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viernes, septiembre 13, 2013

::::::>La niña judía<:::::::



 
Asistía a la escuela de pobres, entre otros niños, una muchachita judía, despierta y buena, la más lista del colegio. No podía tomar parte en una de las lecciones, la de Religión, pues la escuela era cristiana.
Durante la clase de Religión le permitían estudiar su libro de Geografía o resolver sus ejercicios de Matemáticas, pero la chiquilla tenía terminados muy pronto sus deberes. Tenía delante un libro abierto, pero ella no lo leía; escuchaba desde su asiento, y el maestro no tardó en darse cuenta de que seguía con más atención que los demás alumnos.
- Ocúpate de tu libro - le dijo, con dulzura y gravedad; pero ella lo miró con sus brillantes ojos negros, y, al preguntarle, comprobó que la niña estaba mucho más enterada que sus compañeros. Había escuchado, comprendido y asimilado las explicaciones.
Su padre era un hombre de bien, muy pobre. Cuando llevó a la niña a la escuela, puso por condición que no la instruyesen en la fe cristiana. Pero se temió que si salía de la escuela mientras se daba la clase de enseñanza religiosa, perturbaría la disciplina o despertaría recelos y antipatías en los demás, y por eso se quedaba en su banco; pero las cosas no podían continuar así.
El maestro llamó al padre de la chiquilla y le dijo que debía elegir entre retirar a su hija de la escuela o dejar que se hiciese cristiana.
- No puedo soportar sus miradas ardientes, el fervor y anhelo de su alma por las palabras del Evangelio - añadió.
El padre rompió a llorar:
- Yo mismo sé muy poco de nuestra religión - dijo -, pero su madre era una hija de Israel, firme en su fe, y en el lecho de muerte le prometí que nuestra hija nunca sería bautizada. Debo cumplir mi promesa, es para mí un pacto con Dios. Y la niña fue retirada de la escuela de los cristianos.
Habían transcurrido algunos años.
En una de las ciudades más pequeñas de Jutlandia servía, en una modesta casa de la burguesía, una pobre muchacha de fe mosaica, llamada Sara; tenía el cabello negro como ébano, los ojos oscuros, pero brillantes y luminosos, como suele ser habitual entre las hijas del Oriente. La expresión del rostro seguía siendo la de aquella niña que, desde el banco de la escuela, escuchaba con mirada inteligente.
Cada domingo llegaban a la calle, desde la iglesia, los sones del órgano y los cánticos de los fieles; llegaban a la casa donde la joven judía trabajaba, laboriosa y fiel.
- Guardarás el sábado - ordenaba su religión; pero el sábado era para los cristianos día de labor, y sólo podía observar el precepto en lo más íntimo de su alma, y esto le parecía insuficiente. Sin embargo, ¿qué son para Dios los días y las horas? Este pensamiento se había despertado en su alma, y el domingo de los cristianos podía dedicarlo ella en parte a sus propias devociones; y como a la cocina llegaban los sones del órgano y los coros, para ella aquel lugar era santo y apropiado para la meditación. Leía entonces el Antiguo Testamento, tesoro y refugio de su pueblo, limitándose a él, pues guardaba profundamente en la memoria las palabras que dijeran su padre y su maestro cuando fue retirada de la escuela, la promesa hecha a la madre moribunda, de que Sara no se haría nunca cristiana, que jamás abandonaría la fe de sus antepasados. El Nuevo Testamento debía ser para ella un libro cerrado, a pesar de que sabía muchas de las cosas que contenía, pues los recuerdos de niñez no se habían borrado de su memoria. Una velada hallábase Sara sentada en un rincón de la sala, atendiendo a la lectura del jefe de la familia; le estaba permitido, puesto que no leía el Evangelio, sino un viejo libro de Historia; por eso se había quedado. Trataba el libro de un caballero húngaro que, prisionero de un bajá turco, era uncido al arado junto con los bueyes y tratado a latigazos; las burlas y malos tratos lo habían llevado al borde de la muerte. La esposa del cautivo vendió todas sus alhajas e hipotecó el castillo y las tierras, a la vez que sus amigos aportaban cuantiosas sumas, pues el rescate exigido era enorme; fue reunido, sin embargo, y el caballero, redimido del oprobio y la esclavitud. Enfermo y achacoso, regresó el hombre a su patria. Poco después sonó la llamada general a la lucha contra los enemigos de la Cristiandad; el enfermo, al oírla, no se dio punto de reposo hasta verse montado en su corcel; sus mejillas recobraron los colores, parecieron volver sus fuerzas, y partió a la guerra. Y ocurrió que hizo prisionero precisamente a aquel mismo bajá que lo había uncido al arado y lo había hecho objeto de toda suerte de burlas y malos tratos. Fue encerrado en una mazmorra, pero al poco rato acudió a visitarlo el caballero y le preguntó:
- ¿Qué crees que te espera?
- Bien lo sé - respondió el turco -. ¡Tu venganza!
- Sí, la venganza del cristiano - repuso el caballero. - La doctrina de Cristo nos manda perdonar a nuestros enemigos y amar a nuestro prójimo, pues Dios es amor. Vuelve en paz a tu tierra y a tu familia, y aprende a ser compasivo y humano con los que sufren.
El prisionero prorrumpió en llanto:
- ¡Cómo podía yo esperar lo que estoy viendo! Estaba seguro, de que me esperaban el martirio y la tortura; por eso me tomé un veneno que me matará en pocas horas. ¡Voy a morir, no hay salvación posible! Pero antes de que termine mi vida, explícame la doctrina que encierra tanto amor y tanta gracia, pues es una doctrina grande y divina! ¡Deja que en ella muera, que muera cristiano! - Su petición fue atendida.
Tal fue la leyenda, la historia, que el dueño de la casa leyó en alta voz. Todos la escucharon con fervor, pero, sobre todo, llenó de fuego, y de vida a aquella muchacha sentada en el rincón: Sara, la joven judía. Grandes lágrimas asomaron a sus brillantes ojos negros; en su alma infantil volvió a sentir, como ya la sintiera antaño en el banco de la escuela, la sublimidad del Evangelio. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
"¡No dejes que mi hija se haga cristiana!," habían sido las últimas palabras de su madre moribunda; y en su corazón y en su alma resonaban aquellas otras palabras del mandamiento divino: "Honrarás a tu padre y a tu madre."
"¡No soy cristiana! Me llaman la judía; aún el domingo último me lo llamaron en son de burla los hijos del vecino, cuando me estaba frente a la puerta abierta de la iglesia mirando el brillo de los cirios del altar y escuchando los cantos de los fieles. Desde mis tiempos de la escuela hasta ahora he venido sintiendo en el Cristianismo una fuerza que penetra en mi corazón como un rayo de sol aunque cierre los ojos. Pero no te afligiré en la tumba, madre, no seré perjura al voto de mi padre: no leeré la Biblia cristiana. Tengo al Dios de mis antepasados; ante Él puedo inclinar mi cabeza."
Y transcurrieron más años.
Murió el cabeza de la familia y dejó a su esposa en situación apurada. Había que renunciar a la muchacha; pero Sara no se fue, sino que acudió en su ayuda en el momento de necesidad; contribuyó a sostener el peso de la casa, trabajando hasta altas horas de a noche y procurando el pan de cada día con la labor de sus manos. Ningún pariente quiso acudir en auxilio de la familia; la viuda, cada día más débil, había de pasarse meses enteros en la cama, enferma. Sara la cuidaba, la velaba, trabajaba, dulce y piadosa; era una bendición para la casa hundida.
- Toma la Biblia - dijo un día la enferma. - Léeme un fragmento. ¡Es tan larga la velada y siento tantos deseos de oír la palabra de Dios!
Sara bajó la cabeza; dobló las manos sobre la Biblia y, abriéndola, se puso a leerla a la enferma. A menudo le acudían las lágrimas a los ojos, pero aumentaba en ellos la claridad, y también en su alma: "Madre, tu hija no puede recibir el bautismo de los cristianos ni ingresar en su comunidad; lo quisiste así y respetaré tu voluntad; estamos unidos aquí en la tierra, pero más allá de ella... estamos aún más unidos en Dios, que nos guía y lleva allende la muerte. Él desciende a la tierra, y después de dejarla sufrir la hace más rica. ¡Lo comprendo! No sé yo misma cómo fue. ¡Es por Él, en Él: Cristo!."
Estremecióse al pronunciar su nombre, y un bautismo de fuego la recorrió toda ella con más fuerza de la que el cuerpo podía soportar, por lo que cayó desplomada, más rendida que la enferma a quien velaba.
- ¡Pobre Sara! - dijeron -, no ha podido resistir tanto trabajo y tantas velas.
La llevaron al hospital, donde murió. La enterraron, pero no al cementerio de los cristianos; no había en él lugar para la joven judía, sino fuera, junto al muro; allí recibió sepultura.
Y el Hijo de Dios, que resplandece sobre las tumbas de los cristianos, proyecta también su gloria sobre la de aquella doncella judía - que reposa fuera del sagrado recinto; y los cánticos religiosos que resuenan en el camposanto cristiano lo hacen también sobre su tumba, a la que también llegó la revelación: "¡Hay una resurrección ,en Cristo!," en Él, el Señor, que dijo a sus discípulos: "Juan os ha bautizado con agua, pero yo os bautizaré en el nombre del Espíritu Santo."
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((106))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 106 uniforme, hizo una breve reverencia más bien burlona y salió. La Madre Superiora le sirvió más chocolate al caballero, comentando que la única explicación para ese comportamiento descortés era el escaso contacto que la joven había tenido con sus familiares. –Ella es la única alumna que nunca sale de vacaciones y a quien jamás le han mandado un regalo de Navidad –dijo la monja en tono seco. –Yo no soy hombre de mímos, pero le aseguro que estimo mucho a mi sobrina y he cuidado sus intereses como un padre. Pero tiene usted razón, Analía necesita más cariño, las mujeres son sentimentales. Antes de treinta días el tío se presentó de nuevo en el colegio, pero en esta oportunidad no pidió ver a su sobrina, se limitó a notificarle a la Madre Superiora que su propio hijo deseaba mantener correspondencia con Analía y a rogarle que le hiciera llegar las cartas a ver si la camaradería con su primo reforzaba los lazos de la familia. Las cartas comenzaron a llegar regularmente. Sencillo papel blanco y tinta negra, una escritura de trazos grandes y precisos. Algunas hablaban de la vida en el campo, de las estaciones y los animales, otras de poetas ya muertos y de los pensamientos que escribieron. A veces el sobre incluía un libro o un dibujo hecho con los mismos trazos firmes de la caligrafía. Analía se propuso no leerlas, fiel a la idea de que cualquier cosa relacionada con su tío escondía algún peligro, pero en el aburrimiento del colegio las cartas representaban su única posibilidad de volar. Se escondía en el desván, no ya a inventar cuentos improbables, sino a releer con avidez las notas enviadas por su primo hasta conocer de memoria la inclinación de las letras y la textura del papel. Al principio no las contestaba, pero al poco tiempo no pudo dejar de hacerlo. El contenido de las cartas se fue haciendo cada vez más útil para burlar la censura de la Madre Superiora, que abría toda la correspondencia. Creció la intimidad entre los dos y pronto lograron ponerse de acuerdo en un código secreto con el cual empezaron a hablar de amor. Analía Torres no recordaba haber visto jamás a ese primo que se firmaba Luis, porque cuando ella vivía en casa de su tío el muchacho estaba interno en un colegio en la capital. Estaba segura de que debía ser un hombre feo, tal vez enfermo contrahecho, porque le parecía imposible que a una sensibilidad tan profunda y una inteligencia tan precisa se sumara un aspecto atrayente. Trataba de dibujar en su mente una imagen del primo: rechoncho corno su padre con la cara picada de viruelas, cojo y medio calvo; pero mientras más defectos le agregaba más se inclinaba a amarlo. El brillo del espíritu era lo único importante, lo único que resistiría el paso del tiempo sin deteriorarse e iría creciendo con los años, la belleza de esos héroes utópicos de los cuentos no tenía valor alguno y hasta podía convertirse en motivo de frivolidad, concluía la muchacha, aunque no podía evitar una sombra de inquietud en su razonamiento. Se preguntaba cuánta deformidad sería capaz de tolerar. La correspondencia entre Analía y Luis Torres duró dos años, al cabo de los cuales la muchacha tenía una caja de sombrero llena de sobres y el alma definitivamente entregada. Si cruzó por su mente la idea de que aquella relación podría ser un plan de su tío para que los bienes que ella había heredado de su padre pasaran a manos de Luis, la descartó de inmedíato, avergonzada de su propia mezquindad. El día en que cumplió dieciocho años la Madre Superiora la llamó al refectorio porque había una visita esperándola. Analía Torres adivinó quién era y estuvo a punto de correr a esconderse en el desván de los santos olvidados, aterrada ante la eventualidad de enfrentar por fin al hombre que había imaginado por tanto tiempo. Cuando entró en la sala y estuvo frente a él necesitó varios minutos para vencer la desilusión. Luis Torres no era el enano retorcido que ella había construido en sueños y había aprendido a amar. Era un hombre bien plantado, con un rostro simpático de rasgos regulares, la boca todavía infantil, una barba oscura y bien cuidada, ojos claros de pestañas largas, pero vacíos de expresión. Se parecía un poco a los santos de la capilla, demasiado bonito y un poco 106 Librodot





