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miércoles, febrero 05, 2014

:::::>>La dríade<<:::::::





Estamos de camino hacia París, para ver la Exposición. Ya llegamos. ¡Vaya viaje! Fue volar sin arte de magia. Nos impulsó el vapor, lo mismo por mar que por tierra.
Sí, nos ha tocado vivir en la época de los cuentos de hadas.
Nos hallamos en el corazón de París, en un gran hotel. Flores adornan las paredes de la escalera, mullidas alfombras cubren los peldaños.
Nuestra habitación es cómoda. Por el balcón abierto se domina la perspectiva de una gran plaza. Allí está la primavera, ha llegado a París al mismo tiempo que nosotros. La vemos en figura de un joven y majestuoso castaño, con delicadas hojas recién brotadas. ¡Qué bello está, con sus galas primaverales, eclipsando todos los demás árboles de la plaza!. Uno de ellos ha sido borrado del número de los vivos; yace tendido en el suelo, arrancado de raíz. En su lugar será trasplantado y prosperará el joven castaño.
Éste se encuentra todavía en el pesado carro que, de madrugada, lo transportó desde el campo, a varias millas de París. Durante varios años había crecido al lado de un fornido roble, a cuya sombra solía sentarse el anciano y venerable párroco para contar sus cuentos a los niños. El castaño escuchaba también: la dríade que moraba en él era aún una niña. Acordábase todavía del tiempo en que el diminuto árbol sobresalía apenas de las hierbas y los helechos. Éstos habían alcanzado ya el límite de su desarrollo, mas no el árbol, que seguía creciendo año tras año, gozando del aire y del sol, bebiendo el rocío y la lluvia, sacudido y agitado por los fuertes vientos. Todo esto forma parte de la educación. La dríade gozaba de su existencia, del sol y del gorjear de los pájaros. Pero lo que más le gustaba era la voz humana; comprendía su lenguaje, lo mismo que el de los animales.
La visitaban mariposas, libélulas y moscas, en una palabra, todos los insectos voladores. Le contaban cosas del pueblo, de los viñedos y el bosque, del viejo palacio y del parque, con sus canales y el estanque, en el fondo de cuyas aguas moraban también seres vivos que, a su manera, volaban de un punto a otro por debajo de la superficie; seres pensantes y muy ilustrados, y que siempre estaban callados, de puro inteligentes.
Y la golondrina que se había zambullido en el agua explicaba cosas de los lindos peces dorados, los gordos sargos, las voluminosas tencas y las viejas y musgosas carpas. La golondrina lo describía con mucha gracia, pero añadía que uno tenía que verlo con los propios ojos, para hacerse cargo. Mas ¿cómo podía esperar la dríade ver jamás aquellas maravillas? Tenía que contentarse con contemplar la hermosa campiña y observar el ajetreo de los seres humanos.
Todo era bello y espléndido, pero especialmente cuando el viejo sacerdote contaba cosas de Francia, de las hazañas de sus hijos e hijas, cuyos nombres son pronunciados con admiración en todos los tiempos.
Entonces supo la dríade los hechos de la pastora Juana de Arco, de Carlota Corday, y conoció tiempos antiquísimos, y los de Enrique IV y de Napoleón I, llegando hasta los actuales. Oyó hablar de grandes genios y talentos; oyó nombres cuyo eco resuena en el corazón del pueblo: Francia es un gran país, el suelo nutricio del genio, con el cráter de la libertad.
Los niños de la aldea escuchaban con unción, y la dríade también; era un escolar como ellos. En las formas cambiantes de las nubes que desfilaban por el cielo veía, una por una, todas las escenas que describía el párroco.
El cielo con sus nubes era su libro de estampas.
Se sentía feliz con su hermosa Francia, y, sin embargo, tenía la impresión de que el ave, como todos los animales voladores, era más favorecida que ella. Hasta la mosca podía darse una vueltecita por el mundo, volar lejos, mucho más lejos de lo que alcanzaba a ver la dríade.
Francia era grande y magnífica, pero ella veía sólo un pedacito insignificante. El país se extendía indefinidamente con sus viñedos, sus bosques y sus populosas ciudades, entre las cuales era París la más grandiosa y soberbia. Las aves podían volar hasta París, pero a ella le estaba vedado.
Entre los niños de la aldea había una chiquilla muy pobre y vestida de andrajos, pero de agradable aspecto. Cantaba y reía sin parar y llevaba siempre flores rojas en el negro cabello.
- ¡No vayas a París! - le decía el viejo señor cura -. Allí te perderías, pobrecilla.
Pero ella se fue a París.
La dríade pensaba a menudo en aquella niña. Las dos habían sentido el mismo embrujo de la gran ciudad.
Desfilaron la primavera, el verano, el otoño y el invierno; transcurrieron varios años.
El árbol de la dríade dio sus primeras flores, los pájaros gorjearon a su alrededor, bajo el tibio sol. Por el camino viose venir un lujoso coche ocupado por una distinguida señora, que con su mano guiaba los ágiles caballos, mientras un pequeño jockey, muy peripuesto, iba sentado en la parte posterior. La dríade la reconoció, y la reconoció también el anciano sacerdote, quien, sacudiendo la cabeza, dijo, afligido:
- ¡Fuiste a buscar tu perdición, pobre María!00 "¿Pobre? - pensó la dríade -. ¡Qué ha de ser! ¡Si va vestida como una duquesa! ¡Cómo ha cambiado, en la ciudad de los hechizos! ¡Ay, si yo pudiese estar allí, entre tanta magnificencia! Su esplendor llega por la noche hasta las nubes; basta mirar al cielo para saber dónde está la ciudad."
Noche tras noche, miraba la dríade en aquella dirección. Veía la luminosa niebla en el horizonte; en las claras noches de luna echaba de menos las nubes viajeras que le ofrecían imágenes de la ciudad y de la Historia.
De igual forma que el niño hojea su libro de estampas, así la dríade consultaba las nubes.
El cielo de verano, sereno y sin nubes, era para ella una hoja en blanco; y ya llevaba varios días sin haber visto más que páginas vacías.
Era la calurosa estación veraniega, con días ardorosos, sin un hálito de brisa. Cada hoja, cada flor, vivía como aletargada, y los hombres también.
En esto se levantaron nubes en el punto donde la neblina luminosa anunciaba la presencia de París.
Las nubes se amontonaron, formaron como una cadena montañosa y se extendieron por toda la región, hasta donde alcanzaba la vista de la dríade.
Semejantes a enormes peñascos negruzcos, los nubarrones se acumulaban en las alturas, capa sobre capa. Empezaron a rasgarlas los relámpagos. "También ellos son servidores de Dios," había dicho el anciano sacerdote. Y de pronto brilló un rayo deslumbrante, vivísimo como el mismo sol, capaz de volar las rocas, y que al caer hirió el venerable roble, hendiéndolo hasta la raíz. Partióse la copa, partióse el tronco, que se desplomó en dos pedazos, como si extendiera los brazos para recibir al mensajero de la luz.
No hay cañones que, al nacer un príncipe real, puedan resonar con un fragor comparable al del trueno que acompañó la muerte del viejo roble. La lluvia caía a torrentes, empezó a soplar un viento fresco, y en un momento se calmó la tormenta; el aire quedó limpio y sereno, como en una tarde de domingo. Los aldeanos se congregaron en torno al roble abatido; el señor cura pronunció sentidas palabras de recuerdo, y un pintor dibujó el árbol para que quedase de él un testimonio duradero.
- Todo se va - dijo la dríade -, se va como la nube, para no volver jamás.
Tampoco volvió el anciano sacerdote. El tejado de su escuela se había hundido, y desaparecido la tarima desde la que él daba sus lecciones. Los niños no volvieron, pero vino el otoño, y el invierno, y luego también la primavera. Al cambiar la estación, la dríade dirigió la mirada hacia el punto del horizonte donde, todas las tardes y noches, París brillaba como una niebla luminosa. De allí salía locomotora tras locomotora. Los trenes se sucedían ininterrumpidamente, silbando, rugiendo, a todas las horas del día. Llegaban trenes al anochecer, a medianoche, por la mañana y en pleno día, y en cada uno de ellos viajaban hombres de todos los países del mundo. Una nueva maravilla los llamaba a París. ¿En qué consistía tal maravilla?
- Una prodigiosa floración del Arte y de la Industria - decían ­ ha brotado en la desierta arena del Campo de Marte. Un girasol gigantesco, en cuyas hojas puede aprenderse Geografía y Estadística, hasta llegar a ser docto como un decano, elevarse a las alturas del Arte y la Poesía, y reconocerse en ellas la grandeza y el poderío de los países.
- Una flor de leyenda - decían otros -, una flor de loto multicolor que despliega sus verdes hojas sobre la arena, a modo de alfombra de terciopelo; la temprana primavera la ha hecho germinar, el verano la verá en todo su esplendor, las tormentas de otoño se la llevarán y no dejarán de ella hojas ni raíces.
Frente a la Escuela Militar se extiende, en tiempo de paz, la arena de la guerra, un campo sin hierba ni planta alguna, un trozo de estepa arenosa arrancada al desierto de África, donde el espejismo exhibe sus fantásticos castillos aéreos y jardines colgantes. Pero en el Campo de Marte se alzaban éstos aún más hermosos y maravillosos, pues la humana inteligencia ha sabido trocar en realidad las mentidas imágenes atmosféricas.
Se ha construido el palacio del Aladino de la Era moderna - decíase -. Día tras día, hora tras hora, va desplegándose en toda su milagrosa magnificencia. Mármoles y colores realzan sus espaciosos salones. El "maestro sin sangre" mueve aquí sus miembros de hierro y acero en la gran sala circular de las máquinas. Verdaderas obras de arte, hechas en metal, en piedra, en fibras textiles, pregonan la vida del espíritu que anima todos los países del mundo. Salas de pinturas, el esplendor de las flores, todo cuanto el talento y la habilidad pueden crear en el taller del artesano, aparece aquí expuesto. Hasta los monumentos de la Antigüedad sacados de los viejos palacios y de las turberas se han dado cita en París.
El grandioso conjunto, abrumador en su riqueza, debe descomponerse en pequeños fragmentos, reducirse a un juguete, para que pueda ser abrazado y captado en su integridad.00 Como una gran mesa navideña, el Campo de Marte albergaba un mágico palacio de la Industria y del Arte, y en torno a él se exponían envíos de todos los países; cada nación encontraba allí un recuerdo de la patria.
Aparecía aquí el palacio real de Egipto, y más allá la caravanera de las tierras desérticas. El beduino había abandonado su soleado país y paseaba por París montado en su camello. Las cuadras rusas cobijaban los fogosos y soberbios caballos de las estepas. La casita de campo danesa, con el techo de paja y la bandera de Danebrog, alzábase junto a la casa de madera de Gustavo Wasa de Dalarne, con sus primorosas tallas. Chozas americanas, "cottages" ingleses, pabellones franceses, quioscos, iglesias y teatros estaban dispuestos en derredor con arte y gracia exquisitos, y entre ellos había frescos céspedes, claras aguas fluyentes, floridos setos, árboles raros, invernaderos en cuyo interior creía uno hallarse en plena selva tropical; grandes rosaledas traídas de Damasco florecían bajo un tejado. ¡Qué riqueza de colores y perfumes!
