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lunes, septiembre 02, 2013

:::::::>Dentro de mil años<:::::::




Sí, dentro de mil años la gente cruzará el océano, volando por los aires, en alas del vapor. Los jóvenes colonizadores de América acudirán a visitar la vieja Europa. Vendrán a ver nuestros monumentos y nuestras decaídas ciudades, del mismo modo que nosotros peregrinamos ahora para visitar las decaídas magnificencias del Asia Meridional. Dentro de mil años, vendrán ellos.
El Támesis, el Danubio, el Rin, seguirán fluyendo aún; el Mont­blanc continuará enhiesto con su nevada cumbre, la auroras boreales proyectarán sus brillantes resplandores sobre las tierras del Norte; pero una generación tras otra se ha convertido en polvo, series enteras de momentáneas grandezas han caído en el olvido, como aquellas que hoy dormitan bajo el túmulo donde el rico harinero, en cuya propiedad se alza, se mandó instalar un banco para contemplar desde allí el ondeante campo de mieses que se extiende a sus pies.
- ¡A Europa! -exclamarán las jóvenes generaciones americanas-. ¡A la tierra de nuestros abuelos, la tierra santa de nuestros recuerdos y nuestras fantasías! ¡A Europa!0000 Llega la aeronave, llena de viajeros, pues la travesía es más rápida que por el mar; el cable electromagnético que descansa en el fondo del océano ha telegrafiado ya dando cuenta del número de los que forman la caravana aérea. Ya se avista Europa, es la costa de Irlanda la que se vislumbra, pero los pasajeros duermen todavía; han avisado que no se les despierte hasta que estén sobre Inglaterra. Allí pisarán el suelo de Europa, en la tierra de Shakespeare, como la llaman los hombres de letras; en la tierra de la política y de las máquinas, como la llaman otros. La visita durará un día: es el tiempo que la apresurada generación concede a la gran Inglaterra y a Escocia.
El viaje prosigue por el túnel del canal hacia Francia, el país de Carlomagno y de Napoleón. Se cita a Molière, los eruditos hablan de una escuela clásica y otra romántica, que florecieron en tiempos remotos, y se encomia a héroes, vates y sabios que nuestra época desconoce, pero que más tarde nacieron sobre este cráter de Europa que es París.
La aeronave vuela por sobre la tierra de la que salió Colón, la cuna de Cortés, el escenario donde Calderón cantó sus dramas en versos armoniosos; hermosas mujeres de negros ojos viven aún en los valles floridos, y en estrofas antiquísimas se recuerda al Cid y la Alhambra.
Surcando el aire, sobre el mar, sigue el vuelo hacia Italia, asiento de la vieja y eterna Roma. Hoy está decaída, la Campagna es un desierto; de la iglesia de San Pedro sólo queda un muro solitario, y aun se abrigan dudas sobre su autenticidad.
Y luego a Grecia, para dormir una noche en el lujoso hotel edificado en la cumbre del Olimpo; poder decir que se ha estado allí, viste mucho. El viaje prosigue por el Bósforo, con objeto de descansar unas horas y visitar el sitio donde antaño se alzó Bizancio. Pobres pescadores lanzan sus redes allí donde la leyenda cuenta que estuvo el jardín del harén en tiempos de los turcos.
Continúa el itinerario aéreo, volando sobre las ruinas de grandes ciudades que se levantaron a orillas del caudaloso Danubio, ciudades que nuestra época no conoce aún; pero aquí y allá - sobre lugares ricos en recuerdos que algún día saldrán del seno del tiempo - se posa la caravana para reemprender muy pronto el vuelo. Al fondo se despliega Alemania - otrora cruzada por una densísima red de ferrocarriles y canales - el país donde predicó Lutero, cantó Goethe y Mozart empuñó el cetro musical de su tiempo. Nombres ilustres brillaron en las ciencias y en las artes, nombres que ignoramos. Un día de estancia en Alemania y otro para el Norte, para la patria de Örsted y Linneo, y para Noruega, la tierra de los antiguos héroes y de los hombres eternamente jóvenes del Septentrión. Islandia queda en el itinerario de regreso; el géiser ya no bulle, y el Hecla está extinguido, pero como la losa eterna de la leyenda, la prepotente isla rocosa sigue incólume en el mar bravío.
- Hay mucho que ver en Europa -dice el joven americano- y lo hemos visto en ocho días. Se puede hacer muy bien, como el gran viajero - aquí se cita un nombre conocido en aquel tiempo - ha demostrado en su famosa obra: Cómo visitar Europa en ocho días.
 
