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Que amor es este que Jesús
tiene por Ti por Mi
que allí en la Cruz
el amor y la justicia
se abrazaron y se hicieron UNO
¡Que amor es este!
que no excuso el venir aquí
a una tierra llena de dolor
y en esa cruz morir por ti y por mi
Jesús nos ama con tanto amor
que no hay palabra
que pueda describir
¡Que amor es este que El que tiene por Ti por Mi!
que hoy sin duda
El volverá a repetir
venir aquí,
morir allí en la Cruz
trayéndonos la salvación.
Pilar Remón
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Inés del alma mía[Document Transcript]...
El gobernador se quedó en Santiago tres meses. En ese tiempo tomó una
decisión que seguramente había pensado mucho: mandó a Jerónimo de Alderete a
España a entregar sesenta mil pesos de oro al rey, el quinto correspondiente a la
Corona, suma ridícula si se compara con los galeones cargados de ese metal que salían
del Perú. Llevaba cartas para el monarca con varias peticiones, entre otras, que le
otorgara un marquesado y la Orden de Santiago. También en eso Valdivia había
cambiado, ya no era el hombre que se jactaba de despreciar títulos y honores.
Además, él, a quien antes repugnaba la esclavitud, solicitaba permiso para encargar
dos mil esclavos negros sin pagar impuesto. La segunda parte de la misión de Alderete
consistía en visitar a Marina Ortiz de Gaete, quien todavía vivía en el modesto solar
de Castuera, darle dinero e invitarla a venir a Chile a ocupar el rango de gobernadora
junto a su marido, a quien no había visto durante diecisiete años. Me encantaría saber
cómo recibieron esta noticia María y Juana. Lamento que Jerónimo de Alderete no
pudiese traer la respuesta positiva del rey. Su ausencia duró casi tres años, según
recuerdo, debido a las demoras de navegar por el océano y porque el emperador no
era hombre de andar con prisas. A su regreso, cuando cruzaba el istmo de Panamá, el
capitán agarró una pestilencia tropical que lo despachó a mejor vida. Era muy buen
soldado y leal amigo este Jerónimo de Alderete, espero que la Historia le reserve el
sitial que merece. Entretanto, Pedro de Valdivia murió sin enterarse de que por fin
había obtenido las prebendas solicitadas.
Al recibir la invitación de su marido para viajar a ese reino, que ella imaginaba
como Venecia, vaya una a saber por qué, y los siete mil quinientos pesos de oro para
sus gastos, Marina Ortiz de Gaete se compró un trono dorado, un ajuar imperial y se
hizo acompañar por un impresionante séquito que incluía a varios miembros de su familia. La pobre mujer llegó a Chile convertida en viuda; aquí descubrió que Pedro la
había dejado arruinada y, para colmo de males, antes de seis meses todos sus
sobrinos, a quienes adoraba, murieron en la guerra con los indios. No puedo menos que
compadecerla.
Durante el tiempo que Pedro de Valdivia estuvo en Santiago nos vimos poco y
sólo en reuniones sociales, rodeados de otras personas que nos observaban con
malicia, esperando sorprendernos en un gesto de intimidad o tratando de adivinar
nuestros sentimientos. En esta ciudad no se podía dar un paso sin ser atisbada por las
ventanas y criticada. ¿Por qué hablo en pasado? Estamos en 1580 y la gente sigue
siendo igual de chismosa. Después de haber compartido con Pedro los años más
intensos de mi juventud, sentía un raro despego en su presencia, me parecía que el
hombre que yo había amado con una pasión desesperada era otro. Poco antes de que él
anunciara su regreso al sur, donde pensaba visitar las nuevas ciudades y seguir
buscando el escurridizo estrecho de Magallanes, vino a verme González de Marmolejo.
-Quería contarte, hija, que el gobernador ha solicitado al rey que me nombre
obispo de Chile -me dijo.
-Eso ya lo sabe todo Santiago, padre. Decidme a qué habéis venido en realidad.
-¡Qué atrevida eres, Inés! -se rió el clérigo.
-Vamos, desembuchad, padre.
-El gobernador desea hablarte en privado, hija, y como es lógico no puede ser
en tu casa, en la de él ni en un lugar público.
Se deben guardar las apariencias. Le
ofrecí que se encontrara contigo en mi residencia...
-¿Sabe Rodrigo de esto?000
-El gobernador no cree necesario molestar a tu marido con esta nimiedad, Inés.
Me resultaron sospechosos el mensajero, el recado y el secreto, así es que se lo
comuniqué a Rodrigo ese mismo día, para evitar problemas, y entonces me enteré de
que éste ya lo sabía, porque Valdivia le había pedido permiso para citarse conmigo a
solas. ¿Por qué, entonces, pretendía que yo se lo ocultara a mi marido? ¿Y por qué
Rodrigo no me lo mencionó? Supongo que el primero quiso ponerme a prueba, pero no
creo que ésa fuese la intención del segundo; Rodrigo era incapaz de tales manejos.
-¿Sabes para qué quiere hablar conmigo Pedro? -le pregunté a mi marido.
-Desea explicarte por qué actuó como lo hizo, Inés.
-¡Han pasado más de tres años! ¿Y ahora viene con explicaciones? Muy raro me
parece.
-Si no quieres hablar con él, se lo diré derechamente.
-¿No te molesta que me encuentre a solas con él?
-Tengo plena confianza en ti, Inés. Jamás te ofendería con celos.
-Tú no pareces español, Rodrigo. Debes de tener sangre de holandés en las
venas.
Al día siguiente acudí a la casa de González de Marmolejo, la más grande y
lujosa de Chile después de la mía. La fortuna del clérigo sin duda era de origen milagroso. Me recibió su ama de llaves quechua, una mujer muy sabia, conocedora de
plantas medicinales y tan buena amiga mía que no necesitaba disimular que hacía vida
marital con el futuro obispo desde hacía años. Cruzamos varios salones, comunicados
por puertas dobles talladas por un artesano, que el clérigo hizo traer del Perú, y
llegamos a una habitación pequeña, donde tenía su escritorio y la mayor parte de sus
libros. El gobernador, vestido con esmero en jubón rojo oscuro de mangas
acuchilladas, calzas verdosas y gorra de seda negra con una pluma coqueta, se
adelantó para saludarme. El ama de llaves se retiró con discreción y cerró la puerta.
Entonces, al verme a solas con Pedro, sentí que me latían las sienes y se me desbocaba
el corazón, pensé que no sería capaz de sostener la mirada de esos ojos azules, cuyos
párpados había besado a menudo cuando él dormía. Por mucho que Pedro hubiese
cambiado, en algún momento fue el amante a quien seguí al fin del mundo. Pedro me
puso las manos en los hombros y me dio vuelta hacia la ventana, para observarme a la
luz.
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Como quisiera tapar mis ojos y no ver
poner las manos en mis oídos y no oír
cuanto dolor reina, cuantas palabras
que dichas sin amor dañan
Como quisiera aprender a entender
el llanto del que llora en silencio
o de aquel que con pocas palabras
lo esta diciendo todo
Como quisiera llegar al corazón
de aquel que esta sufriendo
del niño que se esconde en un rincón
que ha sido maltratado y olvidado
Como quisiera al menos por un momento
aprender lo que significa amar
y llegar a extender mis manos y abrazar
aquel que esta triste en soledad.
Pilar Remón