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miércoles, diciembre 18, 2013

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((29))

 



 Inés del alma mía[Document Transcript]... Al cabo de semanas de pasearse por los salones y corredores del palacio, Pedro empezó a perder la paciencia, convencido de que nunca obtendría la autorización, pero yo estaba segura de que Pizarro se la daría. La demora era habitual en el marqués, quien no era amigo de las cosas derechas; fingía preocupación por los peligros que «su amigo» debería enfrentar en Chile, pero en realidad le convenía que Valdivia se fuera lejos, donde no pudiera conspirar contra él ni hacerle sombra con su prestigio. Los gastos, riesgos y padecimientos corrían por cuenta de Valdivia, mientras que la tierra sometida dependería del gobernador del Perú; él nada podía perder con el osado proyecto, ya que no pensaba invertir un solo maravedí en ello.
-Chile está aún por conquistar y cristianizar, señor marqués gobernador, deber que nosotros, súbditos de su majestad imperial, no podemos descuidar -argumentóValdivia.
-Dudo que encontréis hombres dispuestos a acompañaros, don Pedro.
-Nunca han faltado varones heroicos y de buen guerrear entre los españoles, excelencia. Cuando se corra la voz de esta expedición a Chile, sobrarán brazos armados.
Una vez que el asunto del financiamiento quedó claro, es decir, que los gastos corrían por parte de Valdivia, el marqués gobernador otorgó su autorización con aparente desgano y recuperó rápidamente la rica mina de plata y la hacienda que poco antes le había otorgado a su valeroso maestre de campo. A éste no le importó. Había asegurado el bienestar de Marina en España y no le interesaba su fortuna personal. Contaba con nueve mil pesos de oro y los documentos necesarios para la empresa.
-Falta un permiso -le recordé.-¿Cuál?00 -El mío. Sin él no puedo acompañarte.
Pedro expuso al marqués, en forma algo exagerada, mi experiencia en cuidar enfermos y heridos, así como mis conocimientos de costura y cocina, indispensables para un viaje como aquél, pero de nuevo se vio enredado en intrigas palaciegas y objeciones morales. Tanto insistí, que Pedro me consiguió una audiencia para hablar con Pizarro en persona. No quise que él me acompañara, porque hay cosas que una mujer puede hacer mejor sola.
Me presenté al palacio a la hora señalada, pero tuve que esperar horas en una sala llena de gente que acudía a pedir favores, como yo. El ambiente estaba recargado de adornos y profusamente iluminado por hileras de bujías en candelabros de plata; era un día más gris que otros y muy poca luz natural se colaba por los ventanales. Al saber que venía recomendada por Pedro de Valdivia, los lacayos me ofrecieron una silla, mientras los demás solicitantes debían permanecer de pie; algunos llevaban meses yendo a diario y ya tenían el aire ceniciento de la resignación. Aguardé tranquila, sin darme por aludida de las miradas torvas de algunas personas, que sin
duda conocían mi relación con Valdivia y debían de preguntarse cómo una insignificante costurera, una mujer amancebada, se atrevía a pedir audiencia al marqués gobernador. A eso del mediodía llegó un secretario y anunció que era mi turno. Le seguí a una habitación imponente, decorada con un lujo exagerado - cortinajes, escudos, pendones, oro y plata-, chocante para el sobrio temperamento español, en especial para los que venimos de Extremadura. Guardias empenachados protegían al marqués gobernador, mas de una docena de escribanos, secretarios, leguleyos, bachilleres y frailes se afanaban con libracos y documentos, que él no podía leer, y varios sirvientes indígenas de librea, pero descalzos, servían vino, frutas y pasteles de las monjas. Francisco Pizarro, instalado en un sillón de felpa y plata sobre un estrado, me hizo el honor de reconocerme y mencionar que recordaba nuestra entrevista anterior. Yo me había hecho un vestido de viuda para la ocasión, iba de negro, con mantilla y una toca que ocultaba mis cabellos. Dudo que el astuto marqués se dejara engañar por mi apariencia; sabía muy bien por qué Valdivia pretendía llevarme con él.
-¿En qué puedo serviros, señora? -me preguntó con su voz destemplada.
-Soy yo quien desea serviros a vos y a España, excelencia -le contesté, con una humildad que estaba lejos de sentir, y procedí a mostrarle el mapa amarillento de Diego de Almagro, que Valdivia siempre llevaba junto al pecho. Le señalé la ruta del desierto, que habría de seguir la expedición, y le conté que yo había heredado de mi madre el don de encontrar agua.
Francisco Pizarro, perplejo, se quedó mirándome como si yo me hubiese burlado de él. Creo que nunca había oído hablar de algo semejante, a pesar de que es una facultad bastante común.
-¿Me estáis diciendo que podéis hallar agua en el desierto, señora?-Sí, excelencia.
-¡Estamos hablando del desierto más árido del mundo!00 -Según dicen algunos soldados que fueron en la expedición anterior, allí crecen algunos pastos y matorrales, excelencia Eso significa que hay agua, aunque posiblemente está a cierta profundidad. Si la hay, yo puedo encontrarla.
Para entonces toda actividad había cesado en la sala de audiencias y los presentes, incluso los servidores indios, seguían nuestra conversación con la boca abierta.
-Permitidme que os demuestre lo que sostengo, señor marqués gobernador. Puedo ir con testigos al sitio más yermo que usted me asigne y con una varilla os mostraré que soy capaz de hallar agua.