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((86))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 86 actitud de discreta galantería, negándose a revelar cuánto había pagado con el argumento de que su esposa no tenía precio. La exageración popular le atribuyó una cif ra del todo improbable, mucho más de lo que ningún hombre había pagado jamás por una mujer y menos por la suya. Eso convirtió a los Toro en símbolo de opulencia, se dijo que eran tan ricos como el Presidente, quien se había beneficiado por años de los ingresos petroleros de la Nación y cuya fortuna se calculaba como una de las cinco mayores del mundo. Domingo y Abigail fueron encumbrados a la alta so– ciedad, donde no habían tenido acceso hasta entonces. Nada opacó su triunfo, ni siquiera las protestas públicas de los estudiantes, que colgaron lienzos en la Universidad acusando a Abigail de secuestrarse a sí misma, al magnate de sacar los millones de un bolsillo para meterlos en otro sin pagar impuestos, y a la policía de tragarse el cuento de los Pumas Rojos para asustar a la gente y justificar las purgas contra los partidos de oposición. Pero las malas lenguas no lograron destruir el magnífico efecto del secuestro y una década más tarde los ToroMcGovem se habían convertido en una de las familias más respetables del país. 86 Librodot





:::::::>La rosa más bella del mundo<:::::::




Érase una reina muy poderosa, en cuyo jardín lucían las flores más hermosas de cada estación del año. Ella prefería las rosas por encima de todas; por eso las tenía de todas las variedades, desde el escaramujo de hojas verdes y olor de manzana hasta la más magnífica rosa de Provenza. Crecían pegadas al muro del palacio, se enroscaban en las columnas y los marcos de las ventanas y, penetrando en las galerías, se extendían por los techos de los salones, con gran variedad de colores, formas y perfumes.
Pero en el palacio moraban la tristeza y la aflicción. La Reina yacía enferma en su lecho, y los médicos decían que iba a morir.
Hay un medio de salvarla, sin embargo -afirmó el más sabio de ellos-. Traedle la rosa más espléndida del mundo, la que sea expresión del amor puro y más sublime. Si puede verla antes de que sus ojos se cierren, no morirá.
Y ya tenéis a viejos y jóvenes acudiendo, de cerca y de lejos, con rosas, las más bellas que crecían en todos los jardines; pero ninguna era la requerida. La flor milagrosa tenía que proceder del jardín del amor; pero incluso en él, ¿qué rosa era expresión del amor más puro y sublime?
Los poetas cantaron las rosas más hermosas del mundo, y cada uno celebraba la suya. Y el mensaje corrió por todo el país, a cada corazón en que el amor palpitaba; corrió el mensaje y llegó a gentes de todas las edades y clases sociales.
