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martes, diciembre 04, 2012

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((14))



Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 14 universidad de la capital y después entró a trabajar en un banco. Entretanto, su madre se casó con su amante y entre los dos siguieron administrando la pensión, hasta que tuvieron ahorros suficientes para retirarse a una pequeña casa de campo, donde cultivaban claveles y crisantemos para vender en la ciudad. El Ruiseñor colocó su afiche de artista en un marco dorado, pero no volvió a cantar en espectáculos nocturnos y nadie lo echó de menos. Nunca acompañó a su mujer a visitar a la hijastra, tampoco preguntaba por ella, para no alborotar las dudas de su propio espíritu, pero pensaba en ella a menudo. La imagen de la niña permaneció intacta para él, los años no la rozaron, siguió siendo la criatura lujuriosa y vencida de amor a quien él rechazó. En verdad, a medida que transcurrían los años el recuerdo de esos huesos livianos, de esa mano infantil en su vientre, de esa lengua de bebé en su boca, fue creciendo hasta convertirse en una obsesión. Cuando abrazaba el cuerpo pesado de su mujer, debía concentrarse en esas visiones, invocando meticulosamente a Elena, para despertar el impulso cada vez más difuso del placer. En la madurez iba a las tiendas de ropa infantil y compraba bragas de algodón para deleitarse acariciándolas y acariciándose. Después se avergonzaba de esos instantes desaforados y quemaba las bragas o las enterraba profundamente en el patio, en un intento inútil de olvidarlas. Se aficionó a rondar las escuelas y los parques, para observar de lejos a las muchachas impúberes, que le devolvían por unos momentos demasiado breves el abismo de ese jueves inolvidable. Elena tenía veintisiete años cuando fue a visitar la casa de su madre por primera vez, para presentarle a su novio, un capitán del ejército que llevaba un siglo rogándole que se casara con él. En uno de esos atardeceres frescos de noviembre llegaron los jóvenes, él vestido de paisano, para no parecer demasiado arrogante en galas militares, y ella cargada de regalos. Bernal había aguardado esa visita con la ansiedad de un adolescente. Se había mirado al espejo incansablemente, escrutando su propia imagen, preguntándose si Elena vería los cambios o si en la mente de ella el Ruiseñor habría permanecido invulnerable al desgaste del tiempo. Se había preparado para el encuentro escogiendo cada palabra e imaginando todas las posibles respuestas. Lo único que no se le ocurrió fue que en vez de la criatura de fuego por quien él había vivido atormentado, aparecería ante sus ojos una mujer desabrida y tímida. Bernal se sintió traicionado. Al anochecer, cuando pasó la euforia de la llegada y la madre y la hija se habían contado las últimas novedades, sacaron unas sillas al patio para aprovechar el fresco. El aire estaba cargado con el olor de los claveles. Bernal ofreció un trago de vino y Elena lo siguió para buscar los vasos. Por unos minutos estuvieron solos, frente a frente en la estrecha cocina. Y entonces el hombre, que había aguardado durante tanto tiempo esa oportunidad, retuvo a la mujer por un brazo y le dijo que todo había sido una terrible equivocación, que esa mañana él estaba dormido y no supo lo que hizo, que nunca quiso lanzarla al suelo ni llamarla así, que tuviera compasión y lo perdonara, a ver si así él lograba recuperar la cordura, porque en todos esos años el ardiente antojo por ella lo había acosado sin descanso, quemándole la sangre y corrompiéndole el espíritu. Elena lo miró asombrada y no supo qué contestar. ¿De qué niña perversa le hablaba? Para ella la infancia había quedado muy atrás y el dolor de ese primer amor rechazado estaba bloqueado en algún lugar sellado de la memoria. No guardaba ningún recuerdo de aquel jueves remoto. 14 Librodot




Martín Adán (Libros)

LIBROS PRIMERAS EDICIONES
 
La casa de cartón Prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. Primera edición. Lima: Impresiones y Encuadernaciones, "Perú", 1928
 
 
 
La rosa de la espinela Lima: Talleres Gráficos de la Editorial Lumen (Cuadernos de Cocodrilo, Separata de la revista 3), 1939.
 
