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sábado, marzo 15, 2014

::::>>La gran serpiente de mar<<:::::::




Érase un pececillo marino de buena familia, cuyo nombre no recuerdo; pero esto te lo dirán los sabios. El pez tenía mil ochocientos hermanos, todos de la misma edad. No conocían a su padre ni a su madre, y desde un principio tuvieron que gobernárselas solos, nadando de un lado para otro, lo cual era muy divertido. Agua para beber no les faltaba: todo el océano, y en la comida no tenían que pensar, pues venía sola. Cada uno seguía sus gustos, y cada uno estaba destinado a tener su propia historia, pero nadie pensaba en ello.
La luz del sol penetraba muy al fondo del agua, clara y luminosa, e iluminaba un mundo de maravillosas criaturas, algunas enormes y horribles, con bocas espantosas, capaces de tragarse de un solo bocado a los mil ochocientos hermanos; pero a ellos no se les ocurría pensarlo, ya que hasta el momento ninguno había sido engullido.
Los pequeños nadaban en grupo apretado, como es costumbre de los arenques y caballas. Y he aquí que cuando más a gusto nadaban en las aguas límpidas y transparentes, sin pensar en nada, de pronto se precipitó desde lo alto, con un ruido pavoroso, una cosa larga y pesada, que parecía no tener fin. Aquella cosa iba alargándose y alargándose cada vez más, y todo pececito que tocaba quedaba descalabrado o tan mal parado, que se acordaría de ello toda la vida. Todos los peces, grandes y pequeños, tanto los que habitaban en la superficie como los del fondo del mar, se apartaban espantados, mientras el pesado y larguísimo objeto se hundía progresivamente, en una longitud de millas y millas a través del océano.
Peces y caracoles, todos los seres vivientes que nadan, se arrastran o son llevados por la corriente, se dieron cuenta de aquella cosa horrible, aquella anguila de mar monstruosa y desconocida que de repente descendía de las alturas.
¿Qué era pues? Nosotros lo sabemos. Era el gran cable submarino, de millas y millas de longitud, que los hombres tendían entre Europa y América.
Dondequiera que cayó se produjo un pánico, un desconcierto y agitación entre los moradores del mar. Los peces voladores saltaban por encima de la superficie marina a tanta altura como podían; el salmonete salía disparado como un tiro de escopeta, mientras otros peces se refugiaban en las profundidades marinas, echándose hacia abajo con tanta prisa, que llegaban al fondo antes que allí hubieran visto el cable telegráfico, espantando al bacalao y a la platija, que merodeaban apaciblemente por aquellas regiones, zampándose a sus semejantes.
Unos cohombros de mar se asustaron tanto, que vomitaron sus propios estómagos, a pesar de lo cual siguieron vivos, pues para ellos esto no es un grave trastorno. Muchas langostas y cangrejos, a fuerza de revolverse, se salieron de su buena coraza, dejándose en ella sus patas.
Con todo aquel espanto y barullo, los mil ochocientos hermanos se dispersaron y ya no volvieron a encontrarse nunca; en todo caso, no se reconocieron. Sólo media docena se quedó en un mismo lugar, y, al cabo de unas horas de estarse quietecitos, pasado ya el primer susto, empezaron a sentir el cosquilleo de la curiosidad.
Miraron a su alrededor, arriba y abajo, y en las honduras creyeron entrever el horrible monstruo, espanto de grandes y chicos. La cosa estaba tendida sobre el suelo del mar, hasta más lejos de lo que alcanzaba su vista; era muy delgada, pero no sabían hasta qué punto podría hincharse ni cuán fuerte era. Se estaba muy quieta, pero, temían ellos, a lo mejor era un ardid.
- Dejadlo donde está. No nos preocupemos de él -dijeron los pececillos más prudentes; pero el más pequeño estaba 00empeñado en saber qué diablos era aquello. Puesto que había venido de arriba, arriba le informarían seguramente, y así el grupo se remontó nadando hacia la superficie. El mar estaba encalmado, sin un soplo de viento. Allí se encontraron con un delfín; es un gran saltarín, una especie de payaso que sabe dar volteretas sobre el mar. Tenía buenos ojos,
debió de haberlo visto todo y estaría enterado. Lo interrogaron, pero resultó que sólo había estado atento a sí mismo y a sus cabriolas, sin ver nada; no supo contestar, y permaneció callado con aire orgulloso.
Dirigiéronse entonces a la foca, que en aquel preciso momento se sumergía. Ésta fue más cortés, a pesar de que se come los peces pequeños; pero aquel día estaba harta. Sabía algo más que el saltarín.
- Me he pasado varias noches echada sobre una piedra húmeda, desde donde veía la tierra hasta una distanciada varias millas. Allí hay unos seres muy taimados que en su lengua se llaman hombres. Andan siempre detrás de nosotros pero generalmente nos escapamos de sus manos. Eso es lo que yo he hecho, y de seguro que lo mismo hizo la anguila marina por quien preguntáis. Estuvo en su poder, en la tierra firme, Dios sabe cuánto tiempo. Los hombres la cargaron en un barco para transportarla a otra tierra, situada al otro lado del mar. Yo vi cómo se esforzaban y lo que les costó dominarla, pero al fin lo consiguieron, pues ella estaba muy débil fuera del agua. La arrollaron y dispusieron en círculos; oí el ruido que hacían para sujetarla, pero, con todo, ella se les escapó, deslizándose por la borda. La tenían agarrada con todas sus fuerzas, muchas manos la sujetaban, pero se escabulló y pudo llegar al fondo. Y supongo que allí se quedará hasta nueva orden.
- Está algo delgada -dijeron los pececillos.
- La han matado de hambre -respondió la foca-, pero se repondrá pronto y recobrará su antigua gordura y corpulencia. Supongo que es la gran serpiente de mar, que tanto temen los hombres y de la que tanto hablan. Yo no la había visto nunca, ni creía en ella; ahora pienso que es ésta -y así diciendo, se zambulló.
- ¡Lo que sabe ésa! ¡Y cómo se explica! -dijeron los peces-. Nunca supimos nosotros tantas cosas. ¡Con tal que no sean mentiras!
- Vámonos abajo a averiguarlo -dijo el más pequeñín-. En camino oiremos las opiniones de otros peces.
- No daremos ni un coletazo por saber nada -replicaron los otros, dando la vuelta.
- Pues yo, allá me voy -afirmó el pequeño, y puso rumbo al fondo del mar. Pero estaba muy lejos del lugar donde yacía "el gran objeto sumergido." El pececillo todo era mirar y buscar a uno y otro lado, a medida que se hundía en el agua. Nunca hasta entonces le había parecido tan grande el mundo. Los arenques circulaban en grandes bandadas, brillando como una gigantesca embarcación de plata, seguidos de las caballas, todavía más vistosas. Pasaban peces de mil formas, con dibujos de todos los colores; medusas semejantes a flores semitransparentes se dejaban arrastrar, perezosas, por la corriente. Grandes plantas crecían en el fondo del mar, hierbas altas como el brazo y árboles parecidos a palmeras, con las hojas cubiertas de luminosos crustáceos.
Por fin el pececillo distinguió allá abajo una faja oscura y larga, y a ella se dirigió; pero no era ni un pez ni el cable, sino la borda de un gran barco naufragado, partido en dos por la presión del agua. El pececillo estuvo nadando por las cámaras y bodegas. La corriente se había llevado todas las víctimas del naufragio, menos dos: una mujer joven yacía extendida, con un niño en brazos. El agua los levantaba y mecía; parecían dormidos. El pececillo se llevó un gran susto; ignoraba que ya no podían despertarse. Las algas y plantas marinas colgaban a modo de follaje sobre la borda y sobre los hermosos cuerpos de la madre y el hijo. El silencio y la soledad eran absolutos. El pececillo se alejó con toda la ligereza que le permitieron sus aletas, en busca de unas aguas más luminosas y donde hubiera otros peces. No había llegado muy lejos cuando se topó con un ballenato enorme.
- ¡No me tragues! -rogóle el pececillo-. Soy tan pequeño, que no tienes ni para un diente, y me siento muy a gusto en la vida.
- ¿Qué buscas aquí abajo, dónde no vienen los de tu especie? le preguntó el ballenato.
Y el pez le contó lo de la anguila maravillosa o lo que fuera, que se había sumergido desde la superficie, asustando incluso a los más valientes del mar.
- ¡Oh, oh! -exclamó la ballena, tragando tanta agua, que hubo de disparar un chorro enorme para remontarse a respirar-. Entonces eso fue lo que me cosquilleo en el lomo cuando me volví. Lo tomé por el mástil de un barco que hubiera podido usar como estaca.
Pero eso no pasó aquí; fue mucho más lejos. Voy a enterarme. Así como así, no tengo otra cosa que hacer.
Y se puso a nadar, y el pececito lo siguió, aunque a cierta distancia, pues por donde pasaba el ballenato se producía una corriente impetuosa.
Encontráronse con un tiburón y un viejo pez-sierra; uno y otro tenían noticias de la extraña anguila de mar, tan larga y delgaducha; como verla, no la habían visto, y a eso iban.
Acercóse entonces un gato marino.
- Voy con vosotros -dijo; y se unió a la partida.
- Como esa gran serpiente marina no sea más gruesa que una soga de ancla, la partiré de un mordisco-. Y, abriendo la boca, exhibió seis hileras de dientes-. Si dejo señales en un ancla de barco, bien puedo partir la cuerda.
- ¡Ahí está! -exclamó el ballenato-. Ya la veo -. Creía tener mejor vista que los demás-. ¡Mirad cómo se levanta, mirad cómo se dobla y retuerce!