- Nadie ha mencionado aún la flor -afirmaba el sabio. Nadie ha designado el lugar donde florece en toda su magnificencia. No son las rosas de la tumba de Romeo y Julieta o de la Walburg, a pesar de que su aroma se exhalará siempre en leyendas y canciones; ni son las rosas que brotaron de las lanzas ensangrentadas de Winkelried, de la sangre sagrada que mana del pecho del héroe que muere por la patria, aunque no hay muerte más dulce ni rosa más roja que aquella sangre. Ni es tampoco aquella flor maravillosa para cuidar la cual el hombre sacrifica su vida velando de día y de noche en la sencilla habitación: la rosa mágica de la Ciencia.
- Yo sé dónde florece -dijo una madre feliz, que se presentó con su hijito a la cabecera de la Reina-. Sé dónde se encuentra la rosa más preciosa del mundo, la que es expresión del amor más puro y sublime. Florece en las rojas mejillas de mi dulce hijito cuando, restaurado por el sueño, abre los ojos y me sonríe con todo su amor.
Bella es esa rosa -contestó el sabio pero hay otra más bella todavía.0000 - ¡Sí, otra mucho más bella! -dijo una de las mujeres-. La he visto; no existe ninguna que sea más noble y más santa. Pero era pálida como los pétalos de la rosa de té. En las mejillas de la Reina la vi. La Reina se había quitado la real corona, y en las largas y dolorosas noches sostenía a su hijo enfermo, llorando, besándolo y rogando a Dios por él, como sólo una madre ruega a la hora de la angustia.
- Santa y maravillosa es la rosa blanca de la tristeza en su poder, pero tampoco es la requerida.
- No; la rosa más incomparable la vi ante el altar del Señor -afirmó el anciano y piadoso obispo-. La vi brillar como si reflejara el rostro de un ángel. Las doncellas se acercaban a la sagrada mesa, renovaban el pacto de alianza de su bautismo, y en sus rostros lozanos se encendían unas rosas y palidecían otras. Había entre ellas una muchachita que, henchida de amor y pureza, elevaba su alma a Dios: era la expresión del amor más puro y más sublime.
- ¡Bendita sea! -exclamó el sabio-, mas ninguno ha nombrado aún la rosa más bella del mundo.
En esto entró en la habitación un niño, el hijito de la Reina; había lágrimas en sus ojos y en sus mejillas, y traía un gran libro abierto, encuadernado en terciopelo, con grandes broches de plata.
- ¡Madre! -dijo el niño-. ¡Oye lo que acabo de leer! -. Y, sentándose junto a la cama, se puso a leer acerca de Aquél que se había sacrificado en la cruz para salvar a los hombres y a las generaciones que no habían nacido.
- ¡Amor más sublime no existe!000 Encendióse un brillo rosado en las mejillas de la Reina, sus ojos se agrandaron y resplandecieron, pues vio que de las hojas de aquel libro salía la rosa más espléndida del mundo, la imagen de la rosa que, de la sangre de Cristo, brotó del árbol de la Cruz.
- ¡Ya la veo! -exclamó-. Jamás morirá quien contemple esta rosa, la más bella del mundo.
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 

domingo, septiembre 01, 2013

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((85))




Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 85 zoológico y un ejército de mozos vestidos de beduinos; el Baile de Versalles, donde los invitados con trajes de brocados y pelucas empolvadas danzaron minué entre espejos biselados; y otras parrandas escandalosas que formaron parte de las leyendas locales y dieron motivo a violentas diatribas en los periódicos de izquierda. Tuvieron que apostar guardias en la casa para impedir que los estudiantes, indignados por el despilfarro, pintaran consignas en las columnas y lanzaran caca por las ventanas, alegando que los nuevos ricos llenaban sus bañeras con champaña, mientras los nuevos pobres cazaban los gatos de los tejados para comérselos. Esas francachelas les dieron cierta respetabilidad, porque para entonces la línea que dividía las clases sociales se estaba esfumando, al país llegaba gente de todos los rincones de la tierra atraída por el miasma del petróleo, la capital crecía sin control, las fortunas se hacían y se perdían en un santiamén y ya no había posibilidad de averiguar los orígenes de cada cual. Sin embargo, las familias de alcurnia mantenían a los Toro a la distancia, a pesar de que ellos mismos descendían de otros inmigrantes cuyo único mérito era haber llegado a esas costas con medio siglo de anticipación. Asistían a los banquetes de Domingo y Abigail y a veces paseaban por el Caribe en el yate guiado por la firme mano del capitán holandés, pero no retribuían las atenciones recibidas. Tal vez Abigail habría tenido que resignarse a un segundo plano, si un evento inesperado no les da vuelta la suerte. Esa tarde de agosto Abigail despertó abochornada de la siesta, hacía mucho calor y el aire estaba cargado con presagios de tormenta. Se puso un vestido de seda sobre el corsé y se hizo conducir al salón de belleza. El automóvil atravesó las calles atestadas de tráfico con los vidrios cerrados, para evitar que algún resentido –de esos que cada vez había más– escupiera a la señora por la ventanilla, y se detuvo en el local a las cinco en punto, donde entró después de indicar al chófer que la recogiera una hora más tarde. Cuando el hombre regresó a buscarla Abigail no estaba. Las peluqueras dijeron que a los cinco minutos de llegar, la señora anunció que iba a hacer una corta diligencia, pero no volvió. Entretanto Domingo Toro re– cibió en su oficina la primera llamada de los Pumas Rojos, un grupo extremista del cual nadie había oído hablar hasta entonces, para anunciarle que habían secuestrado a su mujer. Así comenzó el escándalo que salvó el prestigio de los Toro. La policía detuvo al chófer y a las peluqueras, allanaron barrios enteros y acordonaron la mansión de los Toro, con la consecuente molestia de los vecinos. Un autobús de la televisión bloqueó la calle durante días y un tropel de periodistas, detectives y curiosos pisoteó los prados de las casas. Domingo Toro apareció en las pantallas, sentado en el sillón de cuero de su biblioteca, entre un mapamundi y una yegua embalsamada, implorando a los plagiarios que le devolvieran a la madre de sus hijos. El magnate de los baratillos, como lo llamó la prensa, ofreció un millón por su mujer, cifra muy exagerada, porque otro grupo guerrillero sólo había conseguido la mitad por un embajador del Medio Oriente. Sin embargo, a los Pumas Rojos no les pareció suficiente y pidieron el doble. Después de ver la fotografía de Abigail en los periódicos, muchos pensaron que el mejor negocio de Domingo sería pagar esa cifra, no para recuperar a su cónyuge, sino para que los raptores se quedaran con ella. Una exclamación incrédula recorrió el país cuando el marido, después de algunas consultas con banqueros y abogados, aceptó el trato, a pesar de las advertencias de la policía. Horas antes de entregar la suma estipulada, recibió por correo un mechón de pelo rojo y una nota indicando que el precio había aumentando en otro cuarto de millón. Para entonces también los hijos de los Toro salían por televisión enviando mensajes de desesperación filial a Abigail. El macabro remate fue subiendo de tono día a día, ante los ojos atentos de la prensa. El suspenso acabó cinco días más tarde, justo cuando la curiosidad del público empezaba a desviarse en otras direcciones. Abigail apareció atada y amordazada en un coche estacionado en pleno centro, algo nerviosa y despeinada, pero sin daños visibles y hasta un poco más gorda. La tarde en que Abigail regresó a su casa se juntó una pequeña multitud en la calle para aplaudir a ese marido que había dado tal prueba de amor. Ante el acoso de los periodistas y las exigencias de la policía, Domingo Toro asumió una 85 Librodot





:::::::>Tiene que haber diferencias<:::::::





