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lunes, marzo 10, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((55))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Santiago fue declarada capital del reino. Había mas población y más seguridad; los indios de Michimalonko se mantenían a la distancia. Eso nos permita, entre otras ventajas, organizar paseos, almuerzos campestres y partidas de caza en las riberas del Mapocho, que antes eran tierra vedada. Designamos días de fiesta para honrar a los santos y otros para divertirnos con música, y en ellos participaban por igual españoles, indios, negros y mestizos. Había peleas de gallos, corridas de perros, juegos de bocha y pelota. Pedro de Valdivia, jugador entusiasta, siguió con la costumbre de organizar partidas de cartas en nuestra casa, sólo que entonces se apostaban ilusiones. Nadie tenía un maravedí, pero las deudas se anotaban en un libro con meticulosidad de usurero, aun a sabiendas que jamás se cobrarían.
Una vez que se estableció el correo con el Perú y España, pudimos mandar y recibir cartas, que demoraban sólo uno o dos años en llegar a destino. Pedro comenzó a escribir largas misivas al emperador Carlos V contándole de Chile, de las necesidades que pasábamos, de sus gastos y deudas, de su forma de hacer justicia, de cómo, muy a su pesar, morían muchos indios y faltaban almas para el trabajo de las minas y la tierra. De paso le pedía prebendas, ya que a los soberanos cabe otorgarlas, pero sus justas demandas quedaban sin respuesta. Quería soldados, gente, barcos, confirmación de su autoridad, reconocimiento de sus trabajos. Me leía las cartas con vozarrón de mando, paseándose por la sala, inflado el pecho de vanidad, y yo nada decía; cómo iba a opinar sobre su correspondencia con el monarca más poderoso de la Tierra, el sacratísimo e invictísimo césar, como Valdivia lo llamaba. Pero empecé a darme cuenta de que mi amante había cambiado, el poder se le subía a la cabeza, se había puesto muy soberbio. En las cartas se refería a fabulosas minas de oro, más fantasía que realidad. Eran el señuelo para tentar a los españoles a que vinieran a poblar, porque sólo él y Rodrigo de Quiroga comprendían que la verdadera riqueza de Chile no es el oro y la plata, sino su clima benigno y su tierra fecunda, que invita a quedarse; los demás colonos todavía acariciaban la idea de enriquecerse apurados y volver a España.
Para asegurar el tránsito expedito al Perú, Valdivia mandó fundar una ciudad al norte, La Serena, y un puerto cerca de Santiago, Valparaíso, y luego volvió los ojos hacia el río Bío-Bío con ánimo de domar a los mapuche. Felipe me explicó que ese río es sagrado, porque ordena el flujo natural de las aguas, tranquiliza con su frescura la ira de los volcanes y a su paso crecen desde los más fornidos árboles hasta los más secretos hongos, invisibles, transparentes. De acuerdo con los documentos que Pizarro le diera a Valdivia, su gobernación lindaba con el estrecho de Magallanes, pero nadie sabía con certeza a qué distancia quedaba el famoso canal que unía el océano de oriente con el de occidente. En esos días llegó un barco enviado del Perú al mando de un joven capitán italiano de apellido Pastene, a quien Valdivia dio el rumboso título de almirante y mandó a explorar el sur. Bordeando la costa, Pastene vislumbró maravillosos paisajes de bosque profundo, archipiélagos y glaciares, pero no encontró el estrecho, que por lo visto queda mucho más al sur de lo supuesto. Entretanto, llegaban muy malas noticias del Perú, donde la situación política se había tornado desastrosa; salían de una guerra civil para caer en otra. Gonzalo Pizarro, uno de los hermanos del fallecido marqués, se había tomado el poder en abierta rebelión contra nuestro rey, y eran tales la corrupción, las traiciones y los perjuicios en el virreinato, que finalmente el emperador Carlos V mandó a La Gasca, un fraile empecinado, a poner orden. No gastaré tinta tratando de explicar los líos en la Ciudad de los Reyes por aquel entonces, porque ni yo misma los entiendo, pero menciono a La Gasca porque ese clérigo con la cara picada de viruela tomó una decisión que habría de cambiar mi destino.
Pedro hervía de impaciencia no sólo por conquistar más del territorio chileno, que los mapuche defendían a muerte, sino por participar en los acontecimientos del Perú y ponerse en contacto con la civilización. Llevaba ocho años alejado de los centros de poder y secretamente deseaba viajar al norte para reencontrarse con otros militares, hacer negocios, comprar, lucirse con la conquista de Chile y poner su espada al servicio del rey contra el insubordinado Gonzalo Pizarro. ¿Estaba cansado de mí? Tal vez, pero entonces no lo sospeché, me sentía segura de su amor, que para mí era tan natural como el agua de la lluvia. Si lo percibí inquieto, supuse que se fastidiaba un poco con la vida sedentaria, ya que la excitación de los primeros tiempos en Santiago, que nos mantenía con la espada en la mano de día y de noche, había dado paso a una existencia más ociosa y cómoda.
-Necesitamos soldados para la guerra en el sur y familias para poblar el resto del territorio, pero el Perú ignora a mis emisarios -me comentó Pedro una noche, ocultando sus verdaderas razones.
-¿Pretendes ir tú mismo, acaso? Te advierto que si te vas por un solo día, aquí quedará el descalabro. Ya sabes en qué anda tu amigo De la Hoz -dije por decir, puesto que, sin saberlo yo, él ya había tomado una decisión.
-Dejaré a Villagra en mi lugar, tiene mano dura.
-¿Cómo piensas tentar a la gente en el Perú para que venga a Chile? No todos son idealistas como tú, Pedro. Los hombres acuden donde hay riqueza, no sólo gloria.
-Veré la forma de hacerlo.
La idea fue suya, yo nada tuve que ver en ella. Pedro anunció con bombo y platillo que enviaría la nave de Pastene al Perú, y aquellos que desearan partir y
llevarse su oro, podían hacerlo. Esto causó un entusiasmo delirante, no se habló de otra cosa en Santiago por semanas. ¡Irse! ¡Volver a España con dinero! Ése era el sueño de cada hombre que salía del viejo continente hacia las Indias: regresar rico. Sin embargo, cuando llegó el momento de inscribir a los viajeros, sólo dieciséis colonos decidieron aprovechar la oportunidad, vendieron sus propiedades a vil precio, embalaron sus pertenencias, juntaron su oro y se dispusieron a partir. Entre los viajeros que iban en la caravana al puerto se contaba mi mentor, González de Marmolejo, quien ya tenía más de sesenta años y de algún modo se las había ingeniado para enriquecerse en serio al servicio de Dios. También iba la señora Díaz, una «dama» española llegada a Chile un par de años antes en uno de los barcos. De dama poco tenía, sabíamos que era varón vestido de mujer. «Bolitas y piripicho está teniendo la doña entre las piernas, pues», me contó Catalina. «¡Las cosas que se te ocurren! ¿Por qué un hombre iba a vestirse de mujer?», le pregunté. «Pues para qué va a ser, señoray, para estar sacando dinerito de otros hombres no más...», me explicó. Basta de chismes.
El día señalado, los viajeros subieron al barco y acomodaron sus baúles cerrados a machote en las cabinas que les asignaron, con el oro adentro, a buen resguardo. En eso aparecieron en la playa Valdivia y otros capitanes, acompañados por numerosos criados, a ofrecerles una comida de despedida, deliciosos pescados y mariscos recién sacados del mar, regados con vinos de la bodega personal del gobernador. Pusieron toldos de lona sobre la arena, almorzaron como príncipes y lloriquearon un poco con los emotivos discursos, sobre todo la dama del piripicho, que era muy sentimental y remilgada. Valdivia insistió en que los colonos dejaran constancia del oro que llevaban, para evitar problemas posteriores, sabia medida que contó con la aprobación general. Mientras el secretario anotaba cuidadosamente en su libro las cifras que los viajeros le daban, Valdivia se trepó al único bote disponible y cinco vigorosos marineros lo condujeron al barco, donde lo esperaban varios de sus más leales capitanes, con quienes pensaba ponerse al servicio de la causa del rey en el Perú. Al darse cuenta de la burla, los incautos vecinos quedaron aullando de ira y algunos se lanzaron a nado en persecución del bote, pero el único que lo alcanzó recibió un golpe de remo que casi lo desnuca. Puedo imaginar la desolación de los esquilmados al ver la nave inflar las velas y enfilar hacia el norte, llevándose sus posesiones terrenales.
Al recio capitán Villagra, quien no se andaba con contemplaciones, le tocó reemplazar a Valdivia en calidad de teniente gobernador y enfrentarse con los furibundos colonos en la playa. Su aspecto robusto, su cara colorada plantada entre los hombros, su gesto adusto y su mano en la empuñadura de la espada, impusieron orden. Les explicó que Valdivia partía al Perú a defender al rey, su señor, y a buscar refuerzos para la colonia en Chile, por eso se había visto obligado a hacer lo que hizo, pero prometía devolverles hasta el último doblón con su parte correspondiente de la mina deMarga-Marga. «Al que le guste, bueno, y al que no, se las verá conmigo», concluyó. Eso a nadie tranquilizó.
Puedo comprender las razones de Pedro, que vio en ese engaño, tan impropio de su recto carácter, la única solución al problema de Chile. Puso en la balanza el daño que hacía a esos dieciséis inocentes y la necesidad de impulsar la conquista, beneficiando a miles de personas, y pesó más lo segundo. Si lo hubiese consultado conmigo, seguramente yo habría aprobado su decisión, aunque la habría llevado a cabo de modo más elegante -yademás lo habría acompañado-, pero sólo compartió su secreto con tres capitanes. ¿Pensó que yo arruinaría el plan con habladurías? No, porque en los años que llevábamos juntos yo había demostrado discreción y fiereza para defender su vida y sus intereses. Creo, más bien, que temió que yo intentara retenerlo. Se fue llevándose lo mínimo indispensable, pues si hubiese empacado como correspondía, yo habría adivinado sus propósitos. Partió sin despedirse de mí, tal como muchos años antes se fuera de mi lado Juan de Málaga.
La trampa de Valdivia, porque no fue otra cosa, por muy encumbrada que fuese la causa, resultó ser un regalo del cielo para Sancho de la Hoz, quien entonces podía culparlo de un crimen concreto: había estafado a la gente, robado el fruto de años de trabajo y penurias a sus propios soldados. Merecía la muerte.
Cuando supe que Pedro se había ido, me sentí mucho más traicionada que los colonos embaucados. Perdí el control de mis nervios por primera y última vez en mi vida. Durante un día completo destrocé lo que estaba a mi alcance y chillé de rabia, que ya veréis quién soy yo, Inés Suárez, que a mí nadie me deja tirada como un trapo, que para eso soy la verdadera gobernadora de Chile y todos saben cuánto me deben, que qué sería de esta ciudad de mierda sin mí, que he cavado acequias con mis propias manos, he curado a cuanto apestado y herido hemos tenido, he sembrado, cosechado y cocinado para que no perezcan de hambre y, como si fuera poco, he blandido las armas como el mejor de los soldados, que Pedro me debe la vida, lo he amado y servido y dado contento, que nadie lo conoce mejor que yo, ni le aguantará sus manías como yo, y dale y dale a la cantaleta, hasta que Catalina y otras mujeres me ataron a la cama y fueron a pedir socorro. Quedé debatiéndome en mis ligaduras, poseída por el demonio, con Juan de Málaga instalado a los pies de mi cama, burlándose de mí. Al poco rato acudió González de Marmolejo, muy deprimido, porque era el más anciano de los engañados y daba por descontado que nunca se repondría de la pérdida. De hecho, no sólo recuperó sus bienes con intereses, sino que al morir, varios años más tarde, era el hombre más rico de Chile. ¿Cómo lo hizo? Misterio. Supongo que en parte yo le ayudé, porque nos asociamos en la crianza de caballos, idea que me rondaba desde el inicio del viaje a Chile. El clérigo llegó a mi casa dispuesto a intentar un exorcismo, pero cuando comprendió que mi mal era sólo indignación de amante despechada se conformó con salpicarme agua bendita y rezar unas avemarías, tratamiento que me devolvió la cordura. [55]