Pero no era sino una enorme anguila de mar, de varias varas de longitud, que se acercaba.
- Ésa la vimos ya antes -dijo el pez-sierra-. Nunca ha provocado alboroto en el mar, ni asustado a un pez gordo.
Y, dirigiéndose a ella, le hablaron de la nueva anguila, preguntándole si quería participar en la expedición de descubrimiento.
- Si la anguila es más larga que yo, habrá una desgracia -dijo la recién llegada.
- La habrá -contestaron los otros-. Somos bastantes para no tolerarlo -y prosiguieron la ruta.
Al poco rato se interpuso en su camino algo enorme, un verdadero monstruo, mayor que todos ellos juntos. Parecía una isla flotante que no pudiera mantenerse a flor de agua. Era una ballena matusalénica; tenía la cabeza invadida de plantas marinas, y el lomo tan cubierto de animales reptadores, ostras y moluscos, que toda su negra piel parecía moteada de blanco.
- Vente con nosotros, vieja -le dijeron-. Ha aparecido un nuevo pez que no podemos tolerar.
- Prefiero seguir echada -contestó la vieja ballena-. Dejadme en paz, dejadme descansar. ¡Uf!, tengo una enfermedad grave; sólo me alivio cuando subo a la superficie y saco la espalda del agua. Entonces acuden las hermosas aves marinas y me limpian el lomo. ¡Da un gusto cuando no hunden demasiado el pico! Pero a veces lo hincan hasta la grasa. ¡Mirad! Todavía tengo en la espalda el esqueleto de un ave. Clavó las garras demasiado hondas y no pudo soltarse cuando me sumergí. Los peces pequeños la han mondado. ¡Buenas estamos las dos! Estoy enferma.
- Pura aprensión -dijo el ballenato-. Yo no estoy nunca enfermo. Ningún pez lo está jamás.
- Dispensa -dijo la vieja-. Las anguilas enferman de la piel, la carpa sufre de viruelas, y todos padecemos de lombrices intestinales.
- ¡Tonterías! -exclamó el tiburón, y se marcharon sin querer oír más; tenían otra cosa que hacer.
Finalmente llegaron al lugar donde había quedado tendido el cable telegráfico. Era una cuerda tendida en el fondo del mar, desde Europa a América, sobre bancos de arena y fango marino, rocas y selvas enteras de coral. Allí cambiaba la corriente, formábanse remolinos y había un hervidero de peces, en bancos más numerosos que las innúmeras bandadas de aves que los hombres ven desfilar en la época de la migración. Todo es bullir, chapotear, zumbar y rumorear. Algo de este ruido queda en las grandes caracolas, y lo podemos percibir cuando les aplicamos el oído.
- ¡Allí está el bicho! -dijeron los peces grandes, y el pequeño también. Y estuvieron un rato mirando el cable, cuyo principio y fin se perdían en el horizonte.
Del fondo se elevaban esponjas, pólipos y medusas, y volvían a descender doblándose a veces encima de él, por lo que a trechos quedaba visible, y a trechos oculto. Alrededor rebullían erizos de mar, caracoles y gusanos. Gigantescas arañas, cargadas con toda una tripulación de crustáceos, se pavoneaban cerca del cable. Cohombros de mar -de color azul oscuro-, o como se llamen estos bichos que comen con todo el cuerpo, yacían oliendo el nuevo animal que se había instalado en el suelo marino. La platija y el bacalao se revolvían en el agua, escuchando en todas direcciones. La estrella de mar que se excava un hoyo en el fango y saca sólo al exterior los dos largos tentáculos con los ojos, permanecía con la mirada fija, atenta a lo que saliera de todo aquel barullo.
El cable telegráfico seguía inmóvil en su sitio, y, sin embargo, habían en él vida y pensamientos; los pensamientos humanos circulaban a su través.
- Este objeto lleva mala intención -dijo el ballenato-. Es capaz de pegarme en el estómago, que es mi punto sensible.
- Vamos a explorarlo -propuso el pólipo-. Yo tengo largos brazos y dedos flexibles; ya lo he tocado, y voy a cogerlo un poco más fuerte.
Y alargó los más largos de sus elásticos dedos para sujetar el cable.
- No tiene escamas -dijo- ni piel. Me parece que no dará crías vivas.
La anguila se tendió junto al cable, estirándose cuanto pudo. 
- ¡Pues es más largo que yo! -dijo-. Pero no se trata sólo de la longitud. Hay que tener piel, cuerpo y agilidad. El ballenato, joven y fuerte, descendió a mayor profundidad de la que jamás alcanzara.
- ¿Eres pez o planta? -preguntó-. ¿O serás solamente una de esas obras de allá arriba, que no pueden medrar entre nosotros?
Mas el cable no respondió; no lo hace nunca en aquel punto. Los pensamientos pasaban de largo; en un segundo recorrían centenares de millas, de uno a otro país.
- ¿Quieres contestar, o prefieres que te partamos a mordiscos? -preguntó el fiero tiburón, al que hicieron coro los demás peces.
El cable siguió inmóvil, entregado a sus propios pensamientos, cosa natural, puesto que está lleno de ideas.
- Si me muerden, ¿a mi qué? Me volverán arriba y me repararán. Ya le ocurrió a otros miembros de mi familia, en mares más pequeños.
Por eso continuó sin contestar; otros cuidados tenía. Estaba telegrafiando, cumpliendo su misión en el fondo del mar.
Arriba, se ponía el sol, como dicen los hombres. Volvióse el astro como de vivísimo fuego, y todas las nubes del cielo adquirieron un color rojo, a cual más hermoso.
- Ahora llega la luz roja -dijeron los pólipos-. Así veremos mejor la cosa, si es que vale la pena.
- ¡A ella, a ella! -gritó el gato marino, mostrando los dientes.
- ¡A ella, a ella! -repitieron el pez-espada, el ballenato y la anguila.
Y se lanzaron al ataque, con el gato marino a la cabeza; pero al disponerse a morder el cable, el pez-sierra, de puro entusiasmo, clavó la sierra en el trasero del gato. Fue una gran equivocación, pues el otro no tuvo ya fuerzas para hincar los dientes.
Aquello produjo un gran revuelo en la región del fango: peces grandes y chicos, cohombros de mar y caracoles se arrojaron unos contra otros, devorándose mutuamente, aplastándose y despedazándose, mientras el cable permanecía tranquilo, realizando su servicio, que es lo que ha de hacer.
Arriba reinaba la noche oscura, pero brillaban las miríadas de animalículos fosforescentes que pueblan el mar. Entre ellos brillaba un cangrejo no mayor que una cabeza de alfiler. Parece mentira, pero así es.
Todos los peces y animales marinos miraban el cable. 
- ¿Qué será, qué no será?-. Ahí estaba el problema.
En esto llegó una vaca marina, a la que los hombres llaman sirena. Era hembra, tenía cola y dos cortos brazos para chapotear, y un pecho colgante; en la cabeza llevaba algas y parásitos, de lo cual estaba muy orgullosa.
- Si deseáis adquirir ciencia y conocimientos -dijo-, yo soy la única que os los puede dar; pero a cambio reclamo pastos exentos de peligro en el fondo marino para mí y los míos. Soy un pez como vosotros, y, además, terrestre, a fuerza de ejercicio. En el mar soy el más inteligente; conozco todo lo que se mueve acá abajo y todo lo que hay allá arriba. Este objeto que os lleva de cabeza procede de arriba, y todo lo que de allí cae, está muerto, o se muere y queda impotente. Dejadlo como lo que es, una invención humana y nada más.
- Pues yo creo que es algo más -dijo el pececito.
- ¡Cállate la boca, caballa! -gritó la gorda vaca marina.
- ¡Perca! -la increparon los demás, lo cual era aún más insultante.00 Y la vaca marina les explicó que aquel animal que tanto les había alarmado y que, por lo demás, no había dicho esta boca es mía, no era otra cosa sino una invención de la tierra seca. Y pronunció una breve conferencia sobre la astucia de los humanos.
- Quieren cogernos -dijo-; sólo viven para esto. Tienden redes, y vienen con cebo en el anzuelo para atraernos. Éste de ahí es una especie de larga cuerda, y creyeron que la morderíamos, los tontos. Pero a nosotros no nos la pegan. Nada de tocarla, ya veréis cómo ella sola se pudre y se deshace. Todo lo que viene de arriba no vale para nada.
- ¡No vale para nada! -asintieron todos, y para tener una opinión adoptaron la de la vaca marina.
Mas el pececillo se quedó con su primera idea.
- Esta serpiente tan delgada y tan larga es quizás el más maravilloso de todos los peces del mar. Lo presiento. - El más maravilloso -decimos también los hombres; y lo decimos con conocimiento de causa.
Es la gran serpiente marina, que desde hace tiempo anda en canciones y leyendas.
Fue gestada como hija de la humana inteligencia, y bajada al fondo del mar desde las tierras orientales a las occidentales, para llevar las noticias y mensajes con la misma rapidez con que los rayos del sol llegan a nuestro Planeta. Crece crece en poder y extensión, año tras año, a través de todos los mares, alrededor de toda la Tierra, por debajo de las aguas tempestuosas y de las límpidas y claras, cuyo fondo ve el navegante, como si surcara el aire transparente, descubriendo el inmenso tropel de peces que constituyen un milagroso castillo de fuegos artificiales. Allá en los abismos marinos yace la serpiente, el bendito monstruo marino que se muerde la cola al rodear todo el Globo. Peces y reptiles arremeten de cabeza contra él, no comprenden esta creación venida de lo alto: la serpiente de la ciencia del bien y del mal, repleta de pensamientos humanos, silenciosa, y que, no obstante, habla en todas las lenguas, la más maravillosa de las maravillas del mar de nuestra época: la gran serpiente marina. 




