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lunes, septiembre 30, 2013

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((119))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 119 insistencia a la niña, su cara morena, sus grandes ojos desolados, la maraña compacta de su pelo. En ese lugar el fango era denso y había peligro de hundirse al pisar. Le lanzaron una cuerda, que ella no hizo empeño en agarrar, hasta que le gritaron que la cogiera, entonces sacó una mano y trató de moverse, pero en seguida se sumergió más. Rolf soltó su bolsa y el resto de su equipo y avanzó en el pantano, comentando para el micrófono de su ayudante que hacía frío y que ya comenzaba la pestilencia de los cadáveres. –¿Cómo te llamas? –le preguntó a la muchacha y ella le respondió con su nombre de flor–. No te muevas, Azucena –le ordenó Rolf Carlé y siguió hablándole sin pensar qué decía, sólo para distraerla, mientras se arrastraba lentamente con el barro hasta la cintura. El aire a su alrededor parecía.tan turbio como el lodo. Por ese lado no era posible acercarse, así es que retrocedió y fue a dar un rodeo por donde el terreno parecía más firme. Cuando al finestuvo cerca tomó la cuerda y se la amarró bajo los brazos, para que pudieran izarla. Le sonrió con esa sonrisa suya que le achica los ojos y lo devuelve a la infancia, le dijo que todo iba bien, ya estaba con ella, en seguida la sacarían. Les hizo señas a los otros para que halaran, pero apenas se tensó la cuerda la muchacha gritó. Lo intentaron de nuevo y aparecieron sus hombros y sus brazos, pero no pudieron moverla más, estaba atascada. Alguien sugirió que tal vez tenía las piernas comprimidas entre las ruinas de su casa, y ella dijo que no eran sólo escombros, también la sujetaban los cuerpos de sus hermanos, aferrados a ella. –No te preocupes, vamos a sacarte de aquí –le prometió Rolf. A pesar de las fallas de transmisión, noté que la voz se le quebraba y me sentí tanto más cerca de él por eso. Ella lo miró sin responder. En las primeras horas Rolf Carlé agotó todos los recursos de su ingenio para rescatarla. Luchó con palos y cuerdas, pero cada tírón era un suplicio intolerable para la prisionera. Se le ocurrió hacer una palanca con unos palos, pero eso no dio resultado y tuvo que abandonar también esa idea. Consiguió un par de soldados que trabajaron con él durante un rato, pero después lo dejaron solo, porque muchas otras víctimas reclamaban ayuda. La muchacha no podía moverse y apenas lograba respirar, pero no parecía desesperada, como si una resignación ancestral le permitiera leer su destino. El periodista, en cambio, estaba decidido a arrebatársela a la muerte. Le llevaron un neumático, que colocó bajo los brazos de ella como un salvavidas, y luego atravesó una tabla cerca del hoyo para apoyarse y así alcanzarla mejor. Como era imposible remover los escombros a ciegas, se sumergió un par de vece para explorar ese infierno, pero salió exasperado, cubierto de lodo, escupiendo piedras. Dedujo que se necesitaba una bomba para extraer el agua y envió a solicitarla por radio, pero volvieron con el mensaje de que no había transporte y no podían enviarla hasta la mañana siguiente. –¡No podemos esperar tanto! –reclamó Rolf Carlé, pero en aquel zafarrancho nadie se detuvo a compadecerlo. Habrían de pasar todavía muchas horas más antes de que él aceptara que el tiempo se había estancado y que la realidad había sufrido una distorsión irremediable. Un médico militar se acercó a examinar a los niños y afirmó que su corazón funcionaba bien y que si no se enfriaba demasiado podría resistir esa noche. –Ten paciencia, Azucena, mañana traerán la bomba –trató de consolarla Rolf Carlé. –No me dejes sola –le pidió ella. –No, claro que no. Les llevaron café y él se lo dio a la muchacha, sorbo a sorbo. El líquido caliente la animó y empezó a hablar de su pequeña vida, de su familia y de la escuela, de cómo era ese pedazo de mundo antes de que reventara el volcán. Tenía trece años y nunca había salido de los límites de su aldea. El periodista, sostenido por un optimismo prematuro, se convenció de que todo terminaría biem llegaría la bomba, extraerían el agua, quitarían los escombros y Azucena sería trasladada en helicóptero a un hospital, donde se repondría con rapidez y donde él podría visitarla llevándole regalos. Pensó que ya no tenía edad para muñecas y no supo qué le gustaría, tal vez un vestido. No 119 Librodot





::::::>Lo que el viento cuenta de Valdemar Daae y de sus hijas<:::::::

 
 
 
 
Cuando el viento pasa veloz por las praderas, la hierba ondea como una cinta; si corre entre las mieses, las agita como un mar. Es la danza del viento. Pero escúchale contar sus historias: ¡cómo alza y modula su voz! Es muy distinto su modo de sonar cuando pasa entre los árboles del bosque o cuando se introduce por los orificios, huecos y grietas de un viejo muro. ¿Ves cómo allá arriba el viento impulsa a las nubes cual si fuesen un rebaño de ovejas? ¿Lo oyes aullar aquí abajo a través de la puerta abierta, como un centinela que toca su cuerno? ¡Qué misterioso es su silbido cuando baja por la chimenea! En su presencia, el fuego se aviva y despide chispas, e ilumina la habitación, donde uno se encuentra a gusto, calentito y el oído atento. Dejadlo contar. Sabe muchas leyendas e historias, más que todos nosotros juntos. Atiende a su relato: "¡Huuui! ¡Huye, huye!." Tal es el estribillo de su canción.
 
 