:::::::>La espinosa senda del honor<:::::::


 
 
Circula todavía por ahí un viejo cuento titulado: "La espinosa senda del honor, de un cazador llamado Bryde, que llegó a obtener grandes honores y dignidades, pero sólo a costa de muchas contrariedades y vicisitudes en el curso de su existencia." Es probable que algunos de vosotros lo hayáis oído contar de niños, y tal vez leído de mayores, y acaso os haya hecho pensar en los abrojos de vuestro propio camino y en sus muchas "adversidades." La leyenda y la realidad tienen muchos puntos de semejanza, pero la primera se resuelve armónicamente acá en la Tierra, mientras que la segunda las más de las veces lo hace más allá de ella, en la eternidad.
La Historia Universal es una linterna mágica que nos ofrece en una serie de proyecciones, el oscuro trasfondo de lo presente; en ellas vemos cómo caminan por la espinosa senda del honor los bienhechores de la Humanidad, los mártires del genio.
Estas luminosas imágenes irradian de todos los tiempos y de todos los países, cada una durante un solo instante, y, sin embargo, llenando toda una vida, con sus luchas y sus victorias. Consideremos aquí algunos de los componentes de esta hueste de mártires, que no terminará mientras dure la Tierra.
Vemos un anfiteatro abarrotado. Las Nubes, de Aristófanes, envían a la muchedumbre torrentes de sátira y humor; en escena, el hombre más notable de Atenas, el que fue para el pueblo un escudo contra los treinta tiranos, es ridiculizado espiritual y físicamente: Sócrates, el que en el fragor de la batalla salvó a Alcibíades y a Jenofonte, el hombre cuyo espíritu se elevó por encima de los dioses de la Antigüedad, él mismo se halla presente; se ha levantado de su banco de espectador y se ha adelantado para que los atenienses que se ríen puedan comprobar si se parece a la caricatura que de él se presenta al público. Allí está erguido, destacando muy por encima de todos. Tú, amarga y ponzoñosa cicuta, habías de ser aquí el emblema de Atenas, no el olivo.
Siete ciudades se disputan el honor de haber sido la cuna de Homero; después que hubo muerto, se entiende. Fijaos en su vida: Va errante por las ciudades, recitando sus versos para ganarse el sustento, sus cabellos encanecen a fuerza de pensar en el mañana. Él, el más poderoso vidente con los oídos del espíritu, es ciego y está solo; la acerada espina rasga y destroza el manto del rey de los poetas. Sus cantos siguen vivos, y sólo por él viven los dioses y los héroes de la Antigüedad.
De Oriente y Occidente van surgiendo, imagen tras imagen, remotas y apartadas entre sí por el tiempo y el espacio, y, sin embargo, siempre en la senda espinosa del honor, donde el cardo no florece hasta que ha llegado la hora de adornar la tumba.
Bajo las palmeras avanzan los camellos, ricamente cargados de índigo y de otros valiosos tesoros. El Rey los envía a aquel cuyos cantos constituyen la alegría del pueblo y la gloria de su tierra; se ha descubierto el paradero de aquel a quien la envidia y la falacia enviaron al destierro... La caravana se acerca a la pequeña ciudad donde halló asilo; un pobre cadáver conducido a la puerta la hace detener. El muerto es precisamente el hombre a quien busca: Firdusi... Ha recorrido toda la espinosa senda del honor.
El africano de toscos rasgos, gruesos labios y cabello negro y lanoso, mendiga en las gradas de mármol de palacio de la capital lusitana; es el fiel esclavo de Camoens; sin él y sin las limosnas que le arrojan, moriría de hambre su señor, el poeta de Las Lusiadas.
Sobre la tumba de Camoens se levanta hoy un magnífico monumento.
Una nueva proyección.
Detrás de una reja de hierro vemos a un hombre, pálido como la muerte, con larga barba hirsuta.
- ¡He realizado un descubrimiento, el mayor desde hace siglos - grita -, y llevo más de veinte años encerrado aquí! - ¿Quién es?
- ¡Un loco! - dice el guardián -. ¡A lo que puede llegar un hombre! ¡Está empeñado en que es posible avanzar al impulso del vapor!
Salomón de Caus, descubridor de la fuerza del vapor, cuyas imprecisas palabras de presentimiento no fueron comprendidas por un Richelieu, murió en el manicomio.
Ahí tenemos a Colón, burlado y perseguido un día por los golfos callejeros porque se había propuesto descubrir un nuevo mundo, ¡y lo descubrió! Las campanas de júbilo doblan a su regreso victorioso, pero las de la envidia no tardarán en ahogar los sones de aquéllas. El descubridor de mundos, que levantó del mar la tierra americana y la ofreció a su rey, es recompensado con cadenas de hierro, que pedirá sean puestas en su ataúd, como testimonios del mundo y de la estima de su época.
Las imágenes se suceden; está muy concurrida la senda espinosa del honor.
He aquí, en el seno de la noche y las tinieblas, aquel que calculó la altitud de las montañas de la Luna, que recorrió los espacios hasta las estrellas y los planetas, el coloso que vio y oyó el espíritu de la Naturaleza, y sintió que la Tierra se movía bajo sus pies: Galileo. Ciego y sordo está, un anciano, traspasado por la espina del sufrimiento en los tormentos del mentís, con fuerzas apenas para levantar el pie, que un día, en el dolor de su alma, golpeó el suelo al ser borradas las palabras de la verdad: "¡Y, sin embargo, se mueve!."
Ahí está una mujer de alma infantil, llena de entusiasmo y de fe, a la cabeza del ejército combatiente, empuñando la bandera y llevando a su patria a la victoria y la salvación. Estalla el júbilo... y se enciende la hoguera: Juana de Arco, la bruja, es quemada viva.
Peor aún, los siglos venideros escupirán sobre el blanco lirio: Voltaire, el sátiro de la razón, cantará La pucelle. En el Congreso de Viborg, la nobleza danesa quema las leyes del Rey: brillan en las llamas, iluminan la época y al legislador, proyectan una aureola en la tenebrosa torre donde él está aprisionado, envejecido, encorvado, arañando trazos con los dedos en la mesa de piedra; él, otrora señor de tres reinos, el monarca popular, el amigo del burgués y del campesino: Cristián II, de recio carácter en una dura época. Sus enemigos escriben su historia. Pensemos en sus veintisiete años de cautiverio, cuando nos venga a la mente su crimen.
Allí se hace a la vela una nave de Dinamarca; en alto mástil hay un hombre que contempla por última vez la Isla Hveen: es Tycho Brahe, que levantará el nombre de su patria hasta las estrellas y será recompensado con la ofensa y el disgusto. Emigra a una tierra extraña: "El cielo está en todas partes, ¿qué más necesito?," son sus palabras; parte el más ilustre de nuestros hombres, para verse honrado y libre en un país extranjero.
"¡Ah, libre, incluso de los insoportables dolores del cuerpo!," oímos suspirar a través de los tiempos. ¡Qué cuadro! Griffenfeld, un Prometeo danés, encadenado a la rocosa Isla de Munkholm.
Nos hallamos en América, al borde de un caudaloso río; se ha congregado una muchedumbre, un barco va a zarpar contra viento y marea, desafiando los elementos. Roberto Fulton se llama el hombre que se cree capaz de esta hazaña. El barco inicia el viaje; de pronto se queda parado, y la multitud ríe, silba y grita; su propio padre silba también: - ¡Orgullo, locura! ¡Has encontrado tu merecido! ¡Qué encierren a esta cabeza loca! -. Entonces se rompe un diminuto clavo que por unos momentos había frenado la máquina, las ruedas giran, las palas vencen la resistencia del agua, el buque arranca... La lanzadera del vapor reduce las horas a minutos entre las tierras del mundo.
Humanidad, ¿comprendes cuán sublime fue este despertar de la conciencia, esta revelación al alma de su misión, este instante en que todas las heridas del espinoso sendero del honor - incluso las causadas por propia culpa - se disuelven en cicatrización, en salud, fuerza y claridad, la disonancia se transforma en armonía, los hombres ven la manifestación de la gracia de Dios, concedida a un elegido y por él transmitida a todos?
Así la espinosa senda del honor aparece como una aureola que nimba la Tierra. ¡Feliz el que aquí abajo ha sido designado para emprenderla, incorporado graciosamente a los constructores del puente que une a los hombres con Dios! Sostenido por sus alas poderosas, vuela el espíritu de la Historia a través de los tiempos mostrando - para estímulo y consuelo, para despertar una piedad que invita a la meditación -, sobre un fondo oscuro, en cuadros luminosos, el sendero del honor, sembrado de abrojos, que no termina, como en la leyenda, en esplendor y gozo aquí en la Tierra, sino más allá de ella, en el tiempo y en la eternidad.
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((105))





Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 105 CARTAS DE AMOR TRAICIONADO La madre de Analía Torres murió de una fiebre delirante cuando ella nació y su padre no soportó la tristeza y dos semanas más tarde se dio un tiro de pistola en el pecho. Agonizó varios días con el nombre de su mujer en los labios. Su hermano Eugenio administró las tierras de la familia y dispuso del destino de la pequeña huérfana según su criterio. Hasta los seis años Analía creció aferrada a las faldas de un ama india en los cuartos de servicio de la casa de su tutor y después, apenas tuvo edad para ir a la escuela, la mandaron a la capital, interna en el Colegio de las Hermanas del Sagrado Corazón, donde pasó los doce años siguientes. Era buena alumna y amaba la disciplina, la austeridad del edificio de piedra, la capilla con su corte de santos y su aroma de cera y de lirios, los corredores desnudos, los patios sombríos. Lo que menos la atraía era el bullicio de las pupilas y el acre olor de las salas de clases. Cada vez que lograba burlar la vigilancia de las monjas, se escondía en el desván, entre estatuas decapitadas y muebles rotos, para contarse cuentos a sí misma. En esos momentos robados se sumergía en el silencio con la sensación de abandonarse a un pecado. Cada seis meses recibía una breve nota de su tío Eugenio recomendándole que se portara bien y honrara la memoria de sus padres, quíenes habían sido dos buenos cristianos en vida y estarían orgullosos de que su única hija dedicara su existencia a los más altos preceptos de la virtud, es decir, entrara de novicia al convento. Pero Analía le hizo saber desde la primera insinuación que no estaba dispuesta a ello y mantuvo su postura con firmeza simplemente para contradecirlo, porque en el fondo le gustaba la vida religiosa. Escondida tras el hábito, en la soledad última de la renuncia a cualquier placer, tal vez podría encontrar paz perdurable, pensaba; sin embargo su instinto le advertía contra los consejos de su tutor. Sospechaba que sus acciones estaban motivadas por la codicia de las tierras, más que por la lealtad familiar. Nada proveniente de él le parecía digno de confianza, en algún resquicio se encontraba la trampa. Cuando analía cumplió dieciséis años, su tío fue a visitarla al colegio por primera vez. La Madre Superiora llamó a la muchacha a su oficina y tuvo que presentarlos, porque ambos habían cambiado mucho desde la época del ama india en los patios traseros y no se reconocieron. –Veo que las Hermanitas han cuidado bien de ti, Analía –comentó el tío revolviendo su taza de chocolate–. Te ves sana y hasta bonita. En mi última carta te notifiqué que a partir de la fecha de este cumpleaños recibirás una suma mensual para tus gastos, tal como lo estipuló en su testamento mi hermano, que en paz descanse. –¿Cuánto? –Cien pesos. –¿Es todo lo que dejaron mis padres? –No, claro que no. Ya sabes que la hacienda te pertenece, pero la agricultura no es tarea para una mujer, sobre todo en estos tiempos de huelgas y revoluciones. Por el momento te haré llegar una mensualidad que aumentaré cada año, hasta tu mayoría de edad. Luego veremos. –¿Veremos qué, tío? –Veremos lo que más te conviene. –¿Cuáles son mis alternativas? – Siempre necesitarás a un hombre que administre el campo, niña. Yo lo he hecho todos estos años y no ha sido tarea fácil, pero es mi obligación, se lo prometí a mi hermano en su última hora y estoy dispuesto a seguir haciéndolo por ti. –No deberá hacerlo por mucho tiempo más, tío. Cuando me case me haré cargo de mis tierras. –¿Cuando se case, dijo la chiquilla? Dígame, Madre, ¿es que tiene algún pretendiente? – ¡Cómo se le ocurre, señor Torres! Cuidamos mucho a las niñas. Es sólo una manera de hablar. ¡Qué cosas dice esta muchacha! Analía Torres se puso de pie, se estiró los pliegues del 105 Librodot





:::::::>Ib y Cristinita<:::::::