 * * * FIN * * * 




 Hans Christian Andersen





miércoles, marzo 12, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((58))





Inés del alma mía[Document Transcript]... -Leed esto, por favor, padre, y decidme qué significa -dije, y tendí la carta al clérigo.
-Conozco su contenido, hija. El gobernador me hizo el honor de confiar en mí y pedirme consejo.
-Entonces, ¿esta maldad es idea vuestra?
-No, doña Inés, son órdenes de La Gasca, máxima autoridad del rey y de la Iglesia en esta parte del mundo. Aquí tengo los papeles, puedes verlos por ti misma. Tu adulterio con Pedro es motivo de escándalo.
-Ahora, cuando ya no me necesitan, mi amor por Pedro es un escándalo, pero cuando encontré agua en el desierto, curé a enfermos, enterré muertos y salvé Santiago de los indios, entonces yo era una santa.
-Sé lo que sientes, hija mía...
-No, padre, no sospecháis cómo me siento. Es de una ironía satánica que sólo la concubina sea culpable, siendo ella libre y siendo él casado. No me sorprende la bajeza de La Gasca, fraile, mal que mal, pero sí la cobardía de Pedro. -No tuvo alternativa, Inés.
-Para un hombre bien nacido, siempre hay alternativa cuando se trata de defender el honor. Os advierto, padre, que no me iré de Chile, porque yo lo conquisté y lo fundé.
-¡Cuídate de la soberbia, Inés! Supongo que no quieres que venga la Inquisición a resolver esto a su manera.
-¿Me amenazáis? -le pregunté con el estremecimiento que siempre me produce el nombre de la Inquisición.
-Nada más lejos de mi ánimo que amenazarte, hija. Traigo el encargo del gobernador de proponerte una solución para que puedas permanecer en Chile.
-¿Cuál?
-Podrías casarte... -logró decir el religioso entre carraspeos, retorciéndose en susilla-. Es la única forma de que puedas permanecer en Chile. No faltarán hombres dichosos de desposar a una mujer con tus méritos y con una dote como la tuya. Al inscribir tus bienes a nombre de tu marido, no podrán quitártelos.
Durante un buen rato no me salió la voz. Me costó creer que me estaba ofreciendo esa torcida solución, la última que se me habría ocurrido.
-El gobernador quiere ayudarte, aunque eso signifique renunciar a ti. ¿No ves que el suyo es un acto desinteresado, una prueba de amor y gratitud? -agregó el clérigo.
Se abanicaba, nervioso, espantando a las moscas del verano, mientras yo me paseaba a grandes zancadas por la galería, procurando calmarme. La idea no era fruto de una súbita inspiración, ya había sido sugerida por Pedro de Valdivia a La Gasca en el Perú, y éste la había aprobado, es decir, mi suerte fue decidida a mis espaldas. La traición de Pedro me pareció gravísima y una oleada de odio me bañó como agua sucia de pies a cabeza, llenándome la boca de bilis. En ese instante deseaba matar al fraile con las manos desnudas, y debí hacer un esfuerzo enorme para comprender que él era sólo el mensajero; quien merecía mi venganza era Pedro, y no ese pobre anciano que sudaba de susto en su sotana. De pronto me golpeó algo así como un puñetazo en el pecho que me cortó el aliento y me hizo tambalear. El corazón se me disparó en un corcoveo de caballo chúcaro, como nunca antes había sentido. Me subió toda la sangre a las sienes, me flaquearon las piernas y se me fue la luz. Alcancé a desplomarme en una silla, de otro modo habría rodado por el suelo. El desvanecimiento me duró sólo unos instantes, pronto recuperé los sentidos y me encontré con la cabeza apoyada en las rodillas. En esa postura esperé hasta que se regularizaron los latidos en mi pecho y recobré el ritmo de la respiración. Culpé del breve desvanecimiento a la ira y el calor, sin sospechar que se me había roto el corazón y tendría que vivir treinta años más con esa partidura.
-Supongo que Pedro, quien tanto desea ayudarme, se dio también la molestia de escoger un esposo para mí, ¿verdad? -pregunté a Marmolejo, cuando pude hablar.
-El gobernador tiene un par de nombres en mente...
-Decidle a Pedro que acepto el trato y que yo misma escogeré a mi futuro esposo, porque pretendo casarme por amor y ser muy feliz.
-Inés, vuelvo a advertirte que la soberbia es un pecado mortal.
-Decidme una cosa, padre. ¿Es cierto el rumor de que Pedro trajo a dos mancebas con él?
González de Marmolejo no respondió, confirmando con su silencio los chismes que me habían llegado. Pedro había reemplazado a una mujer de cuarenta por dos de veinte. Eran un par de españolas, María de Encio y su misteriosa sirvienta, Juana Jiménez, quien también compartía el lecho de Pedro y, según decían, controlaba a ambos con sus artes de hechicería. ¿Hechicería? Lo mismo dijeron de mí. A veces basta secar el sudor de la frente de un hombre cansado para que coma de la mano que lo acaricia. No se necesita ser nigromante para eso. Ser leal y alegre, escuchar -o al menos fingir que una lo hace-, cocinar sabroso, vigilarlo sin que se dé cuenta para evitar que cometa tonterías, gozar y hacerlo gozar en cada abrazo, y otras cosas muy sencillas son la receta. Podría resumirlo en dos frases: mano de hierro, guante de seda.
Recuerdo que cuando Pedro me habló de la camisa de dormir con un ojal en forma de cruz que usaba su esposa Marina, me hice la secreta promesa de no ocultar mi cuerpo al hombre que compartiese mi lecho. Mantuve esa decisión y lo hice con tal desvergüenza hasta el último día que estuve junto a Rodrigo, que él nunca notó que se me habían aflojado las carnes, como a cualquier anciana. Los hombres que me han tocado han sido simples: actué como si fuese bella y ellos lo creyeron. Ahora estoy sola y no tengo a quién hacer feliz en el amor, pero puedo asegurar que Pedro lo fue mientras estuvo conmigo y Rodrigo también, incluso cuando su enfermedad le impedía tomar la iniciativa. Disculpa, Isabel, sé que leerás estas líneas algo turbada, pero es conveniente que aprendas. No les hagas caso a los curas, que de esto nada saben.
Santiago ya era una ciudad de quinientos vecinos, pero las habladurías circulaban tan deprisa como en una aldea, por eso decidí no perder tiempo en remilgos. Mi corazón siguió dando brincos durante varios días después de la conversación con el clérigo. Catalina me preparó agua de cochayuyo, unas algas secas del mar, que puso a remojar por la noche. Hace treinta años que bebo ese líquido viscoso al despertar, ya me acostumbré a su repugnante sabor, y gracias a eso estoy viva. Ese domingo me vestí con mis mejores galas, te tomé de la mano, Isabel, porque vivías conmigo desde hacía meses, y crucé la plaza rumbo al solar de Rodrigo de Quiroga a la hora en que la gente salía de misa, para que no quedara nadie sin verme. Iban con nosotras Catalina, tapada con su manto negro y mascullando encantamientos en quechua, más efectivos
que los rezos cristianos en estos casos, y Baltasar, con su trotecito de perro viejo. Un indio me abrió la puerta y me condujo a la sala, mientras mis acompañantes se quedaban en el polvoriento patio cagado por las gallinas. Eché una mirada alrededor y comprendí que había mucho trabajo por delante para convertir ese galpón militar, desnudo y feo, en un lugar habitable. Supuse que Rodrigo ni siquiera contaba con una cama decente y dormía en un camastro de soldado; con razón tú te habías adaptado tan rápido a las comodidades de mi casa. Sería necesario reemplazar esos toscos muebles de palo y suela, pintar, comprar lo necesario para vestir las paredes y el suelo, construir galerías de sombra y de sol, plantar árboles y flores, poner fuentes en el patio, reemplazar la paja del techo con tejas, en fin, tendría entretención para años. Me gustan los proyectos. Momentos después entró Rodrigo, sorprendido, porque yo nunca lo había visitado en su casa. Se había quitado el jubón dominical y vestía calzas y una camisa blanca de mangas anchas, abierta en el pecho. Me pareció muy joven y tuve la tentación de salir huyendo por donde había llegado. ¿Cuántos años menor que yo era ese hombre?
-Buen día, doña Inés. ¿Sucede algo? ¿Cómo está Isabel?
-Vengo a proponeros matrimonio, don Rodrigo. ¿Qué os parece? -le solté de un tirón, porque no era posible andar con rodeos en semejantes circunstancias.
Debo decir, en honor a Quiroga, que tomó mi propuesta con una ligereza de comedia. Se le iluminó la cara, levantó los brazos al cielo y lanzó un largo grito de indio, inesperado en un hombre de su compostura. Por supuesto que ya le había llegado el rumor de lo ocurrido en el Perú con La Gasca y de la extraña solución que se le ocurrió al gobernador; todos los capitanes lo comentaban, en especial los solteros. Tal vez él sospechaba que sería mi elegido, pero era demasiado modesto para darlo por seguro. Quise explicarle los términos del acuerdo, pero no me dejó hablar, me tomó en sus brazos con tanta urgencia, que me levantó del suelo y, sin más, me tapó la boca con la suya. Entonces me di cuenta de que yo también había esperado ese momento desde hacía casi un año. Me aferré a su camisa a dos manos y le devolví el beso con una pasión que llevaba mucho tiempo dormida o engañada, una pasión que tenía reservada para Pedro de Valdivia y que clamaba por ser vivida antes de que se me fuera la juventud. Sentí la certeza de su deseo, sus manos en mi cintura, en la nuca, en el cabello, sus labios en mi cara y cuello, su olor de hombre joven, su voz murmurando mi nombre, y me sentí plenamente dichosa. ¿Cómo pude pasar en un minuto del dolor por haber sido abandonada a la felicidad de sentirme querida? En aquellos tiempos yo debía de ser muy veleta... Me juré en ese instante que sería fiel hasta la muerte a Rodrigo, y no sólo he cumplido ese juramento al pie de la letra, además lo he amado durante treinta años, cada día más. Resultó muy fácil quererlo. Rodrigo siempre fue admirable, en eso estaba todo el mundo de acuerdo, pero los mejores hombres suelen tener graves defectos que sólo se manifiestan en la intimidad. No era el caso de ese noble hidalgo, soldado, amigo y marido. Nunca pretendió que olvidara a Pedro de
Valdivia, a quien respetaba y quería, incluso me ayudó a preservar su memoria para que Chile, tan ingrato, lo honre como merece, pero se propuso enamorarme y lo consiguió. [58]