::::>>Lo más increíble<<:::::::




Quien fuese capaz de hacer lo más increíble, se casaría con la hija del Rey y se convertiría en dueño de la mitad del reino.
Los jóvenes - y también los viejos - pusieron a contribución toda su inteligencia, sus nervios y sus músculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mató a fuerza de beber, y lo hicieron para realizar lo que a su entender era más increíble, sólo que no era aquél el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la propia espalda, lo cual consideraban el colmo de lo increíble.
Señalóse un día para que cada cual demostrase lo que era capaz de hacer y que, a su juicio, fuera lo más increíble. Se designaron como jueces, desde niños de tres años hasta cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas increíbles, pero el mundo estuvo pronto de acuerdo en que lo más increíble era un reloj, tan ingenioso por dentro como por fuera. A cada campanada salían figuras vivas que indicaban lo que el reloj acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cantos y discursos.
- ¡Esto es lo más increíble! -exclamó la gente.
El reloj dio la una y apareció Moisés en la montaña, escribiendo el primer mandamiento en las Tablas de la Ley: "Hay un solo Dios verdadero."
Al dar las dos viose el Paraíso terrenal, donde se encontraron Adán y Eva, felices a pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban.
Cuando sonaron las tres, salieron los tres Reyes Magos, uno de ellos negro como el carbón; ¡qué remedio! El sol lo había ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas.
A las cuatro presentáronse las estaciones: la Primavera, con el cuclillo posado en una tierna rama de haya; el Verano, con un saltamontes sobre una espiga madura; el Otoño, con un nido de cigüeñas abandonado -pues el ave se había marchado ya-, y el Invierno, con una vieja corneja que sabía contar historias y antiguos recuerdos junto al fuego.
Dieron las cinco y comparecieron los cinco sentidos: la Vista, en figura de óptico; el Oído, en la de calderero; el Olfato vendía violetas y aspérulas; el Gusto estaba representado por un cocinero, y el Tacto, por un sepulturero con un crespón fúnebre que le llegaba a los talones.
El reloj dio las seis, y apareció un jugador que echó los dados; al volver hacia arriba la parte superior, salió el número seis.
Vinieron luego los siete días de la semana o los siete pecados capitales; los espectadores no pudieron ponerse de acuerdo sobre lo que eran en realidad; sea como fuere, tienen mucho de común y no es muy fácil separarlos.
A continuación, un coro de monjes cantó la misa de ocho.
Con las nueve llegaron las nueve Musas; una de ellas trabajaba en Astronomía; otra, en el Archivo histórico; las restantes se dedicaban al teatro.
A las diez salió nuevamente Moisés con las tablas; contenían los mandamientos de Dios, y eran diez. Volvieron a sonar campanadas y salieron, saltando y brincando, unos niños y niñas que jugaban y cantaban: "¡Ahora, niños, a escuchar; las once acaban de dar!."
Y al dar las doce salió el vigilante, con su capucha, y con la estrella matutina, cantando su vieja tonadilla:
¡Era medianoche,
cuando nació el Salvador!
Y mientras cantaba brotaron rosas, que luego resultaron cabezas de angelillos con alas, que tenían todos los colores del iris.
Resultó un espectáculo tan hermoso para los ojos como para los oídos. Aquel reloj era una obra de arte incomparable, lo más increíble que pudiera imaginarse, decía la gente.
El autor era un joven de excelente corazón, alegre como un niño, un amigo bueno y leal, y abnegado con sus humildes padres. Se merecía la princesa y la mitad del reino.
Llegó el día de la decisión; toda la ciudad estaba engalanada, y la princesa ocupaba el trono, al que habían puesto crin nuevo, sin hacerlo más cómodo por eso. Los jueces miraban con pícaros ojos al supuesto ganador, el cual permanecía tranquilo y alegre, seguro de su suerte, pues había realizado lo más increíble.
- ¡No, esto lo haré yo! -gritó en el mismo momento un patán larguirucho y huesudo-. Yo soy el hombre capaz de lo más increíble -. Y blandió un hacha contra la obra de arte.
¡Cric, crac!, en un instante todo quedó deshecho; ruedas y resortes rodaron por el suelo; la maravilla estaba destruida.
- ¡Ésta es mi obra! -dijo-. Mi acción ha superado a la suya; he hecho lo más increíble.
- ¡Destruir semejante obra de arte! -exclamaron los jueces. - Efectivamente, es lo más increíble.
Todo el pueblo estuvo de acuerdo, por lo que le asignaron la princesa y la mitad del reino, pues la ley es la ley, incluso cuando se trata de lo más increíble y absurdo.
Desde lo alto de las murallas y las torres de la ciudad proclamaron los trompeteros:
- ¡Va a celebrarse la boda!00 La princesa no iba muy contenta, pero estaba espléndida, y ricamente vestida. La iglesia era un mar de luz; anochecía ya, y el efecto resultaba maravilloso. Las doncellas nobles de la ciudad iban cantando, acompañando a la novia; los caballeros hacían lo propio con el novio, el cual avanzaba con la cabeza tan alta como si nada pudiese rompérsela. Cesó el canto e hízose un silencio tan profundo, que se habría oído caer al suelo un alfiler. Y he aquí que en medio de aquella quietud se abrió con gran estrépito la puerta de la iglesia y, "¡bum! ¡bum!," entró el reloj y, avanzándo por la nave central, fue a situarse entre los novios. Los muertos no pueden volver, esto ya lo sabemos, pero una obra de arte sí puede; el cuerpo estaba hecho pedazos, pero no el espíritu; el espectro del Arte se apareció, dejando ya de ser un espectro.
La obra de arte estaba entera, como el día que la presentaron, intacta y nueva. Sonaron las campanadas, una tras otra, hasta las doce, y salieron las figuras. Primero Moisés, cuya frente despedía llamas. Arrojó las pesadas tablas de la ley a los pies del novio, que quedaron clavados en el suelo.
- ¡No puedo levantarlas! -dijo Moisés-. Me cortaste los brazos. Quédate donde estás.
Vinieron después Adán y Eva, los Reyes Magos de Oriente y las cuatro estaciones, y todos le dijeron verdades desagradables: "¡Avergüénzate!."
Pero él no se avergonzó.00 Todas las figuras que habían aparecido a las diferentes horas, salieron del reloj y adquirieron un volumen enorme. Parecía que no iba a quedar sitio para las personas de carne y hueso. Y cuando a las doce se presentó el vigilante con la capucha y la estrella matutina, se produjo un movimiento extraordinario. El vigilante, dirigiéndose al novio, le dio un golpe en la frente con la estrella.
- ¡Muere! -le dijo- ¡Medida por medida! ¡Estamos vengados, y el maestro también! ¡adiós!
Y desapareció la obra de arte; pero las luces de la iglesia la transformaron en grandes flores luminosas, y las doradas estrellas del techo enviaron largos y refulgentes rayos, mientras el órgano tocaba solo. Todos los presentes dijeron que aquello era lo más increíble que habían visto en su vida.
- Llamemos ahora al vencedor -dijo la princesa-. El autor de la maravilla será mi esposo y señor. Y el joven se presentó en la iglesia, con el pueblo entero por séquito, entre las aclamaciones y la alegría general. Nadie sintió envidia. ¡Y esto fue precisamente lo más increíble!