Grutas artificiales con columnas estalactiticas encerraban aguas dulces y salobres, ofreciendo una vista panorámica del reino de los peces; estaba uno como en el fondo del mar, entre peces y pólipos.
- Todo eso - decían - contiene y exhibe el Campo de Marte, y en torno a la inmensa mesa del banquete, opíparamente servida, se mueve el enorme gentío como laborioso hormiguero, a pie o en diminutos carruajes, pues no todas las piernas resisten la agotadora peregrinación.
Acude la gente desde las primeras horas de la mañana hasta la noche cerrada. Un vapor tras otro, abarrotados de público, bajan por el Sena, el número de vehículos aumenta por momentos, los tranvías y ómnibus van hasta los topes. Todas esas riadas de gente confluyen hacia un mismo punto: la exposición de París. Las entradas del recinto están adornadas con banderas de Francia: alrededor del bazar de los países ondean los colores de todas las naciones; de la sala de maquinaria llega un fuerte zumbido, los campanarios envían las melodías de los carillones, el órgano suena en los templos, y a sus notas se mezclan, gangosos y enronquecidos, los cantos de los cafés orientales. Diríase un imperio babilónico, una lengua cosmopolita, una maravilla del Universo.
Así era, en efecto, decían las noticias que llegaban de allí. ¿Quién no las oía? La dríade sabía todo lo que acabamos de contar acerca del nuevo milagro de la ciudad de las ciudades.00 - ¡Volad, aves! ¡Volad a verlo y volved a contármelo! - suplicaba la dríade.
Su deseo se convirtió en un anhelo ardiente, y he aquí que en la noche clara y silenciosa, a la luz de la luna, la dríade vio cómo del luminoso astro de la noche salía una chispa, que descendió como una estrella fugaz y se detuvo delante del árbol, cuyas ramas se estremecieron como al embate de una brusca ventolera. Apareció entonces una figura imponente y luminosa, y habló con voz suave y recia a la vez, como las trompetas que el día del Juicio Final nos llamarán a escuchar nuestra sentencia.
- Irás a la ciudad hechizada, echarás raíces en ella, gozarás de su vida bulliciosa, de su aire y de su sol. Pero tu vida se acortará, la serie de años que aquí en el campo te estaban destinados, se reducirá a una pequeña fracción. ¡Pobre dríade! ¡Ésta será tu perdición! Vivirás con el alma en un hilo, tus deseos se volverán tempestuosos. El árbol será para ti una cárcel, abandonarás tu envoltura, renunciarás a tu naturaleza, te escaparás para mezclarte con los humanos. Entonces tu vida se reducirá a la mitad de la de una efímera, pues vivirás una sola noche. Tu luz vital se extinguirá, las hojas del árbol se marchitarán y morirán, perdido el verdor para siempre. 
Así dijo y la luminosa aparición se esfumó, pero no el anhelo de la dríade, que quedó temblando de expectación, dominada por la fiebre de tantas emociones. "¡Iré a la ciudad de las ciudades! - exclamó -. La vida empieza, crece como la nube, nadie sabe adónde va."
Al amanecer, cuando palideció la luna, y las nubes se tiñeron de grana, sonó la hora de la realización y se cumplieron las palabras de la promesa.
Presentáronse unos hombres provistos de palas y palancas. Cavaron hasta muy hondo, en torno a las raíces del árbol; adelantóse un carro tirado por caballos, levantaron el árbol con sus raíces y la tierra que las sujetaba y, después de envolverlas con esteras de juncos a modo de caliente saco de viaje, lo cargaron en el vehículo. Lo ataron sólidamente y emprendieron el viaje a París, la noble capital de Francia, la ciudad de las ciudades, donde el árbol debía crecer y medrar.00 Las ramas y las hojas del castaño temblaron al ponerse el carro en movimiento; la dríade tembló a su vez de ardiente impaciencia.
- ¡Adelante, adelante! - decía a cada latido ¡Adelante! ¡adelante! - sonaba en palabras aladas y vibrantes -. La dríade ni se acordó de decir adiós a la tierra natal, a las ondeantes hierbas y a las candorosas margaritas que la habían mirado desde el nivel del suelo como a una gran dama del jardín de Nuestro Señor, como a una princesita que jugaba a pastora en el campo.
El castaño yacía en el carro, saludando con las ramas. Si quería decir "adiós" o "adelante," la dríade lo ignoraba; soñaba tan sólo en las maravillosas novedades, tan conocidas sin embargo, que iban a desplegarse ante ella. Ningún corazón infantil, inocente y alegre, ninguna sangre ansiosa de placeres había emprendido el viaje a Paris con tal exaltación.
Su "¡adiós!" fue un "¡adelante, adelante!."
Giraban las ruedas. La lejanía se aproximaba y pasaba, cambiaba el paisaje como las nubes; aparecían nuevos viñedos, bosques, pueblos, torres y jardines; se acercaban, desaparecían. El castaño seguía avanzando, y la dríade con él. Sucedíanse las estruendosas locomotoras y se cruzaban, enviando al aire nubes de humo que hablaban de París, de dónde venían y adónde se dirigía la dríade.
En derredor todos sabían o adivinaban su punto de destino; cada árbol del camino parecía extender hacia ella sus ramas, rogándole: "¡Llévame contigo, llévame contigo!." En cada uno moraba también una dríade anhelante.
¡Qué cambio! ¡Qué viaje! Parecía como si del suelo brotaran las casas, cada vez más numerosas y más espesas.
Levantábanse las chimeneas como tiestos de flores, superpuestas o alineadas en los tejados; grandes letreros con letras gigantescas y figuras multicolores, que cubrían las paredes desde el zócalo a la cornisa, destacaban brillantes y luminosas.
- ¿Dónde empieza París? ¿Cuándo llegaré? - preguntábase la dríade. El hormiguero humano aumentaba, crecían el ruido y el ajetreo, sucedíanse los carruajes, peatones seguían a jinetes, y en torno se alineaban las tiendas y todo era música, canto, griterío y discursos.
La dríade, en el interior de su árbol, se encontraba en el centro de París.
El grande y pesado carro se detuvo en una plaza plantada de otros árboles y rodeada de altas casas que tenían balcones en vez de ventanas. La gente miraba desde ellos al joven castaño verde que acababa de llegar y que iba a ser plantado en el lugar del árbol muerto y arrancado, yacente en el suelo. Los transeúntes se paraban en la plaza a mirar con gozosa sonrisa el hermoso presagio de la primavera. Los árboles de más edad, cubiertos aún de yemas, saludaban con el murmullo de sus ramas: "¡Bienvenido, bienvenido!." Y el surtidor proyectaba al aire sus chorros de agua, que, al caer en la ancha pila, enviaban sus gotas al árbol recién venido, como para saludar su llegada invitándolo a un refresco. La dríade sintió que descargaban su árbol del carro y lo colocaban en el hoyo que le tenían destinado. Las raíces fueron recubiertas con tierra, y encima plantaron fresco césped. Junto con el árbol fueron plantadas también matas y flores en macetas, quedando un jardincito en el centro de la plaza. El árbol muerto, víctima de las emanaciones del gas, de los vapores y del asfixiante aire ciudadano, fue cargado en el carro y retirado. Los transeúntes miraban, niños y viejos se sentaban en el banco, entre el verdor, alzando la vista para contemplar las hojas del árbol. Y nosotros, que relatamos la historia, veíamos desde un balcón aquel joven emisario de la primavera, venido de los puros aires campestres, y repetíamos las palabras del anciano sacerdote. "¡Pobre dríade!."
- ¡Qué feliz soy, qué feliz! - exclamaba ésta, jubilosa -. Pero no logro comprender ni expresar lo que siento. Todo es como me lo había imaginado, y al mismo tiempo muy distinto.00 Las casas estaban allí, tan altas, tan cercanas. El sol brillaba solamente en una de las paredes, la cual se hallaba cubierta de rótulos y carteles, ante los que la gente se detenía, apretujándose. Circulaban carruajes, pesados y ligeros. Los ómnibus, esas abarrotadas casas ambulantes, corrían a gran velocidad. Entre ellos se deslizaban jinetes, y lo mismo trataban de hacer los carros y coches. La dríade se preguntó si acaso aquellas altísimas casas tan apiñadas no se esfumarían pronto como las nubes del cielo, cambiando de forma, apartándose para dejarle ver mejor la ciudad de París. ¿Dónde estaba Notre Dame, la columna Vendóme y aquella maravilla que había atraído y seguía atrayendo a tantos extranjeros?00 Pero las casas no se movían de su sitio.00 Había aún luz de día cuando encendieron los faroles; los mecheros de gas enviaban su resplandor desde el interior de los comercios, alumbrando hasta las ramas de los árboles; parecía el sol de verano. En lo alto fueron asomando las estrellas, las mismas que la dríade conocía del campo. Creyó sentir que venía de él una corriente de aire, puro y suave. Experimentó la sensación de ser levantada y fortalecida; veía por cada hoja del árbol, sentía por cada fibra de la raíz. En medio de aquel mundo de los humanos sentía que la miraban unos ojos dulces, mientras a su alrededor todo era confusión y ruido, colores y luz.
De las calles adyacentes llegaban sones de instrumentos musicales y las melodías del organillo que invitaban a la danza. ¡A bailar, a bailar! Convidaban a la alegría, a gozar de la vida. Era una música capaz de hacer danzar los caballos, coches, árboles y casas, si hubiesen sabido bailar. El pecho de la dríade rebosaba de entusiasmo y de júbilo. - ¡Cuánta dicha y belleza! - exclamaba -. ¡Estoy en París!
El día y la noche que siguieron, y el otro día y la otra noche ofrecieron el mismo espectáculo: aquel movimiento, aquella animación, siempre distintos y, sin embargo, siempre iguales.
- Ya conozco a todos los árboles y a todas las flores de la plaza. Y conozco también las casas una por una, cada balcón y cada tienda de este retirado rincón donde me han plantado, y que me oculta la enorme y populosa ciudad. ¿Dónde están los arcos de triunfo, los bulevares, la maravilla del mundo? No veo nada. Estoy como encerrada en una jaula en medio de las altas casas que conozco ya de memoria, con sus letreros, rótulos y carteles; ya no me gusta este abigarramiento. ¿Dónde está todo aquello que me contaron, que sé que existe, que tanto anhelaba ver y que encendió en mí el deseo de venir a la ciudad? ¿Qué he conseguido, qué he encontrado? Sigo sintiendo aquel ansia de antes, siento que hay una vida que quisiera captar y vivir. Es necesario que salga de aquí y me mezcle entre los vivos, que me mueva con ellos, vuele como las aves, vea y sienta, me convierta en un ser humano, goce de la mitad de un día, en vez de esta existencia que discurre durante años y años en un estado de embotamiento y abulia, en el que me consumo y hundo, caigo como el rocío del prado y desaparezco. Quiero brillar como la nube, brillar al sol de la vida, contemplar el mundo como la nube, y, como ella, surcar el cielo sin rumbo conocido.
Así suspiraba la dríade:
- ¡Quítame mis años de vida - suplicó al fin -, concédeme la mitad de la existencia de la efímera! ¡Líbrame de mi prisión! Dame la vida humana, la dicha de los hombres, aunque sea por breve plazo, por esta única noche si no puede ser más, y castígame después por mi presunción, por mí anhelo de vivir. Extíngueme, seca mi envoltura, este árbol joven y lozano, conviértelo en cenizas que el viento dispersa.
