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lunes, septiembre 02, 2013

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((88))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 88 Así comenzaron Ana y Roberto Blaum sus destinos de inmigrantes, primero trabajando de obreros para subsistir y más tarde, cuando aprendieron las reglas de esa sociedad voluble, echaron raíces y él pudo terminar los estudios de medicina interrumpidos por la guerra. Se alimentaban de banana y café y vivían en una pensión humilde, en un cuarto de dimensiones escasas, cuya ventana enmarcaba un farol de la calle. Por las noches Roberto aprovechaba esa luz para estudiar y Ana para coser. Al terminar el trabajo él se sentaba a mirar las estrellas sobre los techos vecinos y ella le tocaba en su violín antiguas melodías, costumbre que conservaron como forma de cerrar el día. Años después, cuando el nombre de Blaum fue célebre, esos tiempos de pobreza se mencionaban como referencia romántica en los prólogos de los libros o en las entrevistas de los periódicos. La suerte les cambió, pero ellos mantuvieron su actitud de extrema modestia, porque no lograron borrar las huellas de los sufrimientos pasados ni pudieron librarse de la sensación de precariedad propia del exilio. Eran los dos de la misma estatura, de pupilas claras y huesos fuertes. Roberto tenía aspecto de sabio, una melena desordenada le coronaba las orejas, llevaba gruesos lentes con marcos redondos de carey, usaba siempre un traje gris, que reemplazaba por otro igual cuando Ana renunciaba a seguir zurciendo los puños, y se apoyaba en un bastón de bambú que un amigo le trajo de la India. Era un hombre de pocas palabras, preciso al hablar como en todo lo demás, pero con un delicado sentido del humor que suavizaba el peso de sus conocimientos. Sus alumnos habrían de recordarlo como el más bondadoso de los profesores. Ana poseía un temperamento alegre y confiado, era incapaz de imaginar la maldad ajena y por eso resultaba inmune a ella. Roberto reconocía que su mujer estaba dotada de un admirable sentido práctico y desde el principio delegó en ella las decisiones importantes y la administración del dinero. Ana cuidaba de su marido con mimos de madre, le cortaba el cabello y las uñas, vigilaba su salud, su comida y su sueño, estaba siempre al alcance de su llamado. Tan indispensable les resultaba a ambos la compañía del otro, que Ana renunció a su vocación musical, porque la habría obligado a viajar con frecuencia, y sólo tocaba el violín en la intimidad de la casa. Tomó la costumbre de ir con Roberto en las noches a la morgue o a la biblioteca de la universidad donde él se quedaba investigando durante largas horas. A los dos les gustaba la soledad y el silencio de los edificios cerrados. Después regresaban caminando por las calles vacías hasta el barrio de pobres donde se encontraba su casa. Con el creci– miento descontrolado de la ciudad ese sector se convirtió en un nido de traficantes, prostitutas y ladrones, donde ni los carros de la policía se atrevían a circular después de la puesta del sol, pero ellos lo cruzaban de madrugada sin ser molestados. Todo el mundo los conocía. No había dolencia ni problema que no fueran consultados con Roberto y ningún niño había crecido allí sin probar las galletas de Ana. A los extraños alguien se encargaba de explicarles desde un principio que por razones de sentimiento los viejos eran intocables. Agregaban que los Blaum constituían un orgullo para la Nación, que el Presidente en persona había condecorado a Roberto y que eran tan respetables, que ni siquiera la Guardia los molestaba cuando entraba al vecindario con sus máquinas de guerra, allanando las casas una por una. Yo los conocí al final de la década de los sesenta, cuando en su locura mi Madrina se abrió el cuello con una navaja. La llevamos al hospital desangrándose a borbotones, sin que nadie alentara esperanza real de salvarla, pero tuvimos la buena suerte de que Roberto Blaum estaba allí y procedió tranquilamente a coserle la cabeza en su lugar. Ante el asombro de los otros médicos, mi Madrina se repuso. Pasé muchas horas sentada junto a su cama durante las semanas de convalecencia y hubo varias ocasiones de conversar con Roberto. Poco a poco iniciamos una sólida amistad. Los Blaum no tenían hijos y creo que les hacía falta, porque con el tiempo llegaron a tratarme como si yo lo fuera. Iba a verlos a menudo, rara vez de noche para no aventurarme sola en ese vecindario, ellos me agasajaban con algún plato especial para el almuerzo. Me gustaba ayudar a Roberto en el jardín y a Ana en la cocina. A veces ella cogía su violín y me regalaba un par de horas de música. Me entregaron la llave de su casa y cuando viajaban yo les cuidaba al perro y les regaba las plantas. 88 Librodot