 * * * FIN * * * 





 Hans Christian Andersen 





Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((54))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Hoy, al salir de la cama, me fallaron las fuerzas por primera vez en mi larga vida. Es extraño sentir que el cuerpo se acaba mientras la mente sigue inventando proyectos. Con ayuda de las criadas me vestí para ir a misa, como hago cada día, ya que me gusta saludar a Nuestra Señora del Socorro, ahora dueña de su propia iglesia y de una corona de oro con esmeraldas; hemos sido amigas por mucho tiempo. Procuro ir a la primera misa de la mañana, la de los pobres y de los soldados, porque a esa hora la luz en la iglesia parece venir directa del cielo. Entra el sol de la mañana por las altas ventanas y sus rayos resplandecientes cruzan la nave como lanzas, iluminando a los santos en sus nichos y a veces también a los espíritus que me rondan, ocultos tras los pilares. Es una hora quieta, propicia a la oración. Nada hay tan misterioso como el momento en que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. He asistido a ese milagro miles de veces durante mi vida, pero todavía me sorprende y conmueve como el día de mi Primera Comunión. No puedo evitarlo, siempre lloro al recibir la hostia. Mientras pueda moverme, seguiré yendo a la iglesia y no dejaré mis obligaciones: el hospital, los pobres, el convento de las agustinas, la construcción de las ermitas, la administración de mis encomiendas y esta crónica, que tal vez se alarga más de lo conveniente.
Todavía no me siento derrotada por la edad, aunque admito que me he puesto torpe y olvidadiza, ya no soy capaz de hacer bien lo que antes hacía sin pensarlo dos veces; las horas no me rinden. Sin embargo, no he abandonado la vieja disciplina de lavarme y vestirme con esmero; pretendo mantenerme vanidosa hasta el final, para que Rodrigo me encuentre limpia y elegante cuando nos reunamos al otro lado. Setenta años no me parece demasiada edad... Si mi corazón aguantara, podría vivir diez más, y en ese caso me desposaría de nuevo, porque se necesita amor para seguir viviendo. Estoy segura de que Rodrigo lo entendería, tal como haría yo a la inversa. Si él estuviese conmigo, gozaríamos juntos hasta el final de nuestra existencia, despacio y sin bulla. Rodrigo temía el momento en que ya no pudiéramos hacer el amor. Creo que temía más que nada hacer el ridículo, los hombres ponen mucho orgullo en ese asunto; pero hay muchas maneras de amarse, y yo habría inventado alguna para que, incluso ancianos, siguiéramos retozando como en los mejores tiempos. Echo de menos sus
manos, su olor, sus anchas espaldas, su cabello suave en la nuca, el roce de su barba, el soplo de su aliento en mis orejas cuando estábamos juntos en la oscuridad. Es tanta la necesidad de estrecharlo, de yacer con él, que a veces no puedo contener un grito ahogado. ¿Dónde estás, Rodrigo? ¡Qué falta me haces!
Esta mañana me vestí y salí a la calle, a pesar de que sentía fatiga en los huesos y el corazón, porque es martes y me toca ir donde Marina Ortiz de Gaete. Me llevan los criados en silla de manos porque vive cerca y no vale la pena sacar el coche; la ostentación es muy mal vista en este reino, y me temo que el coche que me regaló Rodrigo peca de vistoso. Marina tiene algunos años menos que yo, pero comparada con ella me siento un pimpollo; se ha convertido en una beata escrupulosa y fea, y que Dios me perdone la mala lengua. «Poned un centinela en vuestros labios, madre», me aconsejas, Isabel, riéndote, cuando me oyes hablar así, aunque sospecho que te divierten mis disparates; además, hija, me he ganado el derecho a decir lo que otros no se atreven. Las arrugas y melindres de Marina me producen cierta satisfacción, pero lucho contra este cicatero sentimiento porque no deseo pasar más días de los necesarios en el purgatorio. Nunca me ha gustado la gente achacosa y débil de carácter, como Marina. Me da lástima, porque hasta los parientes que trajo consigo de España, y ahora son prósperos vecinos de Santiago, la olvidaron. No los culpo demasiado, porque esta buena señora es muy aburrida. Por lo menos no vive en la pobreza, tiene una viudez digna, aunque eso no compensa su mala suerte de esposa abandonada. Cómo estará de sola esa desventurada mujer, que espera mis visitas con ansiedad y si me atraso la encuentro lloriqueando. Bebemos tazas de chocolate mientras disimulo los bostezos y hablamos de lo único que tenemos en común: Pedro de Valdivia.
Marina vive en Chile desde hace veinticinco años. Llegó alrededor de 1554, dispuesta a asumir su papel de esposa del gobernador, con una corte de familiares y aduladores decididos a disfrutar de la riqueza y el poder de Pedro de Valdivia, a quien el rey había otorgado el título de marqués y la Orden de Santiago. Pero Marina se encontró con la sorpresa de que era viuda. Unos meses antes su marido había muerto en manos de los mapuche, sin siquiera haberse enterado de los honores recibidos del rey. Para colmo, el tesoro de Valdivia, que tantas habladurías provocara, resultó ser puro humo. Habían acusado al gobernador de enriquecerse en demasía, de quedarse con las más extensas y fértiles tierras, de explotar a un tercio de los indios para su propio peculio, pero a fin de cuentas demostró ser más pobre que cualquiera de sus capitanes, incluso debió vender su casa en la plaza de Armas para pagar sus deudas. El cabildo no tuvo la decencia de asignar una pensión a Marina Ortiz de Gaete, esposa legítima del conquistador de Chile, ingratitud tan frecuente por estos lados que incluso tiene nombre: «el pago de Chile». Tuve que comprarle una casa y correr con sus gastos, para evitar que el fantasma de Pedro me halase las orejas. Menos mal que puedo darme ciertos gustos, como fundar instituciones, asegurarme un nicho en la iglesia para ser sepultada, mantener a una multitud de allegados, dejar a mi hija bien
colocada y tender una mano a la esposa de mi antiguo amante. ¿Qué importa ahora si alguna vez fuimos rivales? Acabo de darme cuenta de que llevo muchas cuartillas escritas y todavía no he explicado por qué este apartado territorio es el único reino de América. El sacro emperador Carlos V pretendía casar a su hijo Felipe con María Estuardo, reina de Inglaterra. ¿Qué año sería eso? Por allí por la misma época en que murió Pedro, me parece. El joven necesitaba título de rey para realizar el enlace y como su padre no pensaba dejarle el trono todavía, decidieron que Chile sería un reino y Felipe su soberano, lo que no mejoró nuestra suerte, pero nos dio categoría.