 
- A orillas del Gran Belt se alza un antiguo castillo de gruesos muros rojos - dice el viento. - Lo conozco piedra por piedra. Las vi mucho antes, cuando constituían el castillo de Mark Stig, en Nesset. Pero lo derribaron, y con sus materiales levantaron otro, una nueva fortaleza situada en otro lugar: el castillo de Borreby, que todavía sigue en pie. Yo vi y conocí a los nobles caballeros y damas, a las varias generaciones que allí vivieron. Voy a hablaros ahora de Valdemar Daae y de sus hijas.
Iba siempre con la frente muy erguida, pues era de sangre real. Sabía hacer algo más que cazar el ciervo y apurar una jarra de vino; y si no, al tiempo, solía decir.
Su esposa andaba con aire desdeñoso y rígida, vestida de brocado de oro, por los pavimentos de madera encerada. Los tapices eran preciosos; los muebles, de alto precio y tallados con arte. La vajilla era de oro y plata; en la bodega se guardaba cerveza alemana, además de otras cosas. Fogosos corceles negros relinchaban en la cuadra. Todo era espléndido en el castillo de Borreby cuando reinaba en él la opulencia.
No faltaban tampoco hijos: tres lindas muchachas: Ida, Juana y Ana Dorotea; todavía recuerdo sus nombres.0 Eran gente rica, gente distinguida, nacida y criada en la opulencia. "¡Huuui! ¡Huye!," cantó el viento, y luego reanudó su historia.
Nunca vi allí, como en otros antiguos palacios, a la noble señora de la casa manejando el huso sentada con sus doncellas en el salón. Cantaba, acompañándose con el armonioso laúd, no sólo las viejas canciones danesas, sino también otras en lengua extranjera. Todo eran fiestas y banquetes; acudían invitados de cerca y de lejos; resonaba la música, chocaban los vasos con tanta fuerza, que apagaban mi voz - decía el viento -. Había allí orgullo, fastuosidad y lujo, mucha arrogancia; pero faltaba Dios.
- Era un atardecer del mes de mayo - continuó el viento. - Venía yo de Poniente; en la costa occidental de Jutlandia había presenciado el naufragio de varios barcos, y, cruzando por los eriales y la costa cubierta de verdes bosques, atravesé la Fionia y llegué, soplando furiosamente, al Gran Belt.
Amainé para tomarme un descanso, en la costa de Zelanda, cerca del castillo de Borreby, rodeado aún de magníficos robledales.
Los mozos habían salido a recoger ramas tronchadas, llevándole las mayores y más secas que encontraban. Con ellas volvían al pueblo, las apilaban y encendían hogueras, y la juventud bailaba a su alrededor, cantando alegremente.
- Yo seguía encalmado - prosiguió el viento -, pero muy quedamente soplé a una rama depositada por el más apuesto de los mozos; prendió el fuego, y levantase una altísima llama; fue el elegido, el rey de la fiesta, y se apresuró a nombrar a su pequeña reina entre las muchachas. ¡Qué bullicio, qué alegría! Se estaba mucho mejor allí que en el rico palacio de Borreby.
Entonces llegaron, en una soberbia carroza dorada, tirada por seis caballos, la noble señora y sus tres hijas, finas y delicadas como tres preciosas flores: la rosa, el lirio y el pálido jacinto. La madre era un ostentoso tulipán; no saludó a nadie de la alegre multitud, que interrumpió la fiesta para saludarla con reverencias y acatamientos. Habríase dicho que la señora tenía un palo en el pescuezo.
La Rosa, el Lirio, el pálido Jacinto, a las tres las vi. ¿Quién las elegiría por reina?, pensé. Algún apuesto caballero, tal vez un príncipe. ¡Huuui! ¡Huye, huye!
Siguió el coche su camino, con las ilustres damas, y los campesinos reanudaron sus danzas. Y por el verano hubo paseos a caballo y excursiones a Borreby, a Tjereby, a todos los pueblos circundantes.
Mas por la noche, cuando me levanté - continuó el viento -, la noble señora se acostó para no volver a levantarse.
Ocurrióle lo que a todos los humanos, no es cosa nueva. Valdemar Daae permaneció un rato a su vera grave y pensativo. El árbol más altivo puede doblarse, pero nunca quebrarse, decía una voz en su interior. Las hijas lloraban, y en el palacio todos se secaban los ojos. Dama Daae había huido, ¡y yo también huí! ¡Huuui! - dijo el viento.
Volví, volví con frecuencia, a través de Fionia y del Gran Belt, descansé en la orilla de Borreby, junto al magnífico robledal, donde construían sus nidos el quebrantahuesos, las palomas torcaces, los cuervos azules y hasta la cigüeña negra. Era a la entrada la primavera, y unas aves tenían en sus nidos huevos, y otras, ya pollos. ¡Dios mío, cómo volaban y cómo gritaban! Oíanse hachazos, golpe tras golpe; iban a talar el bosque. Valdemar Daae quería construir un barco soberbio, un navío de guerra de tres puentes, para vendérselo al Rey. Por eso talaba el bosque, que servía a los marinos de señal, y a las aves, de asilo.
El alcaudón se echó a volar asustado, pues habían destruido su nido; el quebrantahuesos y las demás aves del bosque perdieron sus moradas y levantaron el vuelo, sin rumbo, chillando de angustia y de ira. Yo los comprendía muy bien. Las cornejas y los grajos gritaban, en son deburla:
¡Fuera del nido, fuera del nido, fuera, fuera!0 En el bosque, entre el grupo de leñadores, estaban Valdemar Daae y sus tres hijas, riéndose de aquel griterío de las aves. Sólo la menor, Ana Dorotea, sentía compasión en el fondo de su alma; y cuando los hombres se dispusieron a cortar un árbol medio podrido, en cuyas desnudas hojas anidaba una cigüeña negra, intercedió en favor del animal y pidió con lágrimas en los ojos que respetasen aquel árbol con su nido. ¡Era tan poca cosa!
Cortaron, aserraron, construyeron un barco de tres puentes. El maestro que dirigía la obra era de descendencia humilde, pero de noble porte y aspecto. En sus ojos y en su frente se reflejaba la inteligencia, y Valdemar Daae gustaba de escuchar sus explicaciones, lo mismo que Ida, su hija mayor, que ya contaba quince años. Y mientras el hombre construía un barco para el padre, edificaba para sí mismo un castillo de ensueño, donde residirían él y la pequeña Ida, convertidos en marido y mujer. Y esto hubiera podido realizarse, si aquel castillo hubiese sido de sillería, con murallas y fosos, con bosque y mar. Pero con todo su talento, el maestro era un pobre diablo. ¿Qué buscaba el gorrión en la sociedad de las grullas? ¡Huuui! Yo emprendí el vuelo, y él también, pues no le permitieron continuar allí, y la pobre Ida hubo de consolarse. ¿Qué remedio le quedaba?0 En el establo relinchaban los negros corceles; eran dignos de ver, y muy renombrados. El Rey había enviado al almirante a inspeccionar el nuevo buque de guerra y negociar su compra. El almirante se hizo lenguas de los fogosos caballos; yo lo oí perfectamente - dijo el viento -. Seguí a los personajes a través de la puerta abierta, esparciendo paja ante sus pies como si fuesen varillas de oro. Este metal era lo que quería Valdemar Daae, mientras el almirante ambicionaba los negros corceles; por eso los alababa tanto. Mas no lo comprendieron, y el barco no fue adquirido, y se quedó anclado y reluciente en la orilla, cubierto de tablas; una segunda arca de Noé destinada a no navegar nunca. ¡Huuui! ¡Huye, huye! ¡Qué lástima!
En invierno, cuando los campos estaban cubiertos de nieve, los hielos flotantes invadían el Gran Belt y yo permanecía inmóvil en la costa - prosiguió el viento -; llegaron grandes bandadas de cuervos y cornejas, si uno negro, el otro más. Posáronse sobre el barco desierto, solitario, muerto, y se lamentaron a voz en grito por el bosque desaparecido, por los muchos nidos de pájaros destruidos, por los viejos y jóvenes que habían quedado sin hogar. Y todo ello por causa de aquel enorme artefacto, de aquel altivo navío que jamás se haría a la mar.
Yo me puse a arremolinar los copos de nieve que, en forma de grandes ondas, fueran depositándose en torno al barco y encima del mismo. Hice que se oyera mi voz, ¡cuántas cosas tiene por decir la tempestad! Hice lo posible para que supiera lo que ha de saber un barco. ¡Huuui! ¡Adelante!0 Y pasó el invierno, inviernos y veranos llegaron y se fueron como yo, como pasa rápidamente la nieve, como se marchitan las flores del manzano y como caen las hojas de los árboles. ¡Anda, anda, pasa! ¡Huuui! Los hombres pasan también.0 Pero las hijas eran aún jóvenes. Ida, una verdadera rosa, finísima como cuando la viera el constructor del barco. Muchas veces me metía yo en su largo cabello castaño, cuando ella estaba pensativa en el jardín junto al manzano, sin darse cuenta de que yo esparcía las flores sobre su cabeza. Al notar que se le deshacía el cabello, levantaba la mirada al sol ardiente y al fondo dorado del cielo, por entre los oscuros arbustos y árboles.