:::::::>El nido de cisnes<:::::::

 
 
 
Entre los mares Báltico y del Norte hay un antiguo nido de cisnes: se llama Dinamarca. En él nacieron y siguen naciendo cisnes que jamás morirán.
 
 
 
 
 
 
En tiempos remotos, una bandada de estas aves voló, por encima de los Alpes, hasta las verdes llanuras de Milán; aquella bandada de cisnes recibió el nombre de longobardos. Otra, de brillante plumaje y ojos que reflejaban la lealtad, se dirigió a Bizancio, donde se sentó en el trono imperial y extendió sus amplias alas blancas a modo de escudo, para protegerlo. Fueron los varingos.
 
 
 
 
 
 
En la costa de Francia resonó un grito de espanto ante la presencia de los cisnes sanguinarios, que llegaban con fuego bajo las alas, y el pueblo rogaba: "¡Dios nos libre de los salvajes normandos!"
 
 
 
 
 
 
Sobre el verde césped de Inglaterra se posó el cisne danés, con triple corona real sobre la cabeza y extendiendo sobre el país el cetro de oro.
 
 
 
 
 
 
 
Los paganos de la costa de Pomerania hincaron la rodilla, y los cisnes daneses llegaron con la bandera de la cruz y la espada desnuda.
 
 
 
 
 
 
"Todo eso ocurrió en épocas remotísimas," dirás.
 
 
 
 
 
 
También en tiempos recientes se han visto volar del nido cisnes poderosos.
 
 
 
 
 
 
Hízose luz en el aire, hízose luz sobre los campos del mundo; con sus robustos aleteos, el cisne disipó la niebla opaca, quedando visible el cielo estrellado, como si se acercase a la Tierra. Fue el cisne Tycho Brahe.
 
 
 
 
 
 
"Sí, en aquel tiempo," dices. "Pero, ¿y en nuestros días?" Vimos un cisne tras otro en majestuoso vuelo. Uno pulsó con sus alas las cuerdas del arpa de oro, y las notas resonaron en todo el Norte; las rocas de Noruega se levantaron más altas, iluminadas por el sol de la Historia. Oyóse un murmullo entre los abetos y los abedules; los dioses nórdicos, sus héroes y sus nobles matronas, se destacaron sobre el verde oscuro del bosque.
 
 
 
 
 
Vimos un cisne que batía las alas contra la peña marmórea, con tal fuerza que la quebró, y las espléndidas figuras encerradas en la piedra avanzaron hasta quedar inundadas de luz resplandeciente, y los hombres de las tierras circundantes levantaron la cabeza para contemplar las portentosas estatuas.
 
 
 
 
 
 
Vimos un tercer cisne que hilaba la hebra del pensamiento, el cual da ahora la vuelta al mundo de país en país, y su palabra vuela con la rapidez del rayo.
 
 
 
 
 
 
Dios Nuestro Señor ama al viejo nido de cisnes construido entre los mares Báltico y Norte. Dejad si no que otras aves prepotentes se acerquen por los aires con propósito de destruirlo. "¡No lo lograrán jamás!" Hasta las crías implumes se colocan en circulo en el borde del nido; bien lo hemos visto. Recibirán los embates en pleno pecho, del que manará la sangre; mas ellos se defenderán con el pico y con las garras.
 