En la misma nave en la que llegó Marina -quien entonces tenía cuarenta y dos años y era corta de luces pero hermosa, con esa belleza deslavada de las rubias maduras- venían Daniel Belalcázar y mi sobrina Constanza, de quienes me había despedido en Cartagena en 1538. Pensé que no volvería a ver a esa sobrina, quien en vez de hacerse monja, como habíamos quedado, se casó apurada a los quince años con el cronista que la sedujo en el barco. La sorpresa que nos llevamos fue mayúscula, porque yo suponía que habían perecido tragados por la selva y ellos jamás imaginaron que yo terminaría fundando un reino. Se quedaron casi dos años en Chile estudiando el pasado y las costumbres de los mapuche, de lejos, eso sí, porque no era cosa de ir a meterse entre ellos, la guerra estaba en su apogeo. Belalcázar decía que los mapuche se parecen a algunos asiáticos que había visto en sus viajes. Los consideraba grandes guerreros y no disimulaba su admiración por ellos, tal como después le sucedió al poeta ese que escribió una epopeya sobre la Araucanía. ¿Lo he mencionado antes? Tal vez no, pero ya es un poco tarde para ocuparme de él. Ercilla se llamaba. Al comprender que nunca podrían acercarse a los mapuche para dibujarlos y hacerles preguntas personales, los esposos Belalcázar continuaron su peregrinaje por el mundo. Eran socios perfectos para las empresas científicas, ambos padecían de la misma insaciable curiosidad y el mismo desprecio olímpico por los peligros de sus descabelladas empresas.
Daniel Belalcázar me plantó en la cabeza la idea de fundar un establecimiento de enseñanza, pues consideró el colmo que en Chile nos diéramos ínfulas de ser una colonia civilizada y que se contaran con los dedos de una mano los que sabían leer. Se lo propuse a González de Marmolejo y ambos luchamos por años para crear escuelas, pero nadie se interesó en el proyecto. ¡Qué gente tan bruta! Temen que si el pueblo aprende a leer, caerá en el vicio de pensar, y de allí a rebelarse contra la Corona no hay sino un suspiro.
Como decía, hoy no ha sido un buen día para mí. En vez de atenerme al relato de mi vida, me he puesto a divagar. Cada día me cuesta más centrarme en los hechos, porque me distraigo; en esta casa hay mucho bochinche, aunque tú asegures que es la más tranquila de Santiago.
-Son ideas vuestras, madre. Aquí no hay ningún bochinche, por el contrario, penan las ánimas -me dijiste anoche. -Exactamente, Isabel, a eso me refiero.
Eres como tu padre, práctica y razonable, por eso no percibes a la multitud que se pasea sin permiso por mis habitaciones. Con la edad se adelgaza el velo que separa este mundo del otro, y empiezo a ver lo invisible. Supongo que cuando yo me muera renovarás este ambiente, regalarás mis viejos muebles y pintarás las paredes con otra mano de cal, pero recuerda que me has prometido que guardarás estas páginas, escritas para ti y también para tus descendientes. Si prefieres, puedes entregárselas a los curas mercedarios o dominicos, que me deben algunos favores. Acuérdate también de que dejaré un fondo de dinero para mantener a Marina Ortiz de Gaete hasta el último día de su vida y para dar de comer a los pobres, que están acostumbrados a recibir su plato diario en la puerta de esta casa. Creo que ya te he dicho todo esto, perdona si me repito. Estoy segura de que cumplirás mis disposiciones, Isabel, porque también en eso saliste a tu padre: eres recta de corazón y tu palabra es sagrada.
La suerte de nuestra colonia dio un vuelco una vez que establecimos contacto con el Perú y empezaron a llegar provisiones y gente dispuesta a poblar. Gracias a los galeones que iban y venían pudimos encargar lo indispensable para prosperar. Valdivia compró hierro, pertrechos y cañones, yo encargué árboles y semillas de España, que se dan muy bien en este clima chileno, ovejas, cabras y ganado. Por error, me trajeron ocho vacas y doce toros; con uno habría bastado. Aguirre quiso aprovechar el malentendido para inaugurar la primera plaza de toros, pero los animales venían ensimismados por el viaje marítimo y no servían para dar cornadas. No se perdieron, ya que diez fueron convertidos en bueyes y se usaron para labranza y transporte. Los otros dos sirvieron de buen talante a las vacas y ahora hay abundante ganadería desde los pastizales de Copiapó hasta el valle del Mapocho. Construimos un molino y hornos públicos, teníamos una cantera y aserraderos, establecimos sitios para hacer tejas y adobes, formamos talleres de curtiembre, alfarería, mimbre, velas, arreos y muebles. Había dos sastres, cuatro escribanos, un médico -que por desgracia no servía de mucho- y un estupendo veterinario. Al paso acelerado en que crecía la ciudad, pronto el valle quedaría despojado de árboles, tanta era la pujanza de nuestras construcciones. No puedo decir que la vida fuese holgada, pero no volvió a faltar alimento y hasta los yanaconas engordaron y se pusieron flojos. No tuvimos problemas graves, salvo la plaga de ratas que provocaron las machis de los indios con sus falsas artes para molestar a los cristianos. No podíamos defender las sementeras, las casas ni las ropas, las ratas se comían todo menos el metal. Cecilia ofreció la solución que usaban en el Perú: tinajas llenas con agua hasta la mitad. En la noche poníamos varias en cada casa y amanecían hasta quinientos ratones ahogados, pero la plaga no acabó hasta que Cecilia consiguió un hechicero quechua capaz de deshacer el encantamiento de las machis chilenas.
Valdivia rogaba a sus soldados que hicieran traer a sus esposas de España, como ordenaba el rey, y algunos lo hicieron, pero la mayoría prefería vivir amancebado con varias indias jóvenes que con una española madura. En nuestra colonia había cada vez más niños mestizos, que ignoraban quién era su padre. Las españolas que vinieron a reunirse con sus maridos debieron hacer la vista gorda y aceptar esa situación, que en el fondo no era muy diferente a la de España; en Chile sigue existiendo la costumbre de mantener la casa grande, donde viven la esposa y los hijos legítimos, y otras casas «chicas» para las mancebas y los bastardos. Debo de ser la única que nunca toleró eso de su marido, aunque a mis espaldas pueden haber sucedido hechos que desconozco. [54]





