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martes, octubre 15, 2013

:::::>¡Qué hermosa!<:::::::




El escultor Alfredo - seguramente lo conoces, pues todos lo conocemos - ganó la medalla de oro, hizo un viaje a Italia y regresó luego a su patria. Entonces era joven, y, aunque lo es todavía, siempre tiene unos años más que en aquella época.






A su regreso fue a visitar una pequeña ciudad de Zelanda. Toda la población sabía quién era el forastero. Una familia acaudalada dio una fiesta en su honor, a la que fueron invitadas todas las personas que representaban o poseían algo en la localidad. Fue un acontecimiento, que no hubo necesidad de pregonar con bombo y platillos. Oficiales artesanos e hijos de familias humildes, algunos con sus padres, contemplaron desde la calle las iluminadas cortinas; el vigilante pudo imaginar que había allí tertulia, a juzgar por el gentío congregado en la calle. El aire olía a fiesta, y en el interior de la casa reinaba el regocijo, pues en ella estaba don Alfredo, el escultor.






Habló, contó, y todos los presentes lo escucharon con gusto y con unción, principalmente la viuda de un funcionario, ya de cierta edad. Venía a ser como un papel secante nuevecito para todas las palabras de don Alfredo: chupaba enseguida lo que él decía, y pedía más; era enormemente impresionable e increíblemente ignorante: un Kaspar Hauser femenino.




 
 
Supongo que visitaría Roma - dijo -. Debe ser una ciudad espléndida, con tanto extranjero como allí acude. ¡Descríbanos Roma! ¿Qué impresión produce cuando se llega a ella?





 
- Es muy fácil describirla - dijo el joven escultor -. Hay una gran plaza, con un obelisco en el centro, un obelisco que tiene cuatro mil años.
 
 



- ¡Un organista! - exclamó la mujer, pues no había oído nunca aquella palabra. Algunos estuvieron a punto de soltar la carcajada, y también el escultor, pero la sonrisa que apuntaba se transformó en ensimismamiento, al ver junto a la señora un par de grandes ojos azules: era la hija de la dama que acababa de hablar, y cuando se tiene una hija como aquélla, no cabe ser tonto. La madre era una fuente inagotable de preguntas, y de esta fuente la hija era la hermosa náyade. ¡Qué preciosa! Para un escultor resultaba un objeto digno de admiración, aunque poco apropiado para entablar un coloquio; la verdad es que hablaba poco o nada.





 
- ¿Tiene una gran familia el Papa? - preguntó la señora. El joven interpretó la pregunta del mejor modo posible, y contestó:






- No, no es de una gran familia.






- No es eso lo que quiero decir - repuso la señora -. Me refiero a si tiene muchos hijos.





 
- El Papa no puede casarse - respondió él.






- Pues eso no me gusta - dijo la viuda.





 
Hablaba sin ton ni son, pero, quién sabe si, de no haberlo hecho, su hija hubiera permanecido apoyada en su hombro, mirándola con aquella sonrisa casi conmovedora.






Y don Alfredo habla que te habla: de la magnificencia de colores de Italia, de las azuladas montañas, del azul Mediterráneo, del azul meridional, una belleza que en las tierras nórdicas sólo es superada por los ojos azules de sus mujeres. Y lo dijo con toda intención, pero la que debía entenderlo no se dio por aludida, o por lo menos no lo dejó ver. Y también esto era hermoso.





 
- ¡Italia! - suspiraron algunos -. ¡Viajar! - suspiraron otros-. ¡Qué hermoso, qué hermoso!






- Bueno, cuando saque cincuenta mil escudos a la lotería, viajaremos - dijo la viuda -. Yo y mi hija, y usted, don Alfredo, nos hará de guía. Nos iremos los tres juntos. Y vendrán también algunos buenos amigos -. Y dirigió una sonrisa a todos los concurrentes, para que todos pensaran que aludía a ellos -. Iremos a Italia. Pero no a los lugares donde hay bandidos -, no nos moveremos de Roma y de las grandes carreteras; allí se está más seguro.