::::>>"¡Baila, baila, muñequita!"<<:::::::




"Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas," aseguró tía Malle. "Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este "¡Baila, baila, muñequita mía!.""


Pero la pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle.


Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella.
¡Baila, baila, muñequita,
qué fina es la señorita!
Y también el caballero
con sus guantes y sombrero,
calzón blanco y frac planchado
y muy brillante calzado.
Son bien finos, a fe mía.
Baila, muñequita mía.


Ahí está Lisa, que es muy vieja,
unque ahora no semeja,
con la cera que le han dado,
que sea del año pasado.
Como nueva está y entera.
Baila con tu compañera,
seréis tres para bailar.
¡Bien nos vamos a alegrar!


Baila, baila, muñequita, pie hacia fuera, tan bonita.
Da el primer paso, garbosa,
siempre esbelta y tan graciosa.
Gira y salta sin parar,
que muy sano es el saltar.
¡Vaya baile delicioso!
¡Sois un grupo primoroso!
Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólotía Malle no la entendía; no estaba ya para niñerías. "¡Es una bobada!" decía. Pero Amalita no es boba, y la canta.


Por ella es por quien la sabemos. 




 * * * FIN * * * 



 Hans Christian Andersen

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((57))





Inés del alma mía[Document Transcript]... Meses después de la campaña militar de Villagra, el cabildo envió al norte a Francisco de Aguirre con la misión de reconstruir las ciudades avasalladas por los indios y conseguir aliados, pero el capitán vasco aprovechó la oportunidad para dar rienda suelta a su impulsivo y cruel temperamento. Caía sobre los rancheríos sin misericordia, cogía a todos los hombres, desde los niños hasta los ancianos, los
encerraba en barracones de madera y los quemaba vivos. Así estuvo a punto de exterminar por completo a la población indígena y, según él mismo contaba riéndose, después debió preñar a las viudas para repoblar. Y no doy más detalles porque me temo que estas páginas contienen más truculencia de la que puede tolerar un alma cristiana. En el Nuevo Mundo nadie anda con remilgos a la hora de ejercer violencia. ¿Qué digo? Violencia como la que practicaba Aguirre existe por igual en todas partes y en todos los tiempos. Nada cambia, los seres humanos repetimos los mismos pecados una y otra vez, eternamente. Esto ocurría en las Indias, mientras en España el emperador Carlos V promulgaba las Leyes Nuevas, en que confirmaba que los indios eran súbditos de la Corona y advertía a los encomenderos que no podían obligarlos a trabajar o darles castigo físico, que debían contratarlos por escrito y pagarles en moneda dura. Más aún, los conquistadores debían abordar a los indígenas por las buenas, pidiéndoles con gentiles palabras que aceptaran al Dios y al rey de los cristianos, que regalaran su tierra y se pusieran a las órdenes de sus nuevos amos. Como tantas leyes bien intencionadas, éstas quedaban en tinta y papel. «Nuestro soberano debe estar peor de la cabeza de lo que suponemos, si piensa que esto es posible», comentó Aguirre al respecto. Tenía razón. ¿Qué hicieron las gentes en España cuando llegaron extranjeros a imponer sus costumbres y su religión? Combatirlos hasta la muerte, por supuesto.
Entretanto, Pedro consiguió reunir a un número considerable de soldados en el Perú y emprendió el camino de regreso por tierra siguiendo la ruta conocida del desierto de Atacama. Cuando ya había viajado durante semanas, un mensajero de La Gasca le dio alcance a galope tendido y lo conminó a regresar a la Ciudad de los Reyes, donde había un voluminoso legajo de acusaciones contra él. Valdivia debió dejar la tropa al mando de sus capitanes y dar media vuelta para enfrentar a la justicia. De nada le sirvió la ayuda prestada al rey y a La Gasca para derrotar a Gonzalo Pizarro y devolver la paz al Perú, ya que de todos modos fue enjuiciado.
Además de los enemigos envidiosos que Valdivia se granjeó en el Perú, había otros detractores que viajaron desde Chile con el fin de destruirlo. Los cargos en su contra eran más de cincuenta, pero sólo recuerdo los más importantes y los que me conciernen. Lo acusaron de nombrarse gobernador sin autorización de Francisco Pizarro, quien sólo le dio el título de teniente gobernador; de ordenar la muerte de Sancho de la Hoz y de otros españoles inocentes, como el joven Escobar, condenado por celos; aseguraron que había robado el dinero de los colonos, pero no aclararon que Pedro ya había pagado casi toda esa deuda con el producto de la mina de Marga- Marga, como había prometido; dijeron que se había apoderado de las mejores tierras y de miles de indios, sin mencionar que corría con diversos gastos de la colonia, financiaba a los soldados, prestaba dinero sin interés y, en buenas cuentas, actuaba como tesorero de Chile con el dinero de su propio bolsillo, ya que nunca fue avaro o codicioso; agregaron que había dado riqueza en demasía a una tal Inés Suárez, con quien convivía en concubinato escandaloso. Lo que más indignación me produjo
después, cuando me enteré de los pormenores, fue que esos villanos sostuviesen que yo manejaba a Pedro como me daba la gana y que para obtener algo del gobernador era necesario pagarle comisión a su barragana. Pasé muchas penurias en la conquista de Chile y he dedicado mi vida a fundar este reino. No es caso de dar una lista de lo que he realizado con mi esfuerzo, porque está inscrito en los archivos del cabildo y quien dude puede ir a consultarlos. Es cierto que Pedro me honró con valiosas tierras y encomiendas, lo que produjo rencor en personas mezquinas y de corta memoria, pero no es cierto que me las gané en la cama. Mi fortuna se ha acrecentado porque la administré con el mismo buen juicio de campesina que heredé de mi madre, que en paz descanse. «Que salga menos de lo que entra», era la filosofía de ella respecto al dinero, fórmula que no puede fallar. Como hidalgos españoles que eran, Pedro y Rodrigo nunca se ocuparon de la gerencia de sus bienes o de los negocios; Pedro murió pobre y Rodrigo vivió rico gracias a mí.00 A pesar de simpatizar con el acusado, a quien tanto debía, La Gasca llevó a cabo el juicio hasta las últimas consecuencias. No se hablaba de otra cosa en el Perú y mi nombre andaba de boca en boca: que era bruja, usaba pociones para enloquecer a los hombres, había sido meretriz en España y luego en Cartagena, me mantenía lozana bebiendo sangre de recién nacidos, y otros horrores que me abochorna repetir. Pedro probó su inocencia, desbaratando los cargos uno a uno, y al final la única que salió perdiendo fui yo. La Gasca ratificó una vez más su nombramiento de gobernador, sus títulos y honores, sólo le exigió que pagara sus deudas en un plazo prudente; pero respecto a mí este clérigo -que merece cocinarse en el infierno- fue durísimo. Ordenó al gobernador despojarme de mis bienes y repartirlos entre los capitanes, separarse de mí de inmediato y enviarme al Perú o a España, donde tendría oportunidad de expiar mis pecados en un convento.