::::>>El bisabuelo<<:::::::




¡Era tan cariñoso, listo y bueno, el bisabuelo! Nosotros sólo veíamos por sus ojos. En realidad, por lo que puedo recordar, lo llamábamos abuelo; pero cuando entró a formar parte de la familia el hijito de mi hermano Federico, él ascendió a la categoría de bisabuelo; más alto no podía llegar. Nos quería mucho a todos, aunque no parecía estar muy de acuerdo con nuestra época.


- ¡Los viejos tiempos eran los buenos! - decía -; sensatos y sólidos. Hoy todo va al galope, todo está revuelto. La juventud lleva la voz cantante, y hasta habla de los reyes como si fuesen sus iguales. El primero que llega puede mojar sus trapos en agua sucia y escurrirlos sobre la cabeza de un hombre honorable.


Cuando soltaba uno de estos discursos, el bisabuelo se ponía rojo como un pavo; pero al cabo de un momento reaparecía su afable sonrisa, y entonces decía:


- ¡Bueno, tal vez me equivoque! Soy de los tiempos antiguos y no consigo acomodarme a los nuevos. ¡Dios quiera encauzarlos y guiarlos!


Cuando el bisabuelo hablaba de los tiempos pasados, yo creía encontrarme en ellos. Con el pensamiento me veía en una dorada carroza con lacayos; veía las corporaciones gremiales con sus escudos, desfilando al son de las bandas y bajo las banderas, y me encontraba en los alegres salones navideños, disfrazado y jugando a prendas. Cierto que en aquella época ocurrían también muchas cosas repugnantes y horribles, como el suplicio de la rueda, y el derramamiento de sangre; pero todos aquellos horrores tenían algo de atrayente, de estimulante. Y también oía muchas cosas buenas: sobre los nobles daneses que emanciparon a los campesinos, y el príncipe heredero de Dinamarca, que abolió la trata de esclavos.