La hija dejó escapar un leve suspiro. ¡Cuántas cosas se pueden contener en un leve suspiro! El joven le puso muchas. Los dos ojos azules ocultaban tesoros, tesoros del alma y del corazón, ricos como todas las magnificencias de Roma. Y cuando abandonó la fiesta, quedó con un aire ausente: su corazón estaba con la damita.






De todas las casas de la ciudad, la de la viuda fue la única que visitó don Alfredo. Todo el mundo se dio cuenta de que no era por la madre, a pesar de lo mucho que habían hablado los dos. Saltaba a la vista que iba por la hija. Ésta se llamaba Kala (propiamente, Karen Malene, y los dos nombres se habían contraído en Kala). Era hermosa, pero un tanto dormilona, decían algunos; por la mañana solían pegársele las sábanas.






- La viciamos de niña - decía la madre -. Siempre ha sido una joven Venus, y éstas se fatigan pronto. Se levanta algo tarde, pero gracias a eso tiene esos ojos tan límpidos.






¡Qué poder había en aquellos límpidos ojos! ¡Aquellas aguas azul marino! Aguas tranquilas, pero profundas. Bien lo sentía el joven, que estaba preso en su hondura. Hablaba y contaba sin parar, y mamá no se cansaba de preguntarle, desenvuelta y despreocupada como el día en que se conocieron.






Daba gusto oír contar a don Alfredo. Hablaba de Nápoles, de sus excursiones al Vesubio, y pintaba con brillantes colores algunas erupciones del volcán. La viuda nunca había oído hablar de aquello, ni lo había pensado.






- ¡Dios nos libre! - exclamó -. ¡Una montaña que escupe fuego! ¿No puede hacer daño a nadie?




 
 
- Ha destruido ciudades enteras - respondió el artista -. Pompeya y Herculano.





 
- ¡Desventurados habitantes! ¿Y usted estaba allí?






- No, no he presenciado ninguna de las erupciones, que tengo reproducidas en estas estampas; pero les voy a mostrar, en un dibujo de mi mano, una que vi con mis propios ojos.






Sacó un esbozo a lápiz y la mamá, que estaba aún impresionada por las imágenes en color, miró el pálido apunte a lápiz y exclamó con sorpresa:






- ¿Lo vio escupir fuego blanco?





 
Por un instante, don Alfredo sintió que se desvanecía su respeto por la señora, pero bastó una mirada a Kala para comprender que su madre no poseía el sentido del color. En cambio, tenía lo mejor, lo más hermoso: tenía a Kala.






Y con Kala se prometió Alfredo, de lo cual nadie se extrañó. Y su compromiso se publicó en el diario de la ciudad. Mamá encargó treinta ejemplares del número, para recortar el suelto y enviarlo en cartas a amigos y conocidos. Y los novios se sintieron felices, y la suegra también. En cierto modo había entrado a formar parte de la familia de Thorwaldsen.






- Es usted su continuación - dijo.





 
Y Alfredo encontró que había dicho algo muy ingenioso. Kala permaneció callada, pero sus ojos se iluminaron, y una sonrisa se dibujó en su boca. Realmente era hermosa, no nos cansaremos de repetirlo.





 
Alfredo modeló el busto de Kala y el de su suegra; ellas posaron, mirando cómo sus dedos alisaban y amasaban la blanda arcilla.





 
- Esto lo hace sólo por nosotras - dijo la viuda -. Es una atención por su parte el hacer personalmente este trabajo tan basto, en vez de encargarlo a su ayudante.






- La arcilla no tengo más remedio que moldearla yo - dijo él.






- Usted siempre tan galante - contestó mamá, mientras Kala apretaba la mano del artista, sucia de arcilla.






Luego explicó a las dos la belleza que la Naturaleza ha dado a los seres creados: cómo la vida está por encima de la arcilla, la planta sobre el mineral, el animal sobre la planta, el hombre sobre el animal; cómo el espíritu y la belleza se manifiestan por la forma, y cómo el escultor reproduce en la figura terrena lo más sublime de su revelación.






