░╦╔╗╔╗╗╔╔╗░╔╦╗╔╗░╔╗╔╦╗╔╗░╦ ░║╠░╚╗║║╚╗░░║░╠░░╠╣║║║╠╣░║ ╚╝╚╝╚╝╚╝╚╝░░╩░╚╝░╝╚╩░╩╝╚░✩"

jueves, diciembre 26, 2013

:::::>>La tía<<:::::::



Tendrías que haber conocido a mi tía. Era encantadora. No quiero decir encantadora en el sentido que se suele dar a la palabra, sino buena y cariñosa, divertida a su modo, dispuesta siempre a charlar sobre sí misma, cuando uno tenía ganas de charlar y reírse a propósito de alguien. Sin dificultad te la imaginabas en una comedia, entre otras cosas, porque sólo vivía para el teatro y la vida de la escena. Era una mujer muy respetable, pero el agente Fabs, a quien tía llamaba Flabs, decía que estaba loca por el teatro.
- El teatro es mi escuela - afirmaba -, la fuente de mis conocimientos. En él he refrescado mi Historia Sagrada: 
"Moisés," - "José y sus hermanos"; eso son óperas. Al teatro debo mis conocimientos de Historia Universal, Geografía y Psicología. Por las obras francesas conozco la vida de París, equívoca, pero interesantísima. ¡Cómo he llorado con la "Familia Riquebourg" porque el marido ha de matarse bebiendo para que el joven amante pueda casarse con ella! Sí, he derramado muchas lágrimas en los cincuenta años que he estado abonada.
Mi tía conocía todas las obras teatrales, todos los decorados, todos los personajes que salían o habían salido a escena. Puede decirse que sólo vivía durante los nueves meses de la temporada. El verano, sin teatro, era para ella un tiempo vacío, que sólo servía para envejecer, mientras que una sola noche de espectáculo alargada hasta la madrugada, constituía una verdadera prolongación de su vida. No decía, como tantas otras personas: "Ya viene la primavera; ha llegado la cigüeña," o bien "ya están en el mercado las primeras fresas." Lo que ella anunciaba era la proximidad del otoño: "¿Ha visto que ya se ha abierto el abono a los palcos? Van a empezar las representaciones."
Estimaba la situación de una vivienda sólo por la distancia a que se encontraba del teatro. Vivió durante muchos tiempo en una calleja de detrás de la sala de espectáculos, y tuvo un gran disgusto cuando se vio obligada a trasladarse a otra calle.
- En casa quiero que mi ventana sea mi palco. No puede una permanecer sentada y encerrada en sí misma. Necesito ver a la gente. Ahora vivo como si me hubiese trasladado al campo. Si quiero ver gente, he de ir a la cocina a sentarme en el vertedero; sólo allí tengo a alguien delante. En cambio, cuando vivía en el callejón veía el interior de la tienda de telas y sólo estaba a trescientos pasos del teatro, mientras que ahora me separan de él tres mil, y de soldado. A veces la tía se sentía enferma, pero muy mal tenía que estar para perderse una comedia. Una vez el médico le ordenó que se pusiera una cataplasma en las plantas de los pies. Ella lo hizo, pero se fue al teatro en coche y siguió la función con la cataplasma en su sitio. Morir en el teatro, ésta hubiera sido su ilusión. Thorwaldsen murió en el teatro. A eso le llamaba ella una "muerte venturosa."
No podía imaginar un cielo sin teatro. Cierto que nada de ello se dice en los libros sagrados, pero todos esos excelentes actores y actrices que nos han precedido, en algo tendrán que ocuparse en la eternidad.
Mi tía tenía su hilo telegráfico desde el teatro a su casa; el telegrama llegaba cada domingo a la hora del café. Este hilo telegráfico ,era el "tramoyista señor Sivertsen," el encargado de dar las señales de subir y bajar el telón, de colocar o retirar los decorados y cortinas. Él le anticipaba una breve explicación del argumento y circunstancias de la obra. A "La Tempestad," de Shakespeare, la llamaba la "maldita pieza." - "Hay tanto y tanto que cambiar, y desde la primera escena está uno metido en agua." Quería decir, desde luego, que había que poner en primer término las "olas rodantes." En cambio, cuando la decoración no variaba en los cinco actos, el hombre decía que era una obra razonable y bien escrita, una obra tranquila, que discurre sola, sin complicaciones escenográficas.
En aquellos tiempos, como decía la tía hablando de treinta años atrás, ella y el mentado señor Sivertsen eran jóvenes. El hombre trabajaba ya de tramoyista, y ella lo llamaba su "bienhechor." Entonces era costumbre, en la función nocturna que se daba en el único y espacioso teatro de la ciudad, admitir espectadores en el telar, y todos los ayudantes tramoyistas disponían de dos o tres entradas gratuitas. Con frecuencia se llenaba aquel lugar de gente muy distinguida. Decíase que allí habían estado incluso generales y esposas de consejeros. Era muy interesante presenciar el espectáculo desde lo alto de los bastidores y ver moverse a los cómicos cuando había bajado el telón.
Mi tía estuvo allí varias veces viendo tragedias y "ballets," pues cuanto más personajes participaban en una obra, tanto más le interesaba verla desde el telar. Allá arriba se estaba casi a oscuras, y la mayoría de los concurrentes se traían la cena. Una vez cayeron tres manzanas y un bocadillo de salchichón precisamente en el calabozo de Ugolino, aquel infeliz condenado a morir de hambre, lo cual provocó una carcajada general en el público. Aquel salchichón fue uno de los principales motivos que indujeron a la dirección a suprimir los puestos del telar.
- Pero yo estuve treinta y siete veces - decía la tía -, y eso nunca dejaré de agradecérselo al señor Sivertsen. Justamente la última noche que se permitió la entrada al telar se representaba el "Juicio de Salomón"; la tía se acordaba muy bien. Por mediación de su benefactor, el señor Sivertsen, había procurado una entrada al agente Fabs, a pesar de que no se lo merecía, porque continuamente se burlaba del teatro y gastaba bromas a la tía. No obstante, ella le había conseguido un puesto. El hombre deseaba ver la comedia "del revés," tales habían sido sus palabras, muy propias de él, como decía la tía.
Vio "El Juicio de Salomón" desde arriba y se durmió como si viniera de un gran banquete y hubiera brindado de lo lindo. Quedóse, pues, dormido y encerrado, y se pasó la noche durmiendo en el teatro. Luego explicó sus experiencias, pero la tía se negó a creerlo. Según dijo, una vez terminado "El Juicio de Salomón," cuando todas las luces estaban apagadas y el público se había marchado, entonces empezó la verdadera comedia, el sainete, que fue lo mejor de la velada. ¡Cómo se animó todo! No era ya el "Juicio de Salomón" lo que se representaba, sino el "Juicio final." Y el agente Fabs tuvo la frescura de pretender que la tía se tragase aquello; ésas fueron las gracias por haberle procurado una entrada gratis. Lo que contó el agente tenía su gracia, pero enturbiada por un fondo de malicia y de burla.
- Desde arriba todo se veía oscuro - dijo el agente -. Pero luego empezó el hechizo, la gran representación: "El Juicio final en escena." Los acomodadores se presentaron en las puertas, y todos los espectadores hubieron de exhibir su certificado de conducta, a la vista del cual se decidía si entrarían con las manos libres o atadas, con mordaza o sin ella. Los caballeros y damas que llegaban una vez empezada la función, así como los jóvenes que nunca sabían ser puntuales, fueron atados fuera de la sala y se les pusieron zapatillas de fieltro; con ellas y con una mordaza se les permitiría entrar antes de que comenzase el siguiente acto. Y entonces se representa el Juicio final.
- ¡Pura bellaquería! - dijo la tía -. Que Dios no se la tome en cuenta.
El pintor, si quería subir al cielo, tenía que subir por una escalera pintada por él mismo y en la que no se sostenía un pie humano. Era un pecado contra la perspectiva. Todos los edificios y plantas que el tramoyista había situado con gran sudor y esfuerzo en países que no les correspondían, hubo de trasladarlos el pobre hombre a los lugares debidos, y eso antes de que cantara el gallo, si quería entrar en el cielo. Mejor haría el señor Fabs en preocuparse de que lo dejaran entrar a él, en lugar de contar tantos chismes de los personajes de la tragedia y de la comedia, del canto y del baile. No era digno de ir al telar, y la tía no repetiría nunca sus palabras. Fabs decía que lo había anotado todo, pero que no lo imprimirían hasta que estuviese muerto y enterrado, pues no quería que lo desollaran vivo.
Una sola vez pasó la tía un gran miedo y angustia en su templo de la bienaventuranza. Fue un día de invierno, uno de esos días en que no hay más que dos horas de luz bajo el cielo gris. El frío era horrible, con una ventisca atroz; pero la tía no pudo faltar a la función. Representaban "Hermann von Unna," con una breve ópera y un "ballet"; un prólogo y un epílogo; la cosa terminaría tarde. La tía pidió prestados a su patrona unos zapatos de piel: piel por fuera y por dentro, que le subían hasta las pantorrillas.
Llegó a la sala, entró en su palco; los zapatos eran calientes, y no se los quitó. De pronto se oyó la voz de "¡fuego!." Salía humo de uno de los bastidores y bajaba del telar. Originóse una alarma espantosa; la gente se echó a correr hacia las puertas, y la tía se quedó la última en el palco.
- Segunda fila izquierda, desde allí es de donde mejor se ven las decoraciones - decía -; las colocan de manera que produzcan el mejor efecto vistas desde el palco real.
La tía quiso salir, pero los que la precedían, en su miedo y atolondramiento habían dejado cerrarse la puerta. Y allí quedó la mujer sin poder ir hacia fuera ni hacia dentro, es decir, que tampoco podía pasar al palco vecino, pues la mampara intermedia era demasiado alta. Gritó, pero no la oyeron; miró a la fila inferior de palcos; estaba desierta, era baja, y la separaba de ella muy poca distancia. El terror la volvió joven y ágil; se dispuso a saltar, puso una pierna encima de la barandilla, la otra sobre el banco y allí se quedó a horcajadas, con el vestido de flores y una pierna tambaleándose, calzada con el enorme zapato de piel. ¡Un espectáculo digno de ver! Al final la vieron y la oyeron, y se salvó del fuego, que, por lo demás, no pasó a mayores.
Aquella noche fue la más memorable de su vida; y estaba contenta de no haberse visto a sí misma, pues se habría muerto de vergüenza.
Su protector, el señor Sivertsen, acudía a su casa con toda regularidad los domingos. Pero de domingo a domingo van muchos días, y se estableció la costumbre de que a mitad de semana una niña iba "para los restos," o sea, para comer lo que había sobrado de la comida del domingo. Era una muchacha del "ballet," que pasaba bastante hambre y actuaba de duendecillo o de paje. Su papel más difícil era el de pata trasera del león en la "Flauta encantada"; poco a poco fue ascendiendo hasta el de pata delantera, por lo que cobraba no más de tres marcos, mientras que por las traseras pagaban un escudo, pero en cambio el actor tenía que andar encorvado y no respiraba aire puro. Saber todo eso resultaba muy interesante, en opinión de la tía.
Valía la pena vivir mientras existiese el teatro, pero no le fue concedido este privilegio. Ni tampoco el de morir en el teatro, sino que cerró los ojos digna y decentemente en su propio lecho. Sin embargo, sus últimas palabras fueron muy significativas, pues preguntó:
- ¿Qué representan mañana?
A su muerte dejó unos quinientos escudos; lo deducimos de los intereses, que se elevaban a veinte escudos. La tía los había dejado en herencia a una respetable solterona sin familia, a condición de invertirlos en el abono anual a una butaca de la segunda fila izquierda y en funciones de sábado noche, que era cuando se daban las mejores obras. Una sola obligación se estipulaba para la heredera: que cada sábado por la noche recordase a la tía que reposaba en la sepultura.
Tal era la religión de mi tía. 