No lejos de Gudenaa, en la selva de Silkeborg, se levanta, semejante a un gran muro, una loma llamada Aasen, a cuyo pie, del lado de Poniente, había, y sigue habiendo aún, un pequeño cortijo, rodeado por una tierra tan árida, que la arena brilla por entre las escuálidas mieses de centeno y cebada.
Desde entonces han transcurrido muchos años. La gente que vivía allí por aquel tiempo cultivaba su mísero terruño y criaba además tres ovejas, un cerdo y dos bueyes; de hecho, vivían con cierta holgura, a fuerza de aceptar las cosas tal como venían.
Incluso habrían podido tener un par de caballos, pero decían, como los demás campesinos: "El caballo se devora a sí mismo."
Un caballo se come todo lo que gana. Jeppe-Jänsen trabajaba en verano su pequeño campo, y en invierno confeccionaba zuecos con mano hábil. Tenía además, un ayudante; un hombre muy ducho en la fabricación de aquella clase de calzado: lo hacía resistente, a la vez que ligero y elegante. Tallaban asimismo cucharas de madera, y el negocio les rendía; no podía decirse que aquella gente fuesen pobres.
El pequeño Ib, un chiquillo de 7 años, único hijo de la casa, se sentaba a su lado a mirarlo; cortaba un bastoncito, y solía cortarse también los dedos, pero un día talló dos trozos de madera que parecían dos zuequitos. Dijo que iba a regalarlos a Cristinita, la hija de un marinero, una niña tan delicada y encantadora, que habría podido pasar por una princesa. Vestida adecuadamente, nadie hubiera imaginado que procedía de una casa de turba del erial de Seis. Allí moraba su padre, viudo, que se ganaba el sustento transportando leña desde el bosque a las anguileras de Silkeborg, y a veces incluso más lejos, hasta Randers. No tenía a nadie a quien confiar a Cristina, que tenía un año menos que Ib; por eso la llevaba casi siempre consigo, en la barca y a través del erial y los arándanos. Cuando tenía que llegarse a Randers, dejaba a Cristinita en casa de Jeppe-Jänsen.
Los dos niños se llevaban bien, tanto en el juego como a las horas de la comida; cavaban hoyos en la tierra, se encaramaban a los árboles y corrían por los alrededores; un día se atrevieron incluso a subirse solos hasta la cumbre de la loma y adentrarse un buen trecho en el bosque, donde encontraron huevos de chocha; fue un gran acontecimiento. Ib no había estado nunca en el erial de Seis, ni cruzado en barca los lagos de Gudenaa, pero ahora iba a hacerlo: el barquero lo había invitado, y la víspera se fue con él a su casa.
A la madrugada los dos niños se instalaron sobre la leña apilada en la barca y desayunaron con pan y frambuesas. El barquero y su ayudante impulsaban la embarcación con sus pértigas; la corriente les facilitaba el trabajo, y así descendieron el río y atravesaron los lagos, que parecían cerrados por todas partes por el bosque y los cañaverales. Sin embargo, siempre encontraban un paso por entre los altos árboles, que inclinaban las ramas hasta casi tocar el suelo, y los robles que las alargaban a su encuentro, como si, habiéndose recogido las mangas, quisieran mostrarles sus desnudos y nudosos brazos. Viejos alisos que la corriente había arrancado de la orilla, se agarraban fuertemente al suelo por las raíces, formando islitas de bosque. Los nenúfares se mecían en el agua; era un viaje delicioso. Finalmente llegaron a las anguileras, donde el agua rugía al pasar por las esclusas. ¡Cuántas cosas nuevas estaban viendo Ib y Cristina!
En aquel entonces no había allí ninguna fábrica ni ninguna ciudad, y tan sólo se veían la vieja granja, en la que trabajaban unos cuantos hombres. El agua, al precipitarse por las esclusas, y el griterío de los patos salvajes, eran los únicos signos de vida, que se sucedían sin interrupción. Una vez descargada la leña, el padre de Cristina compró un buen manojo de anguilas y un cochinillo recién sacrificado, y lo guardó todo en un cesto, que puso en la popa de la embarcación. Luego emprendieron el regreso, contra corriente, pero como el viento era favorable y pudieron tender las velas, la cosa marchaba tan bien como si un par de caballos tirasen de la barca.
Al llegar a un lugar del bosque cercano a la vivienda del ayudante, éste y el padre de Cristina desembarcaron, después de recomendar a los niños que se estuviesen muy quietecitos y formales. Pero ellos no obedecieron durante mucho rato; quisieron ver el interior del cesto que contenía el lechoncito; sacaron el animal, y, como los dos se empeñaron en sostenerlo, se les cayó al agua, y la corriente se lo llevó. Fue un suceso horrible.
Ib saltó a tierra y echó a correr un trecho; luego saltó también Cristina.
- ¡Llévame contigo! - gritó, y se metieron saltando entre la maleza; pronto perdieron de vista la barca y el río.
Continuaron corriendo otro pequeño trecho, pero luego Cristina se cayó y se echó a llorar; Ib acudió a ayudarla.
- Ven conmigo - dijo -, la casa está allá arriba -. Pero no era así. Siguieron errando por un terreno cubierto de hojas marchitas y de ramas secas caídas, que crujían bajo sus piececitos. De pronto oyeron un penetrante grito. Se detuvieron y escucharon. Entonces resonó el chillido de un águila - era un chillido siniestro, - que los asustó en extremo. Sin embargo, delante de ellos, en lo espeso del bosque, crecían en número infinito magníficos arándanos. Era demasiado tentador para que pudieran pasar de largo, y se entretuvieron comiendo las bayas, manchándose de azul la boca y las mejillas. En esto se oyó otra llamada.
- ¡Nos pegarán por lo del lechón! - dijo Cristina.
- Vámonos a casa - respondió Ib -; está aquí en el bosque.
Se pusieron en marcha y llegaron a un camino de carros, pero que no conducía a su casa. Mientras tanto había oscurecido, y los niños tenían miedo. El singular silencio que los rodeaba era sólo interrumpido por el feo grito del búho o de otras aves que no conocían los niños. Finalmente se enredaron entre la maleza. Cristina rompió a llorar e Ib hizo lo mismo, y cuando hubieron llorado por espacio de una hora, se tumbaron sobre las hojas y se quedaron dormidos.
El sol se hallaba ya muy alto en el cielo cuando despertaron; tenían frío, pero Ib pensó que subiéndose a una loma cercana a poca distancia, donde el sol brillaba por entre los árboles, podrían calentarse y, además, verían la casa de sus padres. Pero lo cierto es que se encontraban muy lejos de ella, en el extremo opuesto del bosque. Treparon a la cumbre del montículo y se encontraron en una ladera que descendía a un lago claro y transparente; los peces aparecían alineados, visibles a los rayos del sol. Fue un espectáculo totalmente inesperado, y por otra parte descubrieron junto a ellos un avellano muy cargado de frutos, a veces siete en un solo manojo. Cogieron las avellanas, rompieron las cáscaras y se comieron los frutos tiernos, que empezaban ya a estar en sazón. Luego vino una nueva sorpresa, mejor dicho, un susto: del espesor de bosque salió una mujer vieja y alta, de rostro moreno y cabello negro y brillante; el blanco de sus ojos resaltaba como en los de un moro. Llevaba un lío a la espalda y un nudoso bastón en la mano; era una gitana. Los niños, al principio, no comprendieron lo que dijo, pero entonces la mujer se sacó del bolsillo tres gruesas avellanas, en cada una de las cuales, según dijo, se contenían las cosas más maravillosas; eran avellanas mágicas.