 
 
Travesía de extramares (sonetos a Chopin) Lima: Ediciones de la Dirección de Educación Artística y Extensión Cultural del Ministerio de Educación Pública, 1950.
 
 
 
Escrito a ciegas Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, El Timonel, 1961
 
 
 
La mano desasida, canto a Machu Picchu Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, 1964. (Incluye disco con voz del autor leyendo su poema)
 
 
 
 
La piedra absoluta Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, 1966.
 
 
 
De lo barroco en el Perú Prólogo de Luis Alberto Sánchez. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1968.
 
 
 
Diario de poeta Lima: Inti Sol editores,
 
 
Colección Jacarandá, 1975.
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REEDICIONES Y TRADUCCIONES
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La rosa de la espinela Segunda edición. Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, 1958.
 
 
 
La casa de cartón Prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. Lima: Nuevos Rumbos, 1958.
 
 
 
La casa de cartón Ante-prólogo de Estuardo Núñez, prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. Segunda edición popular. Lima: Nuevo Mundo, 1961.
 
 
 
La casa de cartón Prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. Cuarta edición. Lima: Librería editorial Juan Mejía Baca, 1971.
 
 
 
La casa de cartón. De lo barroco en el Perú (Peralta - Melgar - Chocano - Eguren) Prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. Quinta edición. Lima: Ediciones Peisa, Editorial Juan Mejía Baca, 1974.
 
 
 
La rose du dizain. Poèmes Traduits de l'espagnol par Claude Couffon. Paris: Luneau Ascot Éditeurs, 1985.
 
 
 
La casa de cartón Prólogo de Mirko Lauer y colofón de José Carlos Mariátegui. La Habana: Colección La Honda Casa de las Américas Cuba, 1986.
 
 
 
La casa di cartone (a cura de Antonio Melis) Bologna: Liviana Editrice. 1987.
 
 
 
La casa de cartón
Prólogos de Luis Fernando Vidal y Luis Alberto Sánchez, notas de Elsa Villanueva y colofón de José
Carlos Mariátegui. Lima: Peisa, 1989.
 
 
 
La casa de cartón. De lo barroco en el Perú (Peralta - Melgar - Chocano - Eguren) Prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. Lima: Peisa, 1984.
 


 
 
La casa de cartón Ante-prólogo de Estuardo Núñez, prólogo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui. s/d, 199?. (Contiene además una selección de poemas de Martín Adán y un artículo de Mirko Lauer)
 
 
 
La casa de cartón Edición e introducción de Ricardo Silva Santisteban. Lima: Adobe, Biblioteca Latinoamericana Contemporánea, 2000. (Contiene además un segmento de La casa de cartón aparecido en Amauta en 1928 y no recogido en el libro y cuatro prosas poéticas de época próxima)
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((13))

Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 13 la cuna. El jueves despertó alegre, ayudó a su madre a preparar el café para los pensionistas y luego desayunó con ella en la cocina, antes de irse a clases. A la escuela, en cambio, llegó quejándose de fuertes calambres en el estómago y tanto se retorció y pidió permiso para ir al baño, que a media mañana la maestra la autorizó para regresar a su casa. Elena dio un largo rodeo para evitar las calles del barrio y se aproximó a la casa por la pared del fondo, que daba a un barranco. Logró trepar el muro y saltar al patio con menos riesgo del esperado. Había calculado que a esa hora su madre estaba en el mercado, y como era el día del pescado fresco tardaría un buen rato en volver. En la casa sólo se encontraban Juan José Bernal y la señorita Sofía, que llevaba una semana sin ir al trabajo porque tenía un ataque de artritis. Elena escondió los libros y los zapatos bajo unas mantas y se deslizó al interior de la casa. Subió la escalera pegada a la pared, reteniendo la respiración, hasta que oyó la radio tronando en el cuarto de la señorita Sofía y se sintió más tranquila. La puerta de Bernal cedió de inmediato. Adentro estaba oscuro y por un momento no vio nada, porque venía del resplandor de la mañana en la calle, pero conocía la habitación de memoria, había medido el espacio muchas veces, sabía dónde se hallaba cada objeto, en qué lugar preciso el piso crujía y a cuántos pasos de la puerta estaba la cama. De todos modos, esperó que se le acostumbrara la vista a la penumbra y que aparecieran los contornos de los muebles. A los pocos instantes pudo distinguir también al hombre sobre la cama. No estaba boca abajo, como tantas veces lo imaginó, sino de espaldas sobre las sábanas, vestido sólo con un calzoncillo, un brazo extendido y el otro sobre el pecho, un mechón de cabello sobre los ojos. Elena sintió que de pronto todo el miedo y la impaciencia acumulados durante esos días desaparecían por completo, dejándola limpia, con la tranquilidad de quien sabe lo que debe hacer. Le pareció que había vivido ese momento muchas veces; sé dijo que no había nada que temer, se trataba sólo de una ceremonia algo diferente a las anteriores. Lentamente se quitó el uniforme de la escuela, pero no se atrevió a desprenderse también de sus bragas de algodón. Se acercó a la cama. Ya podía ver mejor a Bernal. Se sentó al borde, a poco trecho de la mano del hombre, procurando que su peso no marcara ni un pliegue más en las sábanas, se inclinó lentamente, hasta que su cara quedó a pocos centímetros de él y pudo sentir el calor de su respiración y el olor dulzón de su cuerpo, y con infinita prudencia se tendió a su lado, estirando cada pierna con cuidado para no despertarlo. Esperó, escuchando el silencio, hasta que se decidió a posar su mano sobre el vientre de él en una caricia casi imperceptible. Ese contacto provocó una oleada sofocante en su cuerpo, creyó que el ruido de su corazón retumbaba por toda la casa y despertaría al hombre. Necesitó varios minutos para recuperar el entendimiento y cuando comprobó que no se movía, relajó la tensión y apoyó la mano con todo el peso del brazo’ tan liviano de todos modos, que no alteró el descanso de Bernal. Elena recordó los gestos que había visto a su madre y mientras introducía los dedos bajo el elástico de los calzoncillos buscó la boca del hombre y lo besó como lo había hecho tantas veces frente al espejo. Bernal gimió aún dormido y enlazó a la niña por el talle con un brazo, mientras su otra mano atrapaba la de ella para guiarla y su boca se abría para devolver el beso, musitando el nombre de la amante. Elena lo oyó llamar a su madre, pero en vez de retirarse se apretó más contra él. Bernal la cogió por la cintura y se la subió encima, acomodándola sobre su cuerpo a tiempo que iniciaba los primeros movimientos del amor. Recién entonces, al sentir la fragilidad extrema de ese esqueleto de pájaro sobre su pecho, un chispazo de conciencia cruzó la algodonosa bruma del sueño y el hombre abrió los ojos. Elena sintió que el cuerpo de él se tensaba, se vio cogida por las costillas y rechazada con tal violencia que fue a dar al suelo, pero se puso de pie y volvió donde él para abrazarlo de nuevo. Bernal la golpeó en la cara y saltó de la cama, aterrado quién sabe por qué antiguas prohibiciones y pesadillas. –¡Perversa, niña perversa! –gritó. La puerta se abrió y la señorita Sofía apareció en el umbral. Elena pasó los siete años siguientes en un internado de monjas, tres más en una 13 Librodot




Martín Adán (Biografía)

Martín Adán
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(1907 - 1985)

Rafael de la Fuente Benavides fue el nombre civil de este escritor, cuya importancia en las letras hispanas lo sitúa entre los mayores creadores de este siglo. La vida de Martín Adán es un copioso afluente de una obra vasta y plural que empieza desde 1928 con poemas dispersos y La casa de cartón dentro del curso vanguardista de ruptura con la tradición. Hacia 1931 compone Aloysius Acker, poema de tono elegíaco; insatisfecho o atormentado por el resultado, destruye el Aloysius que solo nos ha llegado en fragmentos.


En esa misma época, Martín Adán participa del resurgimiento de las formas métricas tradicionales que brotan en el ambiente poético castellano. La creación en sonetos perfectos produce, a principios de la década de 1930, una versión primitiva de Travesía de extramares (Sonetos a Chopin), poemas que tratan la imagen del creador, la creación artística y la vida como una travesía marítima; pero que no llegarán a su forma final sino entre 1945 y 1950.