 * * * FIN * * * 




 Hans Christian Andersen 




lunes, diciembre 23, 2013

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((33))




Inés del alma mía[Document Transcript]... ¡Qué largo y arduo el camino del desierto! ¡Qué lento y fatigoso el paso! ¡Qué caliente la soledad! Transcurrían los días largos, iguales, en una sequedad infinita, un paisaje yermo de tierra áspera y piedra dura, oloroso a polvo quemado y ceniza de espino, pintado de colores encendidos por la mano de Dios. Según don Benito, esos colores eran minerales escondidos y, por lo mismo, resultaba una burla diabólica que ninguno fuese oro o plata. Pedro y yo avanzábamos a pie horas y horas, conduciendo a nuestros caballos por las bridas, para no cansarlos. Hablábamos poco, porque teníamos la garganta ardiente y los labios resecos, pero estábamos juntos y cada paso nos unía más, nos conducía tierra adentro, al sueño que habíamos soñado juntos y que tantos sacrificios costaba: Chile. Yo me protegía con un sombrero de ala ancha, un trapo sobre la cara, con dos huecos para los ojos, y otros trapos amarrados en las manos, porque no disponía de guantes y el sol me las desollaba. Los soldados no aguantaban las
armaduras calientes, que llevaban a la rastra. La larga hilera de indios avanzaba despacio, en silencio, mal vigilada por los negros cabizbajos, tan desanimados que no alzaban los látigos. Para los cargadores el camino era mil veces peor que para nosotros; estaban acostumbrados a pasar trabajos y comer poco, a trotar cerro arriba y cerro abajo, impulsados por la energía misteriosa de las hojas de coca, pero no soportaban la sed. Nuestra desesperación aumentaba a medida que pasaban los días sin dar con un pozo sano, los únicos que encontramos habían sido contaminados con cadáveres de animales por los sigilosos indios chilenos. Algunos yanaconas bebieron el agua putrefacta y murieron retorciéndose, con las tripas al fuego.
Cuando creímos que habíamos alcanzado el límite de nuestras fuerzas, el color de las montañas y del suelo cambió. El aire se detuvo, el cielo se volvió blanco y desapareció toda forma de vida, desde los abrojos hasta las aves solitarias que antes solían verse: habíamos entrado al temible Despoblado. Apenas surgía la primera luz del alba nos poníamos en marcha, porque más tarde el sol no permitía avanzar. Pedro había decidido que cuanto más rápido fuese el viaje, menos vidas perderíamos, aunque el esfuerzo de dar cada paso era desmedido. Descansábamos en las horas más calientes, tirados sobre ese mar de arena calcinada, con un sol de plomo derretido sobre nosotros, en un ámbito muerto. Volvíamos a andar a eso de las cinco de la tarde, hasta que caía la noche y no se podía seguir en la densa oscuridad. Era un paisaje áspero, de inmensa crueldad. Carecíamos de ánimo para armar las tiendas y organizar los campamentos sólo por unas horas. No había peligro de ser atacados por enemigos, nadie vivía ni se aventuraba en esas soledades. En la noche, la temperatura cambiaba bruscamente, del calor insoportable del día pasábamos a un frío glacial. Cada uno se echaba donde podía, tiritando, sin hacer caso de las instrucciones de don Benito, el único que insistía en la disciplina. Pedro y yo, abrazados entre nuestros caballos, procurábamos infundirnos calor. Estábamos muy fatigados. No nos acordamos de hacer el amor en las semanas que duró esa parte del viaje. La abstinencia nos dio oportunidad de conocer a fondo nuestras flaquezas y cultivar una ternura que antes yacía sofocada por la pasión. Lo más admirable de ese hombre es que jamás dudó de su misión: poblar Chile con castellanos y evangelizar a los indios. Nunca creyó que moriríamos asados en el desierto, como decían los demás; no le tembló la voluntad
A pesar del severo racionamiento impuesto por don Benito, llegó un día en que el agua se terminó. Para entonces estábamos enfermos de sed, teníamos la garganta desollada por la arena, la lengua hinchada, los labios llagados. De pronto nos parecía escuchar el sonido de una cascada y ver una laguna cristalina rodeada de helechos. Los capitanes debían retener a la fuerza a los hombres para que no perecieran arrastrándose en la arena tras un espejismo. Algunos soldados bebían la propia orina y la de los caballos, que era muy poca y muy oscura; otros, enloquecidos, se abalanzaban sobre los yanaconas para arrebatarles las últimas gotas que les quedaban en sus odres de patas. Si Valdivia no impone orden con castigos ejemplares, creo que los hubieran matado para chuparles la sangre. Esa noche vino de nuevo a visitarme Juan de Málaga,
alumbrado por la clara luna. Se lo señalé a Pedro, pero no pudo verlo y creyó que yo alucinaba. Mi marido lucía muy mal, sus andrajos estaban encostrados de sangre seca y polvo sideral, tenía una expresión desesperada, como si también sus pobres huesos padecieran de sed.
Al día siguiente, cuando ya nos dábamos por perdidos sin remedio, un extraño reptil pasó corriendo entre mis pies. En muchos días no habíamos visto otra forma de vida que la nuestra, ni siquiera los abrojos que abundaban en otros trechos del desierto. Tal vez se trataba de una salamandra, ese lagarto que vive en el fuego. Concluí que por muy diabólico que fuese el animalejo, de vez en cuando necesitaría un sorbo de agua. «Ahora nos toca a nosotras, Virgencita», le advertí entonces a Nuestra Señora del Socorro. Saqué la varilla de árbol que llevaba en mi equipaje y me puse a rezar. Era la hora del mediodía, cuando la multitud de gente y animales sedientos descansaba. Llamé a Catalina, para que me acompañara, y las dos echamos a andar despacio, protegidas por una sombrilla, yo con un avemaría en los labios y ella con sus invocaciones en quechua. Caminamos un buen rato, tal vez una hora, en círculos cada vez más grandes, cubriendo más y más terreno. Don Benito creyó que la sed me había hecho perder el juicio y, agotado como estaba, le pidió a uno más joven y fuerte, a Rodrigo de Quiroga, que fuera a buscarme.
-¡Por el amor de Dios, señora! -me suplicó el oficial con la poca voz que lequedaba-. Venid a descansar. Os haremos sombra con una tela...
-Capitán, id a decirle a don Benito que me mande gente con picos y palas -lointerrumpí.
-¿Picos y palas? -repitió, atónito.
-Y decidle, por favor, que me traiga también unas tinajas y varios soldados armados.
Rodrigo de Quiroga partió a avisar a don Benito de que yo estaba mucho peor de lo que suponían, pero Valdivia lo oyó y, lleno de esperanza, le ordenó al maestre de campo que me facilitara lo que pedía. Poco después había seis indios cavando un hoyo. Los indios resisten la sed menos que nosotros y estaban tan secos por dentro que apenas podían con las palas y los picos, pero el terreno era blando y lograron cavar un hueco de vara y media de profundidad. Al fondo la arena estaba oscura. De repente, uno de los indios profirió un grito ronco y vimos que empezaba a juntarse agua, primero sólo una leve humedad, como sudor de la tierra, pero al cabo de dos o tres minutos ya había una pequeña charca. Pedro, que no se había movido de mi lado, mandó a los soldados defender el hoyo con sus vidas, porque temió, y con razón, el fiero asalto de mil hombres desesperados por unas gotas del líquido. Le aseguré que habría para todos, siempre que bebiéramos en orden. Así fue. Don Benito pasó el resto del día distribuyendo una taza de agua por cabeza, luego Rodrigo de Quiroga pasó la noche con varios soldados dando de beber a los animales y llenando los barriles y los odres de los indios. El agua surgía con ímpetu; era turbia y tenía un sabor metálico, pero a nosotros nos pareció tan fresca como la de las fuentes de Sevilla. La gente lo