Era magnífico oír al bisabuelo hablar de todo aquello y de sus años juveniles, aunque el período mejor, el más sobresaliente y grandioso, había sido el anterior.


- ¡Bárbaro, era! - exclamó mi hermano Federico -. ¡Dios sea loado! Pero ya pasó. - Y se lo dijo al bisabuelo. No estuvo bien, y, sin embargo, yo sentía gran respeto por Federico, mi hermano mayor, que habría podido ser mi padre, según decía él. Y decía también muchas cosas divertidas. De estudiante llevó siempre las mejores notas, y en el despacho de mi padre se aplicó tanto, que muy pronto pudo entrar en el negocio. Era el que tenía más trato con el bisabuelo, pero siempre discutían. No se comprendían ni llegarían nunca a comprenderse, afirmaba toda la familia; pero yo, con ser tan pequeño, no tardé en darme cuenta de que el uno no podía prescindir del otro.


El bisabuelo escuchaba con ojos brillantes cuando Federico hablaba o leía en voz alta acerca del progreso de las ciencias, de los descubrimientos de las fuerzas naturales, de todo lo notable que ocurría en nuestra época.


- Los hombres se vuelven más listos, pero no mejores - decía el bisabuelo -. Inventan armas terribles para destruirse mutuamente.


- Así las guerras son más cortas - replicaba Federico -, No hay que aguardar siete años para que venga la bendita paz. El mundo está pletórico, y a veces le conviene una sangría.


Un día Federico le contó un suceso ocurrido en una pequeña ciudad. El reloj del alcalde, es decir, el gran reloj del Ayuntamiento, señalaba las horas a la población, y, aunque no marchaba muy bien, la gente se regía por él. Llegaron al país los ferrocarriles, los cuales enlazan con los de los demás países; por eso es preciso conocer la hora exacta; de lo contrario se va rezagado. Pusieron en la estación un reloj que marchaba de acuerdo con el sol, y como el del alcalde no lo hacía, todos los ciudadanos empezaron a regirse por el reloj de la estación.


Yo me reí, pareciéndome que la historia era muy divertida; pero el bisabuelo no se río ni pizca, sino que se quedó muy serio.


- ¡Tiene mucha miga lo que acaba de contar! - dijo -, y comprendo cuál es tu idea al contármelo. Hay mucha ciencia en el mecanismo de tu reloj, y me hace pensar en otro: en el sencillo reloj de Bornholm, de mis padres, tan viejo, con sus pesas de plomo. Marcó su tiempo y el de mi infancia. Cierto que no marchaba con tanta precisión, pero marchaba, lo veíamos por las agujas, creíamos lo que decían y no nos parábamos a pensar en las ruedas que tenía dentro. Así era también entonces la máquina del Estado; uno la miraba despreocupadamente, y tenía fe en la aguja. Pero hoy la máquina estatal se ha convertido en un reloj de cristal cuyo mecanismo es visible; se ven girar las ruedas, se oyen sus chirridos, y uno se asusta del eje y del volante. Yo sé cómo darán las campanadas, y ya no tengo la fe infantil. Esto es lo frágil de la época actual.


Y entonces el bisabuelo se salía de sus casillas. No podía ponerse de acuerdo con Federico, pero tampoco podían separarse, de igual manera que la época vieja y la nueva. Bien se dieron cuenta ellos dos y la familia entera, cuando Federico hubo de emprender un largo viaje a América. Aunque los viajes eran cosa corriente en la familia, aquella separación resultó bien difícil para el bisabuelo. ¡Sería tan largo aquel viaje! Todo el océano de por medio, hasta llegar al otro continente.


- Recibirás carta mía cada quince días - le dijo Federico -. Y más de prisa que las cartas te llegarán los telegramas. Los días se vuelven horas, y las horas, minutos.


Llegó un saludo por el hilo telegráfico el día en que Federico embarcó en Inglaterra. Más rápido que una carta - ni que hubiesen actuado de correo las raudas nubes - llegó un saludo de América, al desembarcar en ella Federico. Fue unas pocas horas después de haber puesto pie en tierra firme.


- Realmente, es una idea de Dios regalada a nuestros tiempo - dijo el bisabuelo -, una bendición para la Humanidad.


- Y según me dijo Federico, estas fuerzas naturales se descubrieron en nuestro país - observé.


- Sí - afirmó el bisabuelo, dándome un beso -. Sí, y yo he visto los dulces ojos infantiles que por primera vez descubrieron y comprendieron estas fuerzas de la Naturaleza; eran unos ojos infantiles como los tuyos. ¡Y he estrechado su mano! -. Y volvió a besarme.


Había transcurrido más de un mes cuando llegó una carta de Federico con la noticia de que estaba prometido con una muchacha joven y bonita, y expresaba la confianza de que toda la familia se alegraría. Enviaba su fotografía, que fue examinada a simple vista y con una lupa, pues aquello era lo bueno de los retratos, que permitían ser examinados con la lente más nítida, y entonces aún se notaba más el parecido. Esto no lo habría podido hacer ningún pintor, ni los más famosos de los tiempos pretéritos.


- ¡Ah, si entonces hubiesen conocido este invento! - dijo el abuelo -. Habríamos podido ver cara a cara a los bienhechores y a los grandes hombres del mundo. ¡Qué simpática y buena parece esta muchacha! - dijo, mirándola con la lupa -. La conoceré en cuanto entre en la habitación.


Poco faltó para que esto no ocurriera nunca; afortunadamente nos enteramos del peligro cuando ya había pasado.


Los recién casados llegaron a Inglaterra contentos y en perfecta salud, y embarcaron en un vapor con destino a Copenhague. Ya a la vista de la costa danesa - las blancas dunas de Jutlandia occidental - se levantó una tormenta, y el barco encalló en un arrecife; el embravecido mar amenazaba con destrozarlo, sin que sirviesen los botes de salvamento. Cerró la noche, pero en medio de la oscuridad voló un brillante cohete desde la costa al buque embarrancado; el cohete arrojó un cable, quedó establecida la comunicación entre los náufragos y la costa, y pronto una linda joven fue transportada en la canasta de salvamento por sobre las olas encrespadas y furiosas; y se sintió infinitamente dichosa cuando, poco después, tuvo a su lado, en tierra firme, a su joven esposo. Todos los de a bordo se salvaron antes del amanecer.


Nosotros dormíamos tranquilamente en Copenhague, sin pensar en desgracias ni peligros. Al sentarnos a la mesa para el desayuno, llegó por telégrafo la noticia del naufragio de un barco inglés en la costa occidental de la península. La angustia que experimentamos fue terrible, pero a los pocos momentos se recibió otro telegrama de los queridos viajeros, Federico y su esposa, anunciando su próxima llegada.


Todos lloraban, y yo también, y el bisabuelo, quien, doblando las manos - estoy seguro de ello -, bendijo la nueva época.