 
 
 
 
 
Pasarán aún siglos, otros cisnes saldrán del nido, que serán vistos y oídos en toda la redondez del Globo, antes de que llegue la hora en que pueda decirse en verdad: "Es el último de los cisnes, el último canto que sale de su nido."
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((87))





Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 87 VIDA INTERMINABLE Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su substancia es el lenguaje y antes de que alguien las ponga en palabras son apenas una emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intangible reminiscencia. Otras vienen completas, como manzanas, y pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen unas tomadas de la realidad y procesadas por la inspiración, mientras otras nacen de un instante de inspiración y se convierten en realidad al ser contadas. Y hay historias secretas que permanecen ocultas en las sombras de la memoria, son como organismos vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan de adherencias y parásitos y con el tiempo se transforman en materia de pesadillas. A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento. Ana y Roberto Blaum envejecieron juntos, tan unidos que con los años llegaron a parecer hermanos; ambos tenían la misma expresión de benevolente sorpresa, iguales arrugas, gestos de las manos, inclinación de los hombros; los dos estaban marcados por costumbres y anhelos similares. Habían compartido cada día durante la mayor parte de sus vidas y de tanto andar de la mano y dormir abrazados podían ponerse de acuerdo para encontrarse en el mismo sueño. No se habían separado nunca desde que se conocieron, medio siglo atrás. En esa época Roberto estudiaba medicina y ya tenía la pasión que determinó su existencia de lavar al mundo y redimir al prójimo, y Ana era una de esas jóvenes virginales capaces de embellecerlo todo con su candor. Se descubrieron a través de la música. Ella era violinista de una orquesta de cámara y él, que provenía de una familia de virtuosos y le gustaba tocar el piano, no se perdía ni un concierto. Distinguió sobre el escenario a esa muchacha vestida de terciopelo negro y cuello de encaje que tocaba su instrumento con los ojos cerrados y se enamoró de ella a la distancia. Pasaron meses antes de que se atreviera a hablarle y cuando lo hizo bastaron cuatro frases para que ambos comprendieran que estaban destinados a un vínculo perfecto. La guerra los sorprendió antes que alcanzaran a casarse y, como millares de judíos alucinados por el espanto de las persecuciones, tuvieron que escapar de Europa. Se embarcaron en un puerto de Holanda, sin más equipaje que la ropa puesta, algunos libros de Roberto y el violín de Ana. El buque anduvo dos años a la deriva, sin poder atracar en ningún muelle, porque las naciones del hemisferio no quisieron aceptar su cargamento de refugiados. Después de dar vueltas por varios mares, arribó a las costas del Caribe. Para entonces tenía el casco como una coliflor de conchas y líquenes, la humedad rezumaba de su interior en un moquilleo persistente, sus máquinas se habían vuelto verdes y todos los tripulantes y pasajeros –menos Ana y Roberto defendidos de la desesperanza por la ilusión del amor– habían envejecido doscientos años. El capitán, resignado a la idea de seguir deambulando eternamente, hizo un alto con su carcasa de transatlántico en un recodo de la bahía, frente a una playa de arenas fosforescentes y esbeltas palmeras coronadas de plumas, para que los marineros descendieran en la noche a cargar agua dulce para los depósitos. Pero hasta allí no más llegaron. Al amanecer del día siguiente fue imposible echar a andar las máquinas, corroídas por el esfuerzo de moverse con una mezcla de agua salada y pólvora, a falta de combustibles mejores. A media mañana aparecieron en una lancha las autoridades del puerto más cercano, un puñado de mulatos alegres con el uniforme desabrochado y la mejor voluntad, que de acuerdo con el reglamento les ordenaron salir de sus aguas territoriales, pero al saber la triste suerte de los navegantes y el deplorable estado del buque le sugirieron al capitán que se quedaran unos días allí tomando el sol, a ver si de tanto darles rienda los inconvenientes se arreglaban solos, como casi siempre ocurre. Durante la noche todos los habitantes de esa nave desdichada descendieron en los botes, pisaron las arenas cálidas de aquel país cuyo nombre apenas podían pronunciar, y se perdieron tierra adentro en la voluptuosa vegetación, dispuestos a cortarse las barbas, despojarse de sus trapos mohosos y sacudirse los vientos oceánicos que les habían curtido el alma. 87 Librodot