Ib la miró; la mujer parecía muy amable, y el chiquillo, cobrando ánimo, le preguntó si le daría las avellanas. Ella se las dio, y luego se llenó el bolsillo de las que había en el arbusto.
Ib y Cristina contemplaron con ojos abiertos las tres avellanas maravillosas.
- ¿Habrá en ésta un coche con caballos? - preguntó Ib.
- Hay una carroza de oro con caballos de oro también - contestó la vieja.
- ¡Entonces dámela! - dijo Cristinita. Ib se la entregó, y la mujer la ató en la bufanda de la niña.
- ¿Y en ésta, no habría una bufanda tan bonita como la de Cristina? - inquirió Ib.
- ¡Diez hay! - contestó la mujer - y además hermosos vestidos, medias y un sombrero.
- ¡Pues también la quiero! - dijo Cristina; e Ib le dio la segunda avellana. La tercera era pequeña y negra.
- Tú puedes quedarte con ésta - dijo Cristina -, también es bonita.
- ¿Y qué hay dentro? - preguntó el niño.
- Lo mejor para ti - respondió la gitana.
Y el pequeño se guardó la avellana. Entonces la mujer se ofreció a enseñarles el camino que conducía a su casa, y, con su ayuda, Ib y Cristina regresaron a ella, encontrando a la familia angustiada por su desaparición. Los perdonaron, pese a que se habían hecho acreedores a una buena paliza, en primer lugar por haber dejado caer al agua el lechoncito, y después por su escapada.
Cristina se volvió a su casita del erial, mientras Ib se quedaba en la suya del bosque. Al anochecer lo primero que hizo fue sacar la avellana que encerraba "lo mejor." La puso entre la puerta y el marco, apretó, y la avellana se partió con un crujido; pero dentro no tenía carne, sino que estaba llena de una especie de rapé o tierra negra. Estaba agusanada, como suele decirse.
"¡Ya me lo figuraba! - pensó Ib -. ¿Cómo en una avellana tan pequeña, iba a haber sitio para lo mejor de todo? Tampoco Cristina encontrará en las suyas ni los lindos vestidos ni el coche de oro."
Llegó el invierno y el Año Nuevo.
Pasaron otros varios años. El niño tuvo que ir a la escuela de confirmandos, y el párroco vivía lejos. Por aquellos días presentóse el barquero y dijo a los padres de Ib que Cristina debía marcharse de casa, a ganarse el pan. Había tenido la suerte de caer en buenas manos, es decir, de ir a servir a la casa de personas excelentes, que eran los ricos fondistas de la comarca de Herning. Entraría en la casa para ayudar a la dueña, y si se portaba bien, seguiría con ellos una vez recibida la confirmación.
Ib y Cristina se despidieron; todo el mundo los llamaba "los novios." Al separarse le enseñó ella las dos nueces que él le diera el día en que se habían perdido en el bosque, y que todavía guardaba; y le dijo, además, que conservaba asimismo en su baúl los zuequitos que él le había hecho y regalado. Y luego se separaron.
Ib recibió la confirmación, pero se quedó en casa de su madre; era un buen oficial zuequero, y en verano cuidaba de la buena marcha de la pequeña finca. La mujer sólo lo tenía a él, pues el padre había muerto.
Raras veces - y aun éstas por medio de un postillón o de un campesino de Aal - recibía noticias de Cristina. Estaba contenta en la casa de los ricos fondistas, y el día de su confirmación escribió a su padre, y en la carta, enviaba saludos para Ib y su madre. Algo decía también de seis camisas nuevas y un bonito vestido que le habían regalado los señores. Realmente eran buenas noticias.
- A la primavera siguiente, un hermoso día llamaron a la puerta de Ib y su madre. Eran el barquero y Cristina. Le habían dado permiso para hacer una breve visita a su casa, y, habiendo encontrado una oportunidad para ir a Tem y regresar el mismo día, la había aprovechado. Era linda y elegante como una auténtica señorita, y llevaba un hermoso vestido, confeccionado con gusto extremo y que le sentaba a las mil maravillas. Allí estaba ataviada como una reina, mientras Ib la recibía en sus viejos indumentos de trabajo. No supo decirle una palabra; cierto que le estrechó la mano y, reteniéndola, sintióse feliz, pero sus labios no acertaban a moverse. No así Cristina, que habló y contó muchas cosas y dio un beso a Ib.
- ¿Acaso no me conoces? - le preguntó. Pero incluso cuando estuvieron solos él, sin soltarle la mano, no sabía decirle sino:
- ¡Te has vuelto una señorita, y yo voy tan desastrado! ¡Cuánto he pensado en ti y en aquellos tiempos de antes!
Cogidos del brazo subieron al montículo y contemplaron, por encima del Gudenaa, el erial de Seis con sus grandes colinas; pero Ib permanecía callado. Sin embargo, al separarse vio bien claro en el alma que Cristina debía ser su esposa; ya de niños los habían llamado los novios; le pareció que eran prometidos, a pesar de que ni uno ni otro habían pronunciado la promesa.
Muy pocas horas pudieron permanecer juntos, pues ella debía regresar a Tem para emprender el viaje de vuelta al día siguiente. Su padre e Ib la acompañaron hasta Tem; era luna llena, y cuando llegaron, el mozo, que retenía aún la mano de Cristina, no podía avenirse a soltarla; tenía los ojos serenos, pero las palabras brotaban lentas y torpes, aunque cada una le salía del corazón:
- Si no te has acostumbrado al lujo - le dijo - y puedes resignarte a vivir conmigo en la casa de mi madre, algún día seremos marido y mujer. Pero podemos esperar todavía un poquitín.
- Sí, esperemos un poco, Ib - respondió ella, estrechándole la mano, mientras él la besaba en la boca -. ¡Confío en ti, Ib! ­ dijo Cristina - y creo que te quiero; pero déjame que lo piense bien.
Y se despidieron. Ib explicó al barquero que él y Cristina estaban como quien dice prometidos, y el hombre contestó que siempre había pensado que la cosa terminaría de aquel modo. Acompañó a Ib a su casa y durmió en su misma cama, y ya no se habló más del noviazgo.
Había transcurrido un año; entre Ib y Cristina se habían cruzado dos cartas, con las palabras "fiel hasta la muerte" por antefirma. Un día el barquero se presentó en casa de Ib, trayéndole saludos de la muchacha y un encargo algo más peliagudo. Resultó que a Cristina le iban muy bien las cosas, más que bien incluso; era una joven muy guapa, apreciada y estimada. El hijo del fondista había estado en su casa, de visita. Vivía en Copenhague, con un buen empleo en una gran casa comercial. Se prendó de Cristina, a ella le gustó también, y los padres no veían la cosa con malos ojos. Pero a la muchacha le remordía la conciencia, sabiendo que Ib seguía pensando en ella, y por eso estaba dispuesta a renunciar a su felicidad, dijo el barquero.
De momento Ib no contestó una palabra, pero se puso pálido como la cera; luego, sacudiendo la cabeza, exclamó:
- No quiero que Cristina renuncie a su felicidad.
- Escríbele unas palabras - dijo el barquero.