Su hermana Juana era como un lirio, lozana y erguida, orgullosa y arrogante y, como su madre, con el cuello envarado. Le gustaba entrar en el gran salón, de cuyas paredes colgaban los retratos de sus antepasados. Las señoras aparecían pintadas en vestidos de terciopelo y seda, tocadas con pequeñas cofias bordadas de perlas. ¡Eran realmente bellas damas! Los hombres llevaban armaduras o preciosos mantos de piel de ardilla y valonas azules. Llevaban la espada sujeta al muslo, no a la cintura. ¿Dónde colocarían algún día el retrato de Juana, y qué tal parecería su noble esposo? Sí, en esto pensaba y de esto hablaba en voz baja; yo la oía cuando pasaba por el largo corredor y me daba la vuelta.
Ana Dorotea, el pálido jacinto, una niña de catorce años, era reposada y soñadora. Sus grandes ojos, azules como el mar, miraban con expresión pensativa, pero en torno a la boca se dibujaba una sonrisa infantil. Yo no podía borrársela de un soplo, ni tampoco lo quería.
Me la encontraba en el jardín, en el valle y en los campos, recogiendo hierbas y flores que, como yo sabía, utilizaba su padre para elaborar bebidas y gotas, pues conocía el arte de destilar. Valdemar Daae era altivo y orgulloso, pero muy instruido; sabia muchas cosas. Bien se veía, y se comentaba; incluso en verano el fuego ardía en su chimenea, y la puerta de su habitación permanecía cerrada. Pasábase día y noche encerrado en ella, mas casi nunca hablaba de lo que allí hacía: las fuerzas de la Naturaleza deben ser dominadas en silencio; pronto descubriría lo más valioso: el rojo oro.
Por eso ardía la chimenea, por eso chisporroteaba la leña y levantaba llamas. Sí, allí estaba yo también - seguía contando el viento -. ¡Huye, huye!, cantaba yo por la chimenea. Y todo era humo, carbones y cenizas. ¡Te quemarás!0 ¡Huuui! ¡Huye, huye!
Pero Valdemar Daae no huyó.0 Los magníficos corceles del establo, ¿qué se hicieron? ¿La antigua vajilla de oro y plata del armario y la vitrina, las vacas del prado, los bienes del castillo? ¡Pueden fundirse! Fundirse en el crisol, y, sin embargo, no dan oro.
Fueron vaciándose las eras y los graneros, las bodegas y los desvanes. Cuanto menos gente, más ratones. Hendióse un cristal, otro se rompió; ya no necesitaba yo entrar por la puerta - prosiguió el viento -. Dicen que donde humea la chimenea es que se cuece la comida. Allí, empero, la chimenea echaba humo, pero se tragaba toda la comida por el maldito oro.0 Soplaba yo en la puerta del castillo como un guardián que toca el cuerno, mas allí no había ningún guardián. Hacía girar la veleta de la punta de la torre, y ella rechinaba como si el vigilante estuviese roncando allá arriba; pero no había ningún vigilante, sino sólo ratas y ratones. Pobreza en la mesa, pobreza en el vestir, pobreza en la despensa. Las puertas se salían de sus goznes, en los muros se abrían grietas y rajas. Yo entraba y salía - continuó el viento - por eso entro en detalles.
Entre el humo y la ceniza, las preocupaciones y las noches de insomnio, iba blanqueándose el pelo de la barba y de las sienes; la piel se volvía rugosa y amarilla, y en los ojos brillaba la llama de la codicia, en espera del oro.
Yo le soplaba el humo y la ceniza de la cara y de las barbas; en vez de oro llegaban deudas. Yo cantaba a través de los rotos cristales y de las abiertas grietas, entraba soplando en los dormitorios de las hijas, donde los vestidos parecían descoloridos y deshilachados, pues no podían renovarse. ¡No era aquella la canción que oyeran las niñas en sus cunas!
Tanta riqueza se había trocado en miseria. Sólo yo seguía cantando en el castillo. Arremolinaba la nieve alrededor; dicen que eso calienta. Leña no había, pues el bosque estaba talado; ¿de dónde sacarla? El frío era terrible. Yo me metía por los portillos y corredores, por encima de la fachada y de los muros, para no perder el buen humor. En la casa, el frío obligaba a las nobles hijas a quedarse acostadas, y también el padre se refugiaba bajo la manta de pieles. Nada en que hincar el diente, nada para quemar. ¡Qué vida para unos grandes señores! ¡Huuui! ¡déjalo! Pero el señor Daae yo no podía dejarlo.
Después del invierno viene la primavera - decía -; tras los malos tiempos vendrán los buenos... Pero, ¡cómo se hacen esperar! Toda la hacienda está hipotecada. Es el último respiro... Luego vendrá el oro. ¡Para Pascua! Lo oí murmurar dirigiéndose a un nido de arañas: "¡Oh, hábil tejedora! Tú me enseñas a resistir. Cuando te desgarran el nido, vuelves a empezar hasta que lo terminas. Una y otra vez pones manos a la obra, sin cansarte nunca. Así es como hay que hacer. Y luego viene el premio."
Era la mañana de Pascua. Doblaban las campanas, y el sol brillaba en el cielo. Él, consumido por la fiebre, había estado velando, cociendo y enfriando, mezclando y destilando. Lo oía suspirar como alma en pena, lo oía rogar y retener el aliento. La lámpara se había apagado, pero él no se daba cuenta. Yo soplé en el rescoldo; se reflejó en su cara macilenta, que cobró un vivo tinte, con los ojos hundidos en las órbitas, pero agrandándose por momentos, como si fuesen a saltarle de ellas.
- ¡Mirad el cristal alquímico! - exclamó -. ¡Qué destellos lanza! ¡Es ígneo, puro y pesado! - Lo levantó con mano temblorosa, gritando con lengua insegura: - ¡Oro, oro! - Entróle vértigo; yo habría podido derribarlo - dijo el viento -, pero me limité a soplar sobre las brasas y lo seguí, por la puerta, al aposento donde sus hijas estaban helándose.
Irguióse con toda su estatura y, levantando el rico tesoro contenido en el crisol: - ¡Lo tengo, lo tengo! ¡Oro! - gritó, alzando al mismo tiempo el recipiente que brillaba al sol; pero la mano le temblaba, y el crisol se le cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Se había esfumado la última burbuja de su felicidad. ¡Huuui! ¡Vete, vete! Me marché del palacio del buscador de oro.
Ya muy avanzado el año, cuando aquí los días son cortos, y la niebla húmeda exprime sus gotas sobre las bayas rojas y las ramas desnudas, volví a estas tierras con nuevos ánimos, aireándolo todo, barriendo con mis soplos las nubes del cielo y quebrando las ramas secas. Es un trabajo vulgar, pero alguien tiene que hacerlo. También limpiaban en el castillo de Borreby, de Valdemar Daae, pero de un modo muy distinto. Su enemigo Ove Ramel, de Basnäs, había comprado en pública subasta, el palacio con todo su ajuar. Yo tamborileaba contra los rotos cristales, golpeaba con las carcomidas puertas, silbaba por entre las grietas y hendeduras: ¡Huuui! Al señor Ove no le entrarían ganas de quedarse. Ida y Ana Dorotea lloraban amargas lágrimas. Juana permanecía enhiesta y pálida, mordiéndose al pulgar hasta hacerlo sangrar. ¡De poco le serviría! Ove Ramel permitió al señor Daae seguir viviendo en el palacio hasta el fin de sus días, sin que el otro le diera las gracias. Yo escuchaba. Vi al noble arruinado erguir la cabeza con orgullo y enderezar el cuello, y entonces arremetí contra el edificio y los viejos tilos, con tanta fuerza que rompí la más gruesa de las ramas, aunque no estaba podrida; ante la puerta cayó, como una escoba, por si alguien quería barrer. Y ¡vaya si barrieron! ¡Bien lo decía yo! Fue un momento muy duro. El tiempo parecía haberse detenido. Pero el hombre se mantenía terco, el cuello tieso. Nada poseían ya, aparte los vestidos que llevaban puestos. ¡Ah, sí! una retorta nueva que acababan de comprar y que habían llenado con los restos barridos del suelo, el tesoro que tanto prometía y que no era nada. Valdemar Daae se la escondió en el pecho, y, empuñando el bastón, el un día opulento señor se marchó del castillo con sus tres hijas. Yo soplaba frío en sus mejillas ardientes, le acariciaba la barba gris y el largo cabello blanco, cantando con todas mis fuerzas: ¡Huuui! ¡Huye, huye, huye! Era el fin de toda aquella opulencia y grandeza.
Ida y Ana Dorotea iban una a cada lado de su padre. Juana se volvió al pasar bajo la puerta principal. ¿Para qué? La fortuna no iba a volver. Miró los rojos sillares de los muros del castillo de Mark Stig y se acordó de sus hijas:






La mayor tomó de la mano a la más joven
y se fueron las dos por el mundo.






¿Pensaba en aquella canción? Ellas eran tres y su padre. Siguieron a pie el camino que otrora recorrían en coche.
Hubiérase dicho una familia de mendigos. Iban a Smidstrup Mark, una casa de barro alquilada por tres marcos al año, la nueva mansión señorial de paredes vacías y vacíos platos. Las cornejas y los grajos volaban sobre ellos, gritando en son de burla: "¡Fuera del nido, fuera del nido, fuera, fuera!," como habían gritado las aves del bosque de Borreby cuando derribaron sus árboles.
El caballero Daae y sus hijas tal vez los oyeron. Yo les soplé a los oídos. ¡De qué les serviría oírlo!
Fuéronse a la casa de barro de Smidstrup Mark, y yo proseguí mi camino, por pantanos y campos, por setos pelados y bosques desnudos, hacia el mar abierto, hacia otras tierras. ¡Huuui! ¡Huye, huye! Y así año tras año.






* * *



¿Qué fue de Valdemar Daae? ¿Qué fue de sus hijas? Oigamos al viento:
La última que vi de las tres, por última vez, fue a Ana Dorotea, el pálido jacinto, vieja ya y encorvada; había transcurrido medio siglo. Vivió más que las otras, y conocía toda la historia.
Allá en el erial, cerca de la ciudad de Viborg, alzábase la nueva y espléndida casa del preboste, de roja piedra y recortado frontón; un humo espeso salía de la chimenea. La señora y sus hermosas hijas, sentadas en el mirador, miraban, por encima del espino colgante del jardín, hacia el pardo erial del fondo. ¿Qué miraban? Un nido de cigüeñas en el techo de una casa ruinosa. El techo, si así puede llamarse, era de musgo y paja, aunque la mayor parte lo cubría el nido. Era lo único que aún quedaba firme; la cigüeña lo mantenía en pie.
Era una casa para ser vista, no para ser tocada; yo tenía que pasar con cuidado - dijo el viento -. No la habían derribado en consideración a la cigüeña, y, por otra parte, servía de espantapájaros. El preboste no quería echar a la cigüeña; por eso la choza fue respetada, y por eso la infeliz que la ocupaba pudo seguir habitándola. Debía agradecérselo al ave de Egipto - ¿o quizás a aquella vez que, en el bosque de Borreby, intercedió por su silvestre hermano negro? -. Entonces era una niña, un delicado y pálido jacinto del noble jardín. Bien se acordaba de aquellos días Ana Dorotea.
¡Oh, oh! - los hombres pueden suspirar, como suspira el viento entre los juncos y cañas. ¡Ay, no doblaron las campanas sobre tu sepultura, Valdemar Daae! No cantaron los pobres escolares cuando fue depositado en la tierra el ex-señor de Borreby. A todo le llega su fin, hasta a la miseria. La hermana Ida casó con un labriego, y aquélla fue para el padre la prueba más dura de todas. ¡Marido de su hija, un mísero siervo al que su señor habría podido condenar al potro! Y ahora, pudriéndose bajo tierra. ¿Y tú también, Ida? ¡Oh, sí, oh, sí! ¡Soy yo, pobre vieja, la que estoy aún aquí! ¡Mísera de mí, mísera de mí! ¡Ácórreme, Jesús mío!
Ésta era la plegaria de Ana Dorotea en la ruinosa choza donde la dejaban vivir por consideración a la cigüeña. A la más animosa de las hermanas la adopté yo - dijo el viento -. Púsose el vestido apropiado y se contrató como remero con un patrón de barco. Era parca de palabras, dura de gesto, pero presta al trabajo. Sin embargo, no sabía trepar; por eso la arrojé por la borda antes de que descubriesen que era mujer; y obré muy sensatamente - añadió el viento.
Una mañana de Pascua, como aquella en que Valdemar Daae había creído encontrar el oro, oí debajo del nido de cigüeñas, entre las ruinosas paredes, un canto religioso: el último que salía de los labios de Ana Dorotea.
No había ni un cristal, y sí sólo un agujero en la pared; el sol entraba por él, como un ascua de oro. ¡Aquello sí era brillo! ¡Quebráronse sus ojos y quebróse su corazón! Pero también lo habrían hecho, aunque no hubiese brillado el sol. La cigüeña le proporcionó un techo hasta la hora de su muerte. Yo canté junto a su tumba - dijo el viento -. Canté también junto a la de su padre, sé dónde están las dos, no lo sabe nadie sino yo.
¡Nuevos tiempos, otros tiempos! Antiguos caminos se convierten en campos abiertos, fosos cercados pasan a ser carreteras, y pronto llega la locomotora, con su hilera de vagones rodando estruendosamente sobre aquellos fosos colmados, de los que no quedan ni los hombres. ¡Huuui! ¡Huye, huye!
Ésta es la historia de Valdemar Daae y de sus hijas. Contadla mejor vosotros, si podéis - dijo el viento, volviendo la espalda.
Ya está fuera.
 
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 
 

sábado, septiembre 28, 2013

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((118))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 118 DE BARRO ESTAMOS HECHOS Descubrieron la cabeza de la niña asomada en el lodazal, con los ojos abiertos, llamando sin voz. Tenía un nombre de Primera Comunión, Azucena. En aquel interminable cementerio, donde el olor de los muertos atraía a los buitres más remotos y donde los llantos de los huérfanos y los lamentos de los heridos llenaban el aire, esa muchacha obstinada en vivir se convirtió en el símbolo de la tragedia. Tanto transmitieron las cámaras la visión insoportable de su cabeza brotando del barro, como una negra calabaza, que nadie se quedó sin conocerla ni nombrarla. Y siempre que la vimos aparecer en la pantalla, atrás estaba Rolf Carlé, quien llegó al lugar atraído por la noticia, sin sospechar que allí encontraría un trozo de su pasado, perdido treinta años atrás. Primero fue un sollozo subterráneo que remeció los campos de algodón, encrespándolos como una espumosa ola. Los geólogos habían instalado sus máquinas de medir con semanas de anticipación y ya sabían que la montaña había despertado otra vez. Desde hacía mucho pronosticaban que el calor de la erupción podía desprender los hielos eternos de las laderas del volcán, pero nadie hizo caso de esas advertencias, porque sonaban a cuento de viejas. Los pueblos del valle continuaron su existencia sordos a los quejidos de la tierra, hasta la noche de ese miércoles de noviembre aciago, cuando un largo rugido anunció el fin del mundo y las paredes de nieve se desprendieron, rodando en un alud de barro, piedras y agua que cayó sobre las aldeas, sepultándolas bajo metros insondables del vómito telúrico. Apenas lograron sacudirse la parálisis del primer espanto, los sobrevivientes comprobaron que las casas, las plazas, las iglesias, las blancas plantaciones de algodón, los sombríos bosques del café y los potreros de los toros sementales habían desaparecido. Mucho después, cuando llegaron los voluntarios y los soldados a rescatar a los vivos y sacar la cuenta de la magnitud del cataclismo, calcularon que bajo el lodo había más de veinte mil seres humanos y un número impreciso de bestias, pudriéndose en un caldo viscoso. También habían sido derrotados los bosques y los ríos y no quedaba a la vista sino un inmenso desierto de barro. Cuando llamaron del Canal en la madrugada, Rolf Carlé y yo estábamos juntos. Salí de la cama aturdida de sueño y partí a preparar café mientras él se vestía de prisa. Colocó sus elementos de trabajo en la bolsa de lona verde que siempre llevaba, y nos despedimos como tantas otras veces. No tuve ningún presentimiento. Me quedé en la cocina sorbiendo mi café y planeando las horas sin él, segura de que al día siguiente estaría de regreso. Fue de los primeros en llegar, porque mientras otros periodistas se acercaban a los bordes del pantano en jeeps, en bicicletas, a pie, abriéndose camino cada uno como mejor pudo, él contaba con el helicóptero de la televisión y pudo volar por encima del alud. En las pantallas aparecieron las escenas captadas por la cámara de su asistente, donde él se veía sumergido hasta las rodillas, con un micrófono en la mano, en medio de un alboroto de niños perdidos, de mutilados, de cadáveres y de ruinas. El relato nos llegó con su voz tranquila. Durante años lo había visto en los noticiarios, escarbando en batallas y catástrofes, sin que nada le detuviera, con una perseverancia temeraria, y siempre me asombró su actitud de calma ante el peligro y el sufrimiento, como si nada lograra sacudir su fortaleza ni desviar su curiosidad. El miedo parecía no rozarlo, pero él me había confesado que no era hombre valiente, ni mucho menos. Creo que el lente de la máquina tenía un efecto extraño en él, como si lo transportara a otro tiempo, desde el cual podía ver los acontecimientos sin participar realmente en ellos. Al conocerlo más comprendí que esa distancia ficticia lo mantenía a salvo de sus propias emociones. Rolf Carlé estuvo desde el principio junto a Azucena. Filmó a los voluntarios que la descubrieron y a los primeros que intentaron aproximarse a ella, su cámara enfocaba con 118 Librodot





::::::>La piedra filosofal<:::::::