Un rumor llegó por entre las ramas del árbol, cuyas hojas temblaron como agitadas por una corriente de fuego. Una ráfaga de viento azotó la copa, y de su centro surgió una figura femenina: era la propia dríade. Apareció entre las frondosas ramas alumbradas por el gas, joven y hermosa como aquella pobre María a quien habían dicho: "La gran ciudad será tu perdición."
La dríade se sentó al pie del árbol, a la puerta de su casa, que había cerrado, y luego tiró la llave. ¡Tan joven y tan bella! Las estrellas la veían, centelleando; las lámparas de gas la veían, brillando y haciéndole señas. ¡Qué delicada y, al mismo tiempo, qué lozana era: una niña y, sin embargo, ya una mujer! Su vestido era fino como la seda, verde como las hojas recién desplegadas de la copa del árbol. En su cabello castaño había una flor semiabierta; habríase dicho la diosa de la primavera.
Sólo un momento permaneció inmóvil. Enseguida se incorporó de un brinco, grácil y ligera como una gacela echó a correr, volviendo la esquina. Corría y saltaba como el reflejo que el sol envía a un cristal y que a cada movimiento es proyectado en una dirección distinta. Quien la hubiera podido seguir fijamente con la mirada, habría gozado de un maravilloso espectáculo: en cada lugar donde se detenía, según fuera la luz y el ambiente, cambiaban su vestido y su figura.
Llegó al bulevar, bañado por el río de luz que enviaban los faroles de gas y los mecheros de tiendas y cafés.
Alinéabanse allí jóvenes y esbeltos árboles, cada uno protegiendo a su propia dríade de los rayos de aquel sol artificial. Toda la acera, interminable, era como una única y enorme sala de fiestas; había allí mesas puestas con toda clase de refrescos, desde el champaña y los licores hasta el café y la cerveza. Había también una exposición de flores, estatuas, libros y telas de todos los colores.
Por entre la multitud congregada entre las altas casas miró al otro lado de la pavorosa riada humana, más allá de las hileras de árboles. Avanzaba una oleada de coches, cabriolés, carrozas, ómnibus, caballeros montados y tropas formadas. Atravesar la calle suponía poner en peligro la vida. Ora lucían antorchas, ora dominaban las llamas del gas. De repente salió disparado un cohete. ¿De dónde salía? ¿Adónde iba?
Indudablemente era la avenida principal de la gran urbe.
Resonaban aquí suaves melodías italianas, allí canciones españolas con repiqueteo de castañuelas; pero todo lo dominaba la música de moda, el excitante ritmo del cancán, que jamás conoció Orfeo ni fue escuchada por la bella Elena. Hasta la carretilla de mano habría bailado a su compás si la hubieran dejado. La dríade danzaba, flotaba, volaba, cambiando de colores como el colibrí a los rayos del sol; cada casa, cada grupo de gente le enviaba su reflejo.
Como la radiante flor de loto arrancada de su raíz es arrastrada por el remolino de la corriente, así también iba ella a la deriva, cambiando de figura cada vez que se paraba; por eso nadie podía seguirla, reconocerla y contemplarla. Tal como hicieran las visiones ofrecidas por las nubes, todo volaba ante ella, rostro tras rostro, pero no conocía ninguno, ni uno solo era de su tierra. En su pensamiento brillaban dos ojos radiantes: pensaba en María, la pobre María, aquella niña alegre y harapienta de la flor roja en el negro cabello. Allí estaba, en la gran urbe, rica y radiante como aquél día que había pasado en coche frente a la casa del señor cura y junto al árbol de la dríade y al viejo roble.00 Seguramente estaba entre aquel ensordecedor bullicio; tal vez acababa de apearse de una magnífica carroza. Aparcaban en aquel lugar coches lujosísimos, de cocheros ricamente galoneados y criados con medias de seda. De los vehículos descendían damas brillantemente ataviadas. Entraban por la puerta de la verja y subían por la alta y ancha escalinata que conducía a un edificio de blancas columnas de mármol. ¿Sería aquello la maravilla universal? Seguramente allí estaba María.00 "¡Santa María!," cantaban en el interior, mientras nubes de perfumado incienso salían por las altas arcadas, pintadas y doradas, debajo de las cuales reinaba la penumbra.
Era la iglesia de Santa Magdalena.00 Las distinguidas damas vestidas con telas preciosas, confeccionadas a la última moda, avanzaban por el brillante pavimento. Los blasones lucían en los broches de plata de los devocionarios y en los finísimos pañuelos, perfumados y orlados con bellísimos encajes de Bruselas. Algunas se arrodillaban ante los altares y permanecían en silenciosa oración, mientras otras se encaminaban a los confesonarios.
La dríade sentía una especie de inquietud, una angustia, como si hubiese entrado en un lugar que le estaba vedado. Aquélla era la mansión del silencio, el recinto de los misterios; no se hablaba sino en susurros, en voz queda. La dríade se vio a sí misma vestida de seda y cubierta con un velo, semejante, por su exterior, a las demás señoras de alta cuna y opulenta familia. ¿Serían todas, como ella, hijas del deseo?
Oyóse un suspiro, hondo y doloroso. ¿Vino de un confesonario o del pecho de la dríade? Ésta se cubrió mejor con el velo. Respiraba perfume de incienso y no aire puro. No era aquél el lugar de su anhelo.
¡Adelante, adelante sin descanso! La efímera no conoce la quietud; volar es su vida.
Volvió a encontrarse fuera, bajo los luminosos faroles de gas, junto a un surtidor magnífico. "Toda el agua que brota no podrá nunca lavar la sangre inocente que aquí se vertió."00 Alguien pronunció estas palabras.00 Unos extranjeros hablaban en voz alta, como nadie hubiera osado hacer en aquella gran sala de los misterios de donde la dríade acababa de salir.
Una gran losa de piedra giró y fue levantada. Ella no lo comprendía; vio un pasadizo abierto que conducía a las profundidades. Bajaron, dejando a sus espaldas la vivísima luz, la llama refulgente del gas y la vida al aire libre, - ¡Tengo miedo! - exclamó una de las señoras que allí estaban -. No me atrevo a bajar. No me importan las maravillas que pueda haber allá abajo. ¡Quédate conmigo!
- ¿Volvernos a casa? - protestó el marido -. ¿Marcharnos de París sin haber visto lo más notable de la ciudad, la gran maravilla de nuestra época, obra de la inteligencia y la voluntad de un solo hombre?
- ¡Yo no bajo! - fue la respuesta.
- La maravilla de nuestra época - habían dicho. La dríade lo oyó y comprendió. Había alcanzado el objeto de su más ardiente deseo; por allí se iba a las regiones profundas, al subsuelo de París. Nunca se le habría ocurrido, pero viendo cómo los forasteros descendían, los siguió.
La escalera era de hierro fundido, de caracol, ancha y cómoda. Abajo brillaba una lámpara, y más al fondo, otra. Halláronse en un laberinto de salas y arcadas interminables que se cruzaban entre sí. Todas las calles y callejones de París se veían como en un espejo empañado; leíanse los nombres, cada casa de la superficie tenía allá abajo su correspondiente número y extendía sus raíces por debajo de las aceras empedradas y desiertas, que se abrían a lo largo de un ancho canal por el que corría un agua fangosa. Encima, el agua pura fluía por sobre unas arcadas, y en la parte más alta pendía la red de las cañerías de gas y de hilos telegráficos. De distancia en distancia ardían lámparas, como un reflejo de la urbe que quedaba allá arriba. A intervalos se oía un ruido sordo; eran los pesados carruajes que circulaban por los puentes de la entrada. ¿Dónde se había metido la dríade?
Seguramente has oído hablar de las catacumbas; ahora son restos que van desapareciendo en este nuevo mundo subterráneo, la maravilla de nuestra época, las cloacas de París. En ellas estaba la dríade, y no en la Exposición Universal del Campo de Marte.
Oyó exclamaciones de asombro y admiración.
- De aquí - decía alguien - salen la salud y la vida para los millares y millares que habitan arriba. Estamos en el tiempo del progreso, con todas sus bendiciones.
Tal era la opinión de los humanos, pero no la de los seres que habían nacido allí y allí vivían: las ratas, que protestaban con fuertes silbidos. La dríade las comprendía perfectamente, al oírlas por las grietas de una pared medio derruida.
Una vieja y gorda rata, desrabada de un mordisco, desahogaba sus sentimientos con penetrantes chillidos, y toda su familia le hacía coro.
- Me asquea ese maullido, ese maullido humano, este palabreo estúpido. ¡Vaya inventos, el gas y el petróleo! Esto no se come. Aquí todo se ha vuelto tan bonito y tan claro, que una se pasa la vida avergonzándose de sí misma, sin saber por qué. ¡Ah, si viviésemos aún en aquellos días de las luces de sebo! No están tan lejos. Era un tiempo romántico, como dicen ahora.
- ¿Qué estás diciendo? - preguntóle la dríade -. No te había, visto nunca. ¿De qué hablas?00 - De los viejos días - respondió la rata -, aquellos hermosos tiempos de nuestros bisabuelos. Entonces sí valía la pena de venir aquí abajo. Era un pueblo de ratas, muy distinto de París. Madre Peste vivía aquí; mataba a los humanos, pero no a las ratas. Los bandidos y los contrabandistas bajaban aquí a refugiarse. A este lugar acudían en busca de cobijo las personalidades más interesantes, que actualmente sólo se ven en los teatros de allá arriba. El tiempo del romanticismo pasó, incluso en nuestra ciudad ratonil, pues nos ha llegado el aire fresco y el petróleo.
Así chiflaba la rata, silbando contra los nuevos tiempos y alabando los viejos, en que moraba allí Madre Peste.
Detúvose un coche, una especie de ómnibus abierto, tirado por pequeños y ágiles caballos. Los ocupantes se apearon y avanzaron por el bulevar Sebastopol - por su subsuelo, entendámonos; encima se extendía la populosa calle de aquel nombre.
El coche desapareció en la penumbra, y desapareció también la dríade, levantada a las regiones iluminadas por el gas, al aire libre. Allí, y no en el laberinto de bóvedas subterráneas, con su opresiva atmósfera, debía estar la maravilla del universo que ella andaba buscando en la breve noche de su vida. Habría de brillar más intensamente que todos los mecheros de gas, más que la luna, que en aquellas horas estaba surcando el cielo.
Sí, sin duda la veía a lo lejos; fulguraba, centelleando y haciéndole guiños como la estrella Venus en el firmamento. Vio abrirse una puerta radiante que daba acceso a un pequeño jardín lleno de luz y melodías de baile. Llamas de gas brillaban como arriates en torno a lagunas y estanques tranquilos, donde plantas acuáticas artificiales, cortadas en planchas pintadas de hojalata, resplandecían bajo la luz, proyectando de sus cálices altos chorros de agua. Hermosos sauces llorones, verdaderos sauces de primavera, inclinaban sus frescas ramas como un velo verde, transparente y, a la vez, tupido. Entre los arbustos ardía un fuego que proyectaba un rojo resplandor sobre las diminutas glorietas de follaje, penumbrosas y calladas, de las que salían las notas de una melodía atrayente, fascinante, tentadora, que impulsaba la sangre en las venas.