:::::::>Dentro de mil años<:::::::




Sí, dentro de mil años la gente cruzará el océano, volando por los aires, en alas del vapor. Los jóvenes colonizadores de América acudirán a visitar la vieja Europa. Vendrán a ver nuestros monumentos y nuestras decaídas ciudades, del mismo modo que nosotros peregrinamos ahora para visitar las decaídas magnificencias del Asia Meridional. Dentro de mil años, vendrán ellos.
El Támesis, el Danubio, el Rin, seguirán fluyendo aún; el Mont­blanc continuará enhiesto con su nevada cumbre, la auroras boreales proyectarán sus brillantes resplandores sobre las tierras del Norte; pero una generación tras otra se ha convertido en polvo, series enteras de momentáneas grandezas han caído en el olvido, como aquellas que hoy dormitan bajo el túmulo donde el rico harinero, en cuya propiedad se alza, se mandó instalar un banco para contemplar desde allí el ondeante campo de mieses que se extiende a sus pies.
- ¡A Europa! -exclamarán las jóvenes generaciones americanas-. ¡A la tierra de nuestros abuelos, la tierra santa de nuestros recuerdos y nuestras fantasías! ¡A Europa!0000 Llega la aeronave, llena de viajeros, pues la travesía es más rápida que por el mar; el cable electromagnético que descansa en el fondo del océano ha telegrafiado ya dando cuenta del número de los que forman la caravana aérea. Ya se avista Europa, es la costa de Irlanda la que se vislumbra, pero los pasajeros duermen todavía; han avisado que no se les despierte hasta que estén sobre Inglaterra. Allí pisarán el suelo de Europa, en la tierra de Shakespeare, como la llaman los hombres de letras; en la tierra de la política y de las máquinas, como la llaman otros. La visita durará un día: es el tiempo que la apresurada generación concede a la gran Inglaterra y a Escocia.
El viaje prosigue por el túnel del canal hacia Francia, el país de Carlomagno y de Napoleón. Se cita a Molière, los eruditos hablan de una escuela clásica y otra romántica, que florecieron en tiempos remotos, y se encomia a héroes, vates y sabios que nuestra época desconoce, pero que más tarde nacieron sobre este cráter de Europa que es París.
La aeronave vuela por sobre la tierra de la que salió Colón, la cuna de Cortés, el escenario donde Calderón cantó sus dramas en versos armoniosos; hermosas mujeres de negros ojos viven aún en los valles floridos, y en estrofas antiquísimas se recuerda al Cid y la Alhambra.
Surcando el aire, sobre el mar, sigue el vuelo hacia Italia, asiento de la vieja y eterna Roma. Hoy está decaída, la Campagna es un desierto; de la iglesia de San Pedro sólo queda un muro solitario, y aun se abrigan dudas sobre su autenticidad.
Y luego a Grecia, para dormir una noche en el lujoso hotel edificado en la cumbre del Olimpo; poder decir que se ha estado allí, viste mucho. El viaje prosigue por el Bósforo, con objeto de descansar unas horas y visitar el sitio donde antaño se alzó Bizancio. Pobres pescadores lanzan sus redes allí donde la leyenda cuenta que estuvo el jardín del harén en tiempos de los turcos.
Continúa el itinerario aéreo, volando sobre las ruinas de grandes ciudades que se levantaron a orillas del caudaloso Danubio, ciudades que nuestra época no conoce aún; pero aquí y allá - sobre lugares ricos en recuerdos que algún día saldrán del seno del tiempo - se posa la caravana para reemprender muy pronto el vuelo. Al fondo se despliega Alemania - otrora cruzada por una densísima red de ferrocarriles y canales - el país donde predicó Lutero, cantó Goethe y Mozart empuñó el cetro musical de su tiempo. Nombres ilustres brillaron en las ciencias y en las artes, nombres que ignoramos. Un día de estancia en Alemania y otro para el Norte, para la patria de Örsted y Linneo, y para Noruega, la tierra de los antiguos héroes y de los hombres eternamente jóvenes del Septentrión. Islandia queda en el itinerario de regreso; el géiser ya no bulle, y el Hecla está extinguido, pero como la losa eterna de la leyenda, la prepotente isla rocosa sigue incólume en el mar bravío.
- Hay mucho que ver en Europa -dice el joven americano- y lo hemos visto en ocho días. Se puede hacer muy bien, como el gran viajero - aquí se cita un nombre conocido en aquel tiempo - ha demostrado en su famosa obra: Cómo visitar Europa en ocho días.
 