-No será necesario, señora. Os creo -se pronunció Pizarro después de una larga
pausa.
Procedió a impartir órdenes para que se me extendiera la autorización solicitada y, además, me ofreció una lujosa tienda de campaña, como prenda de amistad, «para aliviar los sacrificios del viaje», manifestó. En vez de seguir al secretario, que pretendía conducirme a la puerta, me planté junto a uno de los escritorios a esperar mi documento, porque de otro modo podía tardar meses. Media hora más tarde, Pizarro le puso su sello y me lo tendió con una sonrisa torcida. Sólo me faltaba el permiso de la Iglesia.
Pedro y yo regresamos al Cuzco a organizar la expedición, tarea nada fácil, porque, aparte de los gastos, había el problema de que muy pocos soldados quisieron sumarse a nosotros. Eso de que sobrarían brazos bien armados, como había anunciado tantas veces Valdivia, resultó una ironía. Quienes fueron años antes con Diego de Almagro habían regresado contando horrores de aquel lugar, que llamaban «sepultura de españoles» y que, según aseguraban, era muy mísero y no alcanzaba para alimentar ni a treinta encomenderos. Los «rotos chilenos» habían vuelto sin nada y vivían de la caridad, prueba sobrada de que Chile sólo ofrecía padecimientos. Eso desanimaba incluso a los más bravos, pero Valdivia podía ser muy elocuente cuando aseguraba que, una vez subsanados los obstáculos del camino, llegaríamos a una tierra fértil y benigna, de mucho contento, donde podríamos prosperar. «¿Y el oro?», preguntaban los hombres. Oro también habría, les aseguraba él, era cuestión de buscarlo. Los únicos voluntarios resultaron tan escasos de fondos, que debió prestarles dinero para que se aperaran con armas y caballos, tal como antes había hecho Almagro con los suyos, aun a sabiendas que nunca podría recuperar la inversión. Los nueve mil pesos se hicieron pocos para adquirir lo indispensable, entonces Valdivia consiguió financiamiento con un inescrupuloso comerciante, a quien consintió pagarle el cincuenta por ciento de lo que se recaudara en la empresa de la conquista.
Fui a confesarme con el obispo del Cuzco, a quien ablandé antes con manteles bordados para su sacristía, ya que necesitaba su permiso para el viaje. Teniendo en mi poder el documento de Pizarro, iba más o menos segura, pero nunca se sabe cómo reaccionarán los frailes y menos aún los obispos. En la confesión no tuve más remedio que exponer la verdad desnuda de mis amores.
-El adulterio es pecado mortal -me recordó el obispo.
-Soy viuda, eminencia. Me confieso de fornicación, que es un pecado horroroso, pero no de adulterio, que es peor.00 -Sin arrepentimiento y sin el firme propósito de no volver a pecar, hija, ¿cómo pretendéis que os absuelva?
-Tal como lo hacéis con todos los castellanos del Perú, eminencia, que de otro modo irían a parar de cabeza al infierno.
Me dio la absolución y el permiso. A cambio le prometí que en Chile construiría una iglesia dedicada a Nuestra Señora del Socorro, pero él prefería a Nuestra Señora de las Mercedes, que viene a ser lo mismo con otro nombre, pero para qué iba a discutir con el obispo. Entretanto, Pedro se ocupaba de reclutar a los soldados, conseguir los yanaconas o indios auxiliares necesarios, comprar armas, municiones,
carpas y caballos. Yo me hice cargo de otras cosas de menor importancia que rara vez distraen la mente de los grandes hombres, como alimento, herramientas de labranza, utensilios de cocina, llamas, vacas, mulas, cerdos, gallinas, semillas, mantas, telas, lana y mucho más. Los gastos eran muchos y tuve que invertir mis monedas ahorradas y vender mis joyas, que de todos modos no usaba, las tenía guardadas para una emergencia y consideré que no había emergencia mayor que la conquista de Chile. Además, confieso que nunca me han gustado las alhajas y menos aún tan ostentosas como las que me había regalado Pedro. Las pocas veces que me las puse, me parecía ver a mi madre con el ceño fruncido recordándome que no conviene llamar la atención ni provocar envidia. El médico alemán me entregó un baulito con cuchillos, tenazas, otros instrumentos de cirugía y medicamentos: azogue, albayalde fino, mercurio dulce, jalapa en polvo, precipitado blanco, crémor tártaro, sal de saturno, basilicón, antimonio crudo, sangre de drago, piedra infernal, bolo armenio, tierra japónica y éter. Catalina le dio una mirada a los frascos y se encogió de hombros, despectiva. Ella llevaba sus bolsas con el herbolario indígena, que enriqueció por el camino con las plantas curativas de Chile. Además, insistió en llevar la batea de madera para el baño, porque nada le molestaba tanto como la hediondez de los viracochas y estaba convencida de que casi todas las enfermedades eran debidas a la mugre.
En eso estaba cuando llegó a golpear mi puerta un hombre maduro, simplón, con cara de niño, que se presentó como don Benito. Era uno de los hombres de Almagro, curtido por años de vida militar, el único que regresó enamorado de Chile, pero no se atrevía a decirlo en público para que no lo creyeran enajenado. Tan andrajoso como los otros «chilenos», tenía sin embargo una gran dignidad de soldado y no venía a pedir dinero prestado ni a poner condiciones, sino a acompañarnos y ofrecernos su ayuda. Compartía la idea de Valdivia de que en Chile se podía fundar un pueblo justo y sano. [29]