atribuyó a un milagro y llamaron al pozo Manantial de la Virgen, en honor a Nuestra Señora del Socorro. Montamos el campamento y nos quedamos en ese lugar tres días, saciando la sed, y cuando continuamos la marcha todavía corría un tenue arroyo sobre la calcinada superficie del desierto.
-Este milagro no es de la Virgen, sino tuyo, Inés -me dijo Pedro, muyimpresionado-. Gracias a ti atravesaremos este infierno sanos y salvos.
-Sólo puedo encontrar agua donde la hay, Pedro, no puedo hacerla brotar. No sé si habrá otra fuente más adelante, y, en cualquier caso, no será tan abundante.
Valdivia ordenó que me adelantara media jornada, para ir tanteando el terreno en busca de agua, protegida por un destacamento de soldados, con cuarenta indios auxiliares y veinte llamas para cargar las tinajas. El resto de la gente seguiría en grupos, separados por varias horas, para que no se abalanzaran en tropel a beber en caso de que ubicáramos pozos. Don Benito designó a Rodrigo de Quiroga jefe del grupo que me acompañaba, porque en poco tiempo el joven capitán se había ganado su absoluta confianza. Además, era quien tenía mejor vista; sus grandes ojos castaños podían ver hasta lo que no existía. Si hubiese habido peligro en el alucinante horizonte del desierto, él lo habría descubierto antes que nadie, pero no lo hubo. Hallé varias fuentes de agua, ninguna tan abundante como la primera, pero suficientes para sobrevivir durante la travesía del Despoblado. Un día cambió de nuevo el color del suelo y pasaron dos aves volando. Cuando terminamos de atravesar el desierto saqué la cuenta de que habíamos viajado casi cinco meses desde la salida del Cuzco. Valdivia decidió acampar y esperar, porque tenía noticias de que su amigo del alma, Francisco de Aguirre, podría juntarse con él en esa región. Nos espiaban indios hostiles en la distancia, sin acercarse. Una vez más pude instalarme en la elegante tienda que nos dio Pizarro. Cubrí el suelo de mantas peruanas y cojines, saqué la vajilla de loza de los baúles, para no seguir comiendo en escudillas de madera, y mandé construir un horno de barro para cocinar como es debido, ya que llevábamos dos meses comiendo cereales y carne seca. En la habitación grande de la tienda, que Valdivia usaba de cuartel general y sala de audiencia y justicia, coloqué su sillón y unos taburetes de suela para los visitantes, que llegaban a horas imprevistas. Catalina pasaba el día recorriendo el campamento, como una sombra sigilosa, para traerme noticias. Nada sucedía entre españoles o yanaconas que yo no supiera. A menudo venían los capitanes a cenar y solían llevarse la desagradable sorpresa de que Valdivia me invitaba a sentarme con ellos a la mesa. Es posible que ninguno hubiese comido con una mujer en su vida, eso no se usa en España, pero aquí las costumbres son más relajadas. Nos alumbrábamos con bujías y lámparas de aceite y nos calentábamos con dos grandes braseros peruanos, porque hacía frío en las noches. González de Marmolejo, que además de fraile era bachiller, nos explicó por qué las estaciones están cambiadas y cuando es invierno en España es verano en
Chile y a la inversa, pero nadie lo entendió y seguimos pensando que en el Nuevo Mundo las leyes de la Naturaleza están desquiciadas. En la otra pieza de la tienda Pedro y yo teníamos la cama, un escritorio, mi altar, nuestros baúles y la batea para el baño, que no se había usado en mucho tiempo. A Pedro le había disminuido el temor al baño y de vez en cuando aceptaba meterse en la batea y que yo lo enjabonara, pero siempre prefería lavarse a medias con un trapo mojado. Fueron días muy buenos, en los que volvimos a ser los enamorados que fuimos en el Cuzco. Antes de hacer el amor le gustaba leerme sus libros favoritos en voz alta. Él no sabía, porque yo deseaba darle una sorpresa, que el clérigo González de Marmolejo me estaba enseñando a leer y escribir.
Unos días después Pedro partió con algunos de sus hombres a recorrer la región en busca de Francisco de Aguirre y a ver si podía parlamentar con los indios. Era el único que creía posible entenderse con ellos. Aproveché su ausencia para darme un baño y lavarme el cabello con quillay, una corteza de árbol chileno que mata los piojos y mantiene el pelo sedoso y sin canas hasta la tumba. Conmigo no dio ese resultado, porque lo he usado siempre y tengo la cabeza blanca; bueno, por lo menos no estoy medio calva, como tantas otras personas de mi edad. De tanto caminar y cabalgar, me dolía la espalda, y una de mis indias me dio una friega con un bálsamo de peumo, preparado por Catalina. Me acosté muy aliviada, con Baltasar a los pies. El perro tenía diez meses y todavía era muy juguetón, pero había alcanzado buen tamaño y se podía adivinar su temple de guardián. Por una vez no me atormentó el insomnio y me dormí pronto.
Pasada la medianoche me despertaron los sordos gruñidos de Baltasar. Me senté en la cama, tanteando en la oscuridad con una mano en busca de un chal para cubrirme y sujetando con la otra al perro. Entonces sentí un ruido ahogado en la otra sala y no tuve duda de que había alguien allí. Primero pensé que Pedro había vuelto, porque los centinelas de la puerta no habrían dejado entrar a nadie mas, pero la actitud del perro me puso sobre alerta. No había tiempo de encender una lámpara.
-¿Quién va? -grité, asustada.
Hubo una pausa tensa y enseguida alguien llamó en la oscuridad a Pedro de Valdivia.
-No se encuentra aquí. ¿Quién lo busca? -pregunté, ahora con voz airada.-Disculpad, señora, soy Sancho de la Hoz, leal servidor del capitán general. Me
ha tomado mucho tiempo llegar hasta aquí y deseo saludarlo.
-¿Sancho de la Hoz? ¿Cómo os atrevéis, caballero, a entrar en mi tienda en mitad de la noche? -exclamé.
Para entonces Baltasar ladraba a rabiar, lo que alertó a los guardias. En cosa de minutos acudieron don Benito, 
Quiroga, Juan Gómez y otros, con luces y sables desenvainados, para hallar en mi habitación no sólo al insolente De la Hoz, sino a otros cuatro hombres que lo acompañaban. La primera reacción de los míos fue arrestarlos de inmediato, pero los convencí de que se trataba de un malentendido. Les rogué que
se retiraran y ordené a Catalina que improvisara algo de comer para los recién llegados, mientras me vestía deprisa. De mi propia mano les escancié vino y les serví la cena con la debida hospitalidad, muy atenta a lo que quisieron contarme de las penurias de su viaje. [33]