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((86))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 86 actitud de discreta galantería, negándose a revelar cuánto había pagado con el argumento de que su esposa no tenía precio. La exageración popular le atribuyó una cif ra del todo improbable, mucho más de lo que ningún hombre había pagado jamás por una mujer y menos por la suya. Eso convirtió a los Toro en símbolo de opulencia, se dijo que eran tan ricos como el Presidente, quien se había beneficiado por años de los ingresos petroleros de la Nación y cuya fortuna se calculaba como una de las cinco mayores del mundo. Domingo y Abigail fueron encumbrados a la alta so– ciedad, donde no habían tenido acceso hasta entonces. Nada opacó su triunfo, ni siquiera las protestas públicas de los estudiantes, que colgaron lienzos en la Universidad acusando a Abigail de secuestrarse a sí misma, al magnate de sacar los millones de un bolsillo para meterlos en otro sin pagar impuestos, y a la policía de tragarse el cuento de los Pumas Rojos para asustar a la gente y justificar las purgas contra los partidos de oposición. Pero las malas lenguas no lograron destruir el magnífico efecto del secuestro y una década más tarde los ToroMcGovem se habían convertido en una de las familias más respetables del país. 86 Librodot





:::::::>La rosa más bella del mundo<:::::::




Érase una reina muy poderosa, en cuyo jardín lucían las flores más hermosas de cada estación del año. Ella prefería las rosas por encima de todas; por eso las tenía de todas las variedades, desde el escaramujo de hojas verdes y olor de manzana hasta la más magnífica rosa de Provenza. Crecían pegadas al muro del palacio, se enroscaban en las columnas y los marcos de las ventanas y, penetrando en las galerías, se extendían por los techos de los salones, con gran variedad de colores, formas y perfumes.
Pero en el palacio moraban la tristeza y la aflicción. La Reina yacía enferma en su lecho, y los médicos decían que iba a morir.
Hay un medio de salvarla, sin embargo -afirmó el más sabio de ellos-. Traedle la rosa más espléndida del mundo, la que sea expresión del amor puro y más sublime. Si puede verla antes de que sus ojos se cierren, no morirá.
Y ya tenéis a viejos y jóvenes acudiendo, de cerca y de lejos, con rosas, las más bellas que crecían en todos los jardines; pero ninguna era la requerida. La flor milagrosa tenía que proceder del jardín del amor; pero incluso en él, ¿qué rosa era expresión del amor más puro y sublime?
Los poetas cantaron las rosas más hermosas del mundo, y cada uno celebraba la suya. Y el mensaje corrió por todo el país, a cada corazón en que el amor palpitaba; corrió el mensaje y llegó a gentes de todas las edades y clases sociales.
