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domingo, marzo 23, 2014

::::>>La llave de la casa<<:::::::




Todas las llaves tienen su historia, y ¡hay tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj, las llaves de San Pedro... Podríamos contar cosas de todas, pero nos limitaremos a hacerlo de la llave de la casa del señor Consejero.
Aunque salió de una cerrajería, cualquiera hubiese creído que había venido de una orfebrería, según estaba de limada y trabajada. Siendo demasiado voluminosa para el bolsillo del pantalón, había que llevarla en la de la chaqueta, donde estaba a oscuras, aunque también tenía su puesto fijo en la pared, al lado de la silueta del Consejero cuando niño, que parecía una albóndiga de asado de ternera.
Dícese que cada persona tiene en su carácter y conducta algo del signo del zodíaco bajo el cual nació: Toro, Virgen, Escorpión, o el nombre que se le dé en el calendario. Pero la señora Consejera afirmaba que su marido no había nacido bajo ninguno de estos signos, sino bajo el de la "carretilla," pues siempre había que estar empujándolo.
Su padre lo empujó a un despacho, su madre lo empujó al matrimonio, y su esposa lo condujo a empujones hasta su cargo de Consejero de cámara, aunque se guardó muy bien de decirlo; era una mujer cabal y discreta, que sabía callar a tiempo y hablar y empujar en el momento oportuno.
El hombre era ya entrado en años, "bien proporcionado," según decía él mismo, hombre de erudición, buen corazón y con "inteligencia de llave," término que aclararemos más adelante. Siempre estaba de buen humor, apreciaba a todos sus semejantes y gustaba de hablar con ellos. Cuando iba a la ciudad, costaba Dios y ayuda hacerle volver a casa, a menos que su señora estuviese presente para empujarlo. Tenía que pararse a hablar con cada conocido que encontraba; y sus conocidos no eran pocos, por lo que siempre se enfriaba la comida.
La señora Consejera lo vigilaba desde la ventana.
- ¡Ahí llega! -decía la criada-. Pon la sopa. ¡Vamos! Ahora se ha detenido a charlar con uno. ¡Saca el puchero del fuego, que cocerá demasiado! ¡ahora viene! ¡Vuelve la olla al fuego! -. Pero no llegaba.
A veces ya estaba debajo mismo de la ventana y había saludado a su mujer con un gesto de la cabeza; pero acertaba a pasar un conocido y no podía dejar de dirigirle unas palabras. Y si luego sobrevenía un tercero, sujetaba al anterior por el ojal, y al segundo lo cogía de la mano, al propio tiempo que llamaba a otro que trataba de escabullirse.
Era para poner a prueba la paciencia de la Consejera.
- ¡Consejero, consejero! -exclamaba-. ¡Ay! Este hombre nació bajo el signo de la carretilla; no se mueve del sitio, como no le empujen.
Era muy aficionado a entrar en las librerías y ojear libros y revistas. Pagaba un pequeño honorario a su librero a cambio de poderse llevar a casa los libros de nueva publicación. Se le permitía cortar las hojas en sentido 
longitudinal, mas no en el transversal, pues no hubieran podido venderse como nuevos. Era, en todos los aspectos, un periódico viviente, pues estaba enterado de noviazgos, bodas, entierros, críticas literarias y comadrerías ciudadanas, y solía hacer misteriosas alusiones a cosas que todo el mundo ignoraba. Las sabía por la llave de la casa.
Desde sus tiempos de recién casados, los Consejeros vivían en casa propia, y desde entonces tenían la misma llave. Lo que no conocían aún eran sus maravillosas virtudes; éstas no las descubrieron hasta más tarde.00 Reinaba a la sazón Federico VI. En Copenhague no había aún ni gas ni faroles de aceite, como no existían tampoco el Tivoli ni el Casino, ni tranvías, ni ferrocarriles. Había pocas diversiones, en comparación con las de hoy.
Los domingos era costumbre dar un paseo hasta la puerta del cementerio. Allí, la gente leía las inscripciones 00funerarias, se sentaba en la hierba, merendaba y echaba un traguito. 
O bien se llegaba hasta Friedrichsberg, a escuchar la banda militar que tocaba frente a palacio, y donde se congregaba mucho público para ver a la familia real remando en los estrechos canales, con el Rey al timón y la Reina saludando desde la barca a todos los ciudadanos sin distinción de clases. Las familias acomodadas de la capital iban allí a tomar el té vespertino. En una casita de campo situada delante del parque les suministraban agua hirviendo, pero la tetera debían traérsela ellos.
Allí se dirigieron los Consejeros una soleada tarde de domingo; la criada los precedía con la tetera, un cesto con la comida y la botella de aguardiente de Spendrup.
- Coge la llave de la calle -dijo la Consejera-, no sea que a la vuelta no podamos entrar en casa. Ya sabes que cierran al oscurecer, y que esta mañana se rompió el cordón de la campanilla. Volveremos tarde. A la vuelta de Frederichsberg tenemos que ir a Vesterbro, a ver la pantomima de "Arlequín" en el teatro Casortis. Los personajes bajan en una nube. Cuesta dos marcos la entrada.
Y fueron a Frederichsberg, oyeron la música, vieron la lancha real con la bandera ondeante, y vieron también al anciano monarca y los cisnes blancos. Después de una buena merienda se dirigieron al teatro, pero llegaron tarde.
Los números de baile habían terminado, y empezado la pantomima. Como de costumbre, llegaron tarde por culpa del Consejero, que se había detenido cincuenta veces en el camino a charlar con un conocido y otro. En el teatro encontróse también con buenos amigos, y cuando terminó la función hubo que acompañar a una familia al "puente" a tomar un vaso de ponche; era inexcusable, y sólo tardarían diez minutos; pero estos diez minutos se convirtieron en una hora; la charla era inagotable. De particular interés resultó un barón sueco, o tal vez alemán, el Consejero no lo sabía a punto fijo; en cambio, retuvo muy bien el truco de la llave que aquél le enseñó, y que ya nunca más olvidaría. ¡Fue la mar de interesante! Consistía en obligar a la llave a responder a cuanto se le preguntara, aun lo más recóndito.
La llave del Consejero se prestaba de modo particular a la experiencia, pues tenía el paletón pesado. El barón pasaba el índice por ,el ojo de la llave y dejaba a ésta colgando; cada pulsación de la punta del dedo la ponía en movimiento, haciéndole dar un giro, y si no lo hacía, el barón se las apañaba para hacerle dar vueltas disimuladamente a su voluntad.
Cada giro era una letra, empezando desde la A y llegando hasta la que se quisiera, según el orden alfabético. Una vez obtenida la primera letra, la llave giraba en sentido opuesto; buscábase entonces la letra siguiente, y así hasta obtener, con palabras y frases enteras, la respuesta a la pregunta. Todo era pura charlatanería, pero resultaba divertido. Este fue el primer pensamiento del Consejero, pero luego se dejó sugestionar por el juego.
- ¡Vamos, vamos! -exclamó, al fin, la Consejera-. A las doce cierran la puerta de Poniente. No llegaremos a tiempo, sólo nos queda un cuarto de hora. ¡Ya podemos correr!
Tenían que darse prisa. Varias personas que se dirigían a la ciudad se les adelantaron. Finalmente, cuando estaban ya muy cerca de la caseta del vigilante, dieron las doce y se cerró la puerta, dejando a mucha gente fuera, entre ella a los Consejeros con la criada, la tetera y la canasta vacía. Algunos estaban asustados, otros indignados, cada cual se lo tomaba a su manera. ¿Qué hacer?
Por fortuna, desde hacía algún tiempo se había dado orden de dejar abierta una de las puertas: la del Norte. Por ella podían entrar los peatones en la ciudad, atravesando la caseta del guarda.