Pedro estuvo ausente un año y medio y regresó del Perú con doscientos soldados, de los cuales ochenta llegaron con él en barco y el resto por tierra. Cuando supe que venía me entró una fiebre de actividad que casi enloquece a la servidumbre. Puse a todos a pintar, lavar cortinas, plantar flores en los maceteros, preparar las golosinas que a él le gustaban, tejer mantas y coser sábanas nuevas. Era verano y ya producíamos en las huertas de los alrededores de Santiago las frutas y verduras de España, sólo que más sabrosas. Con Catalina nos dedicamos a preparar conservas y los postres favoritos de Pedro. Por primera vez en años me preocupé de mi aspecto, incluso me hice primorosas camisas y sayas para recibirlo como una novia. Tenía alrededor de cuarenta años, pero me sentía joven y atractiva, tal vez porque el cuerpo no me había cambiado, como es el caso de las mujeres sin hijos, y porque me veía reflejada en los ojos tímidos de Rodrigo de Quiroga, pero temía que Pedro notara las finas arrugas de los ojos, las venas en las piernas, las manos callosas por el trabajo. Decidí abstenerme de hacerle reproches: lo hecho, hecho estaba; deseaba
reconciliarme con él, volver a los tiempos en que fuimos amantes de leyenda. Teníamos mucha historia juntos, diez años de lucha y pasión, que no podían perderse. Me saqué de la imaginación a Rodrigo de Quiroga, una fantasía inútil y peligrosa, y fui a visitar a Cecilia para averiguar sus secretos de belleza, que tantas habladurías provocaban en Santiago, porque era una verdadera maravilla cómo esa mujer, al revés del resto del mundo, rejuvenecía con los años. La casa de Juan y Cecilia era mucho más pequeña y modesta que la nuestra, pero ella la había decorado de manera espléndida con muebles y adornos del Perú, algunos incluso del antiguo palacio de Atahualpa. Los suelos estaban cubiertos con varias capas de alfombras de lana de diversos colores en diseños incaicos; al pisar se hundían los pies. El interior olía a canela y chocolate, que ella conseguía mientras los demás nos conformábamos con mate y yerbas locales. Durante su infancia en el palacio de Atahualpa se acostumbró tanto a esa bebida, que en los tiempos del estropicio en Santiago, cuando padecíamos de hambre, ella no lloraba por necesidad de un trozo de pan, sino por deseo de beber chocolate. Antes de que los españoles llegáramos al Nuevo Mundo, el chocolate estaba reservado a la realeza, los sacerdotes y los militares de alto rango, pero nosotros lo adoptamos con rapidez. Nos sentamos en almohadones y sus silenciosas criadas nos sirvieron el fragante brebaje en pocillos de plata labrada por artífices quechuas. Cecilia, quien en público siempre se vestía como española, puertas adentro usaba la moda de la corte del Inca, más cómoda: falda recta hasta los tobillos y túnica bordada, sujeta en la cintura con una faja tejida de brillantes colores. Iba descalza y no pude menos que comparar sus pies perfectos de princesa con los míos, de tosca campesina. Llevaba el cabello suelto y su único adorno eran unos pesados pendientes de oro, herencia de su familia, traídos a Chile por los mismos misteriosos conductos que los muebles.00 -Si Pedro se fija en tus arrugas, es que ya no te quiere y nada que hagas cambiará sus sentimientos -me advirtió cuando le manifesté mis dudas.
No sé si sus palabras resultaron proféticas o si ella, que conocía hasta los secretos mejor guardados, ya estaba al tanto de lo que yo ignoraba. Para darme gusto, compartió conmigo sus cremas, lociones y perfumes, que me apliqué durante varios días esperando impaciente la llegada de mi amante. Sin embargo, pasó una semana y luego otra y otra más sin que Valdivia apareciera por Santiago. Estaba instalado en el barco anclado frente a la rada de Concón y gobernaba mediante emisarios, pero ninguno de sus mensajes fue para mí. Me resultaba imposible entender lo que pasaba, me debatía en la incertidumbre, la ira y la esperanza, aterrada ante la idea de que hubiese dejado de quererme y pendiente de los menores signos positivos. Le pedí a Catalina que me viera la suerte, pero por una vez ella nada descubrió en las conchas, o tal vez no se atrevió a decirme lo que vio. Pasaban los días y las semanas sin noticias de Pedro; dejé de comer y casi no dormía. Durante el día trabajaba hasta agotarme y en las noches paseaba como toro bravo por las galerías y salones de la casa, sacando chispas del suelo con mi taconeo impaciente. No lloraba, porque en realidad no sentía tristeza, sino furia, y no rezaba, porque me pareció que Nuestra Señora del Socorro
no entendería el problema. Mil veces tuve la tentación de ir a visitar a Pedro en el barco para averiguar de una vez por todas qué pretendía -eran sólo dos jornadas acaballo-, pero no me atreví, porque el instinto me advirtió que en esas circunstancias no debía desafiarlo. Supongo que presentí mi desgracia, pero no la formulé en palabras por orgullo. No quise que nadie me viese humillada, y menos que todos, Rodrigo de Quiroga, quien por fortuna no me hizo preguntas.
Por fin, una tarde de mucho calor se presentó en mi casa el clérigo González de Marmolejo con aire extenuado; había ido y vuelto a Valparaíso en cinco días y tenía las posaderas molidas por la cabalgata. Lo recibí con una botella de mi mejor vino, ansiosa, porque sabía que me traía noticias. ¿Venía Pedro en camino? ¿Me llamaba a su lado? Marmolejo no me permitió seguir preguntando, me entregó una carta cerrada y se fue cabizbajo a beber su vino bajo la buganvilla de la galería, mientras yo la leía. En pocas palabras y muy precisas, Pedro me comunicó la decisión de La Gasca, me reiteró su respeto y admiración, sin mencionar el amor, y me rogó escuchar atentamente a González de Marmolejo. El héroe de las campañas de Flandes e Italia, de las revueltas del Perú y la conquista de Chile, el militar mas valiente y famoso del Nuevo Mundo, no se atrevía a enfrentarme y por eso llevaba dos meses escondido en una nave. ¿Qué le sucedió? Me resultaba imposible imaginar las razones que tuvo para salir huyendo de mí. Tal vez yo me había convertido en una bruja dominante, un marimacho; tal vez confié demasiado en la firmeza de nuestro amor, ya que nunca me pregunté si Pedro me amaba como yo a él, lo asumí como una verdad incuestionable. No, decidí por fin. La culpa no me correspondía. No era yo quien había cambiado, sino él. Al sentir que envejecía se asustó y quiso volver a ser el militar heroico y el amante juvenil que fuera años antes. Yo lo conocía demasiado, junto a mí no podía reinventarse o comenzar de nuevo con frescas vestiduras. Ante mí le sería imposible ocultar sus debilidades o su edad y, como no podía engañarme, me hizo a un lado. [57]





::::>>Pregúntaselo a la verdulera<<:::::::




Érase un rábano centenario
correoso en extremo y ordinario;
mas valor no le faltaba, 
pues la zanahoria le gustaba.
Ella es joven, de piel fina cual ninguna, 
y además es de nobilísima cuna. 
Celebróse la boda con todo esplendor,
el banquete fue de lo mejor: 
hubo hojas de flores y rocío del prado,
todo, como veis, fue regalado. 
El rábano saludó muy a gusto, 
y soltó un largo y seco discurso.
La zanahoria se callaba la boquita,
en la que había una dulce sonrisita. 