:::::>>El hijo del portero<<:::::::




El general vivía en el primer piso, y el portero, en el sótano. Había una gran distancia entre las dos familias: primero las separaba toda la planta baja, y luego la categoría social.
Pero las dos moraban bajo un mismo tejado, con la misma vista a la calle y al patio, en el cual había un espacio plantado de césped, con una acacia florida, al menos en la época en que florecen las acacias. Bajo el árbol solía sentarse la emperejilada nodriza con la pequeña Emilia, la hijita del general, más emperejilado todavía. Delante de ellas bailaba, descalzo, el niño del portero. Tenía grandes ojos castaños y oscuro cabello y la niña le sonreía y le alargaba las manitas. Cuando el general contemplaba aquel espectáculo desde su ventana, inclinando la cabeza con aire complacido, decía:
- ¡Charmant!
La generala, tan joven que casi habría podido pasar por hija de un primer matrimonio del militar, no se asomaba nunca a la ventana a mirar al patio, pero tenía mandado que, si bien el pequeño de "la gente del sótano" podía jugar con la niña, no le estaba permitido tocarla, y el ama cumplía al pie de la letra la orden de la señora.
El sol entraba en el primer piso y en el sótano; la acacia daba flores, que caían, y al año siguiente daba otras nuevas. Florecía el árbol, y florecía también el hijo del portero; habríais dicho un tulipán recién abierto.
La hijita del general crecía delicada y paliducha, con el color rosado de la flor de acacia. Ahora bajaba raramente al patio; salía a tomar el aire en el coche, con su mamá, y siempre que pasaba saludaba con la cabeza al pequeño Jorge del portero. Al principio le dirigía incluso besos con la mano, hasta que su madre le dijo que era demasiado mayor para hacerlo.
Una mañana subió el mocito a llevar al general las cartas y los periódicos que habían dejado en la portería. Mientras estaba en la escalera oyó un leve ruido en el cuarto donde guardaban la arena blanca empleada para la limpieza de los suelos. Pensando que sería un pollito allí encerrado, abrió la puerta y se encontró ante la hijita del general, vestida de gasas y encajes.
- No lo digas a mis papás; se enfadarían.
- Pero, ¿qué pasa? ¿Qué sucede, señorita? - preguntó Jorge.
- Todo está ardiendo - respondió ella -. ¡Llamas y llamas!
Jorge abrió la puerta de la habitación de la niña. La cortina de la ventana estaba casi completamente quemada, y el barrote ardía. El niño lo hizo caer de un salto y pidiendo socorro a gritos. De no haber sido por él, la casa entera se hubiera incendiado.
El general y la generala interrogaron a Emilita.
- Sólo cogí una cerilla - dijo la niña -; prendió enseguida, y la cortina también. Escupí para apagar el fuego, escupí cuanto pude, pero no tenía bastante saliva, y entonces salí corriendo de la habitación, pues pensé que mis papás se enfadarían.
- ¡Escupir! - dijo el general -, ¿Qué palabrota es esa? ¿Cuándo la oíste a tu papá o a tu mamá? La aprendería ahí abajo.
A Jorgito, empero, le dieron una moneda de cuatro chelines, que no fue a parar a la pastelería, no, sino a la hucha. Y pronto hubo en ella los chelines suficientes para comprar una caja de lápices de colores, con los cuales pudo iluminar sus numerosos dibujos. Éstos fluían materialmente de los lápices y los dedos. Los primeros los regaló a Emilita.
- ¡Charmant! - exclamó el general. Hasta la generala admitió que se veía perfectamente la idea del chiquillo -. Tiene talento -. Estas palabras fueron comunicadas, para su satisfacción, a la mujer del portero.
El general y su esposa eran personas de la nobleza; tenían sus escudos de armas, cada cual el propio, en la portezuela del coche. La señora había hecho bordar el suyo en todas sus piezas de tela, tanto exteriores como interiores, así como en su gorro de dormir y en el bolso de cama. Era un escudo precioso, y sus buenos florines había costado a su padre, pues no había nacido con él, ni ella tampoco. Había venido al mundo demasiado pronto, siete años antes que el blasón. La mayoría de las personas lo recordaban; sólo la familia lo había olvidado. El escudo del general era antiguo y de gran tamaño; llevarlo encima habría sido como para que rechinaran los huesos, y ahora se le había añadido otro. Y a la señora generala parecía que se le oyeran rechinar los huesos cuando se dirigía en su carroza al baile de la Corte, toda tiesa y envarada.
El general era ya viejo y de cabello entrecano, pero montado en su caballo, hacía aún buena figura. Como estaba convencido de ello, salía todos los días a caballo, con su ordenanza a la distancia conveniente. Cuando entraba en una reunión parecía también hacerlo a caballo, y tenía tantas condecoraciones, que resultaba casi increíble. Pero, ¿qué iba a hacerle? Había entrado muy joven en la carrera militar, y había participado en muchas maniobras, todas en otoño y en tiempo de paz. De aquellos tiempos recordaba una anécdota, la única que sabía contar. Su suboficial cortó una vez la retirada a un príncipe, haciéndolo prisionero, por lo que éste hubo de entrar en la ciudad en calidad de cautivo, junto con un grupo de soldados, detrás del general.
Había sido un acontecimiento inolvidable, que el general narraba año tras año con regularidad, repitiendo siempre las memorables palabras que habla pronunciado al restituir el sable al príncipe:
"Sólo un suboficial pudo hacer prisionero a Vuestra Alteza; yo nunca." Y el príncipe había respondido: "Es usted incomparable." Jamás el general había tomado parte en una campaña de verdad. Cuando la guerra asoló el país, él entró en la carrera diplomática, y fue acreditado, sucesivamente, en tres Cortes extranjeras. Hablaba el francés tan a la perfección, que por esta lengua casi había olvidado la propia; bailaba bien, montaba bien, y las condecoraciones se acumulaban en su pecho en número incontable. Los centinelas le presentaban armas; una lindísima muchacha lo hizo también, y ello le valió ser elevada al rango de generala y tener una hijita encantadora, que parecía caída del cielo.
Y el hijo del portero bailaba ante ella en el patio, y le regalaba todos sus dibujos y pinturas, que ella miraba complacida antes de romperlos. ¡Era tan delicada y tan linda!00 - ¡Mi pétalo de rosa! - decíale la generala -. ¡Naciste para un príncipe!
El príncipe estaba ya en la puerta, pero nadie lo sabía. Las personas no ven nunca más allá del umbral.
- Hace poco nuestro pequeño partió su merienda con ella - dijo la mujer del portero -. No tenía ni queso ni carne, y, sin embargo, le gustó como si fuese buey asado. Se habría armado la gorda si llegan a verlo los generales; pero no se enteraron.Jorge había compartido su merienda con Emilita, y muy a gusto habría compartido también su corazón si ello hubiese podido darle gusto. Era un buen muchacho, listo y despierto. A la sazón concurría a la escuela nocturna de la Academia, para perfeccionarse en el dibujo. Emilita también progresaba en sus conocimientos; hablaba francés con su ama, y tenía profesor de baile.