Vio hermosas muchachas vestidas de fiesta, con cándidas sonrisas, la sonrisa leve y optimista de la juventud, "Marías" con rosas en el pelo, pero sin coche ni jockey. ¡Cómo ondeaban y se movían en sus fogosas danzas! ¿Qué había arriba y qué abajo? Como picadas por la tarántula, brincaban, reían, lanzaban gritos jubilosos, presas de gozoso frenesí, como si quisieran abrazar el mundo entero.
La dríade se sintió arrastrada al torbellino del baile. Calzaba su pie diminuto y delicado la chinela de seda color castaño como la cinta que, cayéndole del cabello, flotaba sobre sus desnudos hombros. El vestido de seda verde ondeaba en grandes pliegues, sin ocultar por ello la pierna bellamente formada y el lindo pie que, frente a la cabeza del bailarín, parecía describir en el aire un círculo mágico.
¿Se encontraba tal vez en el jardín de Armida? ¿Cómo se llamaba aquel lugar?
El nombre brillaba fuera, escrito en llamas de gas: "Mabille."
Notas y aplausos, cohetes y agua chapoteante, chasquidos de botellas de champaña, acompañaban la danza báquica y frenética; y en lo alto seguía la Luna su curso, con cara un tanto torcida. El cielo estaba completamente sereno, claro y radiante. Desde el "Mabille," creía uno ver su interior.
Un devorador afán de vida agitaba a la dríade, como embriagada de opio.
Sus ojos hablaban, hablaban sus labios, pero sus palabras eran ahogadas por los sones de las flautas y los violines. Su bailador le susurraba al oído algo que se mecía al ritmo del cancán, pero que ella no entendía; tampoco nosotros lo entendemos. El joven alargó los brazos para abrazarla, pero sólo encontró el aire transparente y embebido de gas. Una corriente aérea se llevó a la dríade como si fuese un pétalo de rosa. Vio ante sí una llama en el aire, una luz cegadora en lo alto de una torre. La brillante hoguera venía del término de su anhelo, del rojo faro de la "Fata Morgana" del Campo de Marte, al que fue transportada por el viento primaveral. Rodeó la torre; los obreros creyeron que era una mariposa llegada antes de tiempo y que caía moribunda.
Brillaba la luna, luces de gas y faroles alumbraban los grandes salones y pabellones, así como los túmulos plantados de césped y las rocas creadas por el ingenio humano, de las cuales la fuerza del "Maestro sin sangre" hacía brotar cascadas. Allí se abrían las cuevas del mar, las profundidades de los lagos, el imperio de los peces: el visitante se encontraba en el fondo del estanque, en los abismos marinos, en la escafandra de cristal del buzo. El agua ejercía su presión de todos lados sobre las resistentes paredes vítreas. Los pólipos, intestinos vivientes largos como el brazo, flexibles, ondeantes, temblorosos, atacaban, se levantaban, agarrados al fondo del mar.
Una voluminosa platija permanecía cautelosa a corta distancia, estirándose perezosa; el cangrejo se arrastraba cual monstruosa araña por encima de ella, mientras las langostas merodeaban con inquieta prisa, cual si fuesen las mariposas del mar.
En las aguas dulces vivían nenúfares y juncos floridos; los peces dorados se habían dispuesto en fila, semejantes a rojas vacas en el pasto, todos con la cabeza en la misma dirección, con objeto de recibir la corriente en la boca. Gordas tencas miraban con sus ojos estúpidos la pared de cristal; sabían que se hallaban en la Exposición de París; sabían que habían efectuado el viaje en toneles llenos de agua, un viaje en ferrocarril bastante penoso, durante el cual se habían mareado, como los hombres se marean en el mar. Habían venido a ver la Exposición, y al mirar ahora desde su palco de agua dulce o salobre, veían el hormigueo humano que de la mañana a la noche desfilaba por delante. Todos los países del Globo habían enviado y expuesto a sus habitantes, para que las viejas tencas y bremas, las alegres percas y las musgosas carpas los vieran y pudieran dar su visto bueno a las diversas especies.
- Son animales escamosos - decía un pequeño y viscoso albur -. Cambian de escamas dos o tres veces al día y emiten sonidos; a esto lo llaman "hablar." Nosotros no cambiamos las escamas y nos entendemos de una manera menos ruidosa, mediante vibraciones de los ángulos de la boca y mirando fijamente. Estamos mucho más adelantados que los hombres. - Pero han aprendido a nadar - replicó un pececillo de agua dulce -. Yo soy del gran lago interior; allí van los hombres en la estación calurosa y se zambullen en el agua, pero antes se quitan las escamas, para poder nadar. De las ranas han aprendido a avanzar a empellones con las patas traseras, y a remar con las delanteras; pero no resisten mucho. ¡Pretenden igualarse a nosotros, los infelices!
Y los peces venga mirar con ojos desencajados. Creían que todo aquel hormiguero humano que vieran a la clara luz del día, sólo daba vueltas alrededor de ellos; estaban persuadidos de ver siempre las mismas figuras que sus sentidos habían captado la primera vez.00 Una pequeña perca, de piel lindamente moteada y envidiable lomo redondeado, aseguraba que bajo aquellas figuras podía aún adivinarse el "barro humano original."
También yo lo veo, y bien claro - dijo una tenca ictérica -; veo perfectamente la bella y bien formada figura humana; aquella dama de allá, - por ejemplo, tenía nuestra boca y nuestros ojos saltones, con dos globos detrás, y delante un paraguas plegado; pero ahora va llena de lentejuelas y frivolidades. Debiera quitarse todo eso presentarse como Dios nos creó; entonces parecería una tenca respetable, en la medida en que a un humano le es dado parecerlo.
- ¿Y qué se ha hecho de aquel que llevaba cogido del anzuelo? - Ya en el charabán; llevaba papel, tinta y pluma, y tomaba nota de todo. ¿Qué sería? Lo llamaban chupatintas.
- ¡Todavía corre por ahí! - dijo una musgosa carpa virgen, de voz melancólica, completamente ronca. Una vez se había tragado un anzuelo y lo llevaba pacientemente, clavado en la garganta.
- Chupatintas - dijo - significa, en el lenguaje de los peces, una especie de sepia humana.
Tales eran los coloquios de los peces. De pronto, en medio de la gruta submarina artificial resonaron martillazos y canciones de los obreros, que debían aprovechar la noche para terminar las instalaciones. La dríade los oyó cantar, en el ensimismamiento de su sueño de una noche de verano. Allí estaba, para reemprender el vuelo y desaparecer. "Éstos son peces dorados - dijo, saludándolos con un gesto de la cabeza -. ¡Al fin os he visto! Os conozco. ¡Cuánto tiempo ha que os conozco! La golondrina me habló de vosotros allá en mi tierra. ¡Qué lindos sois, qué brillantes y graciosos! Me gustaría besaros a todos. Y también conozco a los demás. Ésa es, sin duda, la gorda carpa; aquél, la exquisita brema, y ahí veo las viejas y musgosas carpas doradas. Os conozco, aunque vosotros no sepáis quién soy."
Los peces la contemplaban con ojos desencajados sin comprender una palabra, fija la mirada en la luz crepuscular. La dríade no estaba ya allí, sino al aire libre, donde los diversos países, el del pan de centeno, la costa del bacalao, el imperio de la piel de Rusia, la ribera del Agua de Colonia y la tierra oriental de la esencia de rosas vertían sus perfumes, extraídos de la flor de la maravilla universal.00 Cuando, tras una noche de baile, regresamos a casa medio dormidos, las melodías que oímos resuenan aún claramente en nuestros, oídos y las vamos canturreando. Y de la misma manera como en el ojo del asesinado queda grabada, durante un tiempo más o menos, largo, la imagen del objeto que vio por última vez, así también en aquella noche persistían el bullicio y esplendor del día. No se habían extinguido. La dríade lo observaba y sabía que al día siguiente todo seguiría igual.
Hallábase la ninfa entre las fragantes rosas, creyendo reconocer las de su patria. También veía la roja flor de granado que Marujita solía llevar en su cabello negro.
Recuerdos de su infancia cruzaban por su mente como relámpagos. Sus ojos bebían con avidez el paisaje mientras una inquietud febril la empujaba por las maravillosas salas.
Encontrábase fatigada, y su cansancio iba creciendo por momentos. Sentía un imperioso deseo de reposar sobre los blandos almohadones y alfombras orientales del interior, o de inclinarse sobre el agua con el sauce llorón y sumergirse en ella.
Pero la efímera no conoce el reposo. El día contaba sólo unos pocos minutos.
Sus pensamientos temblaban lo mismo que sus miembros. Dejóse caer sobre el césped, junto al agua espumeante.
- Tú que brotas de la Tierra eternamente viva - dijo -, humedece mi lengua, alíviame.
- No soy una fuente viva - respondió el agua -. Sólo fluyo, cuando lo quiere la máquina.
- ¡Dame tu frescor, verde hierba! - rogó la dríade -. ¡Dame una de tus perfumadas flores!
- Morimos cuando nos arrancan - respondieron las hierbas y las flores.
- ¡Dame un beso, fresca brisa! ¡Un solo beso de vida!
- Pronto se sonrojarán las nubes al beso del sol - dijo el viento -, y entonces tú estarás entre los muertos, arrebatada como lo será todo este esplendor y magnificencia antes de que termine el año. Entonces podré yo volver a jugar aquí con la ligera y movediza arena, arremolinar el polvo sobre la tierra, en el aire. ¡Polvo, todo es polvo y nada más!
La dríade sintió una angustia, como la mujer que, habiéndose cortado una arteria en el baile, siente que se desangra, pero quiere revivir. Incorporóse, dio unos pasos hacia delante y volvió a desplomarse frente a un pequeño templo. La puerta estaba abierta, y los cirios ardían en el altar y resonaba el órgano.
¡Qué música! Nunca había oído la dríade acordes como aquéllos, y, sin embargo, parecíale percibir entre ellos voces conocidas. Venían de lo más hondo de la creación entera. Creía oír el rumor del viejo roble, creía escuchar al anciano señor cura hablando de grandes gestas, de nombres famosos y de los dones que las criaturas de Dios podrían ofrecer a una época venidera, deberían ofrecer, si querían lograr una vida permanente.
Las notas del órgano cobraron volumen, y un canto se elevó entre ellas:
- Tu afán y tus turbios deseos te desarraigaron del lugar que Dios te había asignado. ¡Esto fue tu perdición, pobre dríade! Los acordes se suavizaron y palidecieron, como si muriesen entre sollozos.
Aparecieron en el cielo las nubes rosadas, y el viento zumbó:
- Marchaos los muertos, que ya sale el Sol.
El primer rayo hirió a la dríade. Su cuerpo se irisó como la burbuja de jabón cuando estalla y se transforma en una gota de agua; una lágrima que cae al suelo y se evapora.
¡Pobre dríade! Una gota de rocío, una lágrima sólo. El sol alumbró el espejismo del Campo de Marte, iluminó el gran París y la pequeña plaza plantada de árboles, con el surtidor chapoteante en medio de las altas casas. El castaño, que la víspera parecía la imagen rebosante de vida de la primavera, estaba allí con las ramas colgantes y las hojas marchitas. Se había muerto, decía la gente. La dríade había volado de él, como la nube, sin que nadie supiera adónde. Yacía en el suelo una flor de castaño quebrada y marchita; ni el agua bendita de la iglesia había podido devolverle la vida. Los pies de los hombres la pisoteaban en la arena.
Todo esto ha sucedido.
Yo mismo lo vi. Fue en tiempo de la Exposición de París del año 1867; en nuestra época, la época grandiosa y maravillosa de los cuentos de hadas.