Kala reflexionaba en silencio sobre las ideas que él iba sugiriendo, pero su madre lo interrumpió:






- Es difícil seguirlo. Pero poco a poco voy cogiendo sus pensamientos, y aunque se me lían y enmarañan en la cabeza, no los suelto por eso.






Y la belleza lo sujetaba a él, lo llenaba y dominaba. Aquella belleza que irradiaba de toda la persona de Kala, de su mirada, de sus labios, incluso de los movimientos de sus dedos. Así lo decía Alfredo, y el escultor lo comprendía muy bien; hablaba sólo de ella, y en ella pensaba tan sólo; los dos se habían identificado, y así también ella habló mucho, pues él lo hacia muchísimo.






Fue aquél el día de la petición de mano, y después vino el de la boda, con las doncellas de honor y los obsequios, y se pronunció el sermón nupcial.






La suegra había colocado en el extremo superior de la mesa, en casa de la novia, el busto de Thorwaldsen en bata de noche. Se le había ocurrido que debía figurar entre los invitados. Cantáronse canciones y se pronunciaron brindis; resultó una boda muy alegre, y los novios formaban una bella pareja. "Pigmalión ha logrado su Galatea," decía una de las canciones.
 
 




 - Ésta es otra mitología - observó la mamá política.






Al día siguiente, la joven pareja partió para Copenhague, donde iban a establecerse. La suegra los acompañó para hacerse cargo de lo prosaico, decía ella, o sea, para cuidar del gobierno de la casa. Kala debía vivir como en una casa de muñecas. Todo era nuevo, reluciente y hermoso. Allí los tenemos a los tres, y Alfredo, para servirnos de una frase proverbial, que aquí viene como al dedillo, estaba como un obispo en un nido de gansos.





 
El encanto de la forma lo había ofuscado. Había visto el envoltorio y no lo que contenía, lo cual es una desgracia, y no pequeña, en el matrimonio. Pues cuando la funda se despega y el oropel se cae, uno deplora la transacción. En la vida de sociedad resulta enormemente desagradable observar que uno ha perdido los botones de sus tirantes, y saber que no puede confiar en la hebilla por la sencilla razón de que no la tiene; pero es mucho peor aún oír, en las tertulias sociales, que la esposa y la suegra dicen tonterías, y no poder confiar en una ocurrencia aguda que borre el efecto de la estupidez.






Con mucha frecuencia se estaban los recién casados cogidos de la mano, hablando él e interponiendo ella una palabrita de tarde en tarde, siempre la misma melodía, las mismas dos o tres notas cristalinas. No se animaba la cosa hasta que llegaba Sofía, una de las amigas.



 
 
Sofía no era lo que se dice bonita, pero tampoco tenía ninguna falta; un poco torcida tal vez, decía Kala, pero no más de lo que pueden parecerlo las amigas. Era una muchacha muy juiciosa, y nadie pensaba que pudiese llegar a constituir un peligro. Venía a traer un poco de aire fresco a aquella casa de muñecas, y, realmente, todos se daban cuenta de que hacía falta renovar el aire. Por eso se marcharon, con deseos de airearse; la suegra y la joven pareja partieron para Italia.
 
 
 



- ¡Gracias a Dios que estamos de nuevo en casa! - exclamaron madre e hija al regresar con Alfredo al año siguiente.






- No es ningún placer viajar - dijo la suegra -. Resulta de lo más aburrido, y perdona que te lo diga. Me aburrí a pesar de tener conmigo a mis hijos, y además es caro, muy caro, eso de viajar. ¡Todas esas galerías que hay que visitar! ¡Tantas cosas que hay que ir a ver! Y no hay más remedio, pues al volver os preguntarán por todo. Y luego habréis de escucharos, para colmo, que os olvidasteis de visitar lo más hermoso de todo. Al final, ya me fastidiaban aquellas eternas madonas; una acaba por volverse madona.
 
 
 



- ¡Y las comidas! - intervino Kala.