* * *



- Jorge va a recibir la confirmación para Pascuas - dijo la mujer del portero. Tan mayor era ya.
- Convendría ponerlo de aprendiz - observó el padre -. Habría que darle un buen oficio; y sería una carga menos.
- Pero tendrá que venir a dormir a casa - respondió la madre.
No es cosa fácil encontrar un maestro que disponga de dormitorio para aprendices. Igualmente tendremos que vestirlo, y, en cuanto a la comida, no supone un gran sacrificio, ya sabes que se contenta con unas patatas hervidas. Su instrucción no nos cuesta nada; déjalo que siga su camino. No nos pesará, ya lo verás. Lo dice su profesor.
El traje de confirmación estaba listo. La propia madre lo había confeccionado. Se lo había cortado un sastre de la vecindad, que tenía muy buenas manos. Como decía la portera, si hubiese dispuesto de medios y tenido un taller con oficiales, habría sido sastre de la Corte.
Los vestidos estaban listos, y el confirmando también. El día de la ceremonia, uno de los padrinos de Jorge, el más rico de todos un ex-mozo de almacén de edad ya avanzada, regaló a su ahijado un gran reloj de metal barato. Era un reloj viejo y muy usado que siempre adelantaba, pero mejor era eso que atrasar; fue un regalo espléndido. El obsequio de la familia del general consistió en un devocionario encuadernado en tafilete; se lo envió la señorita, a quien Jorge había regalado tantos dibujos. En la portada se leía su nombre y el de ella, con la expresión "afectuosa protectora." Lo había escrito la muchacha al dictado de la generala, y su marido, al leerlo, lo había encontrado charmant - Verdaderamente es una gran atención, de parte de personas tan distinguidas - dijo la mujer del portero; y Jorge hubo de vestir su traje de confirmación, y, con su devocionario, subir a dar las gracias.
La generala estaba sentada, muy arropada, pues padecía jaqueca siempre que se aburría. Recibió a Jorge muy amablemente, lo felicitó y le deseó que nunca tuviera que sufrir aquel dolor de cabeza. El general iba en bata de noche, gorra de borla y botas rusas de caña roja. Por tres veces recorrió la habitación sumido en sus pensamientos y recuerdos; finalmente, se detuvo y pronunció el siguiente discurso:
- Así ya tenemos al pequeño Jorge hecho un cristiano. Sé también un hombre bueno y respeta a tus superiores. Cuando seas viejo, podrás decir: ¡Lo aprendí del general!
Fue sin duda el discurso más largo de cuantos el bravo militar habla pronunciado en toda su vida; luego volvió a reconcentrarse y adoptó un aire de gran dignidad. Pero de todo lo que Jorge oyó y vio en aquella casa, lo que más se grabó en su recuerdo fue la señorita Emilia. ¡Qué encantadora! ¡Qué dulce, vaporosa y distinguida! Si tuviera que pintarla, tendría que hacerlo en una pompa de jabón. Un fino perfume se exhalaba de todos sus vestidos y de su ensortijado cabello rubio. Habríase dicho un capullo de rosa recién abierto. ¡Y con aquella criatura había partido él un día su merienda! Ella se la había comido con verdadera voracidad, con un gesto de aprobación a cada bocado. ¿Se acordaría aún de aquello? Sí, seguramente; y en recuerdo le había regalado el hermoso devocionario.
A la primera luna nueva del año siguiente, siguiendo una vieja tradición, salió a la calle con un trozo de pan y un chelín, y abrió el libro al azar, buscando una canción que le descubriera su porvenir. Salió un cántico de alabanza y de gracias. Preguntó luego al oráculo por el destino de Emilita. Procedió con extremo cuidado, para no dar con un himno mortuorio, y, a pesar de todo, el libro se abrió en una página que hablaba de la muerte y de la sepultura; pero, ¡quién cree en esas tonterías! Y, sin embargo, experimentó una angustia infinita cuando, poco más tarde, la encantadora muchachita cayó enferma, y el coche del doctor se paraba cada mediodía delante de la puerta.
- No conservarán a la niña - decía la portera -. El buen Dios sabe bien a quién debe llamar a su lado.
No murió, sin embargo, y Jorge siguió componiendo dibujos y enviándoselos. Dibujó el palacio del Zar y el antiguo Kremlin tal y como era, con sus torres y cúpulas, que, en el dibujo del muchacho, parecían enormes calabazas verdes y doradas por el sol. A Emilita le gustaban mucho estas composiciones, y aquella misma semana Jorge le envió otras, representando también edificios, para que la niña pudiera fantasear acerca de lo que había detrás de las puertas y ventanas.
Dibujó una pagoda china, con campanillas en cada uno de sus dieciséis pisos, y dos templos griegos con esbeltas columnas de mármol y grandes escalinatas alrededor. Dibujó asimismo una iglesia noruega de madera; se veía que estaba construida toda ella de troncos y vigas, muy bien tallados y modelados, y encajados unos con otros con un arte singular. Pero lo más bonito de la colección fue un edificio, que él tituló "Palacio de Emilita," porque ella debía habitarlo un día. Era una invención de Jorge y contenía todos los elementos que le habían gustado más en las restantes construcciones. Tenía la viguería de talla, como la iglesia noruega; columnas de mármol, como el templo griego; campanillas en cada piso, y en lo alto, cúpulas verdes y doradas, como el Kremlin del Zar. Era un verdadero palacio infantil, y bajo cada ventana se leía el destino de la sala correspondiente: "Aquí duerme Emilia, aquí Emilia baila y juega a "visitas"." Daba gusto mirarlo, y causó la admiración de todos.
- ¡Charmant! - exclamó el general.
Pero el anciano conde - pues había un conde anciano, más distinguido aún que el general y propietario de un palacio propio y una gran hacienda señorial - no dijo nada. Enteróse de que lo había imaginado y dibujado el hijo del portero. Ya no era un niño, pues había recibido la confirmación. El anciano conde examinó los dibujos y se guardó su opinión. Una mañana en que hacía un tiempo de perros, gris, húmedo, en una palabra, abominable, significó, sin embargo, para Jorge el principio de uno de los días más radiantes y bellos de su vida. El profesor de la Academia de Arte lo llamó.
- Escucha, amiguito - le dijo -, tenemos que hablar tú y yo. Dios te ha dotado de aptitudes excepcionales, y ha querido al mismo tiempo que no te faltase la ayuda de personas virtuosas. El anciano conde que vive en esta calle ha hablado conmigo. He visto tus dibujos, pero ahora no hablemos de ellos, pues tienen demasiado que corregir. Desde ahora podrás asistir dos veces por semana a mi escuela de dibujo y aprenderás a hacer las cosas como se debe. Creo que es mayor tu disposición para arquitecto que para pintor. Pero tienes tiempo para pensarlo. Preséntate hoy mismo al señor conde de la esquina, y da gracias a Dios por haber puesto a este hombre en tu camino.
Era una hermosa casa la del conde, allá en la esquina de la calle. Las ventanas estaban enmarcadas con relieve de piedra, representando elefantes y dromedarios, todo del tiempo antiguo, pero el anciano conde vivía de cara al nuevo y a todo lo bueno que nos ha traído, lo mismo si ha salido del primer piso como del sótano o de la buhardilla.
- Creo - observó la mujer del portero - que cuanto más de veras son nobles las personas, más sencillas son. Mira el anciano conde, ¡qué llano y amable! Y habla exactamente como tú y como yo; no lo hacen así los generales.
No estaba poco entusiasmado anoche Jorge, después de visitar al conde. Pues lo mismo me ocurre hoy a mí, después de haber sido recibida por este gran señor. ¿Ves lo bien que hicimos al no poner a Jorge de aprendiz? Tiene mucho talento. - Pero necesita apoyo de los de fuera ­ observó el padre.
- Ya lo tiene - repuso la madre -. El conde habló con palabras muy claras y precisas.
- Pero la cosa salió de casa del general - opinó el portero y también a él debemos estarle agradecidos.
- Desde luego - respondió la madre -, aunque no creo yo que les debamos gran cosa. Daré las gracias a Dios, y se las daré también por el restablecimiento de Emilita.
La niña salía adelante, en efecto, y lo mismo hacía Jorge. Al cabo de un año ganó la segunda medalla de plata, y después, la primera.