Ib escribió, sólo que no encontraba las palabras a propósito, por lo que rasgó muchas hojas; pero al día siguiente había conseguido, redactar la carta dirigida a la muchacha: "He leído la carta que escribiste a tu padre, y por ella veo que las cosas te van espléndidamente y que puedes esperar todavía otras mejores. Pregunta a tu propio corazón, Cristina, y reflexiona en lo que te espera si te casas conmigo. Muy poco es lo que puedo ofrecerte. No pienses en mí ni en lo que de mí haya de ser, piensa sólo en tu felicidad. No estás ligada a mí por ninguna promesa, y si acaso me la diste en tu corazón, te desligo de ella. Que toda la ventura del mundo acuda a ti, Cristinita. Dios sabrá encontrar consuelo para mi corazón. Para siempre tu sincero amigo Ib."
La carta fue expedida, y Cristina la recibió.
Se publicaron las amonestaciones en la iglesia del erial y en Copenhague, donde residía el novio, y allí se trasladó la moza con su suegra, pues los negocios impedían al novio emprender el largo viaje hasta Jutlandia. Según lo convenido, Cristina se encontró con su padre en el pueblo de Funder; estaba en el camino a la capital, y era el más cómodo para él; allí se despidieron padre e hija. Cambiaron algunas palabras, pero no había noticias de Ib; se había vuelto muy ensimismado, según decía su anciana madre. Sí, se había vuelto caviloso y retraído; por eso le vinieron a la memoria las tres avellanas que de niño le diera la gitana, de las cuales había cedido dos a Cristina. Eran avellanas mágicas, y en una de ellas se encerraba una carroza de oro con caballos dorados, y en la otra hermosísimos vestidos. Sí, había resultado verdad. Ahora le esperaba una vida magnífica en la capital del reino, Copenhague. Para ella se había cumplido el vaticinio... En cambio, la nuez de Ib contenía sólo tierra negra. "Lo mejor para él," como dijera la gitana; sí, y también esto se había cumplido; para él, lo mejor era la negra tierra. Ahora comprendía claramente lo que la mujer quiso significar: para él, lo mejor era la negra tierra, la tumba.
Pasaron años - a Ib no le parecieron muchos, pero en realidad, fueron muchos -; los viejos fondistas murieron con poco tiempo de diferencia, y su hijo heredó toda su fortuna, una porción de miles de escudos. Cristina pudo viajar en carroza dorada y llevar hermosos vestidos.
Durante dos largos años, el padre de Cristina no recibió carta de su hija, y cuando, por fin, llegó la primera, no respiraba precisamente alegría y bienestar. ¡Pobre Cristina! Ni ella ni su marido habían sabido observar moderación en la riqueza; el dinero se había fundido con la misma facilidad con que vino; no les había traído la prosperidad, por su misma culpa.
Florecieron los brezos y se marchitaron; varios inviernos vieron la nieve caer sobre el erial de Seis y sobre el montículo, donde Ib vivía al abrigo del viento. Brillaba el sol de primavera, e Ib estaba arando su campo. De pronto le pareció que la reja del arado chocaba con un pedernal; un objeto extraño, semejante a una viruta negra, salió a la superficie, y al recogerlo Ib vio que era de metal; el punto donde había chocado el arado despedía un intenso brillo. Era un pesado brazalete de oro de la antigüedad pagana. Pertenecía a una tumba antigua, que encerraba valiosos adornos. Ib lo mostró al párroco, quien le reveló el alto valor del hallazgo. Fuese con él al juez comarcal, quien informó a Copenhague y aconsejó a Ib que llevase personalmente el precioso objeto a las autoridades correspondientes.
- Has encontrado en la tierra lo mejor que podías encontrar - le dijo el juez.
"¡Lo mejor! - pensó Ib -. ¡Lo mejor para mí, y en la tierra! Así también conmigo tuvo razón la gitana, suponiendo que sea esto lo mejor."
Ib se embarcó en Aarhus para Copenhague; para él, que sólo había llegado hasta Gudenaa, aquello representaba un viaje alrededor del mundo. Y llegó a Copenhague.
Le pagaron el valor del oro encontrado, una buena cantidad: seiscientos escudos. Nuestro hombre, venido del bosque de Seisheide, se entretuvo vagando por las calles de la capital.
Justamente la víspera del día en que debía embarcar para el viaje de regreso, equivocó la dirección entre la maraña de callejas, y, por el puente de madera, fue a parar a Christianshafen, en lugar de a la Puerta del Oeste. Había seguido hacia Poniente, pero no llegó adonde debiera. En toda la calle no se veía un alma, cuando de pronto una chiquilla salió de una mísera casucha; Ib le pidió que le indicase el camino de su posada. La pequeña se quedó perpleja, lo miró y prorrumpió en amargo llanto. Le preguntó él qué le ocurría; la niña respondió algo ininteligible. Se encontraron debajo de un farol, y al dar la luz en el rostro de la rapazuela, sintió Ib una impresión extraña, pues veía ante sí a Cristinita, su vivo retrato, tal como la recordaba del tiempo en que ambos eran niños.
Siguiendo a la chiquilla a su pobre casucha, subió la estrecha y ruinosa escalera, hasta una reducida buhardilla sesgada, bajo el tejado. Llenaba el cuarto una atmósfera pesada y opresiva, y no había luz. De un rincón llegó un suspiro, seguido de una respiración fatigosa. Ib encendió una cerilla. Era la madre de la criatura, tendida en un mísero lecho.
- ¿Puedo hacer algo por usted? - preguntó Ib -. La pequeña me ha guiado hasta aquí, pero soy forastero en la ciudad. ¿No hay algún vecino o alguien a quien pueda llamar? -. Y levantó la cabeza de la enferma.
Era Cristina, la del erial de Seis.
Hacía años que su nombre no se había mencionado en Jutlandia; sólo hubiera servido para turbar la mente de Ib. Y tampoco eran buenos los rumores que se oían, y que resultaron ser ciertos. El mucho dinero heredado de los padres se le había subido a la cabeza al hijo, volviéndole arrogante. Dejó su buena colocación; por espacio de medio año viajó por el extranjero; a su regreso contrajo deudas, pero sin dejar de vivir rumbosamente. La balanza se inclinaba cada vez más, hasta que cayó del todo. Sus numerosos compañeros de francachelas decían de él que llevaba su merecido, pues había administrado su fortuna como un insensato. Una mañana encontraron su cadáver en el canal del jardín de Palacio.
Cristina llevaba ya la muerte en el corazón; su hijo menor, concebido en la prosperidad, nacido en la miseria, yacía ya en la tumba, tras unas semanas de vida. Enferma de muerte y abandonada de todos, yacía ahora Cristina en una mísera buhardilla, sumida en una miseria que de seguro no hubiera encontrado insoportable en sus años infantiles del erial de Seis. Ahora empero, acostumbrada a cosas mejores, la pobreza le era intolerable. Aquella pequeña era su hija mayor - otra Cristinita, que había sufrido con ella hambre y privaciones -, y ella había traído a Ib a su vera.
- Mi pena es morir dejando a esta pobre criatura - suspiró la madre -. ¿Qué será de ella en el mundo? -. Nada más pudo decir.
Ib encendió otra cerilla y un cabo de vela que encontró, y la luz iluminó la pobre habitación. El hombre, al mirar a la chiquilla, pensó en Cristina, cuando era niña aún; por amor de la madre recogería a la hija, aquella hija a quien no conocía. La moribunda clavó en él la mirada, y sus ojos se abrieron desmesuradamente: ¿lo habría reconocido? Él jamás lo supo, pues ni una palabra salió ya de sus labios.