El camino no era corto, pero la noche era hermosa, con un cielo sereno y estrellado, cruzado de vez en cuando por estrellas fugaces. Croaban las ranas en los fosos y en el pantano. La gente iba cantando, una canción tras otra, pero el Consejero no cantaba ni miraba las estrellas, y como tampoco miraba donde ponía los pies, se cayó, cuan largo era, sobre el borde del foso. Cualquiera habría dicho que había bebido demasiado, mas lo que se le había subido a la cabeza no era el ponche, sino la llave.
Finalmente, llegaron a la puerta Norte, y por la caseta del guarda entraron en la ciudad.
- ¡Ahora ya estoy tranquila! -dijo la Consejera-. Estamos en la puerta de casa.
- Pero, ¿dónde está la llave? -exclamó el Consejero. No la tenía ni en el bolsillo trasero ni el lateral.
- ¡Dios nos ampare! -dijo la Consejera-. ¿No tienes la llave? La habrás perdido en tus juegos de manos con el barón. ¿Cómo entraremos ahora? El cordón de la campanilla se rompió esta mañana, como sabes, y el vigilante no tiene llave de la casa. ¡Es para desesperarse!
La criada se puso a chillar. El Consejero era el único que no perdía la calma.00 - Hay que romper un vidrio de la droguería -dijo-. Despertaremos al tendero y entraremos por su tienda. Me parece que será lo mejor.
Rompió un cristal, rompió otro, y gritando: "¡Petersen!," metió por el hueco el mango del paraguas. Del interior llegó la voz de la hija del droguero, el cual abrió la puerta de la tienda, gritando: "¡Vigilante!," y antes de que hubiese tenido tiempo de ver y reconocer a la familia consejeril y de abrirle la puerta, silbó el vigilante, y de la calle contigua le respondió su compañero con otro silbido. Empezó a asomarse gente a las ventanas:
- ¿Dónde está el fuego? ¿Qué es ese ruido? -se preguntaban mutuamente, y seguían preguntándoselo todavía cuando ya el Consejero estaba en su piso, se quitaba la chaqueta y... aparecía la llave; no en el bolsillo, sino en el forro; se había metido por un agujero que, desde luego, no debiera de estar allí.
Desde aquella noche, la llave de la calle adquirió una particular importancia, no sólo cuando se salía, sino también cuando la familia se quedaba en casa, pues el Consejero, en una exhibición de sus habilidades, formulaba preguntas a la llave y recibía sus respuestas. Pensaba él antes la respuesta más verosímil y la hacía dar a la llave. Al fin, él mismo acabó por creer en las contestaciones, muy al contrario del boticario, un joven próximo pariente de la Consejera. Dicho boticario era una buena cabeza, lo que podríamos llamar una cabeza analítica. Ya de niño había escrito críticas sobre libros y obras de teatro, aunque guardando el anonimato, como hacen tantos. No creía en absoluto en los espíritus, y mucho menos en los de las llaves.
- Verá usted, respetado señor Consejero -decía-: creo en la llave y en los espíritus de las llaves en general, tan firmemente como en esta nueva ciencia que empieza a difundirse, en el velador giratorio y en los espíritus de los muebles viejos y nuevos. ¿Ha oído, hablar de ello? Yo sí. He dudado, ¿sabe usted?, pues soy algo escéptico; pero me convertí al leer una horripilante historia en una prestigiosa revista extranjera. ¡Imagínese señor Consejero! Voy a relatárselo todo, tal como lo leí. Dos muchachos muy listos vieron cómo sus padres evocaban el espíritu de una gran mesa del comedor. Estaban solos e intentaron infundir vida a una vieja cómoda, imitando a sus padres. Y, en efecto, brotó la vida, despertóse el espíritu, pero no toleraba órdenes dadas por niños. Levantóse con tanta furia, que todo la cómoda crujía; abrió todos los cajones, y con las patas -las patas de la cómoda- metió a un chiquillo en cada cajón, echando luego a correr con ellos escaleras abajo y por la calle, hasta el canal, en el que se precipitó; los pequeños murieron ahogados. Los cadáveres recibieron sepultura en tierra cristiana, pero la cómoda fue conducida ante el tribunal, acusada de infanticidio y condenada a ser quemada viva en la plaza pública. ¡Así lo he leído! - dijo el boticario -. Lo he leído en una revista extranjera, conste que no me lo he inventado. ¡Que la llave me lleve, si no digo verdad! ¡Lo juro por ella!
El Consejero consideró que se trataba de una broma demasiado grosera. Jamás los dos pudieron ponerse de acuerdo en materia de llaves; el boticario era cerrado a ellas.
El Consejero hizo muchos progresos en la ciencia llaveril. La llave se convirtió en su pasión, en la revelación de su ingenio.00 Una noche, cuando el Consejero se disponía a acostarse y estaba ya medio desnudo, alguien llamó a su cuarto desde el pasillo. Era el tendero, que se presentaba a pesar de lo avanzado de la hora. Iba él también a medio vestir, pero, según dijo, se le había ocurrido una idea y temía no poder guardarla toda la noche.
- Se trata de mi hija Lotte-Lene; quisiera hablarle de ella. Es bonita, está confirmada y desearía colocarla bien. - ¡Todavía no soy viudo! -dijo el Consejero, con una sonrisa satisfecha-. Ni tengo tampoco un hijo a quien poder ofrecerle.
- Usted ya me entiende, señor Consejero -replicó el droguero-. Mi hija toca el piano y sabe cantar; la habrán oído desde aquí. No tienen idea de lo que es capaz la chiquilla; sabe imitar la manera de hablar y los ademanes de cualquier persona. Para el teatro está que ni pintada, y ésta es una buena carrera para muchachas bonitas y de buena familia. A lo mejor se casan con un conde, pero en esto no es en lo que pensamos, ni yo ni Lotte-Lene. Sabe cantar y sabe tocar el piano. últimamente estuve con ella en la escuela de canto. Lo hizo bien, pero no tiene eso que yo llamo voz campanuda, ni tampoco ese grito de canario que alcanza las notas más altas y que se exige a las cantantes, por lo cual me 00disuadieron de que emprendiese esta carrera. En fin, me dije, si no puede ser cantante, podrá ser actriz; aquí sólo es cuestión de hablar. Esta mañana hablé del caso con el instructor, como lo llaman. "¿Es instruida?," me preguntó. "No, en absoluto," le respondí. "La cultura es necesaria para una artista," replicó él. Puede todavía adquirirla, pensé, y me volví a casa. Acaso si fuera a una biblioteca circulante y leyera lo que hay en ella, me dije. Y esta noche, cuando me disponía a desnudarme, se me ocurrió de pronto una idea: ¿Por qué alquilar libros cuando se pueden tener de prestado? El Consejero tiene muchos y se los dejará leer. En ellos hay toda la ciencia que necesita, y además los tendrá gratis.00 - Lotte-Lene, ¡simpática chica! -respondió el Consejero-, una linda muchacha. No le faltarán libros para leer. Pero, ¿tiene eso que llaman rasgos de ingenio, cómo le diré yo, algo de genial, genio, en fin? Y otra cosa no menos importante: ¿tiene suerte?
- Sacó dos veces en la tómbola -dijo el tendero-: la primera, un armario ropero, y la segunda, seis pares de sábanas. Como suerte, no está mal.
- Voy a preguntar a la llave -dijo el Consejero.
Y poniéndola sobre su índice derecho y el del tendero, la hizo girar, sacando letra tras letra.
La llave dijo: "Victoria y suerte." Y con ello quedó sellado el porvenir de Lotte-Lene.
El Consejero le dio inmediatamente dos libros: "Dyveke" y "Trato con las personas," de Khigge.
Desde aquella noche empezó una relación más íntima entre Lotte­Lene y el Consejero. Subía a menudo de visita, y el señor la encontraba una muchacha juiciosa, que creía en él y en la llave. La Consejera veía algo de infantil e ingenuo en la franqueza con que confesaba su extrema ignorancia. El matrimonio se aficionó a ella y a los suyos, cada uno a su manera.