* * *

- ¡Más nos hubiera valido ponerlo de aprendiz! - exclamaba llorando la mujer del portero -; así lo hubiéramos tenido a nuestro lado. ¿Qué se le ha perdido en Roma? No volveré a verlo, aunque regrese algún día. ¡Pero nunca volverá mi hijo querido!
- ¡Pero si es por su bien, si es un gran honor para él! - la consolaba el padre.00 - Gracias por tus consuelos - protestó la mujer -, pero ni tú mismo crees lo que estás diciendo. ¡Estás tan triste como yo!
La aflicción de los padres era justificada, pero no lo era menos el viaje. Para el muchacho era una gran suerte, decía la gente.
Llegó la hora de despedirse, incluso de la familia del general. La señora no salió, pues sufría de fuerte jaqueca. El general le repitió su única anécdota, lo que había dicho al príncipe y la respuesta de éste: "Es usted incomparable." Luego le tendió la blanda mano. Emilia se la estrechó a su vez, parecía afligida, pero Jorge estaba aún más triste.


* * *

El tiempo pasa deprisa cuando se trabaja; pero también cuando no se hace nada. El tiempo es igual de largo, pero no de útil. Para Jorge era provechoso, pero no largo ni mucho menos, excepto cuando pensaba en los seres queridos que había dejado en casa. ¿Qué tal irían las cosas en el primer piso y en el sótano? Se escribían, naturalmente. ¡Cuántas cosas puede reflejar una carta! Días de sol y otros turbios y difíciles. Así llegó una anunciando que su padre había muerto y que la madre quedaba sola. Emilia se había portado como un ángel de consuelo. Había bajado al sótano, escribía la madre, añadiendo que le permitían continuar de portera.

* * *

La generala llevaba su diario, en el que registraba cada baile y cada tertulia a que había concurrido, así como las visitas de todos los forasteros. El diario estaba ilustrado con las tarjetas de los diplomáticos y de la alta nobleza; la dama estaba orgullosa de su diario. Había ido creciendo a lo largo del tiempo, a costa de horas, bajo fuertes jaquecas, pero también como fruto de claras noches, es decir, de bailes cortesanos. Emilia había asistido ya al primer baile; su madre llevaba un vestido rojo brillante, con encajes negros: traje español. La hija iba de blanco, fina y exquisita. Cintas de seda verde ondeaban como juncos entre sus dorados rizos, coronados por una guirnalda de lirios de agua. Sus ojos despedían un brillo azul y límpido, su boca era roja y delicada; toda ella era comparable a una sirena, hermosa hasta lo indecible. Tres príncipes bailaron con ella, uno tras otro, naturalmente. La generala estuvo luego ocho días sin que le doliera la cabeza.
Mas aquel baile no fue el único, en perjuicio de la salud de Emilia. Por eso fue una suerte que llegase el verano, con su descanso y su vida al aire libre. El anciano conde invitó a la familia a su palacio.
Este palacio tenía un parque admirable. Una parte de él se conservaba como en sus tiempos primitivos, con espesos setos verdes, que no parecía sino que uno anduviese entre verdes mamparas interrumpidas por mirillas. Bojes y tejos estaban cortados en figura de estrellas y pirámides, y el agua brotaba de grutas de concha; en derredor había estatuas de mármoles rasos, de bellos rostros y nobles ropajes. Cada arriate tenía una forma distinta; uno figuraba un pez, otro un escudo de armas, otro unas iniciales. Ésta era la parte francesa del parque. Desde ella se penetraba en el bosque fresco y verde, donde los árboles crecían en plena libertad; por eso eran tan grandes y tan magníficos. El césped era verde y mullido y le pasaban con frecuencia el rodillo, lo segaban y cuidaban para que se pudiera andar sobre él como sobre una alfombra. Era la parte inglesa del jardín.
- La época antigua y la nueva - decía el conde -. Aquí al menos se armonizan, y la una valoriza a la otra. Dentro de dos años el palacio tendrá su auténtico carácter. Van a embellecerlo y mejorarlo a fondo. Les mostraré los dibujos y les presentaré al arquitecto, a quien he invitado a comer.
- ¡Charmant! - respondió el general.
- ¡Un verdadero paraíso! - exclamó la generala -; y allí tiene además un castillo medieval.00 - Es mi gallinero - replicó el conde -. Las palomas viven en la torre, los pavos, en el primer piso; pero abajo reina la vieja Elsa. En todos lados tiene habitaciones para huéspedes; las cluecas viven independientes, las gallinas con sus polluelos, también, y los patos tienen una salida especial al agua.
- ¡Charmant! - repitió el general.00 Y todos se dirigieron a ver aquella maravilla.00 En el centro de la habitación estaba la vieja Elsa, y a su lado su hijo, el arquitecto Jorge. Él y Emilita se volvían a encontrar al cabo de bastantes años, y el encuentro ocurría en el gallinero. Sí, allí estaba él, y de verdad que era un apuesto mozo. Abierta y resuelta era la expresión de su rostro, brillante su negro cabello, y en sus labios se dibujaba una sonrisa, como queriendo significar: a mí no me las dais, os conozco a fondo. La anciana no llevaba zuecos; se había puesto medias en honor de los distinguidos visitantes. Las gallinas cloqueaban, y el gallo cacareaba, y los patos anadeaban con su "rap, rap" camino del agua. Pero la fina muchacha, la amiga de su niñez, la hija del general, permanecía de pie, con un rubor en sus mejillas, de ordinario tan pálidas, los grandes ojos abiertos, la boca tan elocuente, a pesar de que no salía de ella ni una palabra. Y el saludo que él recibió fue el más amable que un joven pudiera esperar de una damita que no perteneciese a una encumbrada familia o hubiese bailado más de una vez con él.00 Pues ella y el arquitecto nunca habían bailado juntos.
El conde tomó la mano del joven y lo presentó:
- No les es del todo desconocido nuestro joven amigo, don Jorge.
La generala correspondió con una inclinación, la hija estuvo a punto de ofrecerle la mano, pero se retuvo.
- ¡Nuestro pequeño amigo Jorge! - dijo el general -. Viejos amigos de casa. ¡Charmant!00 - Viene usted hecho un perfecto italiano - le dijo la generala. - Hablará la lengua como un nativo, ¿verdad?
- Mi señora no habla el italiano, pero lo canta - explicó el general.
En la mesa, Jorge se sentó a la derecha de Emilia; el general había entrado del brazo de ella, mientras el conde lo daba a la generala.
Don Jorge habló y contó, y lo hizo bien; él fue quien ayudado por el anciano conde, animó la mesa con sus relatos y su ingenio. Emilia callaba, atento el oído, la mirada brillante. Pero no dijo nada.00 Ella y Jorge se reunieron en la terraza, entre las flores; un rosal los ocultaba. De nuevo Jorge tenía la palabra; fue el primero en hablar.
- Gracias por su amable conducta con mi anciana madre - le dijo -. Sé que la noche en que falleció mi padre, usted bajó a su casa y permaneció a su lado hasta que se cerraron sus ojos. ¡Gracias! -. Y cogiendo la mano de Emilia, la besó; bien podía hacerlo en aquella ocasión. Un vivo rubor cubrió las mejillas de la muchacha, que le respondió apretándole la mano y mirándole con sus expresivos ojos azules.
- Su madre es tan buena persona... ¡Cómo lo quiere! Me dejaba leer todas sus cartas; creo que lo conozco bien. ¡Qué bueno fue usted conmigo cuando yo era niña! Me daba dibujos...
- Que usted rompía - interrumpió Jorge.
- No, conservo aún una obra suya, en mi palacio.
- Ahora voy a construirlos de verdad - dijo Jorge, entusiasmándose con sus propias palabras.
El general y la generala discutían en su habitación acerca del hijo del portero, y convenían en que sabía moverse y expresarse. - Podría ser preceptor - dijo el general.
- Tiene ingenio - se limitó a observar la generala.