Sin duda conoces la historia de Holger Danske. No te la voy a contar, y sólo te preguntaré si recuerdas que "Holger Danske conquistó la vasta tierra de la India Oriental, hasta el término del mundo, hasta aquel árbol que llaman árbol del Sol," según narra Christen Pedersen. ¿Sabes quién es Christen Pedersen? No importa que no lo conozcas. Allí, Holger Danske confirió al Preste Juan poder y soberanía sobre la tierra de la India. ¿Conoces al Preste Juan? Bueno eso tampoco tiene importancia, pues no ha de salir en nuestra historia. En ella te hablamos del árbol del Sol "de la tierra de Indias Orientales, en el extremo del mundo," según creían entonces los que no habían estudiado Geografía como nosotros. Pero tampoco esto importa.
El árbol del Sol era un árbol magnífico, como nosotros nunca hemos visto ni lo verás tú. Su copa abarcaba un radio de varias millas; en realidad era todo un bosque, y cada rama, aún la más pequeña, era como un árbol entero. Había palmeras, hayas, pinos, en fin, todas las especies de árboles que crecen en el vasto mundo, brotaban allí cual ramitas de las ramas grandes, y éstas, con sus curvaturas y nudos, parecían a su vez valles y montañas, y estaban revestidas de un verdor aterciopelado y cuajado de flores. Cada rama era como un gran prado florido o un hermosísimo jardín.
El sol enviaba sus rayos bienhechores; por algo era el árbol del Sol, y en él se reunían las aves de todos los confines del mundo: las procedentes de las selvas vírgenes americanas, las que venían de las rosaledas de Damasco y de los desiertos y sabanas del África, donde el elefante y el león creen reinar como únicos soberanos. Venían las aves polares y también la cigüeña y la golondrina, naturalmente. Pero no sólo acudían las aves: el ciervo, la ardilla, el antílope y otros mil animales veloces y hermosos se sentían allí en su casa. La copa del árbol era un gran jardín perfumado, y en ella, el centro de donde las ramas mayores irradiaban cual verdes colinas, levantábase un palacio de cristal, desde cuyas ventanas se veían todos los países del mundo. Cada torre se erguía como un lirio, y se subía a su cima por el interior del tallo, en el que había una escalera. Como se puede comprender fácilmente, las hojas venían a ser como unos balcones a los que uno podía asomarse, y en lo más alto de la flor había una gran sala circular, brillante y maravillosa, cuyo techo era el cielo azul, con el sol y las estrellas. No menos soberbios, aunque de otra forma, eran los vastos salones del piso inferior del palacio, en cuyas paredes se reflejaba el mundo entero. En ellas podía verse todo lo que sucedía, y no hacía falta leer los periódicos, los cuales, por otra parte, no existían. Todos los sucesos desfilaban en imágenes vivientes sobre la pared; claro que no era posible atender a todas, pues cada cosa tiene sus límites, valederos incluso para el más sabio de los hombres, y el hecho es que allí moraba el más sabio de todos. Su nombre es tan difícil de pronunciar, que no sabrías hacerlo aunque te empeñaras, de manera que vamos a dejarlo. Sabía todo lo que un hombre puede saber y todo lo que se sabrá en esta Tierra nuestra, con todos los inventos realizados y los que aún quedan por realizar; pero no más, pues, como ya dijimos, todo tiene sus límites. El sabio rey Salomón, con ser tan sabio, no le llegaba en ciencia ni a la mitad. Ejercía su dominio sobre las fuerzas de la Naturaleza y sobre poderosos espíritus. La misma Muerte tenía que presentársele cada mañana con la lista de los destinados a morir en el transcurso del día; pero el propio rey Salomón tuvo un día que fallecer, y éste era el pensamiento que, a menudo y con extraña intensidad, ocupaba al sabio, al poderoso señor del palacio del árbol del Sol. También él, tan superior a todos los demás humanos en sabiduría, estaba condenado a morir. No lo ignoraba; y sus hijos morirían asimismo; como las hojas del bosque, caerían y se convertirían en polvo. Como desaparecen las hojas de los árboles y su lugar es ocupado por otras, así veía desvanecerse el género humano, y las hojas caídas jamás renacen; se transforman en polvo, o en otras partes del vegetal. ¿Qué es de los hombres cuando viene el Ángel de la Muerte? ¿Qué significa en realidad morir? El cuerpo se disuelve, y el alma... sí, ¿qué es el alma? ¿Qué será de ella? ¿Adónde va? "A la vida eterna," respondía, consoladora, la Religión. Pero, ¿cómo se hace el tránsito? ¿Dónde se vive y cómo? "Allá en el cielo - contestaban las gentes piadosas -, allí es donde vamos." - "¡Allá arriba! - repetía el sabio, levantando los ojos al sol y las estrellas -, ¡allá arriba!" - y veía, dada la forma esférica de la Tierra, que el arriba y el abajo eran una sola y misma cosa, según el lugar en que uno se halle en la flotante bola terrestre. Si subía hasta el punto culminante del Planeta, el aire, que acá abajo vemos claro y transparente, el "cielo luminoso" se convertía en un espacio oscuro, negro como el carbón y tupido como un paño, y el sol aparecía sin rayos ardientes, mientras nuestra Tierra estaba como envuelta en una niebla de color anaranjado. ¡Qué limitado era el ojo del cuerpo! ¡Qué poco alcanzaba el del alma! ¡Qué pobre era nuestra ciencia! El propio sabio sabía bien poco de lo que tanto nos importaría saber.0 En la cámara secreta del palacio se guardaba el más precioso tesoro de la tierra: "El libro de la Verdad." Lo leía hoja tras hoja. Era un libro que todo hombre puede leer, aunque sólo a fragmentos. Ante algunos ojos las letras bailan y no dejan descifrar las palabras. En algunas páginas la escritura se vuelve a veces tan pálida y borrosa, que parecen hojas en blanco. Cuanto más sabio se es, tanto mejor se puede leer, y el más sabio es el que más lee. Nuestro sabio podía además concentrar la luz de las estrellas, la del sol, la de las fuerzas ocultas y la del espíritu. Con todo este brillo se le hacía aún más visible la escritura de las hojas. Mas en el capítulo titulado "La vida después de la muerte" no se distinguía ni la menor manchita. Aquello lo acongojaba. ¿No conseguiría encontrar acá en la Tierra una luz que le hiciese visible lo que decía "El libro de la Verdad"?
Como el sabio rey Salomón, comprendía el lenguaje de los animales, oía su canto y su discurso, mas no por ello adelantaba en sus conocimientos. Descubrió en las plantas y los metales fuerzas capaces de alejar las enfermedades y la muerte, pero ninguna capaz de destruirla. En todo lo que había sido creado y él podía alcanzar, buscaba la luz capaz de iluminar la certidumbre de una vida eterna, pero no la encontraba. Tenía abierto ante sus ojos "El libro de la Verdad," mas las páginas estaban en blanco. El Cristianismo le ofrecía en la Biblia la consoladora promesa de una vida eterna, pero él se empeñaba vanamente en leer en su propio libro.
Tenía cinco hijos, instruidos como sólo puede instruirlos el padre más sabio, y una hija hermosa, dulce e inteligente, pero ciega. Esta desgracia apenas la sentía ella, pues su padre y sus hermanos le hacían de ojos, y su sentimiento íntimo le daba la seguridad suficiente.
Nunca los hijos se habían alejado más allá de donde se extendían las ramas de los árboles, y menos aún la hija; todos se sentían felices en la casa de su niñez, en el país de su infancia, en el espléndido y fragante árbol del Sol. Como todos los niños, gustaban de oír cuentos, y su padre les contaba muchas cosas que otros niños no habrían comprendido; pero aquéllos eran tan inteligentes como entre nosotros suelen ser la mayoría de los viejos. Explicábales los cuadros vivientes que veían en las paredes del palacio, las acciones de los hombres y los acontecimientos en todos los países de la Tierra, y con frecuencia los hijos sentían deseos de encontrarse en el lugar de los sucesos y de participar en las grandes hazañas. Mas el padre les decía entonces lo difícil y amarga que es la vida en la Tierra, y que las cosas no discurrían en ella como las veían desde su maravilloso mundo infantil. Hablábales de la Belleza, la Verdad y la Bondad, diciendo que estas tres cosas sostenían unido al mundo y que, bajo la presión que sufrían, se transformaban en una piedra preciosa más límpida que el diamante. Su brillo tenía valor ante Dios, lo iluminaba todo, y esto era en realidad la llamada piedra filosofal. Decíales que, del mismo modo que partiendo de lo creado se deducía la existencia de Dios, así también partiendo de los mismos hombres se llegaba a la certidumbre de que aquella piedra sería encontrada. Más no podía decirles, y esto era cuanto sabía acerca de ella. Para otros niños, aquella explicación hubiera sido incomprensible, pero los suyos sí la entendieron, y andando el tiempo es de creer que también la entenderán los demás.
No se cansaban de preguntar a su padre acerca de la Belleza, la Bondad y la Verdad, y él les explicaba mil cosas, y les dijo también que cuando Dios creó al hombre con limo de la tierra, estampó en él cinco besos de fuego salidos del corazón, férvidos besos divinos, y ellos son lo que llamamos los cinco sentidos: por medio de ellos vemos, sentimos y comprendemos la Belleza, la Bondad y la Verdad; por ellos apreciamos y valoramos las cosas, ellos son para nosotros una protección y un estímulo. En ellos tenemos cinco posibilidades de percepción, interiores y exteriores, raíz y cima, cuerpo y alma.