Era el mes de mayo. Soplaba aún un viento fresco, pero la primavera había llegado; así lo proclamaban las plantas y los árboles, el campo y el prado. Era una orgía de flores, que se esparcían hasta por debajo de los verdes setos; y justamente allí la primavera llevaba a cabo su obra, manifestándose desde un diminuto manzano del que había brotado una única ramita, pero fresca y lozana, y cuajada toda ella de yemas color de rosa a punto de abrirse. Bien sabía la ramita lo hermosa que era, pues eso está en la hoja como en la sangre; por eso no se sorprendió cuando un coche magnífico se detuvo en el camino frente a ella, y la joven condesa que lo ocupaba dijo que aquella rama de manzano era lo más encantador que pudiera soñarse; era la primavera misma en su manifestación más delicada. Y quebraron la rama, que la damita cogió con la mano y resguardó bajo su sombrilla de seda. Continuaron luego hacia palacio, aquel palacio de altos salones y espléndidos aposentos; sutiles cortinas blancas aleteaban en las abiertas ventanas, y maravillosas flores lucían en jarros opalinos y transparentes; en uno de ellos - habríase dicho fabricado de nieve recién caída - colocaron la ramita del manzano entre otras de haya, tiernas y de un verde claro. Daba alegría mirarla.
A la ramita se le subieron los humos a la cabeza; ¡es tan humano eso!. Pasaron por las habitaciones gentes de toda clase, y cada uno, según su posición y categoría, permitióse manifestar su admiración. Unos permanecían callados, otros hablaban demasiado, y la rama del manzano pudo darse cuenta de que también entre los humanos existen diferencias, exactamente lo mismo que entre las plantas. "Algunas están sólo para adorno, otras sirven para la alimentación, e incluso las hay completamente superfluas," pensó la ramita; y como sea que la habían colocado delante de una ventana abierta, desde su sitio podía ver el jardín y el campo, lo que le daba oportunidad para contemplar una multitud de flores y plantas y efectuar observaciones a su respecto. Ricas y pobres aparecían mezcladas; y, aún se veían, algunas en verdad insignificantes.
- ¡Pobres hierbas descastadas! -exclamó la rama del manzano-. La verdad es que existe una diferencia. ¡Qué desgraciadas deben de sentirse, suponiendo que esas criaturas sean capaces de sentir como nosotras. Naturalmente, es forzoso que haya diferencias; de lo contrario todas seríamos iguales.
Nuestra rama consideró con cierta compasión una especie de flores que crecían en número incontable en campos y ribazos. Nadie las cogía para hacerse un ramo, pues eran demasiado ordinarias. Hasta entre los adoquines crecían: como el último de los hierbajos, asomaban por doquier, y para colmo tenían un nombre de lo mas vulgar: diente de león.
- ¡Pobre planta despreciada! -exclamó la rama del manzano-. Tú no tienes la culpa de ser como eres, tan ordinaria, ni de que te hayan puesto un nombre tan feo. Pero con las plantas ocurre lo que con los hombres: tiene que haber diferencias. - ¡Diferencias! -replicó el rayo de sol, mientras besaba al mismo tiempo la florida rama del manzano y los míseros dientes de león que crecían en el campo; y también los hermanos del rayo de sol prodigaron sus besos a todas las flores, pobres y ricas.
Nuestra ramita no había pensado nunca sobre el infinito amor de Dios por su mundo terrenal, y por todo cuanto en él se mueve y vive; nunca había reflexionado sobre lo mucho de bueno y de bello que puede haber en él - oculto, pero no olvidado -. Pero, ¿acaso no es esto también humano?
El rayo de sol, el mensajero de la luz, lo sabía mejor. - No ves bastante lejos, ni bastante claro. ¿Cuál es esa planta tan menospreciada que así compadeces?
- El diente de león -contestó la rama-. Nadie hace ramilletes con ella; todo el mundo la pisotea; hay demasiados. Y cuando dispara sus semillas, salen volando en minúsculos copos como de blanca lana y se pegan a los vestidos de los viandantes. Es una mala hierba, he ahí lo que es. Pero hasta de eso ha de haber. ¡Cuánta gratitud siento yo por no ser como él!