:::::>>El tesoro dorado<<:::::::




La mujer del tambor fue a la iglesia. Vio el nuevo altar con los cuadros pintados y los ángeles de talla. Todos eran preciosos, tanto los de las telas, con sus colores y aureolas, como los esculpidos en madera, pintados y dorados además. Su cabellera resplandecía, como el oro, como la luz del sol; era una maravilla. Pero el sol de Dios era aún más bello; lucía por entre los árboles oscuros con tonalidades rojas, claras, doradas, a la hora de la puesta. ¡Qué hermoso es mirar la cara de Nuestro Señor! Y la mujer contemplaba el sol ardiente, mientras otros pensamientos más íntimos se agitaban en su alma. Pensaba en el hijito que pronto le traería la cigüeña, y esta sola idea la alborozaba. Con los ojos fijos en el horizonte de oro, deseaba que su niño tuviese algo de aquel brillo del sol, que se pareciese siquiera a uno de aquellos angelillos radiantes del nuevo altar.
Cuando, por fin, tuvo en sus brazos a su hijito y lo mostró al padre, era realmente como uno de aquellos ángeles de la iglesia; su cabello dorado brillaba como el sol poniente.
- ¡Tesoro dorado, mi riqueza, mi sol! - exclamó la madre besando los dorados ricitos; y pareció como si en la habitación resonara música y canto. ¡Cuánta alegría, cuánta vida, cuánto bullicio! El padre tocó un redoble en el tambor, un redoble de entusiasmo. Decía:
- ¡Pelirrojo! ¡El chico es pelirrojo! ¡Atiende al tambor y no a lo que dice su madre! ¡Ran, ran, ranpataplán!
Y toda la ciudad decía lo mismo que el tambor.
Llevaron el niño a la iglesia para bautizarlo. Nada había que objetar al nombre que le pusieron: Pedro. La ciudad entera, y con ella el tambor, lo llamó Pedro, el pelirrojo hijo del tambor. Pero su madre le besaba el rojo cabello y lo llamaba su tesoro dorado.
En la hondonada había una ladera arcillosa en la que muchos habían grabado su nombre, como recuerdo.
- La fama - decía el padre de Pedro - no hay que despreciarla - y así grabó el nombre propio junto al de su hijo. 
Vinieron las golondrinas; en el curso de sus largos viajes habían visto antiguas inscripciones en las paredes rocosas del Indostán y en los muros de sus templos: grandes gestas de reyes poderosos, nombres inmortales, tan antiguos, que nadie era capaz de leerlos ni pronunciarlos siquiera.
- ¡Gran nombre! ¡Fama!
Las golondrinas construyeron sus nidos en la cañada. Abrían agujeros en la pared de arcilla. El viento y la lluvia descompusieron los nombres y los borraron, incluso los del tambor y su hijito.
- Pero el nombre de Pedro se conservó durante año y medio - dijo el padre.
"¡Tonto!," pensó el instrumento; pero limitóse a decir: ¡Ran, ran, ranpataplán!
El rapazuelo pelirrojo era un chiquillo rebosante de vida y alegría. Tenía una hermosa voz, sabía cantar, y lo hacía como los pájaros del bosque. Eran melodías, y, sin embargo, no lo eran.
- Tendrá que ser monaguillo - decía la madre -. Cantará en la iglesia, debajo de aquellos hermosos ángeles dorados a los que se parece.
- Gato color de fuego - decían los maliciosos de la ciudad. El tambor se lo oyó a las comadres de la vecindad.
- ¡No vayas a casa, Pedro! - gritaban los golfillos callejeros
Si duermes en la buhardilla, se pegará fuego en el piso alto y tu padre tendrá que batir el tambor.
- ¡Pero antes me dejará las baquetas! - replicaba Pedro, y, a pesar de ser pequeño, arremetía valientemente contra ellos y tumbaba al primero de un puñetazo en el estómago, mientras los otros ponían pies en polvorosa.
El músico de la ciudad era un hombre fino y distinguido, hijo de un tesorero real. Le gustaba el aspecto de Pedro, y alguna vez que otra se lo llevaba a su casa; le regaló un violín y le enseñó a tocarlo. El niño tenía gran disposición; la habilidad de sus dedos parecía indicar que iba a ser algo más que tambor, que sería músico municipal.
- Quiero ser soldado - decía, sin embargo. Era todavía un chiquillo, y creía que lo mejor del mundo era llevar fusil, marcar el paso, "¡un, dos, un, dos!," y lucir uniforme y sable.
- Pues tendrás que aprender a obedecer a mi llamada - decía el tambor -. ¡Plan, plan, rataplán!
- Eso estaría bien, si pudieses ascender hasta general - decía el padre -. Mas para eso hace falta que haya guerra.
- ¡Dios nos guarde! - exclamaba la madre.
- Nada tenemos que perder - replicaba el hombre.
- ¿Cómo que no? ¿Y nuestro hijo?
- Mas piensa que puede volver convertido en general.
- ¡Sin brazos ni piernas! - respondía la madre -. No, yo quiero guardar mi tesoro dorado.
¡Ran, ran, ran!, se pusieron a redoblar los tambores. Había estallado la guerra. Los soldados partieron, y el pequeño con ellos.
- ¡Mi cabecita de oro! ¡Tesoro dorado! - lloraba la madre. En su imaginación, el padre se lo veía "famoso." En cuanto al músico, opinaba que en vez de ir a la guerra debía haberse quedado con los músicos municipales.
- ¡Pelirrojo! - lo llamaban los soldados, y Pedro se reía; pero si a alguno se le ocurría llamarle "Piel de zorro," el chico apretaba los dientes y ponía cara de enfado. El primer mote no le molestaba.
Despierto era el mozuelo, de genio resuelto y humor alegre. 
- Ésta es la mejor cantimplora - decían los veteranos.
Más de una noche hubo de dormir al raso, bajo la lluvia y el mal tiempo, calado hasta los huesos, pero nunca perdió el buen humor. Aporreaba el tambor tocando diana: "¡Ran, ran, tan, pataplán! ¡A levantarse!." Realmente había nacido para tambor.
Amaneció el día de la batalla. El sol no había salido aún, pero ya despuntaba el alba. El aire era frío; el combate, ardiente. La atmósfera estaba empañada por la niebla, pero más aún por los vapores de la pólvora. Las balas y granadas pasaban volando por encima de las cabezas o se metían en ellas o en los troncos y miembros, pero el avance seguía. Alguno que otro caía de rodillas, las sienes ensangrentadas, la cara lívida. El tamborcito conservaba todavía sus colores sanos; hasta entonces estaba sin un rasguño. Miraba, siempre con la misma cara alegre, el perro del regimiento, que saltaba contento delante de él, como si todo aquello fuese pura broma, como si las balas cayeran sólo para jugar con ellas. "¡Marchen! ¡De frente!," decía la consigna del tambor. Tal era la orden que le daban. Sin embargo, puede suceder que la orden sea de retirada, y a veces esto es lo más prudente, y, en efecto, le ordenaron: "¡Retirada!"; pero el tambor no comprendió la orden y tocó: "Adelante, al ataque!" Así lo había entendido, y los soldados obedecieron a la llamada del parche. Fue un famoso redoble, un redoble que dio la victoria a quienes estaban a punto de ceder. 
Fue una batalla encarnizada y que costó muy cara. La granada desgarra la carne en sangrantes pedazos, incendia los pajares en los que ha buscado refugio el herido, donde permanecerá horas y horas sin auxilio, abandonado tal vez hasta la muerte. De nada sirve pensar en todo ello, y, no obstante, uno lo piensa, incluso cuando se halla lejos, en la pequeña ciudad apacible. En ella cavilaban el viejo tambor y su esposa. Pedro estaba en la guerra.
- ¡Ya estoy harto de gemidos! - decía el hombre.
Se trabó una nueva batalla; el sol no había salido aún, pero amanecía. El tambor y su mujer dormían; se habían pasado casi toda la noche en vela, hablando del hijo, que estaba allí - "en manos de Dios " -. Y el padre soñó que la guerra había terminado, los soldados regresaban, y Pedro ostentaba en el pecho la cruz de plata. En cambio, la madre soñaba que iba a la iglesia y contemplaba los cuadros y los ángeles de talla, con su cabello dorado; y he aquí que su hijo querido, el tesoro de su corazón, estaba entre los ángeles vestido de blanco, cantando tan maravillosamente como sólo los ángeles pueden hacerlo, mientras se elevaba al cielo con ellos y, envuelto en el resplandor del sol, enviaba un dulce saludo a su madre.