Los niños pensaron mucho en todo aquello; día y noche ocupaba sus pensamientos. El hermano mayor tuvo un sueño maravilloso y extraño, que luego tuvo también el segundo, y después el tercero y el cuarto. Todos soñaron lo mismo: que se marchaban a correr mundo y encontraban la piedra filosofal. Como una llama refulgente, brillaba en sus frentes cuando, a la claridad del alba, regresaban, montados en sus velocísimos corceles, al palacio paterno, a través de los prados verdes y aterciopelados del jardín de su patria. Y la piedra preciosa irradiaba una luz celestial y un resplandor tan vivo sobre las hojas del libro, que se hacía visible lo que en ellas estaba escrito acerca de la vida de ultratumba. La hermana no soñó en irse al mundo, ni le pasó la idea por la mente; para ella, el mundo era la casa de su padre.
- Me marcho a correr mundo - dijo el mayor -. Tengo que probar sus azares y su modo de vida, y alternar con los hombres. Sólo quiero lo bueno y lo verdadero; con ellos encontraré lo bello. A mi regreso cambiarán muchas cosas.0 Sus pensamientos eran audaces y grandiosos, como suelen serlo los nuestros cuando estamos en casa, junto a la estufa, antes de salir al mundo y experimentar los rigores del viento y la intemperie y las punzadas de los abrojos.
En él, como en sus hermanos, los cinco sentidos estaban muy desarrollados, tanto interior como exteriormente, pero cada uno tenía un sentido que superaba en perfección a los restantes. En el mayor era el de la vista, y buen servicio le prestaría. Tenía ojos para todas las épocas, - decía - ojos para todos los pueblos, ojos capaces de ver incluso en el interior de la tierra, donde yacen los tesoros, y en el interior del corazón humano, como si éste estuviera sólo recubierto por una lámina de cristal; es decir, que en una mejilla que se sonroja o palidece, o en un ojo que llora o ríe, veía mucho más de lo que vemos nosotros. El ciervo y el antílope lo acompañaron hasta la frontera occidental, y allí se les juntaron los cisnes salvajes, que volaban hacia el Noroeste. Él los siguió, y pronto se encontró en el vasto mundo, lejos de la tierra de su padre, la cual se extiende "por Oriente hasta el confín del mundo."
¡Cómo abría los ojos! Mucho era lo que había que ver, y contemplar las cosas al natural, tal como son en realidad, es muy distinto de verlas en imagen, por buenas que sean éstas, y las del palacio paterno no podían ser mejores. En el primer momento, el asombro producido por la cantidad de baratijas y fruslerías que querían pasar por bellas, estuvo a punto de hacerle perder los ojos; pero no los perdió, pues los destinaba a cosas más elevadas.0 Lo que ante todo perseguía, poniendo en ello toda su alma, era el conocimiento de la Belleza, la Verdad y la Bondad. Pero, ¿cómo alcanzarlo? A menudo tenía que presenciar cómo la Fealdad recibía la corona que correspondía a la Belleza, cómo lo bueno solía pasar inadvertido, mientras la medianía era ensalzada en vez de censurada. La gente veía el nombre y no el mérito, el traje y no el hombre, la fama y no la vocación. Y no podía ser de otro modo.
"Hay que intervenir sin perder un momento," pensó, aprestándose a la acción; pero mientras buscaba la verdad se presentó el diablo, que es el padre de la mentira, mejor dicho, la mentira misma. Muy a gusto habría arrancado los ojos al vidente, pero la acción hubiera sido demasiado directa. El diablo trabaja con más diplomacia. Le dejó, pues, que siguiera buscando lo verdadero y lo bueno y que a veces los encontrara incluso, pero mientras lo estaba mirando le sopló una astilla en cada ojo, uno tras otro, lo cual no es nada indicado para la vista, por excelente que sea. Y la astilla que el diablo le sopló se le convirtió en una viga, y ello en cada ojo, por lo que nuestro vidente se quedó como ciego en medio del vasto mundo y perdió la fe en él. Abandonó su buena opinión del mundo y de sí mismo, y esto, cuando le sucede a uno, ya puede decirse que está listo.0 - ¡Adiós! - cantaron los cisnes salvajes, emprendiendo el vuelo hacia Oriente -. ¡Adiós! - cantaron a su vez las golondrinas, dirigiéndose hacia Levante, en busca del árbol del Sol. No eran buenas las noticias que traían a casa. - ¡Mal debe haberle ido al vidente! - dijo el hermano segundo -. Tal vez al oyente le vaya mejor -. El segundo hermano tenía particularmente sensible el sentido del oído; sólo os diré que percibía hasta el rumor que hace la hierba al crecer; y me parece que con esto basta.
Despidióse cordialmente de todos y partió a caballo, armado de sus grandes aptitudes y sus excelentes propósitos. Las golondrinas lo siguieron, y él siguió a los cisnes, y pronto estuvo lejos de su patria, en medio del amplio mundo.0 Todos los excesos son malos. No tardó en comprobar la verdad de este proverbio. En efecto, su oído era tan sensible que podía percibir el crecimiento de la hierba, pero también el latir del corazón humano en sus alegrías y sus penas. Era como si el mundo entero fuese un taller de relojería, en que todos los relojes marchasen, dejando oír su tictac, mientras los de torre lanzaban su clingclang. Era insoportable. Pero él aguzó el oído tanto como pudo, hasta que, al fin, el estruendo y griterío fueron demasiado intensos para un hombre solo. Vinieron golfos callejeros de sesenta años - ¡qué importa la edad! - gritando y alborotando. Al principio el joven se reía de ellos, pero luego se les sumaron chismes y comadrerías que, zumbando por las casas, callejones y calles, acababan saliendo a la carretera. La mentira era la que tenía la voz más recia y se las daba de gran señora; el cascabel del loco sonaba con la pretensión de ser la campana de la iglesia. Aquello fue ya demasiado para el mozo. Se taponó las orejas con los dedos... pero seguía oyendo cantos desafinados y sones horrísonos, habladurías y chismes. Testarudas afirmaciones que no valían un comino salían de las lenguas, que tropezaban y se trababan, de tan deprisa como se movían. Era una confusión infernal de notas y ruidos, de barullo y estrépito, tanto por dentro como por fuera. ¡Qué locura, Dios mío, qué insoportable barahúnda! El mozo apretaba cada vez más los dedos contra los oídos, hasta que se rompió los tímpanos, y entonces no oyó ya nada, y lo bello, bueno y verdadero, que a través de su oído debían comunicarse con su pensamiento, se le hicieron inaccesibles. Y se quedó silencioso y desconfiado, perdida la fe en todo, especialmente en sí mismo, lo cual es una gran desgracia. Jamás encontraría la poderosa piedra filosofal ni volvería a su casa con ella; renunció a todo, incluso a sí mismo, y esto fue lo peor. Las aves que volaban hacia Oriente llevaron la noticia al palacio paterno, en el árbol del Sol. Carta no llegó ninguna, aunque es cierto que no había correo.
- Ahora voy a probarlo yo - dijo el tercero -. Tengo una nariz finísima -. La expresión no es muy correcta, pero así la soltó, y hay que aceptarlo como era, el buen humor en persona y, además, poeta, un poeta de veras. Sabía cantar lo que no sabía decir, y en rapidez de pensamiento dejaba a los otros muy atrás -. ¡Huelo el poste! - afirmaba; y, en efecto, su sentido del olfato estaba maravillosamente desarrollado y le servía de guía en el reino de la Belleza -. Hay quien goza con el olor de manzanas y quien se deleita con el de un establo - decía -. Cada tipo de olor tiene su público en el reino de la Belleza. A unos les gusta respirar el aire de la taberna, viciado por el humeante pábilo de la vela de sebo, y en el que los apestosos vapores del aguardiente se mezclan con el humo del mal tabaco; otros prefieren un aire perfumado de jazmín, y se frotan con la más intensa esencia de clavel que pueden encontrar. Los hay, en cambio, que buscan el cortante viento marino, la fresca brisa o el aire de las elevadas cumbres, desde donde contemplan a sus pies el afanoso ajetreo cotidiano -. Decía todo esto como si hubiese estado ya en el mundo, vivido y tratado con los hombres. Pero, en realidad, todo era teoría. Quien así hablaba era el poeta, haciendo uso del don que Dios le otorgara en la cuna.
Dijo, pues, adiós al hogar paterno del árbol del Sol y partió. Al salir de los dominios patrios montó en un avestruz, que es un ave más veloz que el caballo. Poco más tarde divisó a los cisnes salvajes y se subió a la espalda del más robusto. Gustaba de las variaciones, y por eso voló por encima de los mares hacia tierras remotas, donde había grandes bosques, profundos lagos, empinadas montañas y orgullosas ciudades. Dondequiera que llegaba parecíale como si un resplandor solar cubriese el país. Las flores y matas olían más intensamente, pues sentían que se acercaba un amigo, un protector que sabía apreciarlas y comprenderlas. El mutilado rosal irguió sus ramas, desplegó sus hojas y dio nacimiento a la rosa más bella que nadie haya imaginado; todo el mundo pudo verla, y hasta el viscoso caracol negro apreció su belleza.
- Quiero estampar mi sello en la flor - dijo el caracol -. He depositado mi baba sobre ella; no puedo hacer más.