 * * * FIN * * * 





 Hans Christian Andersen





sábado, febrero 01, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((43))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Estábamos todavía en la mitad del invierno cuando llegaron a galope desenfrenado dos de los soldados que Pedro había dejado en Marga-Marga. Venían extenuados, malheridos, chorreados de lluvia y sangre, con las cabalgaduras a punto de reventar, a comunicarnos que en la mina se habían alzado los indios de Michimalonko y habían asesinado a muchos yanaconas, a los negros y a casi todos los soldados españoles; sólo ellos habían logrado escapar con vida. Del oro recogido no quedaba una sola pepita. En la playa de Concón también habían matado a nuestra gente; los cuerpos hechos pedazos yacían desparramados sobre la arena, y el barco en construcción estaba reducido a un montón de palos quemados. En total habíamos perdido a veintitrés soldados y a un número indeterminado de yanaconas.
-¡Maldito Michimalonko, indio de mierda! ¡Cuando lo agarre lo haré empalar vivo!-rugió Pedro de Valdivia.
No había alcanzado a absorber el impacto de la noticia cuando llegaron Villagra y Aguirre a confirmar lo que las espías de Cecilia habían advertido semanas antes: miles de indígenas iban llegando al valle. Venían en grupos pequeños, hombres armados y pintados para la guerra. Se escondían en los bosques, en los cerros, bajo la tierra y en las mismísimas nubes. Pedro decidió, como siempre, que la mejor defensa era el ataque; seleccionó a cuarenta soldados de probado valor y partió a matacaballo al amanecer del día siguiente a dar un escarmiento en Marga-Marga y Concón.
En Santiago quedamos con una sensación de absoluto desamparo. Las palabras de Francisco de Aguirre definían nuestra situación: estábamos en el culo del mundo y rodeados de salvajes en cueros. No había oro ni barco, el desastre era total. El capellán González de Marmolejo nos reunió en misa y nos dio una exaltada arenga sobre la fe y el coraje, pero no logró levantar los ánimos de la población asustada. Sancho de la Hoz aprovechó la revoltura para culpar a Valdivia de nuestros padecimientos y así consiguió aumentar a cinco el número de sus adeptos, entre ellos el infeliz Chinchilla, uno de los veinte que se sumaron a la expedición en Copiapó. Nunca me gustó ese hombre, por simulador y cobarde, pero no imaginé que además fuera tonto de capirote. La idea no era original -asesinar a Valdivia-, aunque esta vez los conspiradores no contaban con los cinco puñales idénticos, que se hallaban bien guardados en el fondo de uno de mis baúles. Tan seguro estaba Chinchilla de la genialidad del plan, que se tomó unos tragos de más, se vistió de payaso, con campanitas y cascabeles, y salió a la plaza a hacer cabriolas imitando al gobernador. Por supuesto que Juan Gómez lo arrestó de inmediato, y apenas le mostró unos torniquetes y le explicó en qué parte del cuerpo se los aplicaría, Chinchilla se orinó de miedo y delató a sus compinches.
Pedro de Valdivia regresó más apurado de lo que salió, porque sus cuarenta bravos no alcanzaban ni remotamente para enfrentarse al inesperado número de guerreros que habían ido llegando al valle. Logró rescatar a los pobres yanaconas que habían sobrevivido a la matanza de Marga-Marga y Concón y estaban ocultos en la vegetación, desfallecientes de hambre, frío y terror. Se enfrentó con grupos enemigos, que pudo dispersar, y gracias a la suerte, que hasta entonces no le había fallado, cogió prisioneros a tres caciques y los trajo a Santiago. Con ellos teníamos siete rehenes. Para que un pueblo sea pueblo se requieren nacimientos y muertes, pero por lo visto en los pueblos españoles se precisan también ejecuciones. Tuvimos las primeras de Santiago esa misma semana, después de un breve juicio -esta vez con tormento- en el que se condenó a los conspiradores a muerte inmediata. Chinchilla y otros dos fueron ahorcados y sus cuerpos quedaron expuestos al viento y a los enormes buitres chilenos durante varios días, en la cumbre del cerro Santa Lucía. A un cuarto lo decapitaron en la prisión, porque hizo valer sus títulos de nobleza para no morir por soga, como un villano. Ante la sorpresa general, Valdivia perdonó de nuevo a Sancho de la Hoz, el principal instigador de la revuelta. En esta ocasión me opuse en privado a su decisión, porque ya no existían las cédulas reales, De la Hoz había firmado un documento renunciando a la conquista y Pedro era el legítimo gobernador de Chile. Ese fanfarrón ya nos había dado demasiadas molestias. Nunca sabré por qué salvó la cabeza una vez mas. Pedro se negó a darme explicaciones, y para entonces yo había aprendido que ante un hombre como él es mejor no insistir. Ese año de vicisitudes le agrió el carácter y perdía el control con facilidad. Tuve que cerrar la boca.
En la naturaleza más espléndida del mundo, en lo profundo de la selva fría del sur de Chile, en el silencio de raíces, cortezas y ramajes fragantes, ante la presencia altiva de los volcanes y las cumbres de la cordillera, junto a lagos color esmeralda y espumosos ríos de nieve derretida, se reunieron las tribus mapuche en una ceremonia especial, un cónclave de ancianos, cabezas de linaje, toquis, loncos, machis, guerreros, mujeres y niños.
Las tribus fueron llegando de a poco al claro del bosque, inmenso anfiteatro en lo alto de una colina que los hombres ya habían delimitado con ramas de araucaria y canelo, árboles sagrados. Algunas familias habían viajado durante semanas bajo la
lluvia para acudir a la cita. Los grupos que llegaron con anticipación levantaron sus rucas o chozas mimetizadas de tal modo con la naturaleza, que a pocas varas de distancia no se veían. Los que llegaron más tarde improvisaron ramadas, techos de hojas, y tendieron sus mantas de lana. En la noche prepararon comida para intercambiar con otros, bebieron chicha y muday, pero con moderación, para no cansarse. Se visitaron para ponerse al día de las noticias con largas narraciones en tono poético y solemne, repitiendo las historias de sus clanes memorizadas de generación en generación. Hablar y hablar, eso era lo más importante. Frente a cada vivienda mantenían una fogata encendida y el humo se diluía en la neblina que se desprendía de la tierra al amanecer. Las pequeñas fogatas ardían en la niebla, iluminando el paisaje lechoso del alba. Los jóvenes volvieron del río, donde habían nadado en aguas heladas, y se pintaron las caras y los cuerpos con los colores rituales, amarillo y azul. Los caciques se colocaron sus mantos de lana bordada, celestes, negros, blancos, se colgaron al pecho las toquicuras, hachas de piedra, signo de su poder, se coronaron de plumas de garza, ñandú y cóndor, mientras las machis quemaban yerbas aromáticas y preparaban el rewe, escalera espiritual para hablar con Ngenechén.
-Te ofrecemos un chorrito de muday, es la costumbre, para alimentar al espíritu de la Tierra, que nos anda siguiendo. Ngenechén hizo el muday, hizo la Tierra, hizo el canelo, hizo el cabrito y el cóndor.
Las mujeres se trenzaron el cabello con lanas de colores, celeste las solteras, rojo las casadas, se adornaron con sus mantos más finos y sus joyas de plata, mientras los niños, también vestidos de fiesta, callados, serios, se sentaron en semicírculo. Los hombres se formaron como un solo cuerpo de madera, soberbios, puro músculo; las cabelleras negras sujetas por cintillos tejidos, las armas en las manos.
Con los primeros rayos del sol comenzó la ceremonia. Los guerreros corrieron por el anfiteatro dando alaridos y blandiendo sus armas, mientras sonaban los instrumentos musicales para espantar a las fuerzas del mal. Las machis sacrificaron varios guanacos, después de pedirles permiso para ofrecer sus vidas al Señor Dios. Vertieron un poco de sangre en el suelo, arrancaron los corazones, los ahumaron con tabaco, luego los partieron en trocitos y los repartieron entre los toquis y loncos; así comulgaron entre ellos y con la Tierra.
-Señor Ngenechén, ésta es la pura sangre de los animales, sangre tuya, sangre que nos das para que tengamos vida y podamos movernos, Padre Dios, por eso con esta sangre estamos rogándote que nos bendigas.
Las mujeres comenzaron un canto melancólico y profundo, mientras los hombres salieron al centro del anfiteatro y danzaron, lento y pesado, golpeando el suelo con los pies desnudos al son de cultrunes y trutucas.
-Y a ti, Madre de la Gente, te saludamos. La Tierra y la gente son inseparables. Todo lo que le ocurre a la Tierra le ocurre también a la gente. Madre, te rogamos que nos des el piñón que nos sustenta, te rogamos que no nos mandes mucha lluvia, porque
se pudren las semillas y la lana, y que por favor no hagas temblar el suelo ni escupir a los volcanes, porque se pasma el ganado y se asustan los niños.
Las mujeres salieron también al ruedo y bailaron con los hombres, agitando los brazos, las cabezas, las mantas, como grandes pájaros. Pronto la gente sintió el efecto hipnótico de cultrunes, trutucas y flautas, del golpe rítmico de los pies sobre la tierra húmeda, de la energía poderosa de la danza, y uno a uno comenzaron a aullar con alaridos viscerales que luego se transformaron en un largo grito -«Oooooooooom.Ooooooooom»- que rebotó en los montes, moviendo el espíritu. Nadie pudo escapar al embrujo de ese «Ooooooooooom».
-Te estamos pidiendo Señor Dios, en esta tierra nuestra, que si te place nos ayudes en todo momento y en este caso que estamos pasando te pedimos derechamente que nos oigas. Te estamos pidiendo Señor Dios que no nos dejes solos, que no nos permitas andar tanteando en la oscuridad, que des mucha fuerza a nuestros brazos para defender la tierra de nuestros abuelos.
Se detuvo la música y la danza. Los rayos del sol matinal se filtraron entre las nubes, tiñendo la niebla con polvo de oro. El más antiguo toqui, con una piel de puma sobre los hombros, se adelantó para hablar primero. Había viajado durante una luna entera para estar allí, en representación de su tribu. No había prisa. Empezó por lo más remoto, la historia de la Creación, de cómo la culebra Caí-Caí alborotaba el mar y las olas amenazaban con tragarse a los mapuche, pero entonces la culebra Treng- Treng los salvó, llevándolos a la cima de los cerros más altos, que hizo crecer y crecer. Y caía lluvia en tal abundancia, que quienes no alcanzaron a subir a los cerros perecieron en el diluvio. Y después bajaron las aguas, y los hombres y las mujeres ocuparon los valles y bosques, sin olvidar que los árboles y las plantas y los animales son sus hermanos y deben cuidarlos, y cada vez que se cortan ramas para hacer un techo, se agradecen, y cuando se mata un animal para comer, se le pide perdón, y nunca se mata por matar. Y los mapuche vivieron libres en la santa tierra, y cuando llegaron los incas del Perú se juntaron para defenderse y los vencieron, no los dejaron cruzar el Bío-Bío, que es la madre de todos los ríos, pero sus aguas se tiñeron de sangre y la luna asomó roja en el cielo. Y pasó un tiempo y llegaron los huincas por los mismos caminos de los incas. Eran muchos y muy hediondos, se olían a dos días de distancia, y muy ladrones, no tenían patria ni tierra, tomaban lo que no era suyo, las mujeres también, y pretendían que los mapuche y otras tribus fueran sus esclavos. Y los guerreros tuvieron que echarlos, pero murieron muchos, porque sus flechas y lanzas no atravesaban los vestidos de metal de los huincas y en cambio ellos podían matar de lejos con puro ruido o con sus perros. De todos modos, los echaron. Los huincas se fueron solos, por cobardes que eran. Y pasaron varios veranos y varios inviernos y otros huincas vinieron, y éstos, dijo el antiguo toqui, quieren quedarse, están cortando los árboles, levantando sus rucas, sembrando su maíz y preñando a nuestras mujeres, por eso nacen niños que no son huincas ni gente de la tierra.
-Y por lo que nos cuenta nuestro espía, pretenden adueñarse de la tierra entera, de los volcanes hasta el mar, del desierto hasta donde termina el mundo, y quieren fundar muchos pueblos. Son crueles y su toqui, Valdivia, muy astuto. Y yo digo que nunca los mapuche tuvieron enemigos tan poderosos como los barbudos llegados de lejos. Ahora son sólo una tribu pequeña, pero vendrán más, porque tienen casas con alas que vuelan sobre el mar. Y yo le pido ahora a la gente que diga qué haremos.
Otro de los toquis salió adelante, blandió sus armas dando saltos y lanzó un largo grito de ira, luego anunció que estaba listo para atacar a los huincas, matarlos, devorarles el corazón para asimilar su poder, quemar sus rucas, quitarles a sus mujeres, no había otra solución, muerte a todos ellos. Cuando terminó de hablar, un tercer toqui ocupó el centro del anfiteatro para explicar que la nación mapuche entera debía unirse contra ese enemigo y escoger un toqui de toquis, un ñidoltoqui, para la guerra.
-Señor Dios Ngenechén, te pedimos rectamente que nos ayudes a vencer a loshuincas, cansarlos, molestarlos sin permitirles dormir ni comer, meterles miedo, espiarlos, ponerles trampas, quitarles las armas, aplastarles el cráneo con nuestras macanas, esto te pedimos Señor Dios.
El primer toqui volvió a tomar la palabra para decir que no debían apurarse, había que combatir con paciencia, los huincas eran como la mala yerba: cuando se corta, vuelve a brotar con más bríos; ésta sería una guerra de ellos, de sus hijos y los hijos de sus hijos. Mucha sangre de mapuche y mucha sangre de huinca habría que derramar, hasta el final. Los guerreros levantaron sus lanzas y un coro largo de gritos de aprobación salió de sus pechos. «¡Guerra! ¡Guerra!» En ese instante cesó la llovizna, se abrieron las nubes y un cóndor, magnífico, voló lento en el trozo de cielo despejado. A comienzos de septiembre comprendimos que nuestro primer invierno en Chile terminaba. Mejoró el clima y se llenaron de brotes los árboles jóvenes que habíamos transplantado del bosque para poner a lo largo de las calles. Esos meses fueron arduos no sólo por el hostigamiento de los indios y las conspiraciones de Sancho de la Hoz, también por la sensación de soledad que a menudo nos agobiaba. Nos preguntábamos qué estaría sucediendo en el resto del mundo, si habría conquistas españolas en otros territorios, nuevos inventos, qué sería de nuestro sacro emperador, que según las últimas noticias que habían llegado al Perú, un par de años antes, estaba medio chiflado. La demencia corría en las venas de su familia, bastaba recordar a su desdichada madre, la loca de Tordesillas. De mayo a finales de agosto los días habían sido cortos, oscurecía alrededor de las cinco y las noches se hacían eternas. Aprovechábamos hasta el último rayo de luz natural para trabajar, después debíamos recogernos en una pieza de la casa-amos, indios, perros y hasta las aves de corral- con una o dos bujías y un brasero. Cada uno buscaba en qué entretenerse para pasar las horas de la tarde. El capellán inició un coro entre los yanaconas, para reforzarles
la fe a punta de cánticos. Aguirre nos divertía con sus disparatadas ocurrencias de mujeriego y sus atrevidas coplas de soldado. A Rodrigo de Quiroga, quien al principio parecía callado y más bien tímido, se le soltó el ánimo y se reveló como inspirado cuentista. Disponíamos de muy pocos libros y los conocíamos de memoria, pero Quiroga tomaba los personajes de una historia, los introducía en otra y el resultado era una infinita variedad de argumentos. Todos los libros de la colonia, menos dos, estaban en la lista negra de la Inquisición, y como las versiones de Quiroga eran bastante más audaces que el libro original, ése era un placer pecaminoso y, por lo mismo, muy solicitado. También jugábamos a las cartas, vicio del que padecían todos los españoles, en especial nuestro gobernador, a quien además acompañaba la suerte. No apostábamos dinero, para evitar disputas, no dar mal ejemplo a la servidumbre y ocultar cuán pobres éramos. Se tocaba la vihuela, se recitaba poesía, se conversaba con mucho ánimo. Los hombres recordaban sus batallas y aventuras, celebradas por la concurrencia. A Pedro le pedían una y otra vez que relatara las proezas del marqués de Pescara; soldados y criados no se cansaban de alabar la astucia del marqués cuando cubrió a sus tropas con sábanas blancas para disimularlas en la nieve. [43]