* * *







El escenario era el bosque del Gudenaa, cerca del erial de Seis; la atmósfera era gris, y los brezos estaban marchitos; las tormentas de Poniente barrían las hojas amarillas, arrojándolas al río y al otro lado del erial, donde se levantaba la casa de turba del barquero, habitada ahora por personas desconocidas. Pero bajo el Aas, resguardada del viento por los altos árboles, alzábase la casita, blanqueada y pintada. En el interior ardía la turba en el horno y entraba el sol, que se reflejaba en dos ojos infantiles; el canto primaveral de la alondra resonaba en las palabras que salían de la boquita roja y sonriente: había allí vida y alegría, pues Cristinita estaba presente. Estaba sentada en las rodillas de Ib, que era para ella padre y madre a la vez - aquellos padres que habían desaparecido como se esfuma el sueño para niños y mayores. Ib vivía en la casita linda y bien cuidada, en desahogada posición; la madre de la chiquilla yacía en el cementerio de los pobres de la ciudad de Copenhague.
Ib tenía dinero en su arca, se decía; ¡oro de la negra tierra! Y tenía, además, a Cristinita.
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((104))





Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 104 Dulce Rosa Orellano suspiró satisfecha. Lo había llamado con el pensamiento de día y de noche durante todo ese tiempo y por fin estaba allí. Había llegado su hora. Pero lo miró a los ojos y no descubrió en ellos ni rastro del verdugo, sólo lágrimas frescas. Buscó en su propio corazón el odio cultivado a lo largo de su vida y no fue capaz de encontrarlo. Evocó el instante en que le pidió a su padre el sacrificio de dejarla con vida para cumplir un deber, revivió el abrazo tantas veces maldito de ese hombre y la madrugada en la cual envolvió unos despojos tristes en una sábana de bramante. Repasó el plan perfecto de su venganza pero no sintió la alegría esperada, sino, por el contrario, una profunda melancolía. Tadeo Céspedes tornó su mano con delicadeza y besó la palma, mojándola con su llanto. Entonces ella comprendió aterrada que de tanto pensar en él a cada momento, saboreando el castigo por anticipado, se le dio vuelta el sentimiento y acabó por amarlo. En los días siguientes ambos levantaron las compuertas del amor reprimido y por vez primera en sus ásperos destinos se abrieron para recibir la proximidad del otro. Paseaban por los jardines hablando de sí mismos, sin omitir la noche fatal que torció el rumbo de sus vidas. Al atardecer, ella tocaba el píano y él fumaba escuchándola hasta sentir los huesos blandos y la felicidad envolviéndolo como un manto y borrando las pesadillas del tiempo pasado. Después de cenar Tadeo Céspedes partía a Santa Teresa, donde ya nadie recordaba la vieja historia de horror. Se hospedaba en el mejor hotel y desde allí organizaba su boda, quería una fiesta con fanfarria, derroche y bullicio, en la cual participara todo el pueblo. Descubrió el amor a una edad en que otros hombres han perdido la ilusión y eso le devolvió la fortaleza de su juventud. Deseaba rodear a Dulce Rosa de afecto y belleza, darle todas las cosas que el dinero pudiera comprar, a ver si conseguía compensar en sus años de viejo, el mal que le hiciera de joven. En algunos momentos lo invadía el pánico. Espiaba el rostro de ella en busca de los signos del rencor, pero sólo veía la luz del amor compartido y eso le devolvía la confianza. Así pasó un mes de dicha. Dos días antes del casamiento, cuando ya estaban armando los mesones de la fiesta en el jardín, matando las aves y los cerdos para la comilona y cortando las flores para decorar la casa, Dulce Rosa Orellano se probó el vestido de novia. Se vio reflejada en el espejo, tan parecida al día de su coronación como Reina del Carnaval, que no pudo seguir engañando a su propio corazón. Supo que jamás podría realizar la venganza planeada porque amaba al asesino, pero tampoco podría callar al fantasma del Senador, así es que despidió a la costurera, tomó las tijeras y se fue a la habitación del tercer patio que durante todo ese tiempo había permanecido desocupada. Tadeo Céspedes la buscó por todas partes, llamándola desesperado. Los ladridos de los perros lo condujeron al otro extremo de la casa. Con ayuda de los jardineros echó abajo la puerta trancada y entró al cuarto donde una vez viera a un ángel coronado de jazmines. Encontró a Dulce Rosa Orellano tal como la viera en sueños cada noche de su existencia, con el mismo vestido de organza ensangrentado, y adivinó que viviría hasta los noventa años, para pagar su culpa con el recuerdo de la única mujer que su espíritu podía amar. 104 Librodot





jueves, septiembre 12, 2013

:::::::>Juan el bobo<:::::::