 
 
- ¡Ni una sopa de caldo como Dios manda! - añadió mamá ¡Y qué mala es su cocina!






Kala volvió del viaje muy fatigada; aquello fue lo peor. Se presentó Sofía en la casa y se mostró útil y capaz.






Hay que reconocer - decía la suegra - que Sofía entiende de economía doméstica y de arte; y que suple muy bien a la enferma; además es muy honesta y fiel. - Buenas pruebas dio de todo ello durante la enfermedad de Kala, una dolencia consuntiva que se la llevó.





 
Donde la funda lo es todo, hay que guardarla, de lo contrario se pierde todo; y en nuestro caso se perdió la funda: Kala murió.






- ¡Tan hermosa como era! - dijo su madre -. Realmente era muy distinta de las clásicas, tan averiadas. Kala estaba entera, y eso sí es una belleza.



 
 
 
Lloró Alfredo, lloró la madre, los dos se pusieron de luto. A mamá el negro le sentaba muy bien, y siguió llevándolo mucho tiempo, lamentándose sin cesar, y más aún cuando Alfredo volvió a casarse, y con Sofía precisamente, que por el físico no valía nada.






- Le gustan los extremos - decía la suegra -. Ha pasado de lo más hermoso a lo más feo; ha sido capaz de olvidarse de su primera esposa. Los hombres no tienen constancia. Mi marido era distinto. ¡Se murió antes que yo!






- Pigmalión logró su Galatea - dijo Alfredo -. Es verdad lo que decía la canción nupcial. Me enamoré de una hermosa estatua que cobró vida en mis brazos. Pero el alma afín que el cielo nos envía, uno de sus ángeles, capaz de pensar y sentir con nosotros, capaz de alentarnos cuando estamos abatidos, ésta no la he encontrado y conquistado hasta ahora. ¡Llegaste tú, Sofía! No con belleza de formas, con un brillo radiante, sino como debías venir, más bonita de lo que era necesario. Lo principal es lo principal. Viniste a enseñar al escultor que su obra es sólo arcilla y polvo, y que en ella sólo expresa el núcleo más interior, el que debemos buscar.





 
¡Pobre Kala! Nuestra vida sobre la Tierra fue como un viaje. Allá arriba, donde se encuentran los que verdaderamente son afines, tal vez nos sintamos medio extraños.






- Has hablado sin caridad - replicó Sofía -, no como cristiano. Allá arriba, donde no hay matrimonio pero donde, como dijiste, se encuentran las almas afines; allí, donde todo lo sublime se despliega y realza, su alma resonará tal vez con tanta fuerza, que apagará el son de la mía, y tú volverás a prorrumpir en aquel grito de tu primer amor: ¡Qué hermosa, qué hermosa!





* * * FIN * * *





Hans Christian Andersen







lunes, octubre 14, 2013

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((2))