martes, enero 28, 2014

:::::>>Los días de la semana<<:::::::




Una vez los días de la semana quisieron divertirse y celebrar un banquete todos juntos. Sólo que los días estaban tan ocupados, que en todo el año no disponían de un momento de libertad; hubieron de buscarse una ocasión especial, en que les quedara una jornada entera disponible, y vieron que esto ocurría cada cuatro años: el día intercalar de los años bisiestos, que lo pusieron en febrero para que el tiempo no se desordenara.
Así, pues, decidieron reunirse en una comilona el día 29 de febrero; y siendo febrero el mes del carnaval, convinieron en que cada uno se disfrazaría, comería hasta hartarse, bebería bien, pronunciaría un discurso y, en buena paz y compañía, diría a los demás cosas agradables y desagradables. Los gigantes de la Antigüedad en sus banquetes solían tirarse mutuamente los huesos mondos a la cabeza, pero los días de la semana llevaban el propósito de dispararse juegos de palabras y chistes maliciosos, como es propio de las inocentes bromas de carnaval.
Llegó el día, y todos se reunieron.00 Domingo, el presidente de la semana, se presentó con abrigo de seda negro. Las personas piadosas podían pensar que lo hacía para ir a la iglesia, pero los mundanos vieron en seguida que iba de dominó, dispuesto a concurrir a la alegre fiesta, y que el encendido clavel que llevaba en el ojal era la linternita roja del teatro, con el letrero: "Vendidas todas las localidades. ¡Que os divirtáis!."
Lunes, joven emparentado con el Domingo y muy aficionado a los placeres, llegó el segundo. Decía que siempre salía del taller cuando pasaban los soldados.
- Necesito salir a oír la música de Offenbach. No es que me afecte la cabeza ni el corazón; más bien me cosquillea en las piernas, y tengo que bailar, irme de parranda, acostarme con un ojo a la funerala; sólo así puedo volver al trabajo al día siguiente. Soy lo nuevo de la semana.
Martes, el día de Marte, o sea, el de la fuerza.
- ¡Sí, lo soy! - dijo -. Pongo manos a la obra, ato las alas de Mercurio a las botas del mercader, en las fábricas inspecciono si han engrasado las ruedas y si éstas giran; atiendo a que el sastre esté sentado sobre su mesa y que el empedrador cuide de sus adoquines. ¡Cada cual a su trabajo! No pierdo nada de vista, por eso he venido en uniforme de policía. - Si no os parece adecuado, buscadme un atuendo mejor.
- ¡Ahora voy yo! - dijo Miércoles -. Estoy en el centro de la semana. Soy oficial de la tienda, como una flor entre el resto de honrados días laborables. Cuando dan orden de marcha, llevo tres días delante y otros tres detrás, como una guardia de honor. Tengo motivos para creer que soy el día de la semana más distinguido.
Jueves se presentó vestido de calderero, con el martillo y el caldero de cobre; era el atributo de su nobleza. - Soy de ilustre cuna - dijo -, ¡gentil, divino! En los países del Norte me han dado un nombre derivado de Donar, y en los del Sur, de Júpiter. Ambos entendieron en el arte de disparar rayos y truenos, y esto ha quedado en la familia. Y demostró su alta alcurnia golpeando en el caldero de cobre.
Viernes venia disfrazado de señorita, y se llamaba Freia o Venus, según el lenguaje de los países que frecuentaba. Por lo demás, afirmó que era de carácter pacífico y dulce, aunque aquel día se sentía alegre y desenvuelto; era el día bisiesto, el cual da libertad a la mujer, pues, según una antigua costumbre, ella es la que se declara, sin necesidad de que el hombre le haga la corte.
Sábado vino de ama de casa, con escoba, como símbolo de la limpieza. Su plato característico era la sopa de cerveza, mas no reclamó que en ocasión tan solemne la sirviesen a todos los comensales; sólo la pidió para ella, y se la trajeron.00 Y todos los días de la semana se sentaron.
Los siete quedan dibujados, utilizables para cuadros vivientes en círculos familiares, donde pueden ser presentados de la manera más divertida. Aquí los damos en febrero sólo en broma, el único mes que tiene un día de propina. 





 * * * FIN * * * 




 Hans Christian Andersen 




lunes, enero 27, 2014

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((42))