- ¡Tesoro dorado! - exclamó la mujer, despertando -. ¡Dios se lo ha llevado consigo! - Doblando las manos hundió la cabeza en la cortina estampada y prorrumpió a llorar -. ¿Dónde estará, entre el montón de caídos, en la gran fosa que cavan para los muertos? Tal vez esté en el fondo del pantano. Nadie conoce su tumba, no habrán rezado ninguna oración sobre ella -. Sus labios balbucearon un padrenuestro; agachó la cabeza y se quedó medio dormida. ¡Se sentía tan cansada!
Fueron pasando los días, entre la vida y los sueños.
Era al anochecer; un arco iris se dibujaba encima del bosque, desde éste al profundo pantano. Entre el pueblo circula una superstición que pasa por verdad incontrovertible. Existe un gran tesoro en el lugar donde el arco iris toca la tierra. También allí debía de haber uno; pero nadie pensó en el pequeño tambor, aparte su madre, que de continuo soñaba en él.
Y los días fueron pasando entre la vida y los sueños.
No había sufrido el más mínimo rasguño, no había perdido uno solo de sus dorados cabellos. - ¡Plan, plan, rataplán! ¡Es él, es él! - hubiera dicho el tambor y cantado la madre, si lo hubiesen visto o soñado.
Entre cantos y hurras y con los laureles de la victoria, regresaron los soldados a casa, una vez terminada la guerra y concertada la paz. Describiendo grandes círculos marchaba a la cabeza el perro del regimiento, como deseoso de hacer el camino tres veces más largo.
Y pasaron semanas y días, y Pedro se presentó en la casa de sus padres. Venía moreno como un gitano, los ojos brillantes, radiante el rostro como la luz del sol. Su madre lo estrechó entre sus brazos y lo besó en la boca, en los ojos, en el dorado cabello. Volvía a tener al lado a su hijo. No lucía la cruz de plata, como había soñado su padre, pero venía con los miembros enteros, como su madre no había soñado. ¡Qué alegría! Lloraban y reían, y Pedro abrazó el viejo instrumento.
- ¡Todavía está aquí ese trasto viejo! - dijo, y el padre tocó un redoble en él.
- Diríase que acaba de estallar un gran incendio - exclamó el parche -. ¡Fuego en el tejado, fuego en los corazones, tesoro mío! ¡Ran, ran, rataplán!
¿Y después? Sí, ¿y después? Pregúntalo al músico.
- Pedro se emancipará aún del tambor - dijo -. Pedro será más grande que yo - y eso que era hijo de un criado del palacio real. Pero lo que había aprendido en toda una vida, Pedro lo aprendió en medio año. Había tanta franqueza en él, daba una tal impresión de bondad... Sus ojos brillaban, y brillaba su cabello, nadie podía negarlo.
- Debería teñirse el pelo - dijo la vecina -. A la hija del policía le quedó muy bien y pescó novio.
- Pero al cabo de muy poco lo tenía del color de lenteja de agua, y ahora tiene que estárselo tiñendo continuamente. 
- No le falta dinero para hacerlo - replicó la vecina -, y tampoco le falta a Pedro. Lo reciben en las casas más distinguidas, incluso en la del alcalde, y da lecciones de piano a la señorita Lotte.
Sí, sabía tocar el piano, e interpretaba melodías deliciosas, no escritas aún en ningún pentagrama. Tocaba en las noches claras, y tocaba también en las oscuras. Era inaguantable, decían los vecinos, y el viejo tambor de alarma también creía que aquello era demasiado.
Tocaba hasta que sus pensamientos levantaban el vuelo, y grandes proyectos para el futuro se arremolinaban en su cabeza: ¡Gloria!
Y Lotte, la hija del alcalde, estaba sentada al piano; sus finos dedos danzaban sobre las teclas, y sus notas percutían en el corazón de Pedro. Parecíale como si aquello fuese demasiado estrecho, y la impresión la tuvo no una vez, sino varias. Por eso un día, cogiéndole los finos dedos y la delicada mano, la miró en los grandes ojos castaños. Dios sólo sabe lo que dijo; nosotros podemos conjeturarlo. Lotte se sonrojó hasta el cuello y los hombros; no le respondió una palabra. En aquel momento entró un forastero en la habitación, un hijo del Consejero de Estado, con una reluciente calva que le llegaba hasta el pescuezo. Pedro permaneció mucho rato con ellos y la dulce mirada de Lotte no se apartó de él.
Aquella noche habló a sus padres de lo grande que es el mundo, y de la riqueza que se encerraba para él en el violín. 
¡Gloria!
- ¡Ran, ran, rataplán! - dijo el tambor de alarma -. Este Pedro nos va a volver locos. Me parece que está chiflado. 
A la mañana siguiente, la madre se fue a la compra.
- ¿Sabes la última noticia, Pedro? - dijo al volver -. Lotte, la hija del alcalde, se ha prometido con el hijo del Consejero de Estado. Anoche mismo se cerró el compromiso.
- ¡No! - exclamó Pedro, saltando de la silla. Pero su madre insistió en que sí; lo sabía por la mujer del barbero, al cual se lo había comunicado el propio alcalde.
Pedro se volvió pálido, y cayó desplomado en la silla.
- ¡Dios santo! ¿Qué te pasa? - gritó la mujer.
- ¡Nada! ¡nada! Dejadme marchar - respondió él; y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
- ¡Hijo mío querido! ¡Tesoro dorado! - exclamó la madre, llorando. Pero el tambor de alarma se puso a tocar: ¡Lotte murió, Lotte murió! ¡Se terminó la canción!
Pero la canción no había terminado todavía; quedaban aún muchas estrofas y muy largas, las más bellas; un tesoro para toda la vida.
- ¡Pues sí que lo ha cogido fuerte! - dijo la vecina -. Todos tienen que leer las cartas que le envía su tesoro, y escuchar lo que los diarios cuentan de él y de su violín. Le manda mucho dinero, y bien que lo necesita la mujer desde que enviudó.
- Toca en presencia de reyes y emperadores - dijo el músico
A mí la suerte no me sonrió. Pero él fue mi discípulo y recuerda a su viejo maestro.
- Su padre soñaba - dijo la mujer - que Pedro regresaba de la guerra con una cruz de plata en el pecho. En campaña no la ganó, allí debe de ser más difícil, obtenerlo. Pero ahora luce la cruz de caballero. ¡Si su padre pudiera verlo! 
- ¡Famoso! - gruñía el tambor de alarma, y toda su ciudad natal lo repetía. Aquel tamborcillo, Pedro, el pelirrojo, que de niño calzaba zuecos y a quien de mayor habían visto tocar el tambor y en el baile, era ya famoso.
- Tocó ante nosotros antes de hacerlo ante los reyes - decía la alcaldesa -. Entonces estaba loco por Lotte. Quería subir y siempre subir. Era presumido y extraño. Mi marido se echó a reír cuando se enteró de aquel desatino. Hoy Lotte es la señora consejera.
Se escondía un tesoro en el corazón de aquel pobre niño que de tamborcillo había tocado el "¡Adelante, marchen!," llevando a la victoria a los que estaban a punto de ceder. En su corazón había un tesoro, un manantial de notas divinas que se escapaban de su violín como si en él estuviera encerrado todo un órgano, y como si todos los elfos bailasen en sus cuerdas en una noche de verano. Oíase el canto del tordo y la clara voz humana; por eso hechizaba a todos los corazones y hacía que su nombre corriese de boca en boca. Ardía un gran fuego, el fuego del entusiasmo.
- ¡Y, además, es tan guapo! - decían las damitas, y las viejas les daban la razón. La más vieja de todas abrió un álbum de rizos famosos, sólo para poder procurarse uno del rico y hermoso cabello del joven violinista, un tesoro, un tesoro dorado.
Y un buen día entró en la pobre morada del tambor aquel hijo, bello como un príncipe, más feliz que un rey, llenos de luz los ojos, resplandeciente el rostro como el sol. Y estrechó entre sus brazos a su madre, y ella lo besó en la boca, llorando tan feliz, como sólo de gozo se puede llorar. Dirigió un saludo a cada uno de los viejos muebles: a la cómoda con las tazas de té y el florero; al lecho donde durmiera de pequeño. Sacó el viejo tambor de alarma y lo puso en el centro de la habitación:
- Padre habría tocado ahora un redoble - dijo a su madre -. Lo haré yo por él -. Y se puso a aporrearlo con todas sus fuerzas, armando un estrépito de mil demonios; y el instrumento se sintió tan honrado, que reventó de orgullo.
- ¡Tiene buen puño! - dijo el tambor. - Ahora guardaré de él un recuerdo para toda la vida. Me temo que la vieja estalle también de alegría, con su tesoro. 
Y ahí tenéis la historia del tesoro dorado.