- ¡Huele tan bien arriba! -decía Lotte-Lene.
Había un perfume, una fragancia, un olor a manzanas en el pasillo, donde la Consejera tenía un barril de manzanas de Gravenstein; y en todas las habitaciones olía a rosas y a espliego.
- ¡Es tan bonito! -exclamaba Lotte-Lene. Y sus ojos se recreaban en la profusión de hermosas flores que la señora tenía siempre allí; hasta en pleno invierno florecían ramas de lilas y de cerezo. Las ramas cortadas y deshojadas eran puestas en agua, y en la caldeada habitación no tardaban en dar flores y hojas.
- Diríase que las ramas desnudas no tienen vida, y fíjate cómo resucitan.
- Nunca se me habría ocurrido -decía Lotte-Lene-. Es hermosa la Naturaleza, después de todo.
Y el Consejero le mostró su cuaderno de la llave, donde tenía anotadas muchas cosas sorprendentes que la llave había dicho, incluso acerca de media tarta de manzana que había desaparecido del armario, precisamente una noche en que la criada había recibido la visita de su enamorado.
El Consejero había preguntado a la llave: "¿Quién se comió el pastel, el gato o el novio?." Y la llave respondió: "El novio." El Consejero ya lo había sospechado antes de preguntarlo, y la criada lo confesó. Aquella maldita llave lo sabía todo.
- ¿Verdad que es notable? -dijo el Consejero-. ¡La llave, la llave! Y de Lotte-Lene dijo: "Victoria y suerte." Ya veremos. Yo así lo creo.
- ¡Es estupendo! -dijo Lotte-Lene.
La señora Consejera no estaba tan segura, pero se guardaba sus dudas en presencia de su marido; más tarde confió a Lotte-Lene que el Consejero, en su juventud, estuvo loco por el teatro. Si entonces alguien lo hubiese empujado, indudablemente se habría distinguido como actor, pero la familia se lo había quitado de la cabeza. Quería salir a escena, y con este propósito llegó a escribir una comedia.
- Es un gran secreto esto que acabo de confiarle, mi querida Lotte-Lene. La obra no era mala, pues la aceptaron en el Teatro Real, aunque la silbaron y ya no se ha vuelto a hablar de ella; pero yo me alegro. Soy su esposa y lo conozco. Ahora usted quiere seguir su mismo camino. Le deseo mucha suerte, pero yo no creo que la cosa marche, no tengo fe en la llave de la calle.
Lotte-Lene sí tenía, fe, y en esto coincidía con el Consejero.
Sus corazones latían al unísono con toda honestidad y respeto mutuo. Por otra parte, la muchacha poseía virtudes que la Consejera apreciaba en alto grado. Sabía elaborar fécula de patata, confeccionar guantes de seda con medias viejas, forrarse sus zapatos de baile, a pesar de que tenía medios para comprárselos nuevos. Según decía el tendero, guardaba chelines en el cajón de la mesa, y obligaciones en el arca de caudales. Sería una esposa excelente para el boticario, pensaba la Consejera; pero se lo callaba y no quería que lo dijese tampoco la llave. El boticario no tardaría en establecerse; pensaba poner una farmacia en una ciudad cercana. Lotte-Lene leía constantemente "Dyveke" y la obra de Knigge "Trato con los hombres." Leía aquellos dos libros desde hacía dos años, y se sabía el "Dyveke " de memoria, de cabo a rabo, en todos los papeles. Sin embargo, sólo quería representar uno: el de Dyveke, mas no en la capital, donde todo eran envidias y no la querían. Su proyecto era empezar su carrera artística, como decía el Consejero, en una populosa ciudad de provincias. Y se dio la extraña coincidencia de que fue precisamente en la ciudad en que acababa de establecerse el boticario, el más joven de su profesión, aunque no el único. Llegó al fin la gran noche, esperada con tanta expectación. Lotte­Lene se hallaba camino de la victoria y la felicidad, según había pronosticado la llave. El Consejero no estaba presente; yacía en cama, cuidado por la Consejera, que le ponía toallas calientes y le administraba manzanilla.
El matrimonio no asistió a la representación de "Dyveke," pero sí el boticario, el cual escribió luego una carta a su parienta, la Consejera.
"El cuello de la Dyveke fue lo mejor de todo -escribía-. Si hubiese tenido en el bolsillo la llave del Consejero, la habría sacado para silbar. Se lo merecía la artista y se lo merecía la llave, que de modo tan desvergonzado le pronosticó victoria y suerte."
El Consejero leyó la carta. Era maldad pura, dijo, llavifobia que se cebaba en la inocente muchacha.00 No bien se hubo levantado y volvió a ser un hombre de cuerpo entero, envió al boticario una misiva tan breve como emponzoñada; éste respondió como si no hubiese visto en ella más que broma y buen humor.
Le daba las gracias por toda su anterior y espontánea contribución a difundir el valor incalculable y la incomparable importancia de la llave, y a continuación comunicaba en confianza al Consejero que, paralelamente a sus actividades de boticario, estaba escribiendo una gran novela sobre llaves, en la que todos los personajes eran única y exclusivamente llaves. La de la calle era el protagonista, naturalmente, y la del Consejero le había servido de modelo, dotada como estaba del don profético y sibilino. En torno a ella giraban las demás llaves: la antigua de gentilhombre, habituada al esplendor y las solemnidades de la Corte; la llave del reloj, pequeña, delicada y distinguida, que costaba cuatro chelines en la quincallería; la del banco de la iglesia, de condición clerical y que vio espíritus una noche que se había quedado en la cerradura; la de la despensa, del cuarto de la leña y de la bodega... todas salían, girando en torno a la de la calle. Al sol brillaba como plata, y el viento, ese espíritu cósmico, se entraba en ella y la hacía cantar como una flauta. Era la llave por antonomasia, la llave del Consejero; y en adelante sería la de la puerta del cielo, la del soberano Pontífice, infalible como él.
- ¡Maldad! -dijo el Consejero-. ¡Maldad y envidia! -. Nunca volvieron a verse él y el boticario. Mejor dicho, se vieron en el entierro de la Consejera.
Fue la primera en morir.
En la casa reinaban el luto y la soledad. Hasta las ramas de cerezo que habían dado nuevas yemas y flores, manifestaron su dolor y se marchitaron. Quedaron abandonadas, no cuidadas por nadie.
El Consejero y el boticario siguieron tras el féretro, el uno al lado del otro, como los dos parientes más próximos. Ni la ocasión ni el estado de ánimo convidaban a las pullas y disputas.
Lotte-Lene puso el crespón de luto en el sombrero del Consejero. Volvía a estar en su casa desde hacia tiempo, sin haber encontrado la victoria y la suerte en el camino del Arte. Pero no debía desesperar; Lotte-Lene tenía ante sí un porvenir. La llave lo había dicho, y el Consejero también.
Subió a verlo y hablaron de la difunta; lloraron, pues Lotte-Lene era sensible. Luego hablaron de Arte, y Lotte-Lene recobró sus ánimos.
- La vida del teatro es encantadora -decía-. ¡Pero hay tanta comadrería y tanta envidia! Prefiero seguir mi propio camino. Primero yo, después el Arte.
Lleva razón Knigge, en lo que dice sobre los actores; ella lo veía, y la llave se equivocó; pero la muchacha no se lo dijo al Consejero. Lo amaba.
Mientras duró el año del luto, la llave de la calle fue para él un consuelo y un estímulo. Le planteó la pregunta, y ella respondió. Y terminado el año, una noche que estaba con la muchacha y el aire era propicio a las expansiones sentimentales, preguntó a la llave:
- ¿Me casaré? ¿Y con quién?00 No había nadie para empujarlo, pero él empujó a la llave, la cual dijo:
- ¡Lotte-Lene!
Dicho y hecho: Lotte-Lene convirtióse en Consejera.
"Victoria y suerte."
¡Lo que había profetizado la llave! 