Aquel día el bisabuelo destinó doscientos escudos para el monumento a Hans Christian Örsted.


Al llegar Federico con su joven esposa y enterarse de aquel gesto, dijo:


- ¡Muy bien, bisabuelo! Ahora te leeré lo que Örsted escribió, hace ya muchos años, sobre los tiempos viejos y los modernos.


- Probablemente sería de tu opinión - preguntó el bisabuelo.


- Puedes estar seguro - respondió Federico -, y tú también lo eres, puesto que has contribuido a su monumento.





 * * * FIN * * * 





 Hans Christian Andersen





viernes, marzo 07, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((53))




Inés del alma mía[Document Transcript]... A mediados de diciembre, dos años después de que partiera el capitán Monroy en su riesgosa misión, cuando nos hallábamos preparando una modesta celebración de
Navidad con cánticos y un improvisado pesebre, llegó a las puertas de Santiago un hombre agotado y cubierto de polvo, a quien casi dejan afuera, porque al principio los centinelas no lo reconocieron. Era uno de nuestros yanaconas; llevaba dos días corriendo y se las había arreglado para llegar a la ciudad deslizándose sin ser visto por los bosques plagados de indígenas enemigos. Pertenecía a un pequeño grupo que Pedro había dejado en una playa de la costa con la esperanza de que llegaran socorros del Perú. Sobre un promontorio mantenían dispuestas varias hogueras, listas para encenderlas si aparecía una nave. Por fin los vigías, que oteaban el horizonte desde hacía una eternidad, vieron una vela en el mar y, eufóricos, hicieron las debidas señales. El barco, capitaneado por un antiguo amigo de Pedro de Valdivia, traía la ayuda tan esperada.
-Que estés llevando gente y caballos para estar trayendo la carga, pues, tatay. Eso no más te está mandando decir el viracocha del barco -jadeó el indio, extenuado.
Pedro de Valdivia salió al galope con varios capitanes rumbo a la playa. Es difícil describir el alborozo que se apoderó de la ciudad. Era tanto el alivio, que esos endurecidos soldados lloraban, y tanta la anticipación, que nadie hizo caso al cura cuando llamó a una misa de acción de gracias. La población entera estaba asomada sobre el muro oteando el camino, aunque sabíamos que a los visitantes les tomaría unos días llegar a Santiago.
Una expresión de horror se pintó en los rostros de los del barco cuando vieron aparecer a Valdivia y sus soldados en la playa y, después, cuando llegaron a la ciudad y salimos a recibirlos. Eso nos dio una idea aproximada de la magnitud de nuestra miseria. Nos habíamos acostumbrado a nuestro aspecto de esqueletos, los harapos y la mugre, pero al comprender que inspirábamos lástima, sentimos profunda vergüenza. A pesar de que nos habíamos acicalado lo mejor posible y Santiago nos parecía espléndido en la luz radiante del verano, los huéspedes se llevaron la más lamentable impresión, incluso pretendieron regalarle ropa a Valdivia y otros capitanes, pero no hay peor ofensa para un español que recibir caridad. Lo que no pudimos pagar, quedó anotado como deuda, y Valdivia avaló a los demás, porque no teníamos oro. Los comerciantes que habían contratado el barco en el Perú quedaron satisfechos, porque triplicaron lo invertido y estaban seguros de que cobrarían la deuda; la palabra de Valdivia les parecía garantía más que suficiente. Entre ellos se hallaba el mismo comerciante que le prestó dinero a Pedro en el Cuzco, con interés usurero, para financiar la expedición. Venía a cobrar lo suyo multiplicado, pero debió llegar a un acuerdo justo, porque al ver el estado de nuestra colonia comprendió que de otro modo no recuperaría nada. Del cargamento de la nave, Pedro me compró tres camisas de lino y una de fina batista, sayas de diario y otras de seda, botas de trabajo y calzado femenino, jabón, crema de azahar para la cara y un frasco de perfume, lujos que creí que jamás volvería a ver.
La nave había sido enviada por el capitán Monroy. Mientras nosotros soportábamos tribulaciones en Santiago, él y sus cinco compañeros alcanzaron a llegar
hasta Copiapó, donde cayeron en manos de los indios. Cuatro soldados fueron aniquilados en el acto, pero Monroy, montado en su alazán de oro, y otro hombre sobrevivieron por un insólito golpe de fortuna; los salvó un soldado español, fugado de la justicia del Perú, que vivía en Chile desde hacía años. El hombre había perdido las dos orejas por ladrón y, avergonzado, huyó de todo contacto con los de su raza y se refugió entre los indígenas. El castigo por robo es la amputación de una mano, costumbre que quedó en España desde los tiempos de los moros, pero en el caso de un soldado se prefiere cortar la nariz o las orejas, así el acusado no queda inútil para luchar. El desorejado alcanzó a intervenir para que los indios no mataran al capitán, a quien supuso muy rico, a juzgar por el oro que llevaba encima, y a su acompañante. Monroy era un hombre simpático y tenía el don de la palabra fácil; cayó tan bien a los indios, que no lo trataron como prisionero, sino como amigo. Al cabo de tres meses de agradable cautiverio, el capitán y el otro español lograron escapar a caballo, pero sin los arreos imperiales, por supuesto. Dicen que en esos meses Monroy enamoró a la hija del cacique y la dejó preñada, pero esto puede ser jactancia del mismo capitán o mito popular, de esos que nunca faltan entre nosotros. El caso es que Monroy llegó al Perú y consiguió refuerzos, entusiasmó a varios comerciantes, mandó la nave a Chile y él se vino por tierra con setenta soldados, que llegaron meses más tarde. Este Alonso de Monroy, galante, leal y de gran coraje, murió en el Perú un par de años más tarde en circunstancias misteriosas. Unos dicen que lo envenenaron, otros que se despachó de pestilencia o de picadura de araña, y no faltan quienes creen que aún está vivo en España, adonde regresó calladamente, cansado de guerras.
La nave nos trajo soldados, alimento, vino, armas, municiones, vestidos, enseres y animales domésticos, es decir, los tesoros con los que soñábamos. Lo más importante fue el contacto con el mundo civilizado; ya no estábamos solos en el último rincón del planeta. También llegaron a aumentar nuestra colonia cinco mujeres españolas, esposas o parientes de soldados. Por primera vez desde que salí del Cuzco pude compararme con otras mujeres de mi raza y comprobar cuánto había cambiado. Decidí dejar las botas y las ropas de hombre, eliminar las trenzas y hacerme un peinado más elegante, untarme la cara con la crema que me regaló Pedro y, en fin, cultivar las gracias femeninas que hacía años había descartado. Volvió el optimismo a henchir los corazones de nuestra gente, nos sentíamos capaces de enfrentar a Michimalonko y al mismo Diablo, si se presentaban en Santiago. Seguramente así lo percibió de lejos el taimado cacique, porque no volvió a atacar la ciudad, aunque fue necesario combatirlo a menudo en los alrededores y perseguirlo hasta sus pucaras. En cada uno de esos encuentros quedaba tal mortandad de indios, que cabía preguntarse de dónde salían más.
Valdivia hizo valer las encomiendas que me había asignado a mí y a algunos de sus capitanes. Mandó emisarios a rogar a los indígenas pacíficos que volvieran al valle, donde siempre habían vivido antes de nuestra llegada, y les prometió seguridad, tierra y comida a cambio de ayudarnos, ya que las haciendas sin almas eran tierra inútil.
Muchos de esos indios, que escaparon por miedo a la guerra y al saqueo de los barbudos, volvieron. Gracias a eso empezamos a prosperar. El gobernador también convenció al curaca Vitacura que nos cediera indios quechuas, más eficaces para el trabajo pesado que los chilenos, y con nuevos yanaconas pudo explotar la mina de Marga-Marga y otras de que tuvo noticia. No había labor más sacrificada que la de las minas. Me tocó ver en ellas a centenares de hombres e igual número de mujeres, algunas preñadas, otras con críos atados a la espalda, sumergidos en agua fría hasta la cintura, lavando arena para sacar oro, desde el amanecer hasta la puesta de sol, expuestos a las enfermedades, el látigo de los capataces y los abusos de los soldados. [53]