* * *



Durante los dulces días de verano, don Jorge iba con frecuencia al palacio del conde. Lo echaban de menos si no lo hacía.
- Cuántos dones le ha hecho Dios, con preferencia a nosotros, pobres mortales - le decía Emilia .- ¿No le está muy agradecido?
A Jorge le halagaba oír aquellas alabanzas de labios de la hermosa muchacha, en quien encontraba altísimas aptitudes.
El general estaba cada vez más persuadido de la imposibilidad de que Jorge hubiese nacido en un sótano.00 - Por otra parte, la madre era una excelente mujer - decía -. He de reconocerlo, aunque sea sobre su tumba.
Pasó el verano, llegó el invierno y nuevamente se habló de don Jorge. Era bien visto, y se le recibía en los lugares más encumbrados; el general hasta se encontró con él en un baile de la Corte.
Organizaron otro en casa en honor de la señorita Emilia. ¿Sería correcto invitar a don Jorge?
- Cuando el Rey invita, también puede hacerlo el general - dijo éste, creciéndose lo menos una pulgada.
Invitaron a don Jorge, y éste acudió; y acudieron príncipes y condes, y cada uno bailaba mejor que el anterior. Pero Emilia sólo bailó el primer baile; le dolía un pie, no es que fuera una cosa de cuidado, pero tenía que ser prudente, renunciar a bailar y limitarse a mirar a los demás. Y se estuvo sentada, mirando, con el arquitecto a su lado.
- Parece usted dispuesto a darle la basílica de San Pedro toda entera - dijo el general, pasando ante ellos con una sonrisa, muy complacido de sí mismo.
Con la misma sonrisa complaciente recibió a don Jorge unos días más tarde. Probablemente el joven venía a dar las gracias por la invitación al baile. ¿Qué otra cosa, si no? Pero, no: era otra cosa.
La más sorprendente, la más extravagante que cupiera imaginar: de sus labios salieron palabras de locura; el general no podía prestar crédito a sus oídos. "¡Inconcebible!," una petición completamente absurda: don Jorge solicitaba la mano de Emilita.
- ¡Señor mío! - exclamó el general, poniéndose colorado como un cangrejo -. No lo comprendo en absoluto. ¿Qué dice usted? ¿Qué quiere? No lo conozco. ¿Cómo ha podido ocurrírsele venir a mi casa con esta embajada? No sé si debo quedarme o retirarme ­ y andando de espaldas, se fue a su dormitorio y lo cerró con llave, dejando solo a Jorge. Éste aguardó unos minutos y luego se retiró.
En el pasillo estaba Emilia.
- ¿Qué contestó mi padre? - dijo con voz temblorosa.
Jorge le estrechó la mano.
- Me dejó plantado. ¡Otro día estaré de mejor suerte!
Las lágrimas asomaron a los ojos de Emilia. En los del joven brillaban la confianza y el ánimo; el sol brilló sobre los dos, enviándoles su bendición.
Entretanto el general seguía en su habitación, fuera de sí por la ira. Su rabia le hacía desatarse en improperios:
- ¡Qué monstruosa locura! ¡Qué desvaríos de portero!.
Menos de una hora después, la generala había oído la escena de boca de su marido. Llamó a Emilia a solas.
- ¡Pobre criatura! ¡Ofenderte de este modo! ¡Ofendernos a todos!
Veo lágrimas en tus ojos, pero te favorecen. Estás encantadora llorando. Te pareces a mí el día de mi boda. ¡Llora, llora, Emilia querida!
- Sí, habré de llorar - replicó la muchacha - si tú y papá no decís que sí.
- ¡Hija! - exclamó la generala -. Tú estás enferma, estás delirando, y por tu culpa voy a recaer en mi terrible jaqueca. ¡Qué desgracia ha caído sobre nuestra casa! ¿Quieres la muerte de tu madre, Emilia? Te quedarás sin madre.
Y a la generala se le humedecieron los ojos; no podía soportar la idea de su propia muerte.
En la sección de nombramientos traía el periódico que don Jorge había sido nombrado catedrático, categoría quinta, número ocho.
- Lástima que sus padres estén en la tumba y no puedan leerlo - dijeron los nuevos porteros, que ocupaban a la sazón el sótano de la casa donde residía el general. Sabían que aquel catedrático había nacido y crecido entre aquellas cuatro paredes.
- Ahora tendrá que pagar el impuesto de su categoría - dijo el hombre.
- Debe de ser mucho para un muchacho pobre - asintió la mujer.
- Dieciocho florines anuales - respondió él -. Es mucho dinero. - No hablo de eso, me refiero a su posición - protestó la mujer -. ¡Cómo puedes pensar que le preocupe el dinero! Gana mucho, y seguramente se casará con una muchacha rica. Si nosotros tuviésemos hijos, uno por lo menos tendría que ser catedrático y arquitecto.
En el sótano se hablaba de Jorge con simpatía; también en el primer piso. El anciano conde se hacía lenguas de él. Dieron ocasión a ello los dibujos de su niñez. Pero, ¿por qué se hablaba de ellos? Hablóse de Rusia, de Moscú, y salió a relucir el Kremlin, que Jorge de niño había dibujado para la señorita Emilia. ¡Había dibujado tantas cosas! Y el anciano conde se acordaba particularmente de una: "el palacio de Emilita," donde ella dormía, donde bailaba y jugaba "a visitas." El profesor tenía gran talento, indudablemente llegaría a consejero; no tenía nada de imposible. Quién sabe si no construirla un palacio de verdad para nuestra damita. ¿Por qué no?
- El conde estaba hoy muy de broma - observó la generala después que aquél se hubo marchado. El general meneó la cabeza con aire dubitativo, salió a dar un paseo a caballo, con el ordenanza siguiéndolo a distancia conveniente, y él más erguido que de costumbre en el soberbio corcel.
El día del cumpleaños de Emilita llegaron a la casa flores y libros, cartas y tarjetas. La generala le dio un beso en la boca, el general se lo dio en la frente. Eran padres cariñosos, y ellos y su hijita recibieron distinguidas visitas, entre ellas dos príncipes. Hablóse de bailes y teatros, de misiones diplomáticas, de países extranjeros y del propio Gobierno. Tratóse de eficiencia, de la eficiencia del propio país, y esto llevó la conversación, a la personalidad del joven catedrático, el señor arquitecto.
- Se está creando un gran nombre - díjose, entre otras cosas indudablemente se construirá también el nido en una de las primeras familias.
- Una de las primeras familias - repitió más tarde el general en presencia de su esposa -. ¿A quién entenderán por una de las primeras familias?
- Ya sé a quién aludían - respondió la generala -, pero me lo callo. No quiero hacer conjeturas. Dios dispone las cosas, pero la verdad es que me sorprendería.
- También yo estoy sorprendido - replicó el general -; no tengo ni la menor idea en la cabeza - y se sumió en profundos pensamientos.
Hay un poder, un poder increíble en la misericordia del cielo, en el favor de la Corte, en la gracia de Dios; y todos estos dones de la gracia habían sido concedidos al pequeño Jorge. Pero nos olvidamos del cumpleaños.
La habitación de Emilia estaba impregnada de perfume de flores, obsequio de amigos y amigas; sobre la mesa yacían hermosos presentes de felicitación y recuerdo, pero no había ni uno solo de Jorge, aunque no era necesario, pues la casa se acordaba de él. Incluso el cuarto de la arena situado al pie de la escalera, mostraba la flor del recuerdo: allí se había escondido Emilia cuando se incendió la cortina, y Jorge fue el primero en acudir. Una mirada por la ventana, y la acacia del patio recordaba los tiempos de la infancia. Las flores y las hojas habían caído, pero el árbol estaba cubierto de escarcha, como una enorme rama de coral. Y la luna llena enviaba su luz clara por entre las ramas, siempre igual dentro de sus metamorfosis, como aquel día en que Jorge compartiera su merienda con Emilita.
La muchacha sacó de un cajón los dibujos del palacio del Zar y del suyo propio, aquellos recuerdos de Jorge. Los contempló, y numerosos pensamientos acudieron a su mente. Recordó el día en que, sin ser vista por sus padres, había ido a la casa de la mujer del portero, que se hallaba moribunda. Sentóse a su vera, le tuvo cogida la mano y escuchó sus últimas palabras: "¡Bendita! ¡Jorge!." La madre pensaba en su hijo. Ahora Emilia les daba su particular significación. Sí, Jorge la acompañaba en su cumpleaños, estaba allí de verdad.
Daba la casualidad de que al día siguiente se celebraba en la casa otro cumpleaños: el del general. Había nacido un día después que su hija, aunque muchos años antes, como es natural. Vinieron más regalos, entre ellos una silla de montar preciosa, cómoda y de gran valor, digna de un príncipe. ¿De quién procedía? El general estaba encantado. La habían traído junto con un billetito en el que se leía: "Muchas gracias por el bello día de ayer." Nosotros tal vez hubiéramos podido adivinar de quién venía. Pero la firma decía: "De alguien a quien el señor general no conoce."
- ¿Acaso hay alguien en el mundo a quien yo no conozca? - dijo el general -. ¡Si conozco a todo el mundo! - y su mente recorría los círculos de la alta sociedad -. Será de mi esposa - dijo al fin - habrá querido gastarme una broma. ¡Charmant! - Pero ella ya no le gastaba bromas. Aquel tiempo había pasado.