 * * * FIN * * *




 Hans Christian Andersen 




martes, diciembre 17, 2013

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((28))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Pedro pasaba sus noches en mi casa, salvo cuando debía viajar a la Ciudad de los Reyes o visitar sus propiedades en Porco y La Canela, y entonces me llevaba con él. Me gustaba verlo sobre su caballo -tenía un aire marcial- y ejercer su don de mando entre sus subalternos y camaradas de armas. Sabía muchas cosas que yo no sospechaba, me comentaba sus lecturas, compartía conmigo sus ideas. Era espléndido conmigo, me regalaba vestidos suntuosos, telas, joyas y monedas de oro. Al principio esa generosidad me molestaba, porque me parecía un intento de comprar mi cariño, pero después me acostumbré a ella. Empecé a ahorrar, con la idea de tener algo más o menos seguro en el futuro. «Nunca se sabe lo que puede pasar», decía siempre mi madre, quien me enseñó a esconder dinero. Además, comprobé que Pedro no era buen administrador y no se interesaba demasiado en sus bienes; como todo hidalgo español, se creía por encima del trabajo o del vil dinero, que podía gastar como un duque pero que no sabía ganar. Las mercedes de tierra y minas recibidas de Pizarro fueron un golpe de fortuna que recibió con la misma soltura con que estaba dispuesto a perderlas. Una vez me atreví a decírselo, porque, como he tenido que ganarme la vida desde que era niña, me horroriza el despilfarro, pero me hizo callar con un beso. «El oro es para gastarlo y, gracias a Dios, a mí me sobra», replicó. Eso no me tranquilizó, por el contrario. Valdivia trataba a sus indios encomendados con más consideración que otros españoles, pero siempre con rigor. Había establecido turnos de trabajo, alimentaba bien a su gente y obligaba a los capataces a medirse en los castigos, mientras que en otras minas y haciendas hacían trabajar incluso a las mujeres y los niños.
-No es mi caso, Inés. Yo respeto las leyes de España hasta donde es posible - replicó, altanero, cuando se lo comenté. -¿Quién decide hasta dónde es posible?
-La moral cristiana y el buen juicio. Tal como no conviene reventar a los caballos de fatiga, no se debe abusar de los indios. Sin ellos, las minas y las tierras nada valen. Quisiera convivir con ellos en armonía, pero no se puede someterlos sin emplear la fuerza.
-Dudo que someterlos los beneficie, Pedro.
-¿Dudas de los beneficios del cristianismo y la civilización? -me refutó.
-A veces las madres dejan morir de hambre a los recién nacidos para no encariñarse con ellos, pues saben que se los quitarán para esclavizarlos. ¿No estaban mejor antes de nuestra llegada?
-No, Inés. Bajo el dominio del Inca padecían más que ahora. Debemos mirar hacia el futuro. Ya estamos aquí y nos quedaremos. Un día habrá una nueva raza en esta tierra, mezcla de nosotros con indias, todos cristianos y unidos por nuestra lengua castellana y la ley. Entonces habrá paz y prosperidad.
Él así lo creía, pero se murió sin verlo, y también moriré yo antes de que ese sueño se cumpla, porque estamos a fines de 1580 y todavía los indios nos odian.
Pronto la gente del Cuzco se acostumbró a considerarnos una pareja, aunque imagino que a nuestras espaldas circulaban comentarios maliciosos. En España me habrían tratado como a una barragana, pero en el Perú nadie me faltaba el respeto, al menos nunca en mi cara, porque habría sido como faltárselo a Pedro de Valdivia. Se sabía que él tenía una esposa en Extremadura, pero eso no era novedad, la mitad de los españoles estaba en situación similar, sus esposas legítimas eran recuerdos borrosos; en el Nuevo Mundo necesitaban amor inmediato o un sustituto de ello. Además, también en España los hombres tenían mancebas; el imperio estaba sembrado
de bastardos y muchos de los conquistadores lo eran. En un par de ocasiones Pedro me habló de sus remordimientos, no por haber dejado de amar a Marina, sino por estar impedido de casarse conmigo. Yo podía desposarme con cualquiera de los que antes me cortejaban y que ahora no se atrevían a mirarme, dijo. Sin embargo, esa posibilidad nunca me quitó el sueño. Tuve claro desde el principio que Pedro y yo jamás podríamos casarnos, salvo que muriera Marina, lo que ninguno de los dos deseaba, por eso me saqué la esperanza del corazón y me dispuse a celebrar el amor y la complicidad que compartíamos, sin pensar en el futuro, en chismes, vergüenza o pecado. Éramos amantes y amigos. Solíamos discutir a gritos, porque ninguno de los dos tenía temperamento manso, pero eso no lograba separarnos. «De ahora en adelante tienes las espaldas cubiertas por mí, Pedro, de modo que puedes concentrarte en dar tus batallas de frente», le anuncié en nuestra segunda noche de amor, y él lo tomó al pie de la letra y jamás lo olvidó. Por mi parte, aprendí a sobreponerme al mutismo terco que solía agobiarme cuando me enfurecía. La primera vez que decidí castigarlo con el silencio, Pedro me tomó la cara entre las manos, me clavó sus ojos azules y me obligó a confesar lo que me molestaba. «No soy adivino, Inés. Podemos acortar camino si me dices qué quieres de mí», insistió. Del mismo modo, yo le salía al encuentro cuando lo dominaba la impaciencia y la soberbia, o cuando una decisión suya me parecía poco acertada. Éramos similares, ambos fuertes, mandones y ambiciosos; él pretendía fundar un reino y yo pretendía acompañarlo. Lo que él sentía, lo sentía yo, así compartimos la misma ilusión.
Al principio me limitaba a escuchar en silencio cuando él mencionaba a Chile. No sabía de qué hablaba, pero disimulé mi ignorancia. Me informé por mis clientes, los soldados que me traían su ropa a lavar o venían a comprar empanadas, y así supe del fracasado intento de Diego de Almagro. Los hombres que sobrevivieron a esa aventura y a la batalla de Las Salinas no tenían un maravedí en la faltriquera, andaban con la ropa en hilachas y a menudo acudían sigilosos por la puerta del patio a buscar comida gratis, por eso les llamaban los «rotos chilenos». No se ponían en la cola de los mendigos indígenas, aunque eran tan pobres como ellos, porque había cierto orgullo en ser uno de esos rotos, palabra que designaba al hombre valiente, audaz, esforzado y altanero. Chile, según la descripción de esos hombres, era tierra maldita, pero imaginé que Pedro de Valdivia tenía muy buenas razones para ir allí. Al escucharlo, me fui entusiasmando con su idea.
-Aunque me cueste la vida, intentaré la conquista de Chile -me dijo.-Y yo iré contigo.
-No es una empresa para mujeres. No puedo someterte a los peligros de esa aventura, Inés, pero tampoco deseo separarme de ti.
-¡Ni se te ocurra! Vamos juntos o no vas a ninguna parte -repliqué.
Nos trasladamos a la Ciudad de los Reyes, fundada sobre un cementerio inca, para que Pedro consiguiera la autorización de Francisco Pizarro para ir a Chile. No podíamos alojarnos en la misma casa -aunque pasábamos juntos cada noche-, para no provocar a las malas lenguas y a los frailes, que en todo se meten, aunque ellos mismos no son ejemplos de virtud. Rara vez vi salir el sol en la Ciudad de los Reyes, el cielo estaba siempre encapotado; tampoco llovía, pero el rocío del aire se pegaba en el cabello y cubría todo con una pátina verdosa. Según Catalina, que fue con nosotros, por la noche se paseaban en las calles las momias de los incas, enterradas bajo las casas, pero yo nunca las vi. Mientras yo averiguaba qué se necesita para una empresa tan complicada como atravesar mil leguas, fundar ciudades y pacificar indios, Pedro perdía días enteros en el palacio del marqués gobernador, participando en tertulias sociales y conciliábulos políticos que le fastidiaban. Las efusivas muestras de respeto y amistad que Pizarro prodigaba a Valdivia provocaban dura envidia en otros militares y encomenderos. Ya entonces, en sus comienzos, la ciudad estaba envuelta en el tejido de enredos que hoy la caracteriza. La corte era un hervidero de intrigas y todo tenía un precio, hasta el honor. Los ambiciosos y halagüeños se desvivían por obtener los favores del marqués gobernador, el único que tenía poder para otorgar granjerías. Había incalculables tesoros en el Perú, pero no alcanzaban para tantos pedigüeños. Pizarro no entendía por qué, mientras los demás procuraban agarrar a manos llenas, Valdivia estaba dispuesto a devolverle su mina y su hacienda para repetir el error que tan caro le había costado a Diego de Almagro.
-¿Por qué os empecináis en esa aventura en Chile, esa tierra pelada, don Pedro?-le preguntó más de una vez.
-Para dejar fama y memoria de mí, excelencia -replicaba siempre Valdivia.
Y en verdad ésa era su única razón. El camino a Chile equivalía a atravesar el infierno, los indios eran indómitos y no había oro en abundancia, como en el Perú, pero estos inconvenientes eran ventajas para Valdivia. El desafío del viaje y de batallar contra fieros enemigos le atraía y, aunque no lo manifestó delante de Pizarro, le gustaba la pobreza de Chile, como me explicó a menudo. Estaba convencido de que el oro corrompe y envicia. El oro dividía a los españoles en el Perú, atizaba la maldad y la codicia, alimentaba las maquinaciones, ablandaba las costumbres y perdía las almas. En su imaginación, Chile era el lugar ideal, lejos de los cortesanos de la Ciudad de los Reyes, donde podría fundar una sociedad justa basada en el trabajo duro y la labranza de la tierra, sin la riqueza mal habida de las minas y la esclavitud. En Chile incluso la religión sería sencilla, porque él -que había leído a Erasmo- se ocuparía de atraer a sacerdotes bondadosos, verdaderos servidores de Dios, y no a una manga de frailes corruptos y odiosos. Los descendientes de los fundadores serían chilenos sobrios, honestos, esforzados, respetuosos de la ley. Entre ellos no habría aristócratas, a los que él detestaba, porque el único título válido no es aquel que se hereda, sino el ganado por los méritos de una existencia digna y un alma noble. Yo pasaba horas
oyéndolo hablar así, con los ojos húmedos y el corazón azorado de emoción, imaginando esa nación utópica que fundaríamos juntos. [28]