- Nadie ha mencionado aún la flor -afirmaba el sabio. Nadie ha designado el lugar donde florece en toda su magnificencia. No son las rosas de la tumba de Romeo y Julieta o de la Walburg, a pesar de que su aroma se exhalará siempre en leyendas y canciones; ni son las rosas que brotaron de las lanzas ensangrentadas de Winkelried, de la sangre sagrada que mana del pecho del héroe que muere por la patria, aunque no hay muerte más dulce ni rosa más roja que aquella sangre. Ni es tampoco aquella flor maravillosa para cuidar la cual el hombre sacrifica su vida velando de día y de noche en la sencilla habitación: la rosa mágica de la Ciencia.
- Yo sé dónde florece -dijo una madre feliz, que se presentó con su hijito a la cabecera de la Reina-. Sé dónde se encuentra la rosa más preciosa del mundo, la que es expresión del amor más puro y sublime. Florece en las rojas mejillas de mi dulce hijito cuando, restaurado por el sueño, abre los ojos y me sonríe con todo su amor.
Bella es esa rosa -contestó el sabio pero hay otra más bella todavía.0000 - ¡Sí, otra mucho más bella! -dijo una de las mujeres-. La he visto; no existe ninguna que sea más noble y más santa. Pero era pálida como los pétalos de la rosa de té. En las mejillas de la Reina la vi. La Reina se había quitado la real corona, y en las largas y dolorosas noches sostenía a su hijo enfermo, llorando, besándolo y rogando a Dios por él, como sólo una madre ruega a la hora de la angustia.
- Santa y maravillosa es la rosa blanca de la tristeza en su poder, pero tampoco es la requerida.
- No; la rosa más incomparable la vi ante el altar del Señor -afirmó el anciano y piadoso obispo-. La vi brillar como si reflejara el rostro de un ángel. Las doncellas se acercaban a la sagrada mesa, renovaban el pacto de alianza de su bautismo, y en sus rostros lozanos se encendían unas rosas y palidecían otras. Había entre ellas una muchachita que, henchida de amor y pureza, elevaba su alma a Dios: era la expresión del amor más puro y más sublime.
- ¡Bendita sea! -exclamó el sabio-, mas ninguno ha nombrado aún la rosa más bella del mundo.
En esto entró en la habitación un niño, el hijito de la Reina; había lágrimas en sus ojos y en sus mejillas, y traía un gran libro abierto, encuadernado en terciopelo, con grandes broches de plata.
- ¡Madre! -dijo el niño-. ¡Oye lo que acabo de leer! -. Y, sentándose junto a la cama, se puso a leer acerca de Aquél que se había sacrificado en la cruz para salvar a los hombres y a las generaciones que no habían nacido.
- ¡Amor más sublime no existe!000 Encendióse un brillo rosado en las mejillas de la Reina, sus ojos se agrandaron y resplandecieron, pues vio que de las hojas de aquel libro salía la rosa más espléndida del mundo, la imagen de la rosa que, de la sangre de Cristo, brotó del árbol de la Cruz.
- ¡Ya la veo! -exclamó-. Jamás morirá quien contemple esta rosa, la más bella del mundo.
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