- ¡Así se trata a la Belleza en el mundo! - dijo el poeta; y cantó una canción sobre este tema. La cantó a su manera, pero nadie le hizo caso. En vista de ello dio dos chelines y una pluma de pavo al pregonero; el hombre transcribió la canción para tambor y salió a tocarla por todas las calles y callejones de la ciudad. Entonces la oyeron las gentes y exclamaron que la comprendían y que era muy profunda. Y el poeta pudo componer más canciones y cantó la Belleza, la Verdad y la Bondad; y las canciones eran repetidas en la taberna, entre el humo de la lámpara de sebo, y en el prado plantado de trébol, en el bosque y a orillas del amplio mar. Todo hacía pensar que el mozo sería más afortunado que sus dos hermanos mayores. Pero el diablo no lo pudo sufrir y acudió con el incienso real, el incienso eclesiástico y todas las clases de inciensos honoríficos que pudo encontrar, y, hábil como es el diablo en la destilación, elaboró con todos ellos un incienso de olor intensísimo capaz de ahogar todos los demás olores y de marear a un ángel, y no digamos a un pobre poeta. El diablo sabe muy bien cómo hay que tratar a las personas. Al poeta se lo ganó con incienso, y le llenó la cabeza de humos hasta hacer que se olvidara de su misión, de su casa paterna y aun de sí mismo; todo él se disolvió en humo e incienso.
Todas las aves se dolieron de lo sucedido, y estuvieron tres días sin cantar. El negro caracol de bosque se volvió aún más negro, aunque no de tristeza, sino de envidia.
- Soy yo - dijo - quien debía haber sido incensado, pues yo fui quien le inspiró su canción más famosa, transcrita para el tambor, sobre la marcha del mundo. Yo escupí sobre la rosa, lo puedo demostrar con testigos.
Pero allá, en tierras de India, nada se supo de lo ocurrido. Todas las avecillas se dolieron y permanecieron calladas por espacio de tres días, y cuando hubo pasado el tiempo del luto, había sido éste tan profundo y sentido, que se olvidaron del hecho que lo había motivado. ¡Así van las cosas!
- Ahora me toca a mí salir al mundo, como han hecho los otros - dijo el cuarto de los hermanos. Tenía un genio tan bueno como el anterior, y mejor todavía, pues no era poeta, y esto ayuda a estar siempre de buen humor. Los dos habían sido la alegría del palacio, y ahora éste quedaba triste y melancólico. Los hombres siempre han considerado la vista y el oído como los dos sentidos principales, los que conviene tener más sensibles y desarrollados. Los tres restantes son tenidos en menos, pero el cuarto hijo discrepaba de tal opinión. Su sentido más fino era el del gusto, en todas las acepciones que pueda tener. De hecho, es un sentido de gran poder e influencia. Domina sobre todo lo que pasa por la boca y por el espíritu; por eso el hijo cataba todo lo que se ponía en la sartén, el puchero, la botella y la fuente.
- Esto es lo que mi profesión tiene de tosco - decía. Para él, cada persona era una sartén, cada país una enorme cocina, visto con los ojos del espíritu. Y esto era precisamente lo que sus aptitudes tenían de fino, y ahora se proponía salir al mundo a ponerlo en práctica.
- Tal vez la suerte me sea más propicia que a mis hermanos - dijo -. Me marcho. Pero, ¿qué medios de transporte elegiré? ¿Han inventado ya el globo aerostático? - preguntó a su padre, quien conocía todos los descubrimientos hechos o por hacer. Pero el globo no había sido inventado aún, ni el buque de vapor, ni el ferrocarril. - Tomaré un globo - dijo -. Mi padre sabe cómo se fabrican y cómo se guían, y lo aprenderé. Nadie conoce este invento, creerán que se trata de un fenómeno atmosférico. Cuando termine el viaje quemaré el globo, para lo cual tendrás que darme también unas cuantas piezas de este otro invento futuro que se llamarán los fósforos.
Todo se lo dieron, y emprendió el vuelo, seguido de las aves, que lo acompañaron hasta mucho más lejos de lo que habían acompañado a sus hermanos. Estaban curiosas por ver cómo terminaba aquel viaje aéreo; y constantemente se les sumaban otras bandadas, creídas que se trataba de un ave de una nueva especie ¡Era de ver el séquito del mozo! El aire estaba negro de pájaros. Éstos formaban grandes nubes, como las plagas de langostas que azotan Egipto; y así fue cómo el quinto hijo se metió en el vasto mundo.
- El viento del Este se me ha portado como un buen amigo y auxiliar - dijo.0 - Viento de Este y viento de Oeste, querrás decir - protestaron los vientos -. Hemos alternado los dos, pues de otro modo no habrías podido seguir rumbo Noroeste.
Pero él no oyó sus palabras; lo mismo daba. Las aves dejaron ya de seguirlo. Algunas habrían empezado a encontrar aburrido el viaje. No había para tanto, decían. A aquel hombre iban a subírsele los humos a la cabeza. ¿Para qué volar detrás de él? Si esto no es nada, una verdadera estupidez. Y se rezagaron, y las demás no tardaron en imitarlas. Tenían razón: aquello no era nada.
El globo descendió sobre una de las ciudades más populosas. El aeronauta se apeó en el lugar más alto, que era la torre de la iglesia. El globo volvió a elevarse, contra lo que debía hacer. Adónde fue a parar, difícil es decirlo, pero tampoco esto tiene importancia; jamás se supo nada de su paradero.
Quedó el mozo en el campanario, y las aves lo dejaron que se arreglase como pudiera. Estaban hartas de él, y él de ellas. Todas las chimeneas de la ciudad humeaban y olían.
- Son altares que han erigido para ti - dijo el viento, para halagarlo. Él permanecía arrogante en el lugar, mirando a sus pies la gente que transitaba por las calles. Uno estaba orgulloso de su bolsa bien repleta; otro lo estaba de su llave, a pesar de que nada poseía para cerrar; un tercero se afanaba de su levita, apolillada por cierto, y otro, de su cuerpo, roído de gusanos.
- ¡Qué asco! ¡Tendré que bajar pronto a agitar la olla y probarla! - dijo -. Pero antes me estaré un rato aquí sentado. El viento me cosquillea en la espalda, y me encuentro muy a gusto. Me quedaré mientras sople el viento; me apetece descansar. Cuando se tiene mucho que hacer, es conveniente quedarse más tiempo en la cama, dice el perezoso; pero la pereza es la madre de todos los vicios, y en nuestra familia no hay vicios. Lo digo yo y lo dicen todos los que pasan por la calle. Me quedo mientras sople viento, pues esto me apetece.
Y se quedó; pero como estaba sentado sobre la veleta del campanario, venga dar vueltas y más vueltas con ella, por lo que le parecía que el viento era siempre el mismo; y allí siguió, sentado y gustando horas y horas.
En la tierra de India, en el palacio del árbol del Sol, todo estaba vacío y silencioso desde que los hijos se habían marchado, uno tras otro.
- ¡No tienen suerte! - decía el padre -. No traen a casa la preciosa piedra. Estoy condenado a no encontrarla; están lejos, muertos -. Y se inclinó sobre "El libro de la Verdad," aguzando la vista sobre la hoja donde se trataba de la vida que sigue a la muerte; pero era letra muda para él.
La hija ciega era su consuelo y su alegría; lo amaba con ternura, y por su felicidad deseaba que pudiera encontrarse la preciosa joya. Triste y anhelante pensaba en sus hermanos. ¿Dónde estarían? ¿Dónde vivían? Deseaba soñar con ellos, y, no obstante, cosa extraña, ni en sueños lograba encontrarlos. Finalmente, una noche soñó que sus voces la llamaban, la llamaban desde el vasto mundo, y que ella tuvo que salir, lejos, muy lejos; y, no obstante, le parecía aún estar en la cama de su padre. No encontraba a sus hermanos, pero en la mano sentía como si tuviese fuego ardiente, aunque no la quemaba; era la fulgurante gema, que llevaba a su padre. Al despertarse creyó que aún la tenía, mas era la rueca lo que sujetaba su mano. Durante las largas noches había estado hilando incansablemente; la hebra del huso era más sutil que una tela de araña; ojos humanos no habrían podido descubrirla. Ella la había humedecido con sus lágrimas, y era resistente como soga de áncora. Tomó una resolución: era necesario que el sueño se convirtiese en realidad. En plena noche besó la mano de su padre, que aún dormía, y, cogiendo el huso, ató fuertemente el extremo de la hebra a la casa paterna, ya que de otro modo, ciega como era, nunca habría podido encontrar el camino de vuelta. Se mantendría cogida a la hebra, confiándose a ella, no a su propio criterio ni al de otros. Cortó cuatro hojas del árbol del Sol con la idea de lanzarlas al viento para que llegasen a sus hermanos a modo de carta y de saludo, en caso de que no los encontrase en sus andanzas por el mundo. ¿Cómo lo pasaría, la pobre ciega? Tenía, no obstante, el hilo invisible, al que podía agarrarse, y por encima de todo poseía una aptitud: el sentimiento, y esto equivalía a tener ojos en las puntas de los dedos, y orejas en el corazón.
Y así se adentró en el maravilloso mundo del bullicio y del ruido, y dondequiera que llegaba serenábase el cielo, cuyos cálidos rayos percibía; el arco iris se desplegaba, saliendo de la negra nube, por el aire azul; oía el canto de los pájaros, olía el aroma de los naranjales y vergeles, tan intensamente, que casi creía gustarlo. Llegábanle dulces acordes y cantos prodigiosos, pero también gritos y aullidos; el pensamiento y el juicio se agitaban en rara lucha. En lo más recóndito del corazón resonaban los latidos y los pensamientos de los hombres. Vibraba un coro:
 