:::::>>En el cuarto de los niños<<:::::::




Papá, mamá y todos los hermanitos habían ido a ver la comedia; Anita y su padrino quedaron solos en casa.
- También nosotros tendremos nuestra comedia - dijo el padrino -. Manos a la obra.
- Pero no tenemos teatro - replicó la pequeña Anita -, ni nadie que haga de cómico. Mi vieja muñeca es demasiado fea, y no quiero que se arrugue el vestido de la nueva.
- Cómicos siempre hay, si nos contentamos con lo que tenemos - dijo el padrino -.
Ante todo vamos a construir el teatro. Pondremos aquí un libro, allí otro, y un tercero atravesado. Ahora tres del otro lado; ya tenemos los bastidores.
Aquella caja vieja podrá servirnos de fondo; pondremos la base hacia fuera. La escena representa una habitación, esto está claro. Dediquémonos ahora a los personajes. Veamos qué hay en la caja de los juguetes. Primero los personajes, después la obra; cuando tengamos los primeros, la otra vendrá por sí sola, y la cosa saldrá que ni pintada. Aquí hay una cabeza de pipa, y allí un guante sin pareja; podrán ser padre e hija.
- Pero no basta con dos - protestó Anita -. Aquí tengo el chaleco viejo de mi hermano. ¿No podría trabajar también? - Desde luego; ya tiene la edad suficiente para ello - asintió el padrino.
- Será el galán. No lleva nada en los bolsillos; esto es ya interesante, revela un amor desgraciado. Y aquí están las botas del cascanueces con espuelas y todo, ¡caramba, pues no puede pavonearse y zapatear! Será el pretendiente intempestivo, a quien la señorita no puede sufrir. ¿Qué comedia prefieres? ¿Quieres un drama o una pieza de familia? - ¡Eso! - exclamó Ana -. A los demás les gusta mucho. ¿Sabes una?
- ¡Uf! ¡Ciento! - exclamó el padrino -. Las más apreciadas son traducidas del francés, pero no son propias para niñas. Hay una que es preciosa, aunque en el fondo todas se parecen. ¡Agito el saco! ¡Flamante! ¡Son completamente nuevas! Fíjate sino en él cartel -. Y el padrino, cogiendo un periódico, hizo como que leía en alta voz: "El Cabeza de Pipa y la buena cabeza. Comedia de familia, en un acto."
Reparto:


Señor Cabeza de Pipa, el padre.
Señorita Guante, la hija.
Señor Chaleco, el enamorado.
Señor de la Bota, pretendiente.