Si no crees que la historia es verdadera,
ve a preguntárselo a la verdulera.



Hizo de cura una berza roja, 
y de doncellas, nabos de blanca hoja.
Vinieron el espárrago y el melón, 
las patatas cantaron con emoción. 
Todos bailaron, grandes y chicos, 
viejos y jóvenes, pobres y ricos, 
hasta que el rábano reventó 
y, ya muerto, tranquilo se quedó.
La joven zanahoria sintióse satisfecha 
de verse una viudita hecha y derecha, 
sin por eso dejar de ser doncella. 
En el puchero dieron pronto con ella.



Si no crees que la historia es verdadera,
ve a preguntárselo a la verdulera.




 * * * FIN * * *





Hans Christian Andersen

lunes, marzo 10, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((56))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Al otro día vino a verme Cecilia, quien ya tenía varios niños, pero ni la maternidad ni los años habían logrado dejar huella en su porte real y su rostro liso de princesa inca. Gracias a su talento para el espionaje y su condición de esposa del alguacil Juan Gómez, conocía todo lo que sucedía puertas adentro en la colonia, incluso mi reciente pataleta. Me encontró en cama, todavía agotada por los exabruptos del día anterior.
-¡Pedro me las pagará, Cecilia! -anuncié a modo de saludo.
-Te traigo buenas nuevas, Inés. No tendrás que vengarte de él, otros lo harán por ti -me anunció.
-¿Qué dices?
-Los descontentos, que son muchos en Santiago, planean acusar a Valdivia ante la Real Audiencia en el Perú. Si no pierde la cabeza en el patíbulo, al menos pasará el resto de su vida en un calabozo. ¡Mira qué buena suerte tienes, Inés!
-¡Esto es idea de Sancho de la Hoz! -exclamé, saltando fuera de la cama para vestirme deprisa.
-¿Cómo ibas a imaginar que ese necio te haría tan grande favor? De la Hoz ha hecho circular una carta pidiendo que Valdivia sea destituido y muchos vecinos ya la han firmado. La mayoría de la gente quiere deshacerse de Valdivia y nombrarlo gobernador a él -me comunicó Cecilia.
-¡Ese fantoche no se da por vencido! -mascullé, atándome los botines.
Unos meses antes el malvado cortesano había intentado asesinar a Valdivia. Como todos los planes que se le ocurrían, ése también era bastante pintoresco: se fingió muy enfermo, se metió en la cama, anunció que agonizaba y quería despedirse de sus amigos y enemigos por igual, incluso del gobernador. Instaló a uno de sus secuaces detrás de una cortina, armado de una daga, para acuchillar a Valdivia por la espalda cuando éste se inclinara sobre la cama a oír los susurros del supuesto moribundo. Estos detalles ridículos y el hecho de jactarse de ellos perdían a De la Hoz, porque yo me enteraba de sus tramoyas sin ningún esfuerzo de mi parte. En esa ocasión advertí nuevamente del peligro a Pedro, quien al principio se rió a carcajadas y se negó a creerme, pero después aceptó investigar a fondo el asunto. El resultado dio por culpable a Sancho de la Hoz, quien fue condenado a la horca por segunda o tercera vez, ya perdí la cuenta. Sin embargo, a última hora Pedro lo perdonó, para mantener la costumbre.
Terminé de vestirme, despedí a Cecilia con una disculpa y corrí a hablar con el capitán Villagra para repetirle las palabras de la princesa y asegurarle que si De la Hoz tenía éxito, los primeros en perder la cabeza serían él mismo y otros hombres leales a Pedro.
-¿Tenéis pruebas, doña Inés? -quiso saber Villagra, rojo de ira.-No, sólo rumores, don Francisco.
-Con eso me basta.
Y sin más arrestó al intrigante y lo hizo decapitar de un hachazo esa misma tarde, sin darle tiempo ni de confesarse. Después ordenó pasear la cabeza por la ciudad, cogida por los pelos, antes de clavarla en una picota para escarmiento de los dudosos, como es usual en estos casos. ¿Cuántas cabezas he visto expuestas así en mi vida? Imposible contarlas. Villagra se abstuvo de arremeter contra al resto de los conspiradores, escondidos como ratas en sus casas, porque habría tenido que arrestar a la población entera, tanto era el malestar contra Valdivia que reinaba en Santiago. Así este capitán eliminó en una sola noche el germen de una guerra civil y así nos libramos de la sabandija que era Sancho de la Hoz. Ya era tiempo.
Pedro de Valdivia demoró un mes en llegar al Callao porque se detuvo en varios lugares del norte a esperar noticias de Santiago; necesitaba estar seguro de que Villagra había manejado hábilmente la situación y le cubría las espaldas. Sabía de la rebelión de Sancho de la Hoz porque lo había alcanzado un mensajero con la mala nueva, pero no quería ser responsable directo de su fin, ya que ello podía acarrearle problemas con la justicia. Le complacía sobremanera que su fiel lugarteniente resolviera la conspiración a su manera, aunque aparentó sorpresa y desagrado ante los hechos, pues no olvidaba que su enemigo contaba con buenos contactos en la corte de Carlos V
Para hacerse perdonar por mí, Pedro me mandó con un veloz jinete, desde La Serena, una carta de amor y una extravagante sortija de oro. Hice pedazos la carta y regalé el anillo a Catalina con la condición de que lo hiciera desaparecer de mi vista, porque me hacía hervir la sangre.
En el camino al norte el gobernador reunió a un grupo de diez selectos capitanes, a quienes aperó con armaduras, armas y caballos, valiéndose del oro de los esquilmados vecinos de Santiago, y partió con ellos a ponerse bajo las banderas del clérigo La Gasca, legítimo representante del rey en el Perú. Para encontrarse con el ejército de La Gasca, los hidalgos debieron trepar las cumbres heladas de los Andes forzando a los caballos, que caían vencidos por la falta de aire, mientras a ellos el mal de altura les reventaba los oídos y les hacía sangrar por varios orificios del cuerpo. Sabían que La Gasca, quien carecía por completo de experiencia militar, aunque era un hombre de ejemplar temple y voluntad, debería enfrentarse con un ejército formidable y con un general avezado y valiente. A Gonzalo Pizarro se le podía acusar de cualquier cosa menos de pusilánime. Las tropas de La Gasca, que estaban enfermas por el esfuerzo del viaje en la cordillera, paralizadas de frío y aterradas ante la superioridad del enemigo, recibieron a Valdivia y sus diez capitanes como ángeles vengadores. Para La Gasca esos hidalgos, llegados por milagro a socorrerle, resultaron decisivos. Los abrazó, agradecido, y entregó el mando a Pedro de Valdivia, el mítico conquistador de Chile, nombrado maestre de campo. La tropa recuperó de inmediato la confianza, porque con ese general a la cabeza sentía la victoria segura. Valdivia
comenzó por asegurar el buen ánimo de los soldados con las palabras justas, producto de muchos años de tratos con sus subordinados, y luego procedió a evaluar sus fuerzas y pertrechos. Al comprender que tenía por delante una tarea ímproba, se sintió rejuvenecer; sus capitanes no lo habían visto tan entusiasmado desde los tiempos de la fundación de Santiago.
Para acercarse al Cuzco, donde debería enfrentarse al ejército del rebelde Gonzalo Pizarro, Valdivia utilizó los angostos senderos de los incas, tallados al borde de los precipicios. Avanzaba con sus tropas como una fila de insectos en la maciza presencia de las montañas moradas: roca, hielo, cumbres perdidas en las nubes, viento y cóndores. Raíces petrificadas surgían a veces de las grietas y de ellas se aferraban los hombres para descansar un momento en el terrible ascenso. Las patas de las bestias resbalaban en los riscos, y los soldados, unidos por cuerdas, debían sujetarlas por las crines para evitar que rodaran a los profundos abismos. El paisaje era de una belleza abrumadora y amenazante, aquél era un mundo de luz refulgente y sombras siderales. El viento y el granizo habían tallado demonios en los contrafuertes; el hielo atrapado en las hendiduras de las rocas brillaba con los colores de la aurora. Por la mañana el sol surgía distante y frío, pintando las cimas con trazos de naranja y rojo; por la tarde la luz desaparecía tan súbitamente como había amanecido, sumiendo la cordillera en la negrura. Las noches resultaban eternas, nadie podía moverse en la oscuridad, hombres y animales se recogían, tiritando, colgados en los bordes de las quebradas.
Para aliviar el mal de altura y dar energía a la gente agotada, Valdivia los puso a masticar hojas de coca, como hacían los quechuas desde tiempos inmemoriales. Cuando supo que Gonzalo Pizarro había hecho cortar los puentes para evitar que cruzaran los ríos y precipicios, mandó a los yanaconas a tejer cuerdas con las fibras vegetales de la región, tarea que realizaban con prodigiosa rapidez. Se adelantó sin ser visto con un grupo de valientes, aprovechando la neblina de la sierra, hasta uno de los pasos cortados por Pizarro, donde ordenó a los indios trenzar las cuerdas de seis en seis, al modo tradicional de los quechuas, y hacer puentes de criznejas con ellas. Un día después llegó La Gasca con el grueso del ejército y encontró el problema resuelto. Pudieron transportar al otro lado a casi mil soldados, cincuenta caballeros, innumerables yanaconas y armamento pesado, balanceándose en las cuerdas sobre el pavoroso precipicio, entre los aullidos del viento. Después Valdivia debió obligar a los fatigados soldados a trepar dos leguas de abrupta montaña, con los pertrechos a las espaldas y halando los cañones, hasta el sitio que había escogido para desafiar a Gonzalo Pizarro. Una vez que apostó el armamento en los puntos estratégicos de los cerros, decidió dar a los hombres un par de días para reponer fuerzas, mientras él, imitando a su maestro, el marqués de Pescara, revisaba personalmente el emplazamiento de la artillería y los arcabuces, hablaba con cada soldado para darle instrucciones y preparaba el plan de batalla. Me parece verlo sobre su caballo, con su nueva armadura, enérgico, impaciente, calculando por adelantado los movimientos del