Inés del alma mía[Document Transcript]... -Dice Cecilia que es inútil supliciar a los mapuche, jamás podrán hacerlos hablar. Los incas lo intentaron muchas veces, pero ni las mujeres ni los niños se quiebran en el tormento 
-le expliqué a Pedro esa noche, mientras le quitaba la armadura y la ropa, pringosa de sangre seca.
-Entonces los toquis sólo nos servirán como rehenes.
-Me dicen que Michimalonko es muy orgulloso.
-De poco le sirve ahora que está encadenado -me contestó.
-Si no habla a la fuerza, tal vez hable por vanidad. Ya sabes cómo son algunos hombres... -sugerí.
Al día siguiente Pedro decidió interrogar al toqui Michimalonko de una manera tan poco usual, que ninguno de sus capitanes comprendió qué demonios pretendía. Comenzó por ordenar que le quitaran las ataduras y lo llevaran a una vivienda separada, lejos de los otros cautivos, donde las tres indias más bellas de mi servicio lo lavaron y vistieron con ropa limpia de buena calidad, le sirvieron una abundante comida y tantomuday como quiso beber. Valdivia lo hizo escoltar por una guardia de honor y lo recibió en la oficina del cabildo embanderada, rodeado de sus capitanes en armaduras relucientes y con penachos de finísimos colores. Yo asistí con mi vestido de terciopelo color amatista, el único que tenía, los demás quedaron tirados en el camino del norte. Michimalonko me dirigió una mirada apreciativa, no sé si reconoció a la sargentona que lo había enfrentado con una espada. Habían dispuesto dos sillas iguales, una para Valdivia y otra para el toqui. Contábamos con un lengua, pero ya sabíamos que elmapudungu no se puede traducir, porque es un idioma poético que se va creando en la medida en que se habla; las palabras cambian, fluyen, se juntan, se deshacen, es puro movimiento, por eso tampoco se puede escribir. Si uno trata de traducirlo palabra por palabra, no se entiende nada. A lo más, el lengua podía transmitir una idea general. Con el mayor respeto y solemnidad, Valdivia manifestó su admiración por el valor de Michimalonko y sus guerreros. El toqui replicó con similares finezas, y así, de una zalamería en otra, Valdivia fue conduciéndolo por el camino de la negociación, mientras sus capitanes observaban la escena perplejos. El viejo estaba orgulloso de discutir mano a mano con ese poderoso enemigo, uno de los barbudos que habían derrotado nada menos que al imperio del Inca. Pronto empezó a jactarse de su posición, su linaje, sus tradiciones, el número de sus huestes y sus mujeres, que eran más de veinte, pero había espacio en su morada para varias más, incluso alguna chiñura española. Valdivia le contó que Atahualpa había llenado una pieza de oro hasta el techo para pagar su rescate; mientras más valioso el prisionero, más alto el rescate, agregó. Michimalonko se quedó pensando por un rato, sin que nadie lo interrumpiera, preguntándose, supongo, por qué a los huincas les gustaba tanto ese metal, que a ellos sólo les había traído problemas; por años tuvieron que dárselo al Inca como tributo. He aquí, sin embargo, que de pronto podía tener buen uso: pagar su propio rescate. Si Atahualpa llenó una pieza de oro, él no podía ser menos. Entonces se puso de pie, erguido como una torre, se golpeó el pecho con los puños y anunció con voz firme que a cambio de su libertad estaba dispuesto a entregar a los huincas la única mina de la región, unos lavaderos de oro llamados deMarga-Marga, y ofreció además mil quinientas personas para trabajar en ellos.
¡Oro! Hubo regocijo en la ciudad, por fin la aventura de conquistar Chile adquiría sentido para los hombres. Pedro de Valdivia partió con un destacamento bien
armado, llevando a Michimalonko a su lado en un hermoso alazán, que le regaló. Llovía a cántaros, iban ensopados y tiritando, pero con muy buen ánimo. Mientras, en Santiago se escuchaban los alaridos de furia de los toquis traicionados por Michimalonko, que todavía estaban encadenados a sus postes. Las trutucas -flautas hechas con largas cañas- respondían desde el bosque a las maldiciones en mapudungu de los jefes.
El jactancioso Michimalonko guió a los huincas por los cerros hacia la desembocadura de un río cerca de la costa, a treinta leguas de Santiago, y de allí hacia un arroyo donde se hallaban los lavaderos que su gente había explotado por muchos años sin otro propósito que satisfacer la codicia del Inca. De acuerdo a lo negociado, puso mil quinientas almas a disposición de Valdivia, más de la mitad de las cuales resultaron ser mujeres, pero no hubo nada que alegar, porque entre los indígenas chilenos ellas realizan el trabajo, los hombres sólo hacen discursos y tareas que requieran músculos, como la guerra, nadar y jugar a la pelota. Los hombres asignados por Michimalonko eran flojísimos, porque no les pareció labor de guerreros pasar el día en el agua con un canastito lavando arena, pero Valdivia supuso que los negros los volverían más complacientes a latigazos. Llevo muchos años en Chile y sé que es inútil esclavizar a los mapuche, se mueren o se escapan. No son vasallos ni entienden la idea del trabajo, menos entienden las razones para lavar oro en el río y dárselo a los huincas. Viven de la pesca, la caza, algunos frutos, como el piñón, las siembras y los animales domésticos. Poseen sólo lo que pueden llevar consigo. ¿Qué razón tendrían para someterse al látigo de los capataces? ¿El temor? No lo conocen. Aprecian primero la valentía y segundo la reciprocidad: tú me das, yo te doy, con justicia. No tienen calabozos, alguaciles ni otras leyes más que las naturales; el castigo también es natural, quien hace algo malo corre el riesgo de que le llegue lo mismo. Así es en la Naturaleza, y no puede ser diferente entre los humanos. Llevan cuarenta años en guerra con nosotros, y aprendieron a torturar, robar, mentir y hacer trampas, pero me han dicho que entre ellos conviven en paz. Las mujeres mantienen una red de relaciones que une a los clanes, incluso aquellos separados por cientos de leguas. Antes de la guerra se visitaban a menudo y, como los viajes eran largos, cada encuentro duraba semanas y servía para fortalecer lazos y la lenguamapudungu, contar historias, bailar, beber, acordar nuevos matrimonios. Una vez al año las tribus se juntaban a campo abierto para un Nguillatún, invocación al Señor de la Gente, Ngenechén, y para honrar a la Tierra, diosa de la abundancia, fecunda y fiel, madre del pueblo mapuche.
Consideran una falta de respeto molestar a Dios cada domingo, como nosotros; una vez al año es más que suficiente. Sus toquis poseen una autoridad relativa, porque no hay obligación de obedecerles, sus responsabilidades son más que sus privilegios. Así describe Alonso de Ercilla y Zúñiga la forma en que son elegidos:
Ni van por calidad, ni por herencia, ni por hacienda y ser mejor nacidos;
mas la virtud del brazo y la excelencia,
ésta hace los hombres preferidos, ésta ilustra, habilita, perfecciona, y quilata el valor de la persona.
Al llegar a Chile nada sabíamos de los mapuche, pensábamos que sería fácil someterlos, como hicimos con pueblos mucho más civilizados, los aztecas y los incas. Nos demoramos muchos años en comprender cuán errados estábamos. A esta guerra no se le vislumbra fin, porque cuando supliciamos a un toqui, surge otro de inmediato, y cuando exterminamos una tribu completa, del bosque sale otra y toma su lugar. Nosotros queremos fundar ciudades y prosperar, vivir con decencia y molicie, mientras ellos sólo aspiran a la libertad.
Pedro estuvo ausente varias semanas porque además de organizar el trabajo de la mina, decidió iniciar la construcción de un bergantín para establecer comunicación con el Perú; no podíamos seguir aislados en el culo del mundo y sin otra compañía que salvajes en cueros, como decía Francisco de Aguirre con su habitual franqueza. Encontró una bahía muy propicia, llamada Concón, con una amplia playa de arenas claras, rodeada de bosque de madera sana y resistente al agua. Allí instaló al único de sus hombres que tenía vagas nociones marítimas, secundado por un puñado de soldados, varios capataces, indios auxiliares y otros que facilitó Michimalonko.
 -¿Tenéis un plano para el barco, señor gobernador? -preguntó el supuesto experto.
-¡No pretenderéis decirme que necesitáis un plano para algo tan simple! -lodesafió Valdivia.
-Nunca he construido un barco, excelencia.00 -Rezad para que no se os hunda, amigo mío, porque iréis en el primer viaje -sedespidió el gobernador, muy contento con su proyecto.
Por primera vez la idea del oro le entusiasmaba, podía imaginar las caras de la gente en el Perú cuando supieran que Chile no era tan mísero como se decía. Mandaría una muestra del oro en su propio barco, causaría sensación, eso atraería a más colonos y Santiago sería la primera de muchas ciudades prósperas y bien pobladas. Como había prometido, dejó a Michimalonko en libertad y se despidió de él con las mayores muestras de respeto. El indio se fue al galope en su nuevo caballo, disimulando la risa.
En una de sus excursiones evangelizadoras, que hasta ese momento no habían dado ni el menor fruto, porque los naturales del valle manifestaron pasmosa indiferencia ante las ventajas del cristianismo, el capellán González de Marmolejo regresó con un muchacho. Lo había encontrado vagando en la ribera del Mapocho, flaco, cubierto de mugre y costras de sangre. En vez de escapar corriendo, como hacían los indios cada vez que él aparecía con su sotana pringosa y su cruz en alto, el niño empezó a seguirlo como un perro, sin decir palabra, con ojos ardientes, atentos a
cada movimiento del fraile. «¡Vete, chico! ¡Chus!», lo echaba el capellán, amenazando con darle un coscorrón con la cruz. Pero no hubo caso, se le pegó hasta Santiago. A falta de otra solución, lo trajo a mi casa.
-¿Qué queréis que haga con él, padre? No tengo tiempo para criar chiquillos -ledije, porque lo último que me convenía era encariñarme con un niño del enemigo.
-Tu casa es la mejor de la ciudad, Inés. Aquí estará muy bien este pobrecillo.-¡Pero...!
-¿Qué dicen los Mandamientos de la Ley de Dios? Hay que alimentar al hambriento y vestir al desnudo -me interrumpió.
-No me acuerdo de ese mandamiento, pero si vos lo decís...
-Ponedlo a trabajar con los cerdos y las gallinas, es muy dócil.
Pensé que bien podía criarlo él, para eso tenía casa y manceba, podía convertirlo en sacristán, pero no pude negarme porque debía muchos favores a ese capellán; mal que mal, me estaba instruyendo. Ya podía leer sin ayuda uno de los tres libros de Pedro,Amadís, de amores y aventuras. Con los otros dos todavía no me atrevía, El cantar del Mío Cid, sólo batallas, y Enchiridion Militis Christiani, de Erasmo, un manual para soldados que no me interesaba para nada. El capellán tenía otros varios libros que seguro también estaban prohibidos por la Inquisición y que un día yo esperaba leer. De modo que el mocoso se quedó con nosotros. Catalina lo lavó y vimos que no era sangre seca lo que tenía, sino barro y arcilla; aparte de unos rasguños y magullones, estaba indemne. Tenía unos once o doce años, era flaco, con las costillas visibles, pero fuerte, estaba coronado por una mata de pelo negro, tieso de mugre. Llegó casi desnudo. Nos atacó a mordiscos cuando intentamos quitarle un amuleto que traía colgado al cuello de una tira de piel. Pronto me olvidé de él, porque estaba muy atareada con las labores de fundar el pueblo, pero dos días después Catalina me lo recordó. Dijo que no se había movido del corral donde lo dejamos y tampoco había comido.
-¿Qué vamos a estar haciendo con él, mamitay?-Que se vaya con los suyos, es lo mejor.
Fui a verlo y lo hallé sentado en el patio, inmóvil, tallado en madera, con sus ojos negros fijos en los cerros. Había tirado lejos la manta que le dimos, parecía gustarle el frío y la llovizna del invierno. Le expliqué por señas que se podía ir, pero no se movió.
-No está queriendo irse, pues. Quedarse está queriendo, no más -suspiró Catalina.
-Que se quede entonces.
-¿Y quién va a estar vigilando al salvaje, pues, señoray? Ladrones y flojos están siendo estos mapuche.
-Es sólo un niño, Catalina. Ya se irá, nada tiene que hacer aquí.
Ofrecí al chico una tortilla de maíz y no reaccionó, pero cuando le acerqué una calabaza con agua, la cogió a dos manos y se bebió el contenido a sorbos sonoros, como un lobo. Contrario a mis predicciones, se quedó con nosotros. Lo vestimos con un
poncho y calzas de adulto recogidas en la cintura mientras le cosíamos algo de su tamaño, le cortamos el pelo y le quitamos los piojos. Al día siguiente comió con un apetito voraz, y pronto salió del corral y empezó a vagar por la casa y luego por la ciudad, como un alma perdida. Le interesaban más los animales que la gente, y aquéllos le respondían bien; los caballos comían de su mano, y hasta los perros más bravos, entrenados para atacar a los indios, le movían la cola. Al principio lo echaban de todas partes, ningún vecino quería un indiecito tan raro bajo su techo, ni siquiera el buen capellán, que tanto me predicaba los deberes cristianos, pero pronto se acostumbraron a su presencia y el chico se volvió invisible, entraba y salía de las casas, siempre silencioso y atento. Las indias del servicio le daban golosinas y hasta Catalina terminó por aceptarlo, aunque a regañadientes.
En eso volvió Pedro, cansado y adolorido por la larga cabalgata, pero muy satisfecho, porque traía las primeras muestras de oro, pepitas de buen tamaño sacadas del río. Antes de reunirse con sus oficiales, me cogió por la cintura y me llevó a la cama. «En verdad eres el alma mía, Inés», suspiró, besándome. Olía a caballo y sudor, nunca me había parecido tan guapo, tan fuerte, tan mío. Confesó que me había echado de menos, que cada vez le costaba más alejarse de mí, aunque fuese sólo por unos días, que cuando estábamos separados tenía malos sueños, premoniciones, miedo de no volver a verme. Lo desnudé como a un niño, lo lavé con un trapo mojado, besé una a una sus cicatrices, desde la gruesa herradura de la cadera y los cientos de rayas de guerra que le cruzaban brazos y piernas, hasta la pequeña estrella de la sien, producto de una caída de muchacho. Hicimos el amor con una ternura lenta y nueva, como un par de abuelos. Pedro estaba tan molido por esas semanas de esfuerzo, que se dejó hacer por mí con una mansedumbre de virgen. Montada sobre él, amándolo lentamente, para que gozara de a poco, admiré su noble rostro a la luz de la bujía, su frente amplia, su prominente nariz, sus labios de mujer. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa plácida, estaba entregado, parecía joven y vulnerable, diferente al hombre aguerrido y ambicioso que semanas antes había partido a la cabeza de sus soldados. En un momento, durante la noche, me pareció vislumbrar en un rincón la silueta del chico mapuche, pero pudo haber sido sólo un juego de sombras.
Al otro día, cuando volvió de su reunión con el cabildo, Pedro me preguntó quién era el pequeño salvaje. Le expliqué que me lo había endosado el capellán, que suponíamos que era huérfano. Pedro lo llamó, lo examinó de pies a cabeza y le gustó, tal vez le recordaba cómo era él mismo a esa edad, igual de intenso y altivo. Se dio cuenta de que el niño no hablaba castellano y mandó a buscar a un lengua.
-Dile que puede quedarse con nosotros siempre que se haga cristiano. Se llamará Felipe. Me gusta ese nombre, si tuviera un hijo, así lo llamaría. ¿De acuerdo? - anunció Valdivia.
El chico asintió. Pedro agregó que si era sorprendido robando lo haría azotar primero y lo echaría de la ciudad enseguida; podía darse por afortunado, porque otro vecino le cortaría la mano derecha de un hachazo. ¿Entendido? Asintió de nuevo,
mudo, con una expresión más irónica que asustada. Le pedí al lengua que le propusiera un trato: si él me enseñaba su idioma, yo le enseñaría castellano. A Felipe no le interesó para nada. Entonces Pedro mejoró la oferta: si me enseñaba mapudungu tendría permiso para cuidar los caballos. De inmediato se iluminó la cara del mocoso y desde ese instante demostró adoración por Pedro, a quien llamaba Taita. A mí me decía formalmentechiñura, por señora, supongo. En eso quedamos. Felipe resultó buen maestro, y yo, una alumna aventajada; así es como gracias a él me convertí en la única huinca capaz de entenderse directamente con los mapuche, pero eso habría de tomar casi un año. Dije «entenderse con los mapuche» pero eso es una fantasía, nunca nos entenderemos, hay demasiados rencores acumulados. [42]





