonrisa torcida. Sólo me faltaba el permiso de la Iglesia.
Pedro y yo regresamos al Cuzco a organizar la expedición, tarea nada fácil, porque, aparte de los gastos, había el problema de que muy pocos soldados quisieron sumarse a nosotros. Eso de que sobrarían brazos bien armados, como había anunciado tantas veces Valdivia, resultó una ironía. Quienes fueron años antes con Diego de Almagro habían regresado contando horrores de aquel lugar, que llamaban «sepultura de españoles» y que, según aseguraban, era muy mísero y no alcanzaba para alimentar ni a treinta encomenderos. Los «rotos chilenos» habían vuelto sin nada y vivían de la caridad, prueba sobrada de que Chile sólo ofrecía padecimientos. Eso desanimaba incluso a los más bravos, pero Valdivia podía ser muy elocuente cuando aseguraba que, una vez subsanados los obstáculos del camino, llegaríamos a una tierra fértil y benigna, de mucho contento, donde podríamos prosperar. «¿Y el oro?», preguntaban los hombres. Oro también habría, les aseguraba él, era cuestión de buscarlo. Los únicos voluntarios resultaron tan escasos de fondos, que debió prestarles dinero para que se aperaran con armas y caballos, tal como antes había hecho Almagro con los suyos, aun a sabiendas que nunca podría recuperar la inversión. Los nueve mil pesos se hicieron pocos para adquirir lo indispensable, entonces Valdivia consiguió financiamiento con un inescrupuloso comerciante, a quien consintió pagarle el cincuenta por ciento de lo que se recaudara en la empresa de la conquista.
Fui a confesarme con el obispo del Cuzco, a quien ablandé antes con manteles bordados para su sacristía, ya que necesitaba su permiso para el viaje. Teniendo en mi poder el documento de Pizarro, iba más o menos segura, pero nunca se sabe cómo reaccionarán los frailes y menos aún los obispos. En la confesión no tuve más remedio que exponer la verdad desnuda de mis amores.
-El adulterio es pecado mortal -me recordó el obispo.
-Soy viuda, eminencia. Me confieso de fornicación, que es un pecado horroroso, pero no de adulterio, que es peor.00 -Sin arrepentimiento y sin el firme propósito de no volver a pecar, hija, ¿cómo pretendéis que os absuelva?
-Tal como lo hacéis con todos los castellanos del Perú, eminencia, que de otro modo irían a parar de cabeza al infierno.
Me dio la absolución y el permiso. A cambio le prometí que en Chile construiría una iglesia dedicada a Nuestra Señora del Socorro, pero él prefería a Nuestra Señora de las Mercedes, que viene a ser lo mismo con otro nombre, pero para qué iba a discutir con el obispo. Entretanto, Pedro se ocupaba de reclutar a los soldados, conseguir los yanaconas o indios auxiliares necesarios, comprar armas, municiones,
carpas y caballos. Yo me hice cargo de otras cosas de menor importancia que rara vez distraen la mente de los grandes hombres, como alimento, herramientas de labranza, utensilios de cocina, llamas, vacas, mulas, cerdos, gallinas, semillas, mantas, telas, lana y mucho más. Los gastos eran muchos y tuve que invertir mis monedas ahorradas y vender mis joyas, que de todos modos no usaba, las tenía guardadas para una emergencia y consideré que no había emergencia mayor que la conquista de Chile. Además, confieso que nunca me han gustado las alhajas y menos aún tan ostentosas como las que me había regalado Pedro. Las pocas veces que me las puse, me parecía ver a mi madre con el ceño fruncido recordándome que no conviene llamar la atención ni provocar envidia. El médico alemán me entregó un baulito con cuchillos, tenazas, otros instrumentos de cirugía y medicamentos: azogue, albayalde fino, mercurio dulce, jalapa en polvo, precipitado blanco, crémor tártaro, sal de saturno, basilicón, antimonio crudo, sangre de drago, piedra infernal, bolo armenio, tierra japónica y éter. Catalina le dio una mirada a los frascos y se encogió de hombros, despectiva. Ella llevaba sus bolsas con el herbolario indígena, que enriqueció por el camino con las plantas curativas de Chile. Además, insistió en llevar la batea de madera para el baño, porque nada le molestaba tanto como la hediondez de los viracochas y estaba convencida de que casi todas las enfermedades eran debidas a la mugre.
En eso estaba cuando llegó a golpear mi puerta un hombre maduro, simplón, con cara de niño, que se presentó como don Benito. Era uno de los hombres de Almagro, curtido por años de vida militar, el único que regresó enamorado de Chile, pero no se atrevía a decirlo en público para que no lo creyeran enajenado. Tan andrajoso como los otros «chilenos», tenía sin embargo una gran dignidad de soldado y no venía a pedir dinero prestado ni a poner condiciones, sino a acompañarnos y ofrecernos su ayuda. Compartía la idea de Valdivia de que en Chile se podía fundar un pueblo justo y sano. [29]



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