 * * * FIN * * * 



 Hans Christian Andersen

jueves, marzo 20, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((61))





Inés del alma mía[Document Transcript]... No hay tiempo para detalles, hija, porque si nos demoramos esto puede quedar inconcluso y a nadie le gusta leer cientos de cuartillas y encontrarse con que la historia no tiene un final claro. ¿Cuál es el final de ésta? Mi muerte, supongo, porque mientras me quede un soplo de vida tendré recuerdos para llenar páginas; hay mucho que contar en una vida como la mía. Debí empezar estas memorias hace tiempo, pero estaba ocupada; erigir y dar prosperidad a una ciudad es bastante trabajo. No me puse a escribir hasta que murió Rodrigo y la tristeza me quitó las ganas de hacer otras cosas que antes me parecían urgentes. Sin él, mis noches transcurren casi enteras en blanco, y el insomnio es muy conveniente para la escritura. Me pregunto dónde está mi marido, si acaso me espera en alguna parte o está aquí mismo, en esta casa, atisbando en las sombras, cuidándome con discreción, como siempre hizo en vida. ¿Cómo será morir? ¿Qué hay al otro lado? ¿Es sólo noche y silencio? Se me ocurre que morir es partir como una flecha en la oscuridad hacia el firmamento, un espacio infinito, donde deberé buscar a mis seres amados uno por uno. Me asombra que ahora, cuando pienso tanto en la muerte, aún tenga deseos de realizar proyectos y satisfacer ambiciones. Debe de ser el puro orgullo: dejar fama y memoria de mí, como decía
Pedro. Sospecho que en esta vida no vamos a ninguna parte, y menos apurados; se camina solamente, un paso cada vez, hacia la muerte. De modo que adelante, sigamos contando hasta donde me alcancen los días, ya que me sobra material.
Después de casarme con Rodrigo, decidí evitar a Pedro, al menos al comienzo, hasta que se me pasara la animosidad que reemplazó el amor que le tuve durante diez años. Lo detestaba tanto como antes lo amé; deseaba herirlo como antes lo defendí. Sus defectos se magnificaron a mis ojos, ya no me parecía noble, sino ambicioso y vano; antes era fornido, astuto y severo; entonces era gordo, falso y cruel. Sólo me desahogué con Catalina, porque ese reconcomio contra el antiguo amante me avergonzaba. Logré ocultarlo de Rodrigo, cuya rectitud le impedía percibir mi carga de malos sentimientos. Como él era incapaz de bajeza, no la imaginaba en otros. Si le pareció extraño que no me apareciera por Santiago cuando Pedro de Valdivia estaba en la ciudad, no me lo dijo. Me dediqué a mejorar nuestras casas del campo y extendí mis estadías en ellas lo más posible con el pretexto de sembradíos, cultivos de rosas, crianza de caballos y mulas, aunque en el fondo me aburría y echaba de menos mi trabajo en el hospital. Rodrigo viajaba entre la ciudad y el campo cada semana, moliéndose los riñones a galope tendido, para vernos a su hija y a mí. El aire libre, el trabajo físico, tu compañía, Isabel, y una camada de perritos, hijos del viejo Baltasar, me ayudaron. En esa época rezaba mucho, llevaba a Nuestra Señora del Socorro al jardín, nos instalábamos bajo un árbol y le contaba mis cuitas. Ella me hizo ver que el corazón es como una caja: si está ocupada con porquería, falta espacio para otras cosas. No podría amar a Rodrigo y a su hija si tenía el corazón lleno de amargura, me advirtió la Virgen. Según Catalina, el encono pone la piel amarilla y produce mal olor, por eso me daba a beber tisanas de limpieza.
Con rezos y tisanas me curé del rencor contra Pedro en un plazo de dos meses. Una noche soñé que me crecían garras de cóndor, que me abalanzaba sobre él y le arrancaba los ojos. Fue un sueño estupendo, muy vívido, y desperté vengada. Al alba salí de la cama y comprobé que ya no sentía ese dolor en los hombros y el cuello que me había atormentado durante semanas; había desaparecido el peso inútil del odio. Escuché los ruidos del despertar: los gallos, los perros, la escoba de ramas del jardinero en la terraza, las voces de las criadas. Era una mañana tibia y clara. Salí al patio descalza y la brisa me acarició la piel bajo la camisa. Pensé en Rodrigo, y la necesidad de hacer el amor con él me hizo estremecer, como en mi juventud, cuando escapaba a los vergeles de Plasencia para yacer con Juan de Málaga. Bostecé a todo pulmón, me estiré como un gato, cara al sol, y enseguida ordené preparar los caballos para regresar contigo a Santiago ese mismo día, sin más equipaje que la ropa puesta y las armas. Rodrigo no nos permitía movernos de la casa sin protección, por temor a las bandas de indios que rondaban el valle, pero igual partimos. Tuvimos suerte y pudimos llegar a Santiago al anochecer, sin inconvenientes. Los centinelas de la ciudad dieron00 la alarma desde sus atalayas cuando vieron la polvareda de los caballos. Rodrigo salió a recibirme asustado, temiendo una desgracia, pero le salté al cuello, lo besé en la boca y lo llevé de la mano a la cama. Esa noche comenzó
verdaderamente nuestro amor, lo anterior fue entrenamiento. En los meses siguientes aprendimos a conocernos y darnos gusto. Mi amor por él era distinto al deseo que sentí por Juan de Málaga y a la pasión por Pedro de Valdivia, era un sentimiento maduro y alegre, sin conflicto, que se volvió más intenso con el transcurso del tiempo, hasta que no pude vivir sin él. Terminaron mis viajes solitarios al campo, sólo nos separábamos cuando la urgencia de la guerra llamaba a Rodrigo. Ese hombre, tan serio frente al mundo, era tierno y chacotero en privado; nos mimaba, éramos sus dos reinas, ¿te acuerdas? Así se cumplió la profecía de las conchas mágicas de Catalina de que yo sería reina. En los treinta años que habríamos de vivir juntos, Rodrigo nunca perdió el buen humor en nuestro hogar, por muy graves que fuesen las presiones externas. Compartía conmigo los asuntos de la guerra, el gobierno y la política, sus temores y pesares, sin que nada afectara nuestra relación. Tenía confianza en mi criterio, pedía mi opinión, escuchaba mis consejos. Con él no era necesario andar con rodeos para evitar ofenderlo, como sucedía con Valdivia y sucede en general con los hombres, que suelen ser quisquillosos en lo que se refiere a su autoridad. [61]






::::>>Lo que contaba la vieja Juana<<:::::::