Inés del alma mía[Document Transcript]... Por lo menos setenta años tengo, como dije, y bien vividos, pero mi alma y mi corazón, atrapados todavía en los resquicios de la juventud, se preguntan qué diablos le sucedió al cuerpo. Al mirarme en el espejo de plata, primer regalo de Rodrigo cuando nos desposamos, no reconozco a esa abuela coronada de pelos blancos que me
mira de vuelta. ¿Quién es esa que se burla de la verdadera Inés? La examino de cerca con la esperanza de encontrar en el fondo del espejo a la niña con trenzas y rodillas encostradas que una vez fui, a la joven que escapaba a los vergeles para hacer el amor a escondidas, a la mujer madura y apasionada que dormía abrazada a Rodrigo de Quiroga. Están allí, agazapadas, estoy segura, pero no logro vislumbrarlas. Ya no monto mi yegua, ya no llevo cota de malla ni espada, pero no es por falta de ánimo, que eso siempre me ha sobrado, sino por traición del cuerpo. Me faltan fuerzas, me duelen las coyunturas, tengo los huesos helados y la vista borrosa. Sin las gafas de escribano, que encargué al Perú, no podría escribir estas páginas. Quise acompañar a Rodrigo -a quien Dios tenga en su santo seno- en su última batalla contra la indiada mapuche, pero él no me lo permitió. «Estás muy vieja para eso, Inés», se rió. «Tanto como tú», respondí, aunque no era cierto, porque él tenía varios años menos que yo. Creíamos que no volveríamos a vernos, pero nos despedimos sin lágrimas, seguros de que nos reuniríamos en la otra vida. Supe hace tiempo que Rodrigo tenía los días contados, a pesar de que él hizo lo posible por disimularlo. Nunca le oí quejarse, aguantaba con los dientes apretados y sólo el sudor frío en su frente delataba el dolor. Partió al sur afiebrado, macilento, con una pústula supurante en una pierna que todos mis remedios y oraciones no lograron curar; iba a cumplir su deseo de morir como soldado en el bochinche del combate y no echado como anciano entre las sábanas de su lecho. Yo deseaba estar allí para sostenerle la cabeza en el instante final y agradecerle el amor que me prodigó durante nuestras largas vidas. «Mira, Inés -me dijo, señalando nuestros campos, que se extienden hasta los faldeos de la cordillera-. Todo esto y las almas de centenares de indios ha puesto Dios a nuestro cuidado. Así como mi obligación es combatir a los salvajes en la Araucanía, la tuya es proteger la hacienda y a nuestros encomendados.»
La verdadera razón de partir solo era que no deseaba darme el triste espectáculo de su enfermedad, prefería ser recordado a caballo, al mando de sus bravos, combatiendo en la región sagrada al sur del río Bío-Bío, donde se han pertrechado las feroces huestes mapuche. Estaba en su derecho de capitán, por eso acepté sus órdenes como la esposa sumisa que nunca fui. Lo llevaron al campo de batalla en una hamaca, y allí su yerno, Martín Ruiz de Gamboa, lo amarró al caballo, como hicieron con el Cid Campeador, para aterrar con su sola presencia al enemigo. Se lanzó al frente de sus hombres como un enajenado, desafiando el peligro y con mi nombre en los labios, pero no encontró la muerte solicitada. Me lo trajeron de vuelta, muy enfermo, en un improvisado palanquín; la ponzoña del tumor había invadido su cuerpo. Otro hombre hubiese sucumbido mucho antes a los estragos de la enfermedad y el cansancio de la guerra, pero Rodrigo era fuerte. «Te amé desde el primer momento en que te vi y te amaré por toda la eternidad, Inés», me dijo en su agonía, y agregó que deseaba ser enterrado sin bulla y que ofrecieran treinta misas por el descanso de su alma. Vi a la Muerte, un poco borrosa, tal como veo las letras en este papel, pero inconfundible. Entonces te llamé, Isabel, para que me ayudaras a vestirlo, [2]




:::::>El gallo de corral y la veleta<:::::::



 
Éranse una vez dos gallos: uno, en el corral, y el otro, en la cima del tejado; los dos, muy arrogantes y orgullosos. Ahora bien, ¿cuál era el más útil? Dinos tu opinión; de todos modos, nosotros nos quedaremos con la nuestra.
 
 
 

 
 
El corral estaba separado de otro por una valla. En el segundo había un estercolero, y en éste crecía un gran pepino, consciente de su condición de hijo del estiércol.






"Cada uno tiene su sino - decíase para sus adentros -. No a todo el mundo le es concedido nacer pepino, forzoso es que haya otros seres vivos. Los pollos, los gansos y todo el ganado del corral vecino son también criaturas. Levanto ahora la mirada al gallo que se ha posado sobre el borde de la valla, y veo que tiene una significación muy distinta del de la veleta, tan encumbrado, pero que, en cambio, no puede gritar, y no digamos ya cantar. No tiene gallinas ni polluelos, sólo piensa en sí y cría herrumbre. El gallo del corral, ¡ése sí que es un gallo! Miradlo cuando anda, ¡qué garbo! Escuchadlo cuando canta, ¡deliciosa música! Dondequiera que esté se oye, ¡vaya corneta! ¡Si saltase aquí y se me comiese troncho y todo, qué muerte tan gloriosa!," suspiró el pepino.