enemigo, disponiendo la ofensiva, como el buen jugador de ajedrez que era. Ya no era joven, tenía cuarenta y ocho años, había engordado un poco y la antigua herida de la cadera le molestaba, pero todavía podía mantenerse a caballo dos días con sus noches, sin descanso, y sé que en esos momentos se sentía invencible. Tan seguro estaba del triunfo, que prometió a La Gasca que perderían menos de treinta hombres en la contienda, y cumplió.
Apenas resonó la primera andanada de cañonazos entre los cerros, los pizarristas comprendieron que se hallaban ante un formidable general. Muchos soldados, incómodos con la idea de batirse contra el rey, abandonaron las filas de Gonzalo Pizarro para unirse a las de La Gasca. Cuentan que el maestre de campo de Pizarro, viejo zorro con muchísimos años de experiencia militar, adivinó al punto con quién debía batirse. «Hay un solo general en el Nuevo Mundo capaz de esta estrategia: don Pedro de Valdivia, conquistador de Chile», dicen que dijo. Su enemigo no lo defraudó, y tampoco le dio tregua. Al cabo de varias horas de lucha y de cuantiosas pérdidas, Gonzalo Pizarro debió rendirse y entregar su espada a Valdivia. Días más tarde fue decapitado en el Cuzco, junto a su anciano maestre de campo.
La Gasca había cumplido su cometido de sofocar la insurrección y devolver el Perú a Carlos V; ahora le tocaba ocupar el cargo del depuesto Gonzalo Pizarro, con el inmenso poder que ello implicaba. Debía su triunfo al vigoroso capitán Valdivia, y lo premió confirmando su titulo de gobernador de Chile, dado por los vecinos de Santiago, que hasta ese momento no había sido ratificado por la Corona. Además, lo autorizó para reclutar soldados y llevarlos a Chile, siempre que no fuesen rebeldes pizarristas ni indios peruanos.
¿Se acordaría Pedro de mí cuando andaba triunfante por las calles del Cuzco?
iiría hinchado de orgullo pensando sólo en sí mismo? Me he preguntado cien veces por qué no me llevó con él en ese viaje. Si lo hubiera hecho, muy distinta habría sido nuestra suerte. Iba en una misión militar, es cierto, pero yo fui su compañera en la guerra tanto como en la paz. ¿Se avergonzaba de mí? Manceba, barragana, concubina. En Chile yo era doña Inés Suárez, la Gobernadora, y nadie se acordaba de que no éramos esposos legítimos. Yo misma solía olvidarlo. Las mujeres deben haber acosado a Pedro en el Cuzco y luego en la Ciudad de los Reyes, era el héroe absoluto de la guerra civil, amo y señor de Chile, supuestamente rico y todavía atractivo; a cualquiera le honraría ir de su brazo. Además, ya andaba circulando la intriga de asesinar a La Gasca, hombre de una rigidez fanática, y nombrar a Pedro de Valdivia en su lugar, pero nadie se atrevía a decírselo a la cara al interesado, porque para él habría sido un insulto. La espada de los Valdivia había servido siempre con lealtad al rey, jamás se volvería en su contra, y La Gasca representaba al rey.
No vale la pena, a mi edad, hacer conjeturas sobre las mujeres que tuvo Pedro en el Perú, sobre todo porque no tengo la conciencia demasiado limpia: en esa época comenzó mi amistad amorosa con Rodrigo de Quiroga. Debo aclarar, sin embargo, que él no tomó ninguna iniciativa ni dio muestras de adivinar mis vagos deseos. Yo sabía
que él jamás traicionaría a su amigo Pedro de Valdivia, por lo mismo me cuidé de esa mutua simpatía tanto como se cuidó él. ¿Me volví hacia Quiroga por despecho? ¿Para vengarme por el abandono de Pedro? No lo sé, el caso es que Rodrigo y yo nos amamos como novios castos, con un sentimiento profundo y desesperanzado, que nunca pusimos en palabras, sólo en miradas y gestos. Por mi parte, no era una pasión ardiente, como la que sentí por Juan de Málaga o Pedro de Valdivia, sino un deseo discreto de estar cerca de Rodrigo, de compartir su vida, de cuidarlo. Santiago era una ciudad pequeña, donde resultaba imposible mantener algo en secreto, pero el prestigio de Rodrigo era intachable y nadie propaló chismes de nosotros, a pesar de que nos encontrábamos a diario cuando él no andaba guerreando. Pretextos no faltaban, porque él me ayudaba en mis proyectos de construir la iglesia, las ermitas, el cementerio y el hospital, y yo me había hecho cargo de su hija.
No puedes acordarte, Isabel, porque sólo tenías tres años. Eulalia, tu madre, quien mucho te quiso a ti y a Rodrigo, falleció ese año durante la epidemia de tifus. Tu padre te condujo de la mano a mi casa y me dijo: «Cuidádmela por unos días, os lo ruego, doña Inés, mirad que debo ir a dar cuenta de unos salvajes, pero pronto estaré de regreso». Eras una chiquilla callada e intensa, tenías cara de llama, los mismos dulces ojos de pestañas largas, la misma expresión de curiosidad y el cabello cogido en dos moños parados, como las orejas de ese animal. De tu madre quechua heredaste la piel de caramelo, y de tu padre, las facciones aristocráticas; buena mezcla. Te adoré desde el momento en que cruzaste mi umbral, abrazada a un caballito de madera tallado por Rodrigo. Nunca te devolví a tu padre, con diferentes excusas te mantuve a mi lado hasta que Rodrigo y yo nos casamos, entonces fuiste legalmente mía. Me criticaban porque te mimaba y te daba trato de adulto, decían que estaba criando a un monstruo; imagínate el chasco que se han llevado las malas lenguas al ver el resultado.
En esos nueve años de la colonia en Chile habíamos sostenido varias batallas campales e innumerables escaramuzas con los indios chilenos, pero no sólo logramos establecernos, sino también fundar nuevas ciudades. Nos creíamos seguros, pero en realidad los indígenas chilenos no aceptaron jamás nuestra presencia en su tierra, como comprobaríamos en los años siguientes. Los indios de Michimalonko, en el norte, se preparaban desde hacía años para un levantamiento masivo, pero no se atrevían a atacar Santiago, como hicieron en 1541; en cambio, concentraron su esfuerzo en los pequeños villorrios del norte, donde los colonos españoles se hallaban casi indefensos.
En el verano de 1549 murió don Benito de mal de barriga, por comer ostras malas. Era muy querido por todos nosotros, lo considerábamos el patriarca de la ciudad. Habíamos llegado hasta el valle del Mapocho impulsados por la ilusión de ese viejo soldado, quien comparaba Chile con el Jardín del Edén. Conmigo siempre fue de una lealtad y galantería ejemplares, por lo mismo me desesperé al no poder ayudarlo en su agonía. Murió en mis brazos, retorciéndose de dolor, envenenado hasta los
tuétanos. Estábamos en medio del funeral, al que asistieron todos los vecinos, cuando aparecieron en Santiago dos soldados en harapos, cayéndose de fatiga y uno de ellos malherido. Venían de La Serena, viajando de noche y ocultándose de día para evitar a los indios. Contaron que una noche el único vigía de la pequeña ciudad de La Serena, recién fundada, alcanzó apenas a dar la alarma antes de que masas de indios ensoberbecidos se abalanzaran sobre el pueblo. Los españoles no pudieron defenderse y en pocas horas nada quedó de La Serena. Los asaltantes torturaron a muerte a hombres y mujeres, destrozaron a los niños estrellándolos contra las rocas y redujeron a ceniza las casas. En la consiguiente confusión, los dos soldados lograron escabullirse y, con infinitas penurias, trajeron a Santiago la horrenda noticia. Nos aseguraron que se trataba de una sublevación general, las tribus estaban en pie de guerra, listas para destruir todos los emplazamientos españoles.
El terror se apoderó de la población de Santiago; nos parecía ver a las hordas de salvajes saltando el foso, trepando la muralla y cayendo sobre nosotros como la ira del diablo. De nuevo nos encontrábamos con las fuerzas divididas, porque parte de los soldados había sido asignada a los villorrios del norte, Pedro de Valdivia se hallaba ausente con varios capitanes, y los refuerzos prometidos no habían llegado. Era imposible proteger las minas y las haciendas, que fueron abandonadas, mientras la gente se refugió en Santiago. Las mujeres, desesperadas, se instalaron en la iglesia a rezar de día y de noche, mientras los hombres, incluso los ancianos y los enfermos, se dispusieron a defender la ciudad.
El cabildo, reunido en pleno, decidió que Villagra fuera con sesenta hombres a enfrentarse con los indios en el norte, antes de que éstos se organizaran para llegar a Santiago. Aguirre quedó a cargo de la defensa de la capital y Juan Gómez fue conminado a emplear cualquier medio para conseguir información sobre la guerra, lo que en pocas palabras significaba dar suplicio a los sospechosos. Los alaridos de dolor de los indios torturados contribuían a ponernos los nervios de punta. Fueron inútiles mis súplicas de compasión y el argumento de que mediante suplicio jamás se obtenía la verdad, porque la víctima confesaba lo que su verdugo deseaba escuchar. Eran tanto el odio, el miedo y el deseo de venganza, que al saberse de las excursiones punitivas de Villagra, cuyo ensañamiento igualaba al de los bárbaros, la gente celebraba. Con sus fieros métodos logró sofocar la insurrección, descalabrar las huestes indígenas en menos de tres meses y evitar que Santiago fuese atacado. Impuso un acuerdo de paz a los caciques, pero nadie esperaba que la tregua fuese durable; nuestra única esperanza consistía en que el gobernador regresara pronto con sus capitanes, trayendo más soldados del Perú. [56]