Silba el viento entre las ramas del viejo sauce.
Diríase que se oye una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, pregunta a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de esto, pues nació en esta parroquia.
Hace muchos años, cuando aún pasaba por aquí el camino real, el árbol era ya alto y corpulento. Estaba donde está todavía, frente a la blanca casa del sastre, con sus paredes entramadas, cerca del estanque; que entonces era lo bastante grande para abrevar el ganado y para que, en verano, se zambulleran y chapotearan desnudos los niños de la aldea.
Junto al árbol habían erigido una piedra miliar; hoy está decaída e invadida por las zarzamoras.
La nueva carretera fue desviada hacia el otro lado de la rica finca; el viejo camino real quedó abandonado, y el estanque se convirtió en una charca, invadida por lentejas de agua. Cuando saltaba una rana, el verde se separaba y aparecía el agua negra; en torno crecían, y siguen creciendo, espadañas, juncos e iris amarillos.
La casa del sastre envejeció y se inclinó, y el tejado se convirtió en un bancal de musgo y siempreviva; derrumbóse el palomar, y el estornino estableció en él su nido; las golondrinas construyeron los suyos alineados bajo el tejado y en el alero, como si aquélla fuese una casa afortunada.
Antaño lo había sido; ahora estaba solitaria y silenciosa. Solo y apático vivía en ella el "pobre Rasmus," como lo llamaban. Había nacido allí, allí había jugado de niño, saltando por campos y setos, chapoteando en el estanque y trepando a la copa del viejo sauce.
Este extendía sus grandes ramas, como las extiende todavía; pero la tempestad había curvado ya el tronco, y el tiempo había abierto una grieta en él, que el viento y la intemperie habían cuidado de llenar de tierra. De aquella tierra habían nacido hierba y verdor; incluso había brotado un pequeño serbal.
Cuando, en primavera, llegaban las golondrinas, volaban en torno al árbol y al tejado, pegaban su barro y construían sus nidos, mientras el pobre Rasmus tenía el suyo completamente abandonado, sin cuidar de repararlo, ni siquiera sustentarlo.
- ¡Qué más da! - exclamaba, lo mismo que decía ya su padre. 
Él se quedaba en su casa, mientras las golondrinas se marchaban y volvían, los fieles animalitos. También se marchaba y volvía el estornino, con su canción aflautada. En otro tiempo, Rasmus competía con él en cantar, pero ahora ya no cantaba ni tocaba la flauta.
Silbaba el viento entre el viejo sauce, y sigue silbando; parece como si se oyera una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, ve a preguntar a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de estas cosas de otros tiempos: es como una crónica con estampas y viejos recuerdos.
Cuando la casa era nueva y estaba en buen estado, se trasladaron a ella Ivar Ulze, el sastre del pueblo, y su mujer Maren, un matrimonio honrado y laborioso. Por aquellas fechas, la vieja Juana era una niña, hija del zuequero, uno de los más pobres de la parroquia. Más de una vez había recibido pan y mantequilla de Maren, a quien no faltaba comida. Estaba en buenas relaciones con la propietaria de la finca, la veían siempre alegre y risueña, no se intimidaba, y si sabía usar la boca, no menos sabía servirse de las manos: la aguja corría tan ligera como la lengua, sin que por eso se olvidase del cuidado de su casa y de sus hijos, casi una docena, pues eran once; el duodécimo no llegó.
- Los pobres tienen siempre el nido lleno de crías - gruñía el propietario de la casa -. Si se pudiesen ahogar como se hace con los gatos, dejando sólo uno o dos de los más robustos, todos saldrían ganando.
- ¡Dios misericordioso! - exclamaba la mujer del sastre -. Los hijos son una bendición divina, son la alegría de la casa. Cada niño, es un padrenuestro más. Si se hace difícil saciar a tantas bocas, uno se esfuerza más y encuentra consejo y apoyo en todas partes. Nuestro Señor no nos abandona si no lo abandonamos nosotros.
La propietaria estaba de acuerdo con Maren, la aprobaba con un gesto de la cabeza y le acariciaba la mejilla; lo había hecho muchas veces, e incluso la había besado, pero entonces la señora era una niña, y Maren, su niñera. Las dos se querían, y siguieron queriéndose.
Cada año, para las Navidades, de la finca del propietario enviaban provisiones a casa del sastre: un barril de harina, un cerdo, dos patos, otro barril de manteca, queso y manzanas. Todo aquello ayudaba a llenar la despensa. Entonces, Ivar Ulze se mostraba satisfecho, pero no tardaba en volver con su estribillo:
- ¡Qué más da!
La casa estaba hecha un primor, con cortinas en las ventanas y también flores: claveles y balsaminas. Un alfabeto de bordadora colgaba, bien enmarcado, en la pared, y a su lado una "dedicatoria" en verso, obra de la propia Maren Ulze, que tenía maña en componer rimas. No estaba poco orgullosa de su apellido de "Ulze"; era la única palabra de la lengua que rimaba con "Sülze," que significa gelatina.
- ¡No deja de ser una ventaja! - decía riendo. Estaba siempre de buen humor, y nunca se le oía decir, como a su marido: "¡Para qué!." Su expresión habitual era: "¡A Dios rogando y con el mazo dando!." Ella lo hacía así, y las cosas marchaban bien. Los hijos crecieron, dejaron el nido, se fueron a tierras lejanas y salieron todos de buena índole. Rasmus era el menor, tan hermoso de niño, que uno de los más renombrados pintores de la ciudad se brindó a pintarlo, tal como había venido al mundo. El retrato estaba ahora en el palacio real; la propietaria lo había visto allí, y reconoció al pequeño Rasmus a pesar de ir en cueros.
Pero llegaron malos tiempos. El sastre sufría de artritismo en las dos manos, se le formaron gruesos nódulos, y tanto los médicos como la curandera Stine se declararon impotentes.
- ¡No hay que desanimarse! - decía Maren -. De nada sirve agachar la cabeza. Puesto que las manos del padre no pueden ayudarnos, procuraré yo dar más ligereza a las mías. El pequeño Rasmus puede también tirar de la aguja.
Se sentaba ya a la mesa de coser, cantando como una flauta; era un chiquillo muy alegre.
Pero no debía quedarse todo el día sentado allí, decía la madre; habría sido un pecado contra el pequeño; tenía también que jugar y saltar.
Juana, la hija del zuequero, era su mejor compañera de juego. Su familia era aún más pobre que la de Rasmus. No era bonita, y andaba descalza; llevaba los vestidos rotos, pues nadie cuidaba de ella, y jamás se le ocurría hacerlo ella misma; no era sino una niña, alegre como el pajarillo al sol de Nuestro Señor.
Rasmus y Juana solían jugar junto a la piedra miliar bajo el corpulento sauce.
El tenía grandes ideas; quería ser un buen sastre y vivir en la ciudad, donde había maestros que tenían diez oficiales en torno a su mesa; lo sabía por su padre. Allí se haría él oficial y luego maestro; Juana iría a visitarlo, y si sabía cocinar, prepararía la comida para los dos y tendría su propia habitación.
A Juana le parecía todo aquello un tanto improbable, pero Rasmus no dudaba de que todo sucedería al pie de la letra. Y así se pasaban las horas bajo el viejo árbol, mientras el viento silbaba a través de sus ramas y hojas; era como si el viento cantara y el árbol recitara.
En otoño caían las hojas, y la lluvia goteaba de las ramas desnudas.
- ¡Ya reverdecerán! - decía la mujer.
- ¡Qué más da! - replicaba el hombre -. Año Nuevo, nuevas preocupaciones para salir del paso.
- Tenemos la despensa llena - observaba ella -. Y podemos dar gracias a la señora. Yo estoy sana y no me faltan energías. Sería un pecado quejamos.
Las Navidades las pasaban los propietarios en su finca, pero a la semana después de Año Nuevo volvían a la ciudad, donde residían durante el invierno, contentos y satisfechos, asistiendo a bailes y fiestas, invitados incluso a palacio.
La señora había recibido de Francia dos preciosos vestidos. Nunca la sastresa Maren había visto una tela, un corte y una costura como aquéllos. Pidió permiso a la propietaria para ir con su marido a ver los vestidos, pues para un sastre de pueblo era una cosa jamás vista.
El hombre los examinó sin decir palabra, y, ya de vuelta en su casa, no hizo más comentario que su habitual: - ¡Qué más da! -. Y por una vez, sus palabras eran sensatas.
Los señores regresaron a la ciudad, donde se reanudaron los bailes y las fiestas; pero en medio de todas aquellos diversiones murió el anciano señor, y su esposa no pudo ya lucir sus magníficos vestidos. Quedó muy apesadumbrada y se puso de riguroso luto de pies a cabeza; no toleró ni una cinta blanca. Todos los criados iban de negro, e incluso el coche de gala fue recubierto de paño de este color.
Una noche gélida, en que brillaba la nieve y centelleaban las estrellas, llegó de la ciudad la carroza fúnebre conduciendo el cadáver, que debía recibir sepultura en el panteón familiar del cementerio del pueblo.
El administrador y el alcalde esperaban a caballo, sosteniendo antorchas encendidas, ante la puerta del camposanto. La iglesia estaba iluminada, y el sacerdote recibió el cadáver en la entrada del templo. Llevaron el féretro al coro, acompañado de toda la población. Habló el párroco y se cantó un coral. La señora se hallaba también presente en la iglesia; había hecho el viaje en el coche de gala cubierto de crespones; en la parroquia nunca habían presenciado un espectáculo semejante.
Durante todo el invierno se estuvo hablando en el pueblo de aquella solemnidad fúnebre: el "entierro del señor." - En él se vio lo importante que era - comentaba la gente del pueblo -. Nació en elevada cuna, y fue enterrado con grandes honores.
- ¡Qué más da! - dijo el sastre -. Ahora no tiene ni vida ni bienes. A nosotros al menos nos queda una de las dos cosas.
- ¡No hables así! - le riñó Maren -. Ahora goza de vida eterna en el cielo.
- ¿Cómo lo sabes, Maren? - preguntó el sastre -. Un muerto es buen abono. Pero ése era demasiado noble para servir de algo en la tierra; tiene que reposar en la cripta.
- ¡No digas impiedades! - protestó Maren -. Te repito que goza de vida eterna.
- ¿Quién te lo ha dicho, Maren? - repitió el sastre.
Maren echó su delantal sobre el pequeño Rasmus; no quería que oyese aquellos desatinos. Se lo llevó llorando, a la choza, y le dijo: - Lo que oíste, hijo mío, no fue tu padre quien lo dijo, sino el demonio, que estaría en la habitación e imitó su voz. 
Reza el Padrenuestro. Lo rezaremos los dos -. Y juntó las manos del niño.
- Ahora vuelvo a estar contenta - dijo -. Confía en ti y en Dios Nuestro Señor.
Pasado un año, la viuda se puso de medio luto; la alegría había vuelto a su corazón.
Corría el rumor de que tenía un pretendiente y pensaba volver a casarse. Maren sabía algo de ello, y el párroco un poco más aún.
El Domingo de Ramos, después del sermón, habían de leerse las amonestaciones de la viuda y su prometido, el cual era algo así como picapedrero o escultor, no se sabía a ciencia cierta por aquellas fechas; Thorwaldsen y su arte no andaban todavía en todas las bocas. El nuevo propietario no era noble, aunque sí hombre de categoría. Nadie entendía a punto fijo en qué se ocupaba, pero se decía que tallaba estatuas, y era muy experto en su trabajo, además de joven y guapo.
- ¡Qué más da! - dijo el sastre Ulze.
El Domingo de Ramos fueron amonestados, luego se cantó un coral y se administró la comunión. El sastre, su mujer y el pequeño Rasmus estaban en la iglesia; los padres comulgaron, pero el pequeño permaneció sentado en el banco, pues aún no había recibido la confirmación. En los últimos tiempos andaban escasos de ropas en casa del sastre; los trajes viejos estaban usadísimos y llenos de remiendos y piezas; pero aquel día los tres llevaban vestidos nuevos, aunque negros, como si asistiesen a un entierro; estaban confeccionados con las telas que habían recubierto el coche fúnebre. Había salido una chaqueta y unos pantalones para el marido, un vestido cerrado hasta el cuello para Maren, y para Rasmus, un traje completo que le serviría para la confirmación cuando llegase la hora; se lo habían hecho holgado, adrede. En toda aquella indumentaria se invirtió la totalidad de la tela que tapizaba el coche, tanto por dentro como por fuera. Nadie tenía por qué saber de dónde procedía aquel paño, y, no obstante, pronto corrió la voz; Stine la curandera y otras comadres de su misma calaña pronosticaron que aquellos vestidos llevarían la peste y la enfermedad a la casa.00 - Sólo para bajar a la tumba hay que vestirse con ropas funerarias.
La Juana del zuequero lloraba al oír estos comentarios; y como resultó que desde aquel día fue empeorando la salud del sastre, se echaba de ver a quién le tocaría pronto el turno de llorar.
Y así fue.
El primer domingo después de la Trinidad falleció el sastre Ulze, y Maren quedó sola al cuidado de la casa. Y siguió llevándola y manteniéndola unida, sin perder nunca la confianza en sí misma y en Dios.
Al año siguiente, Rasmus fue confirmado. Había sonado para él la hora de trasladarse a la ciudad como aprendiz en casa de un sastre de renombre, que, si no tenía doce oficiales en su mesa, siquiera tenía uno. El pequeño Rasmus valía por medio, y estaba contento y alegre; pero Juana lloraba, pues lo quería más de lo que ella misma creyera. La mujer del sastre se quedó en la vieja casa, y continuó el negocio de su marido.
Sucedía esto por el tiempo en que se inauguró el nuevo camino real. El antiguo, que pasaba por delante de la vivienda del sastre, quedó como camino vecinal; la vegetación invadió el estanque, que pronto quedó convertido en una charca llena de lentejas de agua. Volcóse la piedra miliar, pues ya no servía de nada, pero el árbol siguió viviendo, robusto y hermoso; el viento silbaba entre sus ramas y hojas. 