Aquella noche estalló una terrible tempestad; las gallinas, los polluelos y hasta el propio gallo corrieron al refugio; el viento arrancó la valla que separaba los dos corrales. Total, un alboroto de mil diablos. Volaron las tejas, pero la veleta se mantenía firme, sin girar siquiera; no podía hacerlo, a pesar de que era joven y recién fundida; pero era prudente y reposada como un viejo. No se parecía a las atolondradas avecinas del cielo, gorriones y golondrinas, a las cuales despreciaba ("¡esos pajarillos piadores, menudos y ordinarios!"). Las palomas eran grandes, lustrosas y relucientes como el nácar; tenían algo de veleta, más eran gordas y tontas. Todos sus pensamientos se concentraban en llenarse el buche - decía la veleta -; y su trato era aburrido, además. También la habían visitado las aves de paso, contándole historias de tierras extrañas, de caravanas aéreas y espantosas aventuras de bandidos y aves rapaces. La primera vez resultó nuevo e interesante, pero luego observó la veleta que se repetían, qué siempre decían lo mismo, y todo acaba por aburrir. Las aves eran aburridas, y todo era aburrido; no se podía alternar con nadie, todos eran unos sosos y unos estúpidos. No valía la pena nada de lo que había visto y oído.




 
 
- ¡El mundo no vale un comino! - decía -. Todo es absurdo.






La veleta era eso que solemos llamar abúlica, condición que, de haberla conocido, seguramente la habría hecho interesante a los ojos del pepino. Pero éste sólo tenía pensamientos para el gallo del corral, que era su vecino.





 
El viento se había llevado la valla, y los rayos y truenos habían cesado.






- ¿Qué me decís de este canto? - preguntó el gallo a las gallinas y polluelos -. Salió un tanto ronco, sin elegancia.





 
Y las gallinas y polluelos se subieron al estercolero, y el gallo se acercó a pasos gallardos.





 
- ¡Planta de huerto! - dijo al pepino, la cual, en esta única palabra, se dio cuenta de su inmensa cultura y se olvidó de que la arrancaba y se la comía.






¡Qué gloriosa muerte!






Acudieron las gallinas, y tras ellas los polluelos, y cuando uno corría, corría también el otro, y todos cacareaban y piaban y miraban al gallo, orgullosos de pertenecer a su especie.
 
 



- ¡Quiquiriquí! - cantó él. - ¡Los polluelos serán muy pronto grandes pollos, si yo lo ordeno en el corral del mundo!




 
 
Y las gallinas y los polluelos venga cacarear y piar. Y el gallo comunicó una gran novedad.





 
- Un gallo puede poner un huevo. Y, ¿sabéis lo que hay en el huevo? Pues un basilisco. Nadie puede resistir su mirada. Bien lo saben los hombres, y ahora vosotros sabéis lo que hay en mí; sabéis que soy el rey de todos los gallineros.






Y el gallo agitó las alas, irguió la cresta y volvió a cantar, paseando una mirada escrutadora sobre todas las gallinas y todos los polluelos, los cuales se sentían orgullosísimos de que uno de los suyos fuese el rey de los gallineros. Y arreciaron tanto los cacareos y los píos, que llegaron a oídos del gallo de la veleta; pero no se movió ni impresionó por eso.






"¡Todo es absurdo! - repitió para sus adentros -. El gallo del corral no pone huevos, ni yo tampoco. Si quisiera, podría poner uno de cáscara blanda, pero ni esto se merece el mundo. ¡Todo es absurdo! ¡Ni siquiera puedo seguir aquí!."






Y la veleta se desplomó, y no aplastó al gallo del corral, "aunque no le faltaron intenciones," dijeron las gallinas. ¿Y qué dice la moraleja?





 
"Vale más cantar que ser abúlico y venirse abajo."   