::::>>Las velas<<:::::::




Érase una vez una gran vela de cera, consciente de su alto rango y muy pagada de sí misma.
- Estoy hecha de cera, y me fundieron y dieron forma en un molde -decía-. Alumbro mejor y ardo más tiempo que las otras luces; mi sitio está en una araña o en un candelabro de plata.
- Debe ser una vida bien agradable la suya -observó la vela de sebo-. Yo no soy sino de sebo, una vela sencilla, pero me consuelo pensando que siempre vale esto más que ser una candela de a penique. A ésta le dan un solo baño, y a mí me dan ocho; de ahí que sea tan resistente. No puedo quejarme.
Claro que es más distinguido haber nacido de cera que haber nacido de sebo, pero en este mundo nadie dispone de sí mismo. Ustedes están en el salón, en un candelabro o en una araña de cristal; yo me quedo en la cocina. Pero tampoco es mal sitio; de allí sale la comida para toda la casa.
-Sí, pero hay algo más importante que la comida -replicó la vela de cera-: la vida social. Brillar y ver brillar a los demás. Precisamente esta noche hay baile. No tardarán en venir a buscarnos, a mí y toda mi familia.
Apenas terminaba de hablar cuando se llevaron todas las velas de cera, y también la de sebo. La señora en persona la cogió con su delicada mano y la llevó a la cocina, donde había un chiquillo con un cesto, que llenaron de patatas y unas pocas manzanas. Todo lo dio la buena señora al rapazuelo.
- Ahí tienes también una luz, amiguito -dijo-. Tu madre vela hasta altas horas de la noche, siempre trabajando; tal vez le preste servicio.
La hija de la casa estaba también allí, y al oír las palabras "hasta altas horas de la noche," dijo muy alborozada:
- Yo también estaré levantada hasta muy tarde. Tenemos baile, y llevaré los grandes lazos colorados.
¡Cómo brillaba su carita! Daba gusto mirarla. Ninguna vela de cera es capaz de brillar como dos ojos infantiles.
"¡Qué emocionante!," pensó la vela de sebo-. Nunca lo olvidaré; seguramente no volveré a ver una cosa parecida.
La metieron en la cesta, debajo de la tapa, y el niño se marchó con ella.
"¿Adónde me llevarán? -pensaba la vela-. A casa de gente pobre, donde no me darán tal vez ni una mala palmatoria de latón, mientras la bujía de cera está en un candelabro de plata y ve a personas distinguidísimas. ¡Qué espléndido debe ser eso de lucir para la gente distinguida! Estaba de Dios que yo había de ser de sebo y no de cera."
Y la vela llegó a una casa pobre, la de una viuda con tres hijos que se apretujaban en una habitación reducida y de bajo techo, frente a la morada de los ricos señores.
- ¡Bendiga Dios a la buena señora por lo que nos ha dado! -dijo la madre-. ¡Qué vela más estupenda! Durará hasta muy avanzada la noche.
Y la encendieron.
- ¡Qué asco! -dijo-. Me han encendido con una cerilla apestosa. No le ocurrirá esto a la vela de cera de la casa de enfrente.
También en ella encendieron las luces, y su brillo irradió a la calle. Oíase el ruido de los coches que conducían a los invitados, y sonaba la música.
"Ahora empiezan allí -pensó la vela de sebo, y le vino a la memoria la radiante carita de la rica muchacha, más radiante que todas las velas de cera juntas-. Aquel espectáculo no lo veré nunca más." En esto llegó a la humilde vivienda el menor de los hijos, una chiquilla. Pasando los brazos alrededor del cuello de su hermano y hermana, les comunicó algo muy importante, algo que tenía que decirse al oído:
- Esta noche, ¡fijaos!, esta noche vamos a comer patatas fritas.
Y su rostro brilló de felicidad. La vela, que le daba de frente, vio reflejarse una alegría, una dicha tan grande como la que viera en la casa rica, donde la niña había dicho:
- Esta noche tenemos baile, y llevaré los grandes lazos colorados. 
"¿Tan importante es eso de comer patatas fritas? -pensó la vela de sebo-. La alegría de estos niños es tan grande como la de aquella chiquilla." Y estornudó; quiero decir que chisporroteó; más no puede hacer una vela de sebo.
Pusieron la mesa y se comieron las patatas. ¡Qué ricas estaban! Fue un verdadero banquete; y además les tocó una manzana a cada uno. El niño más pequeño recitó aquel verso:
Dios bondadoso sea alabado,
que otra vez hoy nos ha saciado.
Amén.
- ¿Lo he recitado bien, madre? -dijo el pequeño.
- No tienes que pensar en ti mismo -le reprendió la madre sino sólo en Dios Nuestro Señor, que te ha dado una cena tan buena.
Los niños se acostaron, su madre les dio un beso, y enseguida se quedaron dormidos, mientras la mujer estuvo cosiendo hasta altas horas de la noche, para ganar el sustento de sus hijos y el propio. Fuera, desde la casa rica, llegaba la luz y la música. Las estrellas centelleaban sobre todas las moradas, las de los ricos y las de los pobres, con igual belleza e intensidad.
"A fin de cuentas ha sido una hermosa velada -pensó la vela de sebo-. ¿Lo habrán pasado mejor las de cera en sus candelabros de plata? Me gustaría saberlo antes de acabar de consumirme."
Y pensó en las dos niñas, que habían sido igualmente felices: una, iluminada por la luz de cera, y otra, por la de sebo. Y ésta es toda la historia. 




 * * * FIN * * * 



 Hans Christian Andersen 





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