 * * * FIN * * *




 Hans Christian Andersen

sábado, marzo 15, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((60))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Capítulo seis


La guerra de Chile,


1549 -1553


Se nota que mi letra ha cambiado en la última parte de este relato. Durante los primeros meses escribí de mi puño, pero ahora me canso a las pocas líneas y prefiero dictarte; mi caligrafía parece un enredo de moscas, pero la tuya, Isabel, es fina y elegante. Te gusta la tinta color óxido, una novedad llegada de España que me cuesta mucho leer, pero, ya que haces el favor de ayudarme, no puedo imponerte mi tintero negro. Avanzaríamos más rápido si no me acosaras con tantas preguntas, hija. Me divierte oírte. Hablas el castellano cantadito y escurridizo de Chile; Rodrigo y yo no logramos inculcarte las duras jotas y zetas castizas. Así hablaba el obispo González de Marmolejo, que era sevillano. Se murió hace mucho, ¿te acuerdas de él? Te quería como un abuelo, el pobre viejo. En esa época admitía tener setenta y siete años, aunque parecía un patriarca bíblico de cien, con su barba blanca y esa tendencia a anunciar el Apocalipsis que le vino al final de sus días. La fijación con el fin del mundo no le impidió ocuparse de asuntos materiales, recibía inspiración divina para hacer dinero. Entre sus espléndidos negocios estaba el criadero de caballos que teníamos en sociedad. Experimentamos mezclando razas y obtuvimos animales fuertes, elegantes y dóciles, los famosos potros chilenos, que ahora se conocen en todo el continente porque son tan nobles como los corceles árabes y más resistentes. El obispo falleció el mismo año que mi buena Catalina; él padeció el mal de los pulmones, que ninguna planta medicinal pudo curar, y a ella la despachó una teja que cayó del cielo en un temblor y le dio en la nuca. Fue un golpe certero, no alcanzó a darse cuenta de que estaba temblando. También en esa época murió Villagra, tan asustado de sus pecados, que se vestía con el hábito de san Francisco. Fue gobernador de Chile por un tiempo y será recordado entre los más pujantes y arrojados militares, pero nadie lo apreciaba, porque era tacaño. La avaricia es un defecto que a los españoles, siempre dadivosos, nos repugna. [60]





::::>>El jardinero y el señor<<:::::::