:::::>>El titiritero<<:::::::





A bordo del vapor se hallaba un hombre de edad ya avanzada y con cara de Pascuas, tan de Pascuas que, si no engañaba, debía de ser el hombre más feliz del mundo. Y, efectivamente, lo era, según él; se lo oí de su boca. Era danés, compatriota mío y director de teatro ambulante. Llevaba consigo a todo su personal, en una gran caja, pues era titiritero. Su buen humor, que era innato, decía, había sido además refinado por un estudiante de politécnico, y en el experimento se había vuelto completamente feliz. Yo no lo entendí de buenas a primeras, y entonces él me aclaró toda la historia, que es la siguiente:
- Fue en Slagelse - comenzó el hombre -. Daba yo una representación en la "Fonda del Correo," y la sala estaba brillantísima, atestada de público; era un público que aún no había hecho la primera comunión, si se exceptúan dos o tres señoras ancianas. De pronto se presentó un personaje vestido de negro con aspecto de estudiante, tomó asiento y, en el curso de la función, se río sonoramente en los pasajes donde había que reír, y aplaudió con toda justicia. Era un espectador excepcional. Quise saber de quién se trataba, y me dijeron que era un estudiante de último año de la escuela Politécnica enviado para enseñar a las gentes de las provincias. Mi espectáculo terminó a las ocho, pues los pequeños deben acostarse temprano, y hay que pensar en las conveniencias del público. A las nueve empezó el profesor sus conferencias y experimentos, y yo acudí a oírlo. Era algo que valía la pena ver y escuchar. La mayoría de las cosas que decía quedaban por encima de mis horizontes, como suele decirse, pero yo pensé para mis adentros: puesto que los hombres somos capaces de descubrir todo esto, también deberíamos poder alargar un poco más nuestra vida, antes de que nos entierren. Lo que hacía eran pequeños milagros, y, sin embargo, todo salía tan llano, tan natural. En tiempos de Moisés y de los profetas, aquel politécnico habría sido uno de los grandes sabios del país, y en la Edad Media habría muerto en la hoguera. En toda la noche no dormí, y cuando, al atardecer del siguiente día, hubo nueva representación, a la cual asistió también el estudiante, yo me sentí en plena forma. He oído decir de un comediante que, cuando interpretaba papeles de enamorado, pensaba sólo en una espectadora; actuaba para ella, olvidándose del resto de la sala. El estudiante se convirtió en mi "ella," mi único espectador, y trabajé para él. Terminada la representación, fueron llamados a escena todos los personajes, y el estudiante me hizo llamar y me invitó a tomar un vaso de vino. Habló de mi comedia, y yo hablé de su ciencia, y creo que los dos disfrutamos por igual; pero yo quedé con la última palabra, pues en su esfera había muchísimas cosas que no sabía explicar satisfactoriamente, por ejemplo, el hecho de que un trozo de hierro que cae por una espiral quede magnetizado. ¿Qué significa esto? Viene el espíritu sobre él, pero, ¿de dónde le viene? Es lo mismo que ocurre con los seres humanos, pienso yo. El buen Dios les hace dar volteretas a través de la espiral del tiempo, y el espíritu baja sobre ellos, y de este modo sale un Napoleón, un Lutero u otro personaje por el estilo. "El mundo entero es un montón de obras milagrosas - dijo el estudiante -, pero estamos tan acostumbrados, que las consideramos ordinarias." Y siguió hablando y explicando, hasta que al fin me daba la impresión de que se me abría el cráneo, y le confesé sinceramente que, de no sentirme tan viejo, enseguida me habría ido a estudiar a la Escuela Politécnica para aprender cómo está hecho el mundo, a pesar de ser, como soy, uno de los hombres más felices. "¡Uno de los más felices! - repitió él, como si lo saborease -. ¿Es usted feliz?," preguntó. "Sí - respondí -, soy feliz y bien recibido en todas las ciudades donde me presento con mi compañía." Cierto que hay un deseo que a veces me acosa como un duende, una pesadilla que reprime mi buen humor: quisiera ser director de teatro de una compañía de carne y hueso, de una verdadera compañía de personas. "¿Desea usted infundir vida a sus marionetas? ¿Desea que se conviertan en cómicos de verdad y usted en su director? - dijo -. ¿Cree que entonces sería completamente feliz?." Él no lo creía, pero yo sí. Seguimos hablando sin llegar a ponernos de acuerdo, pero chocamos los vasos, y el vino era excelente, sólo que debía estar embrujado, pues de otro modo la historia terminaría en que yo me emborraché. Y, sin embargo, no fue así; conservaba la cabeza clara. En la habitación parecía como si diera el sol; de los ojos del estudiante emanaba un resplandor que me hizo pensar en los dioses antiguos, eternamente jóvenes, cuando peregrinaban aún por la Tierra. Se lo dije y se sonrió; yo habría jurado que era un dios disfrazado o un miembro de su familia, y, en efecto, lo era. Mi mayor deseo iba a verse realizado; las marionetas cobrarían vida, y yo sería director, de una compañía de comediantes de carne y hueso. Chocamos los vasos y los vaciamos por la realización del milagro. Él cogió todos los muñecos de la caja, me los ató a la espalda y me lanzó luego por una espiral. Todavía siento las volteretas que daba, hasta que llegué al suelo, y toda la compañía saltó fuera de la caja. El espíritu había bajado sobre todos los personajes; las marionetas se habían transformado en excelentes artistas, ellas mismas lo decían, y yo era su director. Todo estaba dispuesto para la primera representación: la compañía entera quería hablar conmigo, y el público, también. La bailarina dijo que si no se sostenía sobre una pierna, la casa se vendría al suelo, que ella era la primera figura y quería ser tratada como tal. La que representaba el papel de emperatriz se empeñó en ser tratada de majestad incluso fuera de la escena, pues de otro modo perdería la práctica. El que no tenía más misión que la de salir con una carta en la mano, se daba tanta importancia como el primer galán, pues, decía, todos intervienen por igual en el conjunto artístico, tanto los pequeños como los grandes. Después el héroe exigió que todo papel se compusiera de escenas finales, pues entonces era cuando lo aplaudían. La "prima donna" se negaba a salir como no fuera con luz roja, alegando que ésta le sentaba bien, al contrario de la azul. Aquello parecía una botella llena de moscas, y yo, el director, me encontraba en medio de ellas. Faltábame aire, perdí la cabeza, me sentía tan miserable como pueda ser una criatura humana. Estaba entre una nueva especie de seres, deseaba volver a tenerlos a todos en la caja, y maldecía la hora en que había querido ser director. Les dije, sin rodeos, que en el fondo todos eran títeres, y entonces arremetieron contra mí y me mataron.
Desperté tendido en mi cama, en mi habitación. Cómo fui transportado allí, y si lo hizo el estudiante, es cosa que él debe saberlo; lo que es yo, lo ignoro. La luna brillaba en el suelo, donde aparecía volcada la caja, con todos los muñecos revueltos, grandes y pequeños, la compañía entera. Yo, ni corto ni perezoso, salté del lecho, y en un momento todos volvieron a estar en la caja, unos de cabeza, otros de pie. Puse la tapa y me senté encima; era digno de pintarlo. ¿Se imaginan ustedes el cuadro? Yo sí. "Ahora os vais a quedar todos aquí - dije -, y nunca más desearé que seáis de carne y huesos." Sentíame aliviadísimo, el más feliz de los hombres. El estudiante politécnico me había iluminado; completamente dichoso, me quedé dormido sobre la caja. A la mañana siguiente - en realidad, a mediodía, pero es que me desperté muy tarde - seguía aún allí, feliz, porque había comprendido que mi antiguo y único deseo era una estupidez. Pregunté por el estudiante, pero se había marchado, lo mismo que hacían los dioses griegos y romanos. Y desde aquel día soy el hombre más venturoso de la Tierra. Soy un director feliz, mi personal no discute, y el público tampoco, pues se divierte con toda el alma. Puedo hilvanar mis obras como se me antoja; de cada comedia saco lo mejor, según me parece, y nadie se molesta por ello. Me sirvo de obras que están ya desechadas en los grandes teatros, pero que hace treinta años el público corría a verlas y lloraba con ellas a moco tendido. Las presento a los pequeños, los cuales lloran como antaño lo hicieron sus padres. Represento "Johanna Montfaucon" y "Dyveke," aunque abreviadas, porque los chiquillos no aguantan los largos coloquios amorosos; lo quieren desgraciado, pero rápido. He recorrido toda Dinamarca, conozco a sus gentes y soy e ellas conocido. He pasado ahora a Suecia, y si aquí me acompaña la suerte y me saco mis buenas perras, me haré escandinavo y nada más; se lo digo como compatriota. Y yo, como compatriota, lo cuento, naturalmente, sólo por contarlo.





* * * FIN * * * 





Hans Christian Andersen 




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