Y ahora, ¡a empezar! Se levanta el telón; como no lo tenemos, figurémonos que ya está levantado. Todos los personajes están en escena; así los tenemos ya reunidos. Yo haré de padre Cabeza de Pipa. Hoy está airado; ya se ve que es espuma de mar ahumada:
- ¡Tonterías y nada más que tonterías! Yo soy el amo en mi casa. ¡Soy el padre de mi hija! Atención a lo que digo. El Señor de la Bota es persona muy distinguida, tafilete por encima y espuelas abajo. Se casará con mi hija.
- Atiende al Chaleco, Anita - dijo el padrino. - Ahora habla el Chaleco. Tiene el cuello vuelto, es muy modesto, pero conoce su valor y está en su derecho al decir lo que dice:
- Soy una persona intachable, y la bondad cuenta mucho. Soy de seda auténtica y llevo cordones.
- Sólo los lleva el día de la boda; y cuando lo lavan, pierde el color - Esto lo dice el Señor Cabeza de Pipa -. El Señor de la Bota es impermeable, de cuero resistente, y, sin embargo, muy suave; puede crujir, chacolotear con las espuelas, y tiene cara de italiano.00 - Deberían hablar en verso - dijo Anita -. Quedaría mucho más bonito.
- No hay inconveniente - asintió el padrino -. Cuando el público lo manda, se habla en verso. Fíjate ahora en la señorita Guante, que extiende los dedos:



Antes quedar solterona
que casarme con esta persona. 
¡Ay, no lo quiero! 
¡Oíd cómo se me rompe el cuero!


- Tonterías.


Esto lo dice el señor Cabeza de Pipa. Oigamos ahora al Chaleco:


Guante, de ti me habría enamorado,
aunque en España te hubiesen fabricado.
Holger Dranske lo ha jurado.


El señor de la Bota protesta, hace sonar las espuelas y derriba tres bastidores.
- ¡Magnífico! - palmotea la pequeña Anita.
- ¡Cállate, cállate! - dice el padrino -. El aplauso mudo demuestra que tú eres un público ilustrado, sentado en las primeras filas. Ahora la señorita Guante canta su gran aria:


Mi voz se quiebra de emoción,
y me saldrá un gallo del corazón.
¡Quiquiriquí, cantan en el balcón!


- Ahora viene lo más emocionante, Anita. Es lo principal de la obra. ¿Ves? El señor Chaleco se abotona, y te dirige su discurso para que lo aplaudas; pero no lo hagas, es más distinguido. Escucha cómo cruje la seda: "¡Me empujan a una acción extrema! ¡Guárdese! Ahora viene la intriga: si usted es Cabeza de Pipa, yo soy la buena cabeza. ¡Paf! ¡Desaparecido!." ¿Ves, Anita? - dijo el padrino -. La escenificación y la obra son estupendas; el señor Chaleco agarró al viejo Cabeza de Pipa y se lo metió en el bolsillo. Allí está, y el Chaleco dice: "Ahora lo tengo en el bolsillo, en el bolsillo más hondo. No saldrá de él hasta que me prometa unirme a su hija, Guante Izquierdo. Yo le ofrezco la derecha."
- ¡Qué bonito! - exclamó Anita.
Ahora contesta el viejo Cabeza de Pipa:


A pesar de ser todo oído,
me quedé tonto y sin eco.
Mi buen humor se ha perdido
y echo a faltar mi tubo hueco.
¡Ay! nunca me sentí tan infeliz como aquí.
Vuélveme a la luz, y al instante
te casaré con mi hijita Guante.


- ¿Se ha terminado? - preguntó Anita.
- ¡Dios nos libre! - contestó el padrino -. Sólo ha terminado para el señor de la Bota. Los enamorados se arrodillan; Lino canta:


¡Padre!


Y el otro:


¡Ya puedes salir
y a tus hijos bendecir!


Les echa la bendición, se celebra la boda y los muebles cantan a coro:


¡Knik, knak, knak! Gracias, público amado.
La comedia ha terminado.


- Y ahora nosotros a aplaudir - dijo el padrino -. Así saldrán todos a escena, incluso los muebles. Son de caoba.
- ¿Crees que nuestra comedia es tan buena como la que han visto los otros en el teatro de verdad?
- ¡Mucho mejor! - dijo el padrino -. Es más corta, no ha costado un céntimo, y nos ha ayudado a esperar la hora de la merienda. 