A una milla de distancia de la capital había una antigua residencia señorial rodeada de gruesos muros, con torres y hastiales.
Vivía allí, aunque sólo en verano, una familia rica y de la alta nobleza. De todos los dominios que poseía, esta finca era la mejor y más hermosa. Por fuera parecía como acabada de construir, y por dentro todo era cómodo y agradable. Sobre la puerta estaba esculpido el blasón de la familia. Magníficas rocas se enroscaban en torno al escudo y los balcones, y una gran alfombra de césped se extendía por el patio. Había allí oxiacantos y acerolos de flores encarnadas, así como otras flores raras, además de las que se criaban en el invernadero.
El propietario tenía un jardinero excelente; daba gusto ver el jardín, el huerto y los frutales. Contiguo quedaba todavía un resto del primitivo jardín del castillo, con setos de arbustos, cortados en forma de coronas y pirámides.
Detrás quedaban dos viejos y corpulentos árboles, casi siempre sin hojas; por el aspecto se hubiera dicho que una tormenta o un huracán los había cubierto de grandes terrones de estiércol, pero en realidad cada terrón era un nido.
Moraba allí desde tiempos inmemoriales un montón de cuervos y cornejas. Era un verdadero pueblo de aves, y las aves eran los verdaderos señores, los antiguos y auténticos propietarios de la mansión señorial. Despreciaban profundamente a los habitantes humanos de la casa, pero toleraban la presencia de aquellos seres rastreros, incapaces de levantarse del suelo. Sin embargo, cuando esos animales inferiores disparaban sus escopetas, las aves sentían un cosquilleo en el espinazo; entonces, todas se echaban a volar asustadas, gritando "¡rab, rab!."
Con frecuencia el jardinero hablaba al señor de la conveniencia de cortar aquellos árboles, que afeaban al paisaje. Una vez suprimidos, decía, la finca se libraría también de todos aquellos pajarracos chillones, que tendrían que buscarse otro domicilio. Pero el dueño no quería desprenderse de los árboles ni de las aves; eran algo que formaba parte de los viejos tiempos, y de ningún modo quería destruirlo.
- Los árboles son la herencia de los pájaros; haríamos mal en quitársela, mi buen Larsen.
Tal era el nombre del jardinero, aunque esto no importa mucho a nuestra historia.
- ¿No tienes aún bastante campo para desplegar tu talento, amigo mío? Dispones de todo el jardín, los invernaderos, el vergel y el huerto.
Cierto que lo tenía, y lo cultivaba y cuidaba todo con celo y habilidad, cualidades que el señor le reconocía, aunque a veces no se recataba de decirle que, en casas forasteras, comía frutos y veía flores que superaban en calidad o en belleza a los de su propiedad; y aquello entristecía al jardinero, que hubiera querido obtener lo mejor, y ponía todo su esfuerzo en conseguirlo. Era bueno en su corazón y en su oficio.
Un día su señor lo mandó llamar, y, con toda la afabilidad posible, le contó que la víspera, hallándose en casa de unos amigos, le habían servido unas manzanas y peras tan jugosas y sabrosas, que habían sido la admiración de todos los invitados. Cierto que aquella fruta no era del país, pero convenía importarla y aclimatarla, a ser posible. Se sabía que la habían comprado en la mejor frutería de la ciudad; el jardinero debería darse una vuelta por allí, y averiguar de dónde venían aquellas manzanas y peras, para adquirir esquejes.
El jardinero conocía perfectamente al frutero, pues a él le vendía, por cuenta del propietario, el sobrante de fruta que la finca producía.
Se fue el hombre a la ciudad y preguntó al frutero de dónde había sacado aquellas manzanas y peras tan alabadas.
- ¡Si son de su propio jardín! -respondió el vendedor, mostrándoselas; y el jardinero las reconoció en seguida.
No se puso poco contento el jardinero! Corrió a decir a su señor que aquellas peras y manzanas eran de su propio huerto.
El amo no podía creerlo.
- No es posible, Larsen. ¿Podría usted traerme por escrito una confirmación del frutero?
Y Larsen volvió con la declaración escrita.
- ¡Es extraño! -dijo el señor.
En adelante, todos los días fueron servidas a la mesa de Su Señoría grandes bandejas de las espléndidas manzanas y peras de su propio jardín, y fueron enviadas por fanegas y toneladas a amistades de la ciudad y de fuera de ella; incluso se exportaron. Todo el mundo se hacía lenguas. Hay que observar, de todos modos, que los dos últimos veranos habían sido particularmente buenos para los árboles frutales; la cosecha había sido espléndida en todo el país.
Transcurrió algún tiempo; un día el señor fue invitado a comer en la Corte. A la mañana siguiente, Su Señoría mandó llamar al jardinero. Habían servido unos melones producidos en el invernadero de Su Majestad, jugosos y sabrosísimos. - Mi buen Larsen, vaya usted a ver al jardinero de palacio y pídale semillas de estos exquisitos melones.
- ¡Pero si el jardinero de palacio recibió las semillas de aquí! -respondió Larsen, satisfecho.
- En este caso, el hombre ha sabido obtener un fruto mejor que el nuestro -replicó Su Señoría-. Todos los melones resultaron excelentes.
- Pues me siento muy orgulloso de ello -dijo el jardinero-. Debo manifestar a Vuestra Señoría, que este año el hortelano de palacio no ha tenido suerte con los melones, y al ver lo hermosos que eran los nuestros, y después de haberlos probado, encargó tres de ellos para palacio.
- ¡No, no Larsen! No vaya usted a imaginarse que aquellos melones eran de esta propiedad.
- Pues estoy seguro de que lo eran -. Y se fue a ver al jardinero de palacio, y volvió con una declaración escrita de que los melones servidos en la mesa real procedían de la finca de Su Señoría.
Aquello fue una nueva sorpresa para el señor, quien divulgó la historia, mostrando la declaración. Y de todas partes vinieron peticiones de que se les facilitaran pepitas de melón y esquejes de los árboles frutales.
Recibiéronse noticias de que éstos habían cogido bien y de que daban frutos excelentes, hasta el punto de que se les dio el nombre de Su Señoría, que, por consiguiente, pudo ya leerse en francés, inglés y alemán.
¡Quién lo hubiera pensado!
"¡Con tal de que al jardinero no se le suban los humos a la cabeza!," pensó el señor.
Pero el hombre se lo tomó de modo muy distinto. Deseoso de ser considerado como uno de los mejores jardineros del país, esforzóse por conseguir año tras año los mejores productos. Mas con frecuencia tenía que oír que nunca conseguía igualar la calidad de las peras y manzanas de aquel año famoso. Los melones seguían siendo buenos, pero ya no tenían aquel perfume. Las fresas podían llamarse excelentes, pero no superiores a las de otras fincas, y un año en que no prosperaron los rábanos, sólo se habló de aquel fracaso, sin mencionarse los productos que habían constituido un éxito auténtico.
El dueño parecía experimentar una sensación de alivio cuando podía decir: - ¡Este año no estuvo de suerte, amigo Larsen! -. Y se le veía contentísimo cuando podía comentar: - Este año sí que hemos fracasado.
Un par de veces por semana, el jardinero cambiaba las flores de la habitación, siempre con gusto exquisito y muy bien dispuestas; las combinaba de modo que resaltaran sus colores.
- Tiene usted buen gusto, Larsen - decíale Su Señoría -. Es un don que le ha concedido Dios, no es obra suya.
Un día se presentó el jardinero con una gran taza de cristal que contenía un pétalo de nenúfar; sobre él, y con el largo y grueso tallo sumergido en el agua, había una flor radiante, del tamaño de un girasol.
- ¡El loto del Indostán! - exclamó el dueño.
Jamás habían visto aquella flor; durante el día la pusieron al sol, y al anochecer a la luz de una lámpara. Todos los que la veían la encontraban espléndida y rarísima; así lo manifestó incluso la más distinguida de las señoritas del país, una princesa, inteligente y bondadosa por añadidura.
Su Señoría tuvo a honor regalársela, y la princesa se la llevó a palacio.
Entonces el propietario se fue al jardín con intención de coger otra flor de la especie, pero no encontró ninguna, por lo que, llamando al jardinero, le preguntó de dónde había sacado el loto azul.
- La he estado buscando inútilmente - dijo el señor -. He recorrido los invernaderos y todos los rincones del jardín. - No, desde luego allí no hay - dijo el jardinero -. Es una vulgar flor del huerto. Pero, ¿verdad que es bonita? Parece un cacto azul y, sin embargo, no es sino la flor de la alcachofa.
- Pues tenía que habérmelo advertido -exclamó Su Señoría-. Creímos que se trataba de una flor rara y exótica. Me ha hecho usted tirarme una plancha con la princesa. Vio la flor en casa, la encontró hermosa; no la conocía, a pesar de que es ducha en Botánica, pero esta Ciencia nada tiene de común con las hortalizas. ¿Cómo se le ocurrió, mi buen Larsen, poner una flor así en la habitación? ¡Es ridículo!
Y la hermosa flor azul procedente del huerto fue desterrada del salón de Su Señoría, del que no era digna, y el dueño fue a excusarse ante la princesa, diciéndole que se trataba simplemente de una flor de huerto traída por el jardinero, el cual había sido debidamente reconvenido.
- Pues es una lástima y una injusticia -replicó la princesa-. Nos ha abierto los ojos a una flor de adorno que despreciábamos, nos ha mostrado la belleza donde nunca la habíamos buscado. Quiero que el jardinero de palacio me traiga todos los días, mientras estén floreciendo las alcachofas, una de sus flores a mi habitación.
Y la orden se cumplió.
Su Señoría mandó decir al jardinero que le trajese otra flor de alcachofa.
- Bien mirado, es bonita -observó- y muy notable -. Y encomió al jardinero.
"Esto le gusta a Larsen -pensó-. Es un niño mimado."
Un día de otoño estalló una horrible tempestad, que arreció aún durante la noche, con tanta furia que arrancó de raíz muchos grandes árboles de la orilla del bosque y, con gran pesar de Su Señoría - un "gran pesar" lo llamó el señor -, pero con gran contento del jardinero, también los dos árboles pelados llenos de nidos. Entre el fragor de la tormenta pudo oírse el graznar alborotado de los cuervos y cornejas; las gentes de la casa afirmaron que golpeaban con las alas en los cristales.
- Ya estará usted satisfecho, Larsen -dijo Su Señoría-; la tempestad ha derribado los árboles, y las aves se han marchado al bosque. Aquí nada queda ya de los viejos tiempos; ha desaparecido toda huella, toda señal de ellos. Pero a mí esto me apena.
El jardinero no contestó. Pensaba sólo en lo que habla llevado en la cabeza durante mucho tiempo: en utilizar aquel lugar soleado de que antes no disponía. Lo iba a transformar en un adorno del jardín, en un objeto de gozo para Su Señoría.
Los corpulentos árboles abatidos habían destrozado y aplastado los antiquísimos setos con todas sus figuras. El hombre los sustituyó por arbustos y plantas recogidas en los campos y bosques de la región.
A ningún otro jardinero se le había ocurrido jamás aquella idea. Él dispuso los planteles teniendo en cuenta las necesidades de cada especie, procurando que recibiesen el sol o la sombra, según las características de cada una. Cuidó la plantación con el mayor cariño, y el conjunto creció magníficamente.
Por la forma y el color, el enebro de Jutlandia se elevó de modo parecido al ciprés italiano; lucía también, eternamente verde, tanto en los fríos invernales como en el calor del verano, la brillante y espinosa oxiacanta. Delante crecían helechos de diversas especies, algunas de ellas semejantes a hijas de palmeras, y otras, parecidas a los padres de esa hermosa y delicada planta que llamamos culantrillo. Estaba allí la menospreciada bardana, tan linda cuando fresca, que habría encajado perfectamente en un ramillete. Estaba en tierra seca, pero a mayor profundidad que ella y en suelo húmedo crecía la acedera, otra planta humilde y, sin embargo, tan pintoresca y bonita por su talla y sus grandes hojas. Con una altura de varios palmos, flor contra flor, como un gran candelabro de muchos brazos, levantábase la candelaria, trasplantada del campo. Y no faltaban tampoco las aspérulas, dientes de león y muguetes del bosque, ni la selvática cala, ni la acederilla trifolia. Era realmente magnífico.
elante, apoyadas en enrejados de alambre, crecían, en línea, perales enanos de procedencia francesa. Como recibían sol abundante y buenos cuidados, no tardaron en dar frutos tan jugosos como los de su tierra de origen.
En lugar de los dos viejos árboles pelados erigieron un alta asta de bandera, en cuya cima ondeaba el Danebrog, y a su lado fueron clavadas otras estacas, por las que, en verano y otoño, trepaban los zarcillos del lúpulo con sus fragantes inflorescencias en bola, mientras en invierno, siguiendo una antigua costumbre, se colgaba una gavilla de avena con objeto de que no faltase la comida a los pajarillos del cielo en la venturosa época de las Navidades.
- ¡En su vejez, nuestro buen Larsen se nos vuelve sentimental! -decía Su Señoría-. Pero nos es fiel y adicto.
Por Año Nuevo, una revista ilustrada de la capital publicó una fotografía de la antigua propiedad señorial. Aparecía en ella el asta con la bandera danesa y la gavilla de avena para las avecillas del cielo en los alegres días navideños. El hecho fue comentado y alabado como una idea simpática, que resucitaba, con todos sus honores, una vieja costumbre. - Resuenan las trompetas por todo lo que hace ese Larsen. ¡Es un hombre afortunado! Casi hemos de sentirnos orgullosos de tenerlo.
Pero no se sentía orgulloso el gran señor. Se sentía sólo el amo que podía despedir a Larsen, pero que no lo hacía. Era una buena persona, y de esta clase hay muchas, para suerte de los Larsen. Y ésta es la historia "del jardinero y el señor." Detente a pensar un poco en ella. 