 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

domingo, octubre 13, 2013

Inés del alma mía, ISABEL ALLENDE ((1))



Inés del alma mía[Document Transcript]... Capítulo uno Europa, 1500-1837 Soy Inés Suárez, vecina de la leal ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, en el Reino de Chile, en el año 1580 de Nuestro Señor. De la fecha exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero, según mi madre, nací después de la hambruna y la tremenda pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el Hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste, como decía la gente al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó flotando en el aire, durante días, un olor a almendras amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de un lado a otro el catafalco, que abría de vez en cuando para besar los labios de su marido, con la esperanza de que resucitara. A pesar de los ungüentos del embalsamador, el Hermoso hedía. Cuando yo vine al mundo, ya la infortunada reina, loca de atar, estaba recluida en el palacio de Tordesillas con el cadáver de su consorte; eso significa que tengo por lo menos setenta inviernos entre pecho y espalda y que antes de la Navidad he de morir. Podría decir que una gitana a orillas del río Jerte adivinó la fecha de mi muerte, pero sería una de esas falsedades que suelen plasmarse en los libros y que por estar impresas parecen ciertas. La gitana sólo me auguró una larga vida, lo que siempre dicen por una moneda. Es mi corazón atolondrado el que me anuncia la proximidad del fin. Siempre supe que moriría anciana, en paz y en mi cama, como todas las mujeres de mi familia; por eso no vacilé en enfrentar muchos peligros, puesto que nadie se despacha al otro mundo antes del momento señalado. «Tú te estarás muriendo de viejita no más, señoray», me tranquilizaba Catalina, en su afable castellano del Perú, cuando el porfiado galope de caballos que sentía en el pecho me lanzaba al suelo. Se me ha olvidado el nombre quechua de Catalina y ya es tarde para preguntárselo -la enterré en el patio de mi casa hace muchos años-, pero tengo plena seguridad de la precisión y veracidad de sus profecías. Catalina entró a mi servicio en la antigua ciudad del Cuzco, joya de los incas, en la época de Francisco Pizarro, aquel corajudo bastardo que, según dicen las lenguas sueltas, cuidaba cerdos en España y terminó convertido en marqués gobernador del Perú, agobiado por su ambición y por múltiples traiciones. Así son las ironías de este mundo nuevo de las Indias, donde no rigen las leyes de la tradición y todo es revoltura: santos y pecadores, blancos, negros, pardos, indios, mestizos, nobles y gañanes. Cualquiera puede hallarse en cadenas, marcado con un hierro al rojo, y que al día siguiente la fortuna, con un revés, lo eleve. He vivido más de cuarenta años en el Nuevo Mundo y todavía no me acostumbro al desorden, aunque yo misma me he beneficiado de él; si me hubiese quedado en mi pueblo natal, hoy sería una anciana pobre y ciega de tanto hacer encaje a la luz de un candil. Allá sería la Inés, costurera de la calle del Acueducto. Aquí soy doña Inés Suárez, señora muy principal, viuda del excelentísimo gobernador don Rodrigo de Quiroga, conquistadora y fundadora del Reino de Chile. [1]




:::::>Pluma y tintero<:::::::