domingo, septiembre 01, 2013

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((85))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 85 zoológico y un ejército de mozos vestidos de beduinos; el Baile de Versalles, donde los invitados con trajes de brocados y pelucas empolvadas danzaron minué entre espejos biselados; y otras parrandas escandalosas que formaron parte de las leyendas locales y dieron motivo a violentas diatribas en los periódicos de izquierda. Tuvieron que apostar guardias en la casa para impedir que los estudiantes, indignados por el despilfarro, pintaran consignas en las columnas y lanzaran caca por las ventanas, alegando que los nuevos ricos llenaban sus bañeras con champaña, mientras los nuevos pobres cazaban los gatos de los tejados para comérselos. Esas francachelas les dieron cierta respetabilidad, porque para entonces la línea que dividía las clases sociales se estaba esfumando, al país llegaba gente de todos los rincones de la tierra atraída por el miasma del petróleo, la capital crecía sin control, las fortunas se hacían y se perdían en un santiamén y ya no había posibilidad de averiguar los orígenes de cada cual. Sin embargo, las familias de alcurnia mantenían a los Toro a la distancia, a pesar de que ellos mismos descendían de otros inmigrantes cuyo único mérito era haber llegado a esas costas con medio siglo de anticipación. Asistían a los banquetes de Domingo y Abigail y a veces paseaban por el Caribe en el yate guiado por la firme mano del capitán holandés, pero no retribuían las atenciones recibidas. Tal vez Abigail habría tenido que resignarse a un segundo plano, si un evento inesperado no les da vuelta la suerte. Esa tarde de agosto Abigail despertó abochornada de la siesta, hacía mucho calor y el aire estaba cargado con presagios de tormenta. Se puso un vestido de seda sobre el corsé y se hizo conducir al salón de belleza. El automóvil atravesó las calles atestadas de tráfico con los vidrios cerrados, para evitar que algún resentido –de esos que cada vez había más– escupiera a la señora por la ventanilla, y se detuvo en el local a las cinco en punto, donde entró después de indicar al chófer que la recogiera una hora más tarde. Cuando el hombre regresó a buscarla Abigail no estaba. Las peluqueras dijeron que a los cinco minutos de llegar, la señora anunció que iba a hacer una corta diligencia, pero no volvió. Entretanto Domingo Toro re– cibió en su oficina la primera llamada de los Pumas Rojos, un grupo extremista del cual nadie había oído hablar hasta entonces, para anunciarle que habían secuestrado a su mujer. Así comenzó el escándalo que salvó el prestigio de los Toro. La policía detuvo al chófer y a las peluqueras, allanaron barrios enteros y acordonaron la mansión de los Toro, con la consecuente molestia de los vecinos. Un autobús de la televisión bloqueó la calle durante días y un tropel de periodistas, detectives y curiosos pisoteó los prados de las casas. Domingo Toro apareció en las pantallas, sentado en el sillón de cuero de su biblioteca, entre un mapamundi y una yegua embalsamada, implorando a los plagiarios que le devolvieran a la madre de sus hijos. El magnate de los baratillos, como lo llamó la prensa, ofreció un millón por su mujer, cifra muy exagerada, porque otro grupo guerrillero sólo había conseguido la mitad por un embajador del Medio Oriente. Sin embargo, a los Pumas Rojos no les pareció suficiente y pidieron el doble. Después de ver la fotografía de Abigail en los periódicos, muchos pensaron que el mejor negocio de Domingo sería pagar esa cifra, no para recuperar a su cónyuge, sino para que los raptores se quedaran con ella. Una exclamación incrédula recorrió el país cuando el marido, después de algunas consultas con banqueros y abogados, aceptó el trato, a pesar de las advertencias de la policía. Horas antes de entregar la suma estipulada, recibió por correo un mechón de pelo rojo y una nota indicando que el precio había aumentando en otro cuarto de millón. Para entonces también los hijos de los Toro salían por televisión enviando mensajes de desesperación filial a Abigail. El macabro remate fue subiendo de tono día a día, ante los ojos atentos de la prensa. El suspenso acabó cinco días más tarde, justo cuando la curiosidad del público empezaba a desviarse en otras direcciones. Abigail apareció atada y amordazada en un coche estacionado en pleno centro, algo nerviosa y despeinada, pero sin daños visibles y hasta un poco más gorda. La tarde en que Abigail regresó a su casa se juntó una pequeña multitud en la calle para aplaudir a ese marido que había dado tal prueba de amor. Ante el acoso de los periodistas y las exigencias de la policía, Domingo Toro asumió una 85 Librodot





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