* * *

Otra vez era fiesta, aunque no en casa del general. Uno de los príncipes había organizado un baile de disfraces, y se permitía la entrada a las máscaras.
El general se presentó de Rubens, en traje español con alzacuello y daga, muy apuesto; la generala iba de esposa del pintor, en vestido de terciopelo negro cerrado hasta el cuello, horriblemente caluroso, con una rueda de molino alrededor del cuello - quiero decir un gran alzacuello, naturalmente -, reproducción exacta de un retrato flamenco que poseía el general y que solía provocar la admiración por las manos, muy parecidas a las de la generala.
Emilia iba disfrazada de Psiquis, en crespón y encajes. Se podía comparar con un flotante plumaje de cisne. No es que se sirviera de las alas, pero las llevaba porque así lo requería el personaje representado.
Era una escena de esplendor y magnificencia, un mar de luz y flores, de riqueza y gusto raros. Había tanto que ver, que hasta las hermosas manos de la esposa de Rubens pasaron inadvertidas.
Un negro dominó, con una flor de acacia en el gorro, bailó con Psiquis.
- ¿Quién es? - preguntó la generala.
- Su Alteza Real - respondió el general -. No me cabe la menor duda; lo reconocí enseguida en su apretón de manos.
La generala no estaba muy segura de ello.
El general Rubens, convencido de tener razón, se acercó al dominó negro y dibujó en la mano las iniciales del real nombre, pero le fue respondido con una negativa, si bien le dieron una indicación: la divisa de la silla de montar.
- Alguien a quien el general no conoce.
- Pero ahora sí lo conozco - respondió el general -. Usted me envió la silla.
El dominó levantó la mano y desapareció entre la multitud.
- Emilia, ¿quién es el dominó negro con quien bailaste? - preguntó la generala.
- No le he preguntado el nombre - respondió la muchacha. 
- Porque ya lo sabías; es el profesor. Su protector, el conde, está también aquí - prosiguió la madre, volviéndose al conde, que estaba al lado -. Dominó negro con la flor de acacia.
- Muy posible, señora - contestó él -, pero uno de los príncipes lleva un disfraz exactamente igual.
- Lo conozco por el apretón de manos - dijo el general -. Recibí una silla de montar del príncipe. Estoy tan seguro de la cosa, que me aventuro a invitarlo a mi casa.
- Pues hágalo. Si es el príncipe, seguro que viene - lo animó el conde.
- Y si es el otro, apuesto a que no viene - añadió el general, acercándose al dominó negro, que estaba justamente hablando con el Rey. El general le dirigió una respetuosísima invitación, expresando su deseo de entablar amistad. El hombre se sonreía, seguro de sí, mientras formulaba la invitación; habló en voz alta y clara.
Entonces el dominó se quitó la máscara: era Jorge.
- ¿Mantiene el señor general la invitación? - preguntó.
El general se irguió altivamente, adoptó una actitud firme, dio dos pasos atrás y uno hacia delante como si bailase un minué, y en sus rasgos se reflejó una expresión como sólo podía reflejar el distinguido rostro del general. Pero luego dijo:00 - Jamás retiro mi palabra; el señor catedrático está invitado - y se inclinó, dirigiendo una mirada al Rey, que indudablemente había oído el diálogo.


* * *

Había banquete en casa del general, y sólo el conde y su protegido habían sido invitados.
- Se han echado los cimientos - pensó Jorge; y, en efecto, los cimientos, en la casa de los generales, quedaron puestos con gran solemnidad.
El hombre vino, y, como el general ya sabía, habló como un miembro de la buena sociedad y resultó sumamente interesante, hasta el punto de que el general hubo de exclamar varias veces: "¡Charmant!." La generala comentó luego su "diner," entre otras personas, con una dama de la Corte, y ésta, señora inteligentísima, rogó que la invitasen con motivo de la próxima visita del catedrático. Por eso no hubo más remedio que volver a invitar a éste, y él acudió y se mostró nuevamente "charmant"; hasta resultó que sabía jugar al ajedrez.
- Ése no ha salido del sótano - dijo el general -, no cabe duda de que es de noble alcurnia. Hay muchos como él, y el muchacho no tiene la culpa.
El señor profesor, que era recibido en palacio, bien podía tener entrada en la casa del general, pero que pudiese echar raíces en ella, ¡de esto ni hablar!, a pesar de que en toda la ciudad no se decía otra cosa.
Y echó raíces, sí, señor. El rocío de la gracia descendió de lo alto. Por eso no produjo sorpresa a nadie el hecho de que, al ser nombrado el señor profesor Consejero de Estado, Emilia fuera elevada al rango de señora consejera.
- La vida es una tragedia o una comedia - dijo el general -; en la tragedia, mueren; en la comedia, se casan.
En esta ocasión se casaron. Y tuvieron tres rollizos chiquillos, aunque no de una vez.
Cuando iban a ver a los abuelos, los niños montaban el caballo de madera y corrían por las salas y los dormitorios. Y el general montaba también detrás de ellos, "como un jockey de los pequeños consejeros de Estado." La generala permanecía sentada en el sofá, sonriente, incluso cuando la molestaba la jaqueca.


* * *

Y de este modo se encumbró Jorge, y llegó mucho más alto todavía; de otro modo no habría valido la pena de contar la historia del hijo del portero. 






 * * * FIN * * *





Hans Christian Andersen





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...