De pronto llegó al campo un tropel de chiquillos; el menor de todos era aún tan pequeño, que otros tenían que llevarlo en brazos. Y cuando lo hubieron sentado en la hierba en medio de todas aquellas flores amarillas, se puso a gritar de alegría, a agitar las regordetas piernecillas y a revolcarse por la hierba, cogiendo con sus manitas los dorados dientes de león y besándolos en su dulce inocencia.
Mientras tanto los mayores rompían las cabecitas floridas, separándolas de los tallos huecos y doblando éstos en anillo para fabricar con ellos cadenas, que se colgaron del cuello, de los hombros o en torno a la cintura; se los pusieron también en la cabeza, alrededor de las muñecas y los tobillos - ¡qué preciosidad de cadenas y grilletes verdes! -. Pero los mayores recogían cuidadosamente las flores encerradas en la semilla, aquella ligera y vaporosa esfera de lana, aquella pequeña obra de arte que parece una nubecilla blanca hecha de copitos minúsculos. Se la ponían ante la boca, y de un soplo tenían que deshacerla enteramente. Quien lo consiguiera tendría vestidos nuevos antes de terminar el año - lo había dicho abuelita.
Y de este modo la despreciada flor se convertía en profeta.
- ¿Ves? -preguntóle el rayo de sol a la rama de manzano-. ¿Ves ahora su belleza y su virtud?
- ¡Sí, para los niños! -replicó la rama.
En esto llegó al campo una ancianita, y, con un viejo y romo cuchillo de cocina, se puso a excavar para sacar la raíz de la planta. Quería emplear parte de las raíces para una infusión de café; el resto pensaba llevárselas al boticario para sacar unos céntimos.
- Pero la belleza es algo mucho más elevado -exclamó la rama del manzano-. A su reino van sólo los elegidos. Existe una diferencia entre las plantas, de igual modo como la hay entre las personas.
Entonces el rayo de sol le habló del infinito amor de Dios por todas sus criaturas, amor que abraza con igual ternura a todo ser viviente; y le habló también de la divina justicia, que lo distribuye todo por igual en tiempo y eternidad. - ¡Sí, eso cree usted! -respondió la rama.
En eso entró gente en el salón, y con ella la condesita que tan lindamente había colocado la rama florida en el transparente jarrón, sobre el que caía el fulgurante rayo de sol. Traía una flor, o lo que fuese, cuidadosamente envuelta en tres o cuatro grandes hojas, que la rodeaban como un cucurucho, para que ni un hálito de aire pudiese darle y perjudicarla: y ¡la llevaba con un cuidado tan amoroso! Mucho mayor del que jamás se había prestado a la ramita del manzano. La sacaron con gran precaución de las hojas que la envolvían y apareció... ¡la pequeña esferita de blancos copos, la semilla del despreciado diente de león! Esto era lo que la condesa con tanto cuidado había cogido de la tierra y traído para que ni una de las sutilísimas flechas de pluma que forman su vaporosa bolita fuese llevada por el viento. La sostenía en la mano, entera e intacta; y admiraba su hermosa forma, aquella estructura aérea y diáfana, aquella construcción tan original, aquella belleza que en un momento disiparía el viento. Daba lástima pensar que pudiera desaparecer aquella hermosa realidad.
- ¡Fijaos que maravillosamente hermosa la ha creado Dios! -dijo-. La pintaré junto con la rama del manzano. Todo el mundo, encuentra esta rama primorosa; pero la pobre florecilla, a su manera, ha sido agraciada por Dios con no menor hermosura. ¡Qué distintas son, y, sin embargo, las dos son hermanas en el reino de la belleza!
Y el rayo de sol besó al humilde diente de león, exactamente como besaba a la florida rama del manzano, cuyos pétalos parecían sonrojarse bajo la caricia.
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
 