Allá en el campo, en una vieja mansión señorial, vivía un anciano propietario que tenía dos hijos, tan listos, que con la mitad hubiera bastado. Los dos se metieron en la cabeza pedir la mano de la hija del Rey. Estaban en su derecho, pues la princesa había mandado pregonar que tomaría por marido a quien fuese capaz de entretenerla con mayor gracia e ingenio. Los dos hermanos estuvieron preparándose por espacio de ocho días; éste era el plazo máximo que se les concedía, más que suficiente, empero, ya que eran muy instruidos, y esto es una gran ayuda. Uno se sabía de memoria toda la enciclopedia latina, y además la colección de tres años enteros del periódico local, tanto del derecho como del revés. El otro conocía todas las leyes gremiales párrafo por párrafo, y todo lo que debe saber el presidente de un gremio. De este modo, pensaba, podría hablar de asuntos del Estado y de temas eruditos. Además, sabía bordar tirantes, pues era fino y ágil de dedos.
- Me llevaré la princesa - afirmaban los dos; por eso su padre dio a cada uno un hermoso caballo; el que se sabía de memoria la enciclopedia y el periódico, recibió uno negro como azabache, y el otro, el ilustrado en cuestiones gremiales y diestro en la confección de tirantes, uno blanco como la leche. Además, se untaron los ángulos de los labios con aceite de hígado de bacalao, para darles mayor agilidad. Todos los criados salieron al patio para verlos montar a caballo, y entonces compareció también el tercero de los hermanos, pues eran tres, sólo que el otro no contaba, pues no se podía comparar en ciencia con los dos mayores, y, así, todo el mundo lo llamaba el bobo.
- ¿Adónde vais con el traje de los domingos? - preguntó.
- A palacio, a conquistar a la hija del Rey con nuestros discursos. ¿No oíste al pregonero? - y le contaron lo que ocurría.
- ¡Demonios! Pues no voy a perder la ocasión - exclamó el bobo -. Y los hermanos se rieron de él y partieron al galope. - ¡Dadme un caballo, padre! - dijo Juan el bobo -. Me gustaría casarme. Si la princesa me acepta, me tendrá, y si no me acepta, ya veré de tenerla yo a ella.
- ¡Qué sandeces estás diciendo! - intervino el padre. - No te daré ningún caballo. ¡Si no sabes hablar! Tus hermanos es distinto, ellos pueden presentarse en todas partes.
- Si no me dais un caballo - replicó el bobo - montaré el macho cabrío; es mío y puede llevarme. - Se subió a horcajadas sobre el animal, y, dándole con el talón en los ijares, emprendió el trote por la carretera. ¡Vaya trote!
- ¡Atención, que vengo yo! - gritaba el bobo; y se puso a cantar con tanta fuerza, que su voz resonaba a gran distancia. Los hermanos, en cambio, avanzaban en silencio, sin decir palabra; aprovechaban el tiempo para reflexionar sobre las grandes ideas que pensaban exponer.
- ¡Eh, eh! - gritó el bobo, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he encontrado en la carretera! -. Y les mostró una corneja muerta.
- ¡Imbécil! - exclamaron los otros -, ¿para qué la quieres?
- ¡Se la regalaré a la princesa!
- ¡Haz lo que quieras! - contestaron, soltando la carcajada y siguiendo su camino.
- ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he encontrado! ¡No se encuentra todos los días!Los hermanos se volvieron a ver el raro tesoro.
- ¡Estúpido! - dijeron -, es un zueco viejo, y sin la pala. ¿También se lo regalarás a la princesa?
- ¡Claro que sí! - respondió el bobo; y los hermanos, riendo ruidosamente, prosiguieron su ruta y no tardaron en ganarle un buen trecho.
- ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! - volvió a gritar el bobo -. ¡Voy de mejor en mejor! ¡Arrea! ¡Se ha visto cosa igual! - ¿Qué has encontrado ahora? - preguntaron los hermanos. - ¡Oh! - exclamó el bobo -. Es demasiado bueno para decirlo. ¡Cómo se alegrará la princesa!
- ¡Qué asco! - exclamaron los hermanos -. ¡Si es lodo cogido de un hoyo!
- Exacto, esto es - asintió el bobo -, y de clase finísima, de la que resbala entre los dedos - y así diciendo, se llenó los bolsillos de barro.
Los hermanos pusieron los caballos al galope y dejaron al otro rezagado en una buena hora. Hicieron alto en la puerta de la ciudad, donde los pretendientes eran numerados por el orden de su llegada y dispuestos en fila de a seis de frente, tan apretados que no podían mover los brazos. Y suerte de ello, pues de otro modo se habrían roto mutuamente los trajes, sólo porque el uno estaba delante del otro.
Todos los demás moradores del país se habían agolpado alrededor del palacio, encaramándose hasta las ventanas, para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes. ¡Cosa rara! No bien entraba uno en la sala, parecía como si se le hiciera un nudo en la garganta, y no podía soltar palabra.
- ¡No sirve! - iba diciendo la princesa -. ¡Fuera!
Llegó el turno del hermano que se sabía de memoria la enciclopedia; pero con aquel largo plantón se le había olvidado por completo. Para acabar de complicar las cosas, el suelo crujía, y el techo era todo él un espejo, por lo cual nuestro hombre se veía cabeza abajo; además, en cada ventana había tres escribanos y un corregidor que tomaban nota de todo lo que se decía, para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos chelines en todas las esquinas. Era para perder la cabeza. Y, por añadidura, habían encendido la estufa, que estaba candente.
- ¡Qué calor hace aquí dentro! - fueron las primeras palabras del pretendiente.
- Es que hoy mi padre asa pollos - dijo la princesa.
- ¡Ah! - y se quedó clavado; aquella respuesta no la había previsto; no le salía ni una palabra, con tantas cosas ingeniosas que tenía preparadas.
- ¡No sirve! ¡Fuera! - ordenó la princesa. Y el mozo hubo de retirarse, para que pasase su hermano segundo.
- ¡Qué calor más terrible! - dijo éste.
- ¡Sí, asamos pollos! - explicó la hija del Rey.
- ¿Cómo di... di, cómo di...? - tartamudeó él, y todos los escribanos anotaron: "¿Cómo di... di, cómo di...?."
- ¡No sirve! ¡Fuera! - decretó la princesa.
Tocóle entonces el turno al bobo, quien entró en la sala caballero en su macho cabrío.
- ¡Demonios, qué calor! - observó.
- Es que estoy asando pollos - contestó la princesa.
- ¡Al pelo! - dijo el bobo. - Así, no le importará que ase también una corneja, ¿verdad? - Con mucho gusto, no faltaba más - respondió la hija del Rey -. Pero, ¿traes algo en que asarla?; pues no tengo ni puchero ni asador.
- Yo sí los tengo - exclamó alegremente el otro. - He aquí un excelente puchero, con mango de estaño - y, sacando el viejo zueco, metió en él la corneja.
- Pues, ¡vaya banquete! - dijo la princesa -. Pero, ¿y la salsa?
La traigo en el bolsillo - replicó el bobo -. Tengo para eso y mucho más - y se sacó del bolsillo un puñado de barro. - ¡Esto me gusta! - exclamó la princesa -. Al menos tú eres capaz de responder y de hablar. ¡Tú serás mi marido! Pero, ¿sabes que cada palabra que digamos será escrita y mañana aparecerá en el periódico? Mira aquella ventana: tres escribanos y un corregidor. Este es el peor, pues no entiende nada. - Desde luego, esto sólo lo dijo para amedrentar al solicitante. Y todos los escribanos soltaron la carcajada e hicieron una mancha de tinta en el suelo.
- ¿Aquellas señorías de allí? - preguntó el bobo -. ¡Ahí va esto para el corregidor! - y, vaciándose los bolsillos, arrojó todo el barro a la cara del personaje.
- ¡Magnífico! - exclamó la princesa. - Yo no habría podido. Pero aprenderé.
Y de este modo Juan el bobo fue Rey. Obtuvo una esposa y una corona y se sentó en un trono - y todo esto lo hemos sacado del diario del corregidor, lo cual no quiere decir que debamos creerlo a pies juntillas.
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 
 
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