Sus composiciones en metro llegan a su madurez al manifestar la sensibilidad moderna -que significa en él una percepción honda de la condición humana- dentro de una rigurosa expresión en verso. Sus poemas en torno a la contemplación de la rosa (La rosa de la espinela publicado en 1939 y Sonetos a la rosa de 1938, 1941 y 1942) son fruto maduro de entonces. Hacia 1932 ingresa a una etapa improductiva de probable crisis personal de la que saldrá con un trabajo crítico ambicioso y descomunal, De lo barroco en el Perú, con el que obtiene el grado de Doctor en Letras en 1938. Este ensayo de apreciación de la literatura peruana es de una gran elaboración; el esfuerzo es evidente en un trabajo bibliográfico erudito de la misma época; y, en especial, en una prosa barroca ejercitada incesantemente.


De lo barroco, reelaborado durante el primer lustro del decenio de 1940, da paso a la recreación de Travesía de extramares, que gana la densidad de la prosa de ese ensayo hasta hacerse hermético a la manera de Góngora. Consagra al escritor al obtener por él el Premio Nacional de Poesía de 1946. El libro llega a su publicación en 1950 con largas ampliaciones y modificaciones. Ya por entonces Adán es un poeta legendario. Su vida de bohemia intensa y largas estadías en sanatorios distrae de la difícil lectura de sus textos a un público propenso al mito y poco preparado para entender su poesía. A Travesía sigue un decenio de improductividad en el que Rafael de la Fuente se precipita en la indigencia y el radical descuido de su persona; ya académico de la lengua y con una aureola de aristocrática respuesta a un mundo en el que no tiene un lugar.


Hacia principios de la década de 1960, se recluirá en un sanatorio en un retiro radical del que no saldrá. En su apartamiento del mundo volverá a las formas del antiguo Aloysius, retomando su verso libre, su tono elegíaco y la depuración de su expresión hasta hacerla fluida y directa para expresar una trágica reflexión en torno a lo humano. Este ejercicio del verso libre se hará manifiesto en Escrito a ciegas, La mano desasida y La piedra absoluta cuyas primeras versiones aparecen a principios del decenio de 1960.


La mano desasida, un sólo poema de cientos de páginas, es el eje de esta escritura desgarrada y directa. Desde 1966 volverá al soneto ya alejado de su estilo barroco de mediados de siglo pero siempre revelando la desolada condición humana: Mi Darío y Diario de poeta. Desde 1973, aproximadamente, dejó de escribir.
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LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL POETA
 
 
 
Hacia 1962 o 1963, Adán se internó en la clínica psiquiátrica de la queno salió hasta marzo de 1983. Ello parece exacto según las numerosas facturas que he encontrado; alguna breve temporada fuera no sería imposible, aunque sí muy improbable. El 18 de marzo de 1983 Adán fueinternado en el Hospital Larco Herrera hasta marzo del año siguiente. Enenero de 1984 permaneció internado algunos días en el Hospital SantoToribio de Mogrovejo donde fue operado de la vista. En el mes de abril de1984 se encuentra hospitalizado en el Hospital Loayza donde es tratado porproblemas renales. El 30 de abril de 1984 es llevado al albergue Canevarodel Rímac; saldrá de ahí en enero de 1985, de nuevo al Hospital Loayzapara volver a operarse. Varios testimonios coinciden en afirmar que sudeceso se produjo por un paro cardiaco durante la intervención quirúrgicaa la que era sometido. Su muerte ocurrió a las 10.45 de la noche del 29 de enero de 1985.



Los últimos años están signados por un largo período depresivo. Existen, de ese tiempo, muchas notas manuscritas dirigidas a Mejía Baca, hasta 1980. También hay cartas con investigadores extranjeros y numerosa correspondencia de admiradores y amigos. La correspondencia revela un Adán constantemente preocupado por su obra y sus ediciones, pero sintomar decisiones importantes sobre sus inéditos; a lo sumo relega toda la ejecución a Mejía Baca. A veces, como en 1974, da indicaciones desobriedad para la edición de Diario de poeta de 1975; sale del paso respecto aun ordenamiento pidiendo se coloquen primero los poemas en verso libre, luego los otros y se numeren en romanos.