::::>>Lo que dijo toda la familia<<:::::::




¿Qué dijo toda la familia? Escucha primeramente lo que dijo Marujita.
Era su cumpleaños, el día más hermoso de todos, según ella. Vinieron a jugar todos sus amiguitos y amiguitas. Llevaba su mejor vestido, regalo de abuelita, que descansaba ya en Dios. Abuelita lo había cortado y cosido con sus propias manos, antes de irse al cielo. La mesa de la habitación de María brillaba de regalos; había entre ellos una lindísima cocina de juguete, con todo lo que debe tener una de verdad, y una muñeca que cerraba los ojos y decía "¡ay!" cuando le apretaban la barriga; y había también un libro, de estampas, con magníficas historias para los que sabían leer. Pero más hermoso aún que todas las historias era poder celebrar muchos cumpleaños.
- ¡Qué bonito es vivir! - dijo Marujita. Y el padrino añadió que la vida era el más bello cuento de hadas.
En la habitación contigua estaban sus dos hermanos, muchachos ya mayores, el uno de 9 años, el otro de 11. Pensaban también que la vida es muy hermosa, pero la vida a su manera, es decir, no ser ya niños como María, sino alumnos despabilados, llevar "sobresaliente" en la libreta de notas, poder jugar y divertirse con sus compañeros, patinar en invierno, correr en bicicleta en verano, leer historias sobre castillos medievales, puentes levadizos y mazmorras, escuchar relatos acerca de los descubrimientos en el interior de África. Uno de los muchachos sentía, sin embargo, una preocupación: que todo estaría ya descubierto cuando él fuese mayor; quería ir en busca de aventuras, como en los cuentos. La vida es el más hermoso, cuento de hadas, había dicho el padrino, y uno interviene en él personalmente. Los niños habitaban en la planta baja, donde jugaban y saltaban. En el piso de arriba vivía otra rama de la familia, también con hijos, pero ya mayores. Uno de ellos tenía 17 años; el otro, 20, y el tercero era muy viejo, según decía Marujita, pues había cumplido los 28 y estaba prometido. Todos estaban muy bien colocados, tenían buenos padres, buenos vestidos, buenas cualidades y sabían lo que querían:
- ¡Adelante! ¡Abajo las viejas vallas! ¡Cara al amplio mundo! Es lo más hermoso que conocemos. El padrino tiene razón: la vida es el más bello cuento de hadas.
El padre y la madre, los dos de edad ya avanzada - mayores que sus hijos, naturalmente -, decían, con una sonrisa en los labios, en los ojos y en el corazón:
- ¡Qué jóvenes son los jóvenes! En el mundo no todo marcha como ellos creen, pero marcha. La vida es un cuento extraño y magnífico.
Arriba, un poco más cerquita del cielo, como suele decirse de la gente que vive en la buhardilla, habitaba el padrino. Era viejo, pero tenía el corazón joven, estaba siempre de buen humor y sabía contar muchas historias y muy largas. Había corrido mucho mundo, y guardaba en su casa interesantes objetos de todos los países. Tenía cuadros que llegaban desde el suelo hasta el techo, y muchos cristales eran de vidrio rojo y amarillo. Mirando a su través, todo el mundo aparecía como bañado por el sol, aun cuando en la calle el tiempo fuese gris. En una gran vitrina crecían plantas verdes, y nadaban peces dorados; os miraban como si supiesen muchas cosas pero no quisieran decirlas. Siempre olía allí a flores, incluso en invierno, y en la chimenea ardía un gran fuego. Se estaba la mar de bien allí, mirando y escuchando el chisporroteo.
- Me lee en alta voz los viejos recuerdos - decía el padrino, y también a Marujita le daba la impresión de ver muchos cuadros en el fuego.
Pero en el gran armario-librería se guardaban los libros principales; en uno de ellos leía el padrino con frecuencia; lo llamaba el libro de los libros: era la Biblia. Contenía, en imágenes, la historia de todo el mundo y de toda la Humanidad, la Creación, el Diluvio, los Reyes y el Rey de reyes.
- Todo lo que ha sucedido y ha de suceder está en este libro - decía el padrino -. ¡Hay tanto y santísimo aquí, en un solo libro! Piénsalo un poco. Todo lo que un hombre puede pedir, está aquí resumido en una oración de pocas palabras: el Padrenuestro. Es una gota de la gracia. Una perla del consuelo de Dios. Un regalo en la cuna del niño, un regalo puesto en su corazón. Hijo, guárdalo bien, no lo pierdas, por muchos años que llegues a tener, y no te sentirás abandonado en estos caminos inciertos. Habrá una luz dentro de ti, y no te podrás perder.
Y al decir estas palabras, los ojos del padrino brillaban, brillaban de alegría. Un día, siendo joven, habían llorado, pero aquello le hizo bien, añadió; eran los tiempos de prueba, las cosas tenían un aspecto gris. Ahora brilla el sol dentro de mí y a mi alrededor. A medida que se vuelve uno viejo, ve mejor la felicidad y la desgracia, ve que Dios no nos abandona nunca, que la vida es el más hermoso de los cuentos de hadas. Sólo Él puede dárnosla, y dura por toda la eternidad.
- ¡Qué bonito es vivir! - dijo Marujita.
Lo mismo dicen los chicos, grandes y pequeños, padre y madre y toda la familia, pero sobre todo el padrino, que tenía experiencia y era el más viejo de todos. Sabía toda clase de leyendas e historias, y decía, saliéndose del corazón: - La vida es el más bello cuento de hadas! 






 * * * FIN * * * 





Hans Christian Andersen 





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