En el despacho de un escritor, alguien dijo un día, al considerar su tintero sobre la mesa:
- Es sorprendente lo que puede salir de un tintero. ¿Qué va a darnos la próxima vez? Es bien extraño.
- Lo es, ciertamente - respondió el tintero -. Incomprensible. Es lo que yo digo - añadió, dirigiéndose a la pluma y demás objetos situados sobre la mesa y capaces de oírlo -. ¡Es sorprendente lo que puede salir de mí! Es sencillamente increíble. Yo mismo no podría decir lo que saldrá la próxima vez, en cuanto el hombre empiece a sacar tinta de mí. Una gota de mi contenido basta para llenar media hoja de papel, y, ¡cuántas cosas no se pueden decir en ella! Soy verdaderamente notable. De mí salen todas las obras del poeta, estas personas vivientes que las gentes creen conocer, estos sentimientos íntimos, este buen humor, estas amenísimas descripciones de la Naturaleza. Yo no lo comprendo, pues no conozco la Naturaleza, pero lo llevo en mi interior. De mí salieron todas esas huestes de vaporosas y encantadoras doncellas, de audaces caballeros en sus fogosos corceles, de ciegos y paralíticos, ¡qué sé yo! Les aseguro que no tengo ni idea de cómo ocurre todo esto.
- Lleva usted razón - dijo la pluma -. Usted no piensa en absoluto, pues si lo hiciera, se daría cuenta de que no hace más que suministrar el líquido. Usted da el fluido con el que yo puedo expresar y hacer visible en el papel lo que llevo en mi interior, lo que escribo. ¡Es la pluma la que escribe! Nadie lo duda, y la mayoría de hombres entienden tanto de Poesía como un viejo tintero.
- ¡Qué poca experiencia tiene usted! - replicó el tintero -. Apenas lleva una semana de servicio y está ya medio gastada. ¿Se imagina acaso que es un poeta? Pues no es sino un criado, y antes de llegar usted he tenido aquí a muchos de su especie, tanto de la familia de los gansos como de una fábrica inglesa. Conozco la pluma de ganso y la de acero. He tenido muchas a mi servicio y tendré aún muchas más, si el hombre de quien me sirvo para hacer el movimiento sigue viniendo a anotar lo que saque de mi interior. Me gustaría saber qué voy a dar la próxima vez.
- ¡Botijo de tinta! - rezongó la pluma.
Ya anochecido, llegó el escritor. Venía de un concierto, donde había oído a un excelente violinista y había quedado impresionado por su arte inigualable. El artista había arrancado un verdadero diluvio de notas de su instrumento: ora sonaban como argentinas gotas de agua, perla tras perla, ora como un coro de trinos de pájaros o como el bramido de la tempestad en un bosque de abetos. Había creído oír el llanto de su propio corazón, pero con una melodía sólo comparable a una magnífica voz de mujer. Diríase que no eran sólo las cuerdas del violín las que vibraban, sino también el puente, las clavijas y la caja de resonancia. Fue extraordinario. Y difícil; pero el artista lo había hecho todo como jugando, como si el arco corriera solo sobre las cuerdas, con tal sencillez, que cualquiera se hubiera creído capaz de imitarlo. El violín tocaba solo, y el arco, también; lo dos se lo hacían todo; el espectador se olvidaba del maestro que los guiaba, que les infundía vida y alma. Pero el escritor no lo había olvidado; escribió su nombre y anotó los pensamientos que le inspirara:
"¡Qué locos serían el arco y el violín si se jactasen de sus hazañas! Y, sin embargo, cuántas veces lo hacemos los hombres: el poeta, el artista, el inventor, el general. Nos jactamos, sin pensar que no somos sino instrumentos en manos de Dios. Suyo, y sólo suyo es el honor. ¿De qué podemos vanagloriarnos nosotros?." Todo esto lo escribió el poeta en forma de parábola, a la que puso por título: "El maestro y los instrumentos." - Le han dado su merecido, caballero - dijo la pluma al tintero, una vez volvieron a estar solos -. Supongo que oiría leer lo que ha escrito, ¿verdad?
- Claro que sí, lo que le di a escribir a usted - replicó el tintero -. ¡Le estuvo bien empleado por su arrogancia! ¡Cómo es posible que no comprenda que la toman por necia! Mi invectiva me ha salido desde lo más hondo de mi entraña. ¡Si sabré yo lo que me llevo entre manos!0 - ¡Vaya con el tinterote! - rezongó la pluma. - ¡Barretintas! - replicó el tintero.0 Y los dos se quedaron convencidos de que habían contestado bien; es una convicción que deja a uno con la conciencia sosegada. Así se puede dormir en paz, y los dos durmieron muy tranquilos. Sólo el poeta no durmió; fluíanle los pensamientos como las notas del violín, rodando como perlas, bramando como la tempestad a través del bosque. Sentía palpitar en ellos su propio corazón, un vivísimo rayo de luz del eterno Maestro. Sea para Él todo el honor.
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
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