 


 
La vida es humo deleznable
y noche en que se llora.







 
Pero resonaba también un cántico:







La vida es un rosal incomparable
que el sol inunda y dora.







 
Vino luego una amarga queja:







Cada uno piensa sólo en sí,
la verdad es sólo ésta.






 
Y la réplica:






Pisa el amor con claro resplandor
por la vida terrena.






Oyó luego otras palabras:








Fútil es nuestro mundo, todo él,
e ilusión nuestros actos.







 
Y también éstas:







Pero mucho hay de bueno y noble
que el mundo desconoce.






 
Elevóse un coro estrepitoso:







Todo es locura, risa y burla.
¡Ríe, en nombre del diablo!




 
 
Mas en el corazón de la ciega doncella resonó:






Aférrate a ti mismo y aférrate a Dios.
Cúmplase su voluntad, amén.







Y, dondequiera que se presentaba, entre los grupos de hombres y mujeres, jóvenes o viejos, brillaba en las almas la idea de la Verdad, la Bondad y la Belleza. Dondequiera que entraba - en el taller del artista, en la fastuosa sala de fiestas o en la fábrica, en medio de las ruedas rechinantes, en todas partes - parecía que entraba un rayo de sol; del arpa salían acordes; de la flor, perfume, y sobre la sedienta hoja caía la reparadora gota de rocío.
Pero esto no lo podía consentir el diablo. Y como tiene más inteligencia que diez mil hombres juntos, supo encontrar un remedio a la situación. Se fue al pantano, cogió burbujas del agua corrompida, hizo que sonara siete veces sobre ellas el eco de la palabra de mentira, para darles mayor fuerza; redujo a polvo mercenarios versos encomiásticos y mentirosos panegíricos, todos los que encontró; los coció con lágrimas vertidas por la envidia, esparció encima colorete raspado de la macilenta mejilla de una solterona, y con todo ello fabricó una muchacha, idéntica en figura y ademanes, a la virtuosa ciega. La gente la llamaba "El dulce Ángel del Sentimiento," y así se puso en marcha la treta del diablo. El mundo ignoraba cuál de las dos era la verdadera, ¡cómo iba a saberlo!
 
 



Aférrate a ti mismo, y aférrate a Dios.
Cúmplase su voluntad, amén.







Así cantaba la ciega, llena de confianza. Dio al viento las cuatro hojas del árbol del Sol, para que las llevasen a sus hermanos a manera de cartas y saludos, segura de que su deseo sería satisfecho; y estaba persuadida también de que encontraría la joya en la que se encerraba toda la belleza del mundo. Desde la frente de la Humanidad enviaría sus rayos hasta la casa de su padre.
- A la casa de mi padre - repitió -. Sí, la piedra preciosa está en la Tierra, de ello estoy segura. Siento su ardor; que crece por momentos en mi mano cerrada. He captado y guardado cada granito de Verdad, tan pequeño que volaba en alas del viento; dejé que lo impregnara el aroma de la Belleza. ¡Hay tanta en el mundo, incluso para el ciego! Recogí el acorde del corazón humano, cuando palpitaba movido por la Bondad, y le añadía lo demás. Lo que traigo son granitos de polvo, pero en ellos hay el polvo de la piedra preciosa buscada. ¡Tengo llena la mano!
Y la alargó hacia su padre. Estaba en su patria. Había vuelto a ella en alas del pensamiento, sin soltar jamás el hilo invisible que le servía de guía.
Con el fragor del huracán las potencias del mal se lanzaron contra el árbol del Sol, y en un terrible embate penetraron por la abierta puerta hasta la cámara secreta.
- ¡Se la lleva el viento! - exclamó el padre, cogiéndole la mano, que había abierto.0 - ¡No! - contestó ella, segura de sí misma -, el viento no puede llevársela. Siento en el alma el calor de sus rayos. Y entonces el padre vio una llama luminosa en el lugar donde el polvo fulgurante, escapándose de su mano, volaba a la página en blanco del libro, aquella página que debía instruirlo acerca de la certeza de la vida eterna. Brillando con intensidad deslumbradora apareció una inscripción, una única palabra: "Fe."
En el mismo momento aparecieron los cuatro hermanos. Espoleados por la nostalgia de la patria, cuando cayó sobre sus pechos la hoja verde, emprendieron el camino del regreso, seguidos de las aves de paso, del ciervo, el antílope y de todos los animales del bosque. También ellos querían participar de la alegría, ¿y por qué no debían hacerlo los animales, si así les era dado?0 Muchas veces hemos visto cómo una brillante columna de polvo se levanta y se agita cuando un rayo de sol penetra en la habitación por un agujero de la puerta. Pues del mismo modo, sólo que con incomparable magnificencia, a cuyo lado hasta el arco iris parecía tosco y sin brillo, levantóse de la hoja del libro, de la luminosa palabra "Fe," el granito de Verdad con el brillo de la Belleza, con el son melodioso de la Bondad, irradiando una luz más viva que la columna de fuego que guió a Moisés y al pueblo de Israel hacia la tierra de Canaán. De la palabra "Fe" salió el puente de la esperanza que lleva al amor absoluto, en el infinito.
 
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 
 
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