 * * * FIN * * *






 Hans Christian Andersen 





Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((27))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Pedro de Valdivia se había formado en el estruendo de la guerra, nada sabía de amor, pero estaba listo para recibirlo cuando éste llegó. Me levantó en brazos y me llevó a mi cama de cuatro trancos largos, donde caímos derribados, él encima de mí, besándome, mordiéndome, mientras se desprendía a tirones del jubón, las calzas, las botas, las medias, desesperado, con los bríos de un muchacho. Le dejé hacer lo que quiso, para que se desahogara; ¿cuánto tiempo había pasado sin mujer? Le estreché contra mi pecho, sintiendo los latidos de su corazón, su calor animal, su olor de hombre. Pedro tenía mucho que aprender, pero no había prisa, contábamos con el resto de nuestras vidas y yo era buena maestra, al menos eso podía agradecer a Juan de Málaga. Una vez que Pedro comprendió que a puerta cerrada mandaba yo y que no había deshonor en ello, se dispuso a obedecerme de excelente humor. Esto demoró algún tiempo, digamos cuatro o cinco horas, porque él creía que la entrega corresponde a la hembra y la dominación al macho, así lo había visto en los animales y aprendido en su oficio de soldado, pero no en vano Juan de Málaga había pasado años enseñándome a conocer mi cuerpo y el de los hombres. No sostengo que todos sean iguales, pero se parecen bastante, y con un mínimo de intuición cualquier mujer puede darles contento. A la inversa no es lo mismo; pocos hombres saben satisfacer a una mujer y aún menos son los que están interesados en hacerlo. Pedro tuvo la inteligencia de dejar su espada al otro lado de la puerta y rendirse ante mí. Los detalles de esa primera noche no importan demasiado, basta decir que ambos descubrimos el verdadero amor, porque hasta entonces no habíamos experimentado la fusión del cuerpo y del alma. Mi relación con Juan fue carnal, y la de él con Marina, espiritual; la nuestra llegó a ser completa.
Valdivia permaneció encerrado en mi casa durante dos días. En ese tiempo no se abrieron los postigos, nadie hizo empanadas, las indias anduvieron calladas y de puntillas, y Catalina se las arregló para alimentar a los mendigos con sopa de maíz. La fiel mujer nos traía vino y comida a la cama; también preparó una tinaja con agua caliente para que nos laváramos, costumbre peruana que ella me había enseñado. Como
todo español de origen, Pedro creía que el baño es peligroso, produce debilitamiento de los pulmones y adelgaza la sangre, pero le aseguré que la gente del Perú se bañaba a diario y nadie tenía los pulmones blandos ni la sangre aguada. Ese par de días se nos fueron en un suspiro contándonos el pasado y amándonos en un quemante torbellino, una entrega que nunca alcanzaba a ser suficiente, un deseo demente de fundirnos en el otro, morir y morir, «¡Ay, Pedro!». «¡Ay, Inés!» Nos desplomábamos juntos, quedábamos enlazados de piernas y brazos, exhaustos, bañados en el mismo sudor, hablando en susurros. Luego renacía el deseo con más intensidad entre las sábanas mojadas; olor a hombre -hierro, vino y caballo-, olor a mujer -cocina, humo y mar-, fragancia de ambos, única e inolvidable, hálito de selva, caldo espeso. Aprendimos a elevarnos hacia el cielo y a gemir juntos, heridos por el mismo latigazo, que nos suspendía al borde de la muerte y por último nos sumergía en un letargo profundo. Una y otra vez despertábamos listos para inventar de nuevo el amor, hasta que llegó el alba del tercer día, con su alboroto de gallos y el aroma del pan. Entonces Pedro, transformado, pidió su ropa y su espada.
¡Ah! ¡Qué tenaz es la memoria! La mía no me deja en paz, me llena la mente de imágenes, palabras, dolor y amor. Siento que vuelvo a vivir una y otra vez lo ya vivido. El esfuerzo de escribir este relato no está en recordar, sino en el lento ejercicio de ponerlo en papel. Mi letra nunca fue buena, a pesar de los empeños de González de Marmolejo, pero ahora es casi ilegible. Tengo cierta urgencia, porque vuelan las semanas y todavía falta bastante por narrar. Me canso. La pluma rompe el papel y caen salpicaduras de tinta; en resumen, esta labor me queda grande. ¿Por qué insisto en ella? Quienes me conocieron a fondo están muertos, sólo tú, Isabel, tienes una idea de quién soy, pero esa idea está desvirtuada por tu cariño y la deuda que crees tener conmigo. No me debes nada, te lo he dicho a menudo; soy yo quien está en deuda contigo, porque viniste a satisfacer mi más profunda necesidad, la de ser madre. Eres mi amiga y confidente, la única persona que conoce mis secretos, incluso algunos que, por pudor, no compartí con tu padre. Nos llevamos bien tú y yo, tienes buen humor y nos reímos juntas, con esa risa de las mujeres, que nace de la complicidad. Te agradezco que te hayas instalado con tus hijos aquí, a pesar de que tu casa queda a un par de cuadras de distancia. Arguyes que necesitas compañía mientras tu marido anda en la guerra, como antes andaba el mío, pero no te creo. La verdad es que temes que me muera sola en este caserón de viuda, que será tuyo muy pronto, tal como ya lo son todos mis bienes terrenales. Me conforta la idea de verte convertida en una mujer muy rica; me puedo ir en paz al otro mundo, ya que he cumplido cabalmente la promesa de protegerte que le hice a tu padre cuando él te trajo a mi casa. Entonces yo era todavía la amante de Pedro de Valdivia, pero eso no me impidió recibirte con los brazos abiertos. En esa época la ciudad de Santiago ya se había repuesto del estropicio causado por el primer ataque de los indios, habíamos salido de la pobreza y
nos dábamos ciertas ínfulas, aunque todavía no era realmente una ciudad, sino apenas un villorrio. Por sus méritos y su carácter intachable, Rodrigo de Quiroga se había convertido en el capitán favorito de Pedro y en mi mejor amigo. Yo sabía que estaba enamorado de mí, una mujer siempre lo sabe, aunque no se escape un gesto o una palabra que lo delate. Rodrigo no habría sido capaz de admitirlo ni en lo más secreto de su corazón, por lealtad a Valdivia, su jefe y amigo. Supongo que yo también lo quería -sepuede amar a dos hombres al mismo tiempo-, pero me guardé ese sentimiento para no arriesgar el honor y la vida de Rodrigo. No es todavía el momento de referirme a esto, queda para más adelante.
Hay cosas que no he tenido ocasión de contarte, por estar demasiado ocupada en tareas cotidianas, y si no las escribo me las llevaré a la tumba. A pesar de mi afán de exactitud, he omitido bastante. He debido seleccionar sólo lo esencial, pero estoy segura de no haber traicionado la verdad. Ésta es mi historia y la de un hombre, don Pedro de Valdivia, cuyas heroicas proezas han sido anotadas con rigor por los cronistas y perdurarán en sus páginas hasta el fin de los tiempos; sin embargo, yo sé de él lo que la Historia jamás podrá averiguar: qué temía y cómo amó.
La relación con Pedro de Valdivia me trastornó. No podía vivir sin él, un solo día sin verlo me afiebraba, una noche sin estar en sus brazos era un tormento. Al principio, más que amor fue una pasión ciega, desatada, que por suerte él compartía, de otro modo yo hubiese perdido el juicio. Más tarde, cuando fuimos superando los obstáculos del destino, la pasión dio paso al amor. Lo admiraba tanto como lo deseaba, sucumbí por completo ante su energía, me sedujeron su valor y su idealismo. Valdivia ejercía su autoridad sin aspavientos, se hacía obedecer con su sola presencia, tenía una personalidad imponente, irresistible, pero en la intimidad se transformaba. En mi cama era mío, se me entregó sin reticencia, como un joven en su primer amor. Estaba acostumbrado a la rudeza de la guerra, era impaciente e inquieto, sin embargo podíamos pasar días completos de ocio, dedicados a conocernos, contándonos los detalles de nuestros respectivos destinos con verdadera urgencia, como si se nos fuera a acabar la vida en menos de una semana. Yo llevaba la cuenta de los días y las horas que pasábamos juntos, eran mi tesoro. Pedro llevaba la cuenta de nuestros abrazos y besos. Me sorprende que a ninguno de los dos nos asustara esa pasión que hoy, vista desde la distancia del desamor y la ancianidad, me parece opresiva. [27]



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