 

LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE ((84))





Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 84 mundo de que somos ricos. Sugirió comprar tierras y sembrar plátanos o café, como los godos de antaño, pero a él no le atraía la idea de irse a las provincias del interior, tierra salvaje, expuesta a bandas de ladrones, al ejército o a los guerrilleros, a víboras y a toda suerte de pestes; creía que era una estupidez partir a la selva en busca de futuro, puesto que ésta se hallaba al alcance de la mano en pleno centro de la capital, era más seguro dedicarse al comercio, como los miles de sirios y judíos que desembarcaban con un atado de miserias a la espalda y al cabo de pocos años vivían con holgura. –Nada de turquerías. Lo que yo quiero es una familia respetable, que nos llamen don y doña y nadie se atreva a hablarnos con el sombrero puesto –dijo Ella. Pero él insistió y Ella acabó por acatar su decisión, como casi siempre hacía, porque cuando se le ponía al frente su marido la mortificaba con largos períodos de abstinencia y silencio. En esas ocasiones él desaparecía de la casa por varios días, regresaba maltrecho de amores clandestinos, se mudaba de ropa y volvía a salir, dejando a Abigail furiosa al principio y luego aterrada por la idea de perderlo. Ella era una persona práctica, carecía por completo de sentimientos románticos y si alguna vez hubo en Ella alguna semilla de ternura, los años de suripanta, la destruyeron, pero Domingo era el único hombre que ella podía tolerar a su lado y no estaba dispuesta a dejarlo partir. Apenas Abigail cedía, él regresaba a dormir a su cama. No había reconciliaciones ruidosas, simplemente retomaban el ritmo de las rutinas y volvían a la complicidad de sus trampas. Domingo Toro instaló una cadena de tiendas en los barrios pobres, donde vendía muy barato, pero en grandes cantidades. Las tiendas le servían de pantalla para otros negocios menos lícitos. El dinero siguió amontonándose y pudieron pagar extravagancias de ricos, pero Abigail no estaba satisfecha, porque se dio cuenta de que una cosa era vivir con lujo y otra muy diferente ser aceptados en sociedad. –Si me hubieras hecho caso no nos confundirían con comerciantes árabes. ¡Mira que ponerte a vender trapos! –le reclamó a su marido. –No sé de qué te quejas, tenemos de todo. –Sigue con tus bazares de pobres, si eso es lo que quieres, pero yo voy a comprar caballos de carrera. –¿Caballos? ¿Qué sabes tú de caballos, mujer? –Que son elegantes, toda la gente importante tiene caballos. –¡Nos vamos a arruinar! Por una vez Abigail logró imponer su voluntad y al poco tiempo comprobaron que no había sido mala idea. Los animales les dieron pretextos para alternar con las Antiguas familias de criadores y además resultaron rentables, pero aunque los Toro aparecían con frecuencia en las páginas hípicas de la prensa, nunca estaban en la crónica social. Despechada, Abigail se puso cada vez más ostentosa. Encargó una vajilla de porcelana con su retrato pintado a mano en cada pieza, copas de cristal tallado y muebles con gárgolas furiosas en las patas, además de un raído sillón que hizo pasar como reliquia colonial, diciéndole a todo el mundo que había pertenecido al Libertador, razón por la cual le ató un cordón rojo por delante para que nadie pudiera posar las asentaderas donde el Padre de la Patria lo había hecho. Consiguió una institutriz alemana para sus hijos y UN vagabundo holandés, a quien vistió de almirante, para manejar el yate de la familia. Los únicos vestigios del pasado eran los tatuajes de filibustero de Domingo y una lesión en la espalda de Abigail, como consecuencia de culebrear abierta de piernas en sus tiempos de barbarie; pero él se cubría los tatuajes con mangas largas y ella se hizo fabricar un corsé de hierro con cojinetes de seda para impedir que el dolor le postrara la dignidad. Para entonces era una mujerona obesa, cubierta de joyas, parecida a Nerón. La ambición marcó en Ella los estragos físicos que las aventuras en la selva no habían logrado hacerle. Con la intención de atraer a lo más selecto de la sociedad, los Toro ofrecían cada año para carnavales una fiesta de disfraces: la corte de Bagdad con el elefante y los camellos del 84 Librodot





:::::::>El Ave Fénix<:::::::




En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa nació un pájaro; su vuelo era como un rayo de luz, magníficos sus colores, arrobador su canto.
Pero cuando Eva cogió el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron arrojados del Paraíso, de la flamígera espada del ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le prendió fuego. El animalito murió abrasado, pero del rojo huevo salió volando otra ave, única y siempre la misma: el Ave Fénix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo.
El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.
Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.
¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores, revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.0000 ¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorrión que tenía espuma dorada en las alas. ¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.
En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!.
 
 
 
 
* * * FIN * * *
 
 
 
Hans Christian Andersen
 
 
 
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