 * * * FIN * * * 




 Hans Christian Andersen

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((59))






Inés del alma mía[Document Transcript]... Cuando por fin pudimos desprendemos del abrazo y recuperar el aliento, salí a dar una orden a Catalina, mientras Rodrigo saludaba a su hija. Media hora más tarde una fila de indios transportó mis baúles, mi reclinatorio y la estatua de Nuestra Señora del Socorro a la casa de Rodrigo de Quiroga, mientras los vecinos de Santiago, que se habían quedado esperando en la plaza de Armas después de la misa, aplaudían. Necesité dos semanas para preparar la boda, porque no quería casarme con disimulo, sino con pompa y ceremonia. Era imposible decorar la casa de Rodrigo en tan poco tiempo, pero nos concentramos en transplantar árboles y arbustos a su patio, preparar arcos de flores y poner toldos y largos mesones para la comida. El padre González de Marmolejo nos casó en lo que hoy es la catedral, pero entonces era la iglesia en construcción, con asistencia de mucha gente, blancos, negros, indios y mestizos. Arreglamos para mí un virginal vestido blanco de Cecilia, ya que no hubo tiempo de encargar la tela para otro. «Cásate de blanco, Inés, porque don Rodrigo merece ser tu primer amor», opinó Cecilia, y tenía razón. La boda fue con misa cantada y después ofrecimos una merienda con platos de mi especialidad, empanadas, cazuela de ave, pastel de maíz, papas rellenas, frijoles con ají, cordero y cabrito asado, verduras de mi chacra y los variados postres que pensaba preparar para la llegada de Pedro de Valdivia. El ágape fue debidamente regado con los vinos que saqué sin cargo de conciencia de la bodega del gobernador, que también era mía. Las puertas de la casa de Rodrigo se mantuvieron abiertas el día entero y quien quiso comer y celebrar con nosotros fue bienvenido. Entre la multitud corrían docenas de niños mestizos e indios y, sentados en sillas dispuestas en semicírculo, estaban los ancianos de la colonia. Catalina calculó que desfilaron trescientas personas por esa casa, pero nunca fue buena para sumar, podrían haber sido más. Al otro día, Rodrigo y yo partimos contigo, Isabel, y un séquito de yanaconas a pasar unas semanas de amor en mi chacra. También nos acompañaron varios soldados para protegernos de los indios chilenos, que solían atacar a los viajeros incautos. Catalina y mis fieles criadas traídas del Cuzco quedaron a cargo de acomodar lo mejor posible la vivienda de Rodrigo; el resto de la numerosa servidumbre permaneció donde siempre. Recién entonces Valdivia se atrevió a desembarcar con sus dos mancebas y volver a su casa en Santiago, que encontró limpia, ordenada y bien abastecida, sin rastro mío. [59]






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