Su economía parece ser ajustada y va siendo paliada por el oficioso Mejía Baca que consigue hacia 1970 un cargo para Martín Adán en la Universidad de San Marcos para la cual deberá tratar de su propia obra. Enotro momento la pensión proviene de la Municipalidad de Lima, y luegodel Ministerio de Educación. Los ingresos son cada vez más exiguos y sólocon las publicaciones en diarios, desde 1983, el poeta mejorará notablemente sus ingresos.



En enero de 1976 recibe el Premio Nacional de Cultura en el área de Literatura correspondiente al bienio 1973-1974. Hacia el último lustro podemos reconstruir con bastante exactitud laspenurias del poeta y su amigo librero para pagar la clínica y procurarse ingresos; Mejía Baca conservó muchos documentos: facturas, depósitos,informes, etc. Pero no hay noticias ni disposiciones del poeta sobre su obra. La copiosa producción inédita debía ya resultarle inasible a Adán; varias veces desde la década de 1960, Mejía Baca hace mecanografiar los poemas y probablemente entrega copias al poeta, pero éste no disponenada importante. Aquel acopio inmenso y desatendido de su autor recuerda unos versos suyos publicados a principios del decenio de 1950: "¡Sí yo que Derroché todo / Mi botín de inanidades, / De ternuras sin amor / Ganadasal abordaje!...... ".



En una libreta de 1961, unas palabras borrosas nos muestran un Adán cercano a nosotros: "Yo no juzgo sino amo el Perú: nací de él y para él, como el hijo para con el padre. Mi destino es el suyo; si no soy él, desbarato y Dios ha de pensar como yo antes de que yo haya errado, porque soy, antes que del Perú, su creatura; porque todo buen pensamiento [no seentiende lo demás]".

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Martín Adán (1907 - 1985)
 
 
Prima ripresa
(Travesía de extramares, Lima 1950)
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Heme así... mi sangre sobre el araDe la rosa, de muerte concebida,Que, de arduo nombre sombra esclarecida, Palio de luz, de mi sombra me ampara. Heme así... de ciego que llameara, Al acecho de aurora prevenida, Desbocando la cuenca traslucida, Porque sea la noche mi flor clara. Abrumado de él, sordo por quedo,He de poder así, en la noche obscura, Ya con cada yo mismo de mi miedo. Despertaré a divina incontinencia, Rendido de medida sin mesura, Abandonado hasta de mi presencia...
 
 
 
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Quarta ripresa
(Travesía de extramares, Lima 1950)
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- La que nace, es la rosa inesperada;La que muere, es la rosa consentida;Sólo al no parecer pasa la vida, Porque viento letal es la mirada. - ¡Cuánta segura rosa no es en nada!...¡Si no es sino la rosa presentida!...¡rosa y a la vida Si Dios sopla a laPor el ojo del ciego... rosa amada!... - Triste y tierna, la rosa verdadera Es el triste y el tierno sin figura,Ninguna imagen a la luz primera. - Deseándola deshójase el deseo...Y quien la viere olvida, y ella dura...
 
 
 
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Sexta ripresa
(Travesía de extramares, Lima 1950)
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-La rosa que amo es la del esciente,La de sí misma, al aire de este mundo;Que lo que es, en ella lo confundoCon lo que fui de rosa, y no de mente. - Si en la de alma espanta el vehementeDesignio, sin deseo y sin segundo,En otra vence el incitar facundoDe un ser cabal, deseable, viviente... - Así el engaño y el pavor temidos, Cuando la rosa que movió la manoGolpea adentro, al interior humano... - Que obra alguno, divino por pequeño, Que no soy, y que sabe,por los sidosDioses que fui ordenarme asá el ensueño.
 
 
 
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Ottava ripresa
(Travesía de extramares, Lima 1950)
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-No eres la teoría, que tu espinaHincó muy hondo; ni eres de probanzaDe la rosa a la Rosa, que tu lanza-Abrió camino así que descamina. - Eres la Rosa misma, sibilinaMaestra que dificulta la esperanzaDe la - rosa perfecta, que no alcanzaA aprender de la rosa que alucina. - ¡Rosa de rosa, idéntica y sensible, A tu ejemplo, profano y mudadero, El Poeta hace la rosa que es terrible! - ¡Que eres la rosa eterna que en tu rama Rapta al que, prevenido prisionero,Roza la rosa del amor que no ama!¡Ay, que es así la Rosa, y no la